ACONSEJADO POR DIOS

ACONSEJADO
POR DIOS


“Bienaventurados los de limpio corazón,
pues ellos verán a Dios”.
por
Mark y Patti Virkler



Aprendizaje de la vida real, bíblicamente fundado
y basado en la revelación


·       Comenzando con temas de la vida real
·       Añadiendo iluminación de Dios
·       Experimentando la transformación por medio
           del poder del Espíritu Santo


El Temario Lamad requiere que
el lector interactúe con:

·         La vida
·         La Palabra
·         El Espíritu Santo


1-800-466-6961 o 716-652-6990

0-9721156-1-7
LSI Edition 1-55306-542-5
C 1989, 2002 – Mark y Pattí Virkler
Todos los derechos reservados. Este libro está protegido por las leyes de copyright de los Estados Unidos de América. Este libro no se puede copiar ni reimprimir con fines comerciales o lucrativos. El uso de citas cortas o la copia de páginas puntuales para el estudio personal o de grupo está permitido y lo fomentamos. Se concederá el permiso previa petición. A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas están tomadas de la versión de la Biblia de las Américas.

ÍNDICE

Prólogo...................................
Capítulo 1 – Abre mis ojos, para que vea
Capítulo 2 – Dialogando con Dios
Capítulo 3 – El acusador y el Consolador
Capítulo 4 – Cómo incubar sólo a Cristo
Capítulo 5 – Cómo ver a Dios en el pasado
Capítulo 6 – Del temor a la fe
Capítulo 7 – De la culpa a la esperanza
Capítulo 8 – De la ira al amor
Capítulo 9 – De la inferioridad a la identidad
Capítulo 10 – De la depresión al gozo
Capítulo 11 – Victoria por medio de la muerte y la resurrección
Capítulo 12 – Cómo ver a Dios en cada cosa
Recursos adicionales por Mark y Pattí Virkler

                                    Al padre de Pattí, Lyle Hudson, un hombre de oración y fe, que fue llamado a casa antes de que este libro se terminara, y a su madre, Claire, una mujer vestida de gracia y dignidad, este libro está dedicado con amor.

Prólogo

“Y se llamará su nombre Admirable Consejero” (Is. 9:6). Cuando la herida de nuestra alma clama pidiendo ayuda, qué bendición es el acudir ¡a nuestro Admirable Consejero! Cuando nuestras vidas están discapacitadas por las ataduras de temor y duda, dele gracias a Dios ¡por nuestro Admirable Consejero! Cuando el mundo sólo puede señalarnos nuestro pasado como razón para el quebrantamiento de nuestro presente, ¡aún así tenemos esperanza en nuestro Admirable Consejero!
Nuestro Padre celestial no espera que nosotros vivamos nuestras vidas por nuestra cuenta, sino que, misericordiosamente, ha puesto dentro de nosotros una familia de creyentes. Él nos manda que nos exhortemos, animemos, amemos y nutramos unos a otros. Siempre que demos nuestro punto de vista  u opinión a otro, de hecho le estamos aconsejando, ya sea deliberadamente o no. ¡Qué cuidado hemos de tener con nuestra lengua para que sólo salgan de nuestros labios las palabras que el Admirable Consejero pone dentro de nosotros!
Un consejero entrenado y con compasión a menudo podrá ayudarnos a ver nuestra situación desde una nueva perspectiva. Podrá guiarnos a principios bíblicos que hayamos violado, dando lugar a nuestro presente dilema. Por medio de la oración, él puede discernir el trauma del pasado que dejó una profunda herida en nuestro espíritu, pero aunque él pueda ayudarnos a encontrar la raíz de nuestro problema, ningún humano puede proveer la gracia para vencer la falta o los hábitos pecaminosos, ningún ser humano puede derramar el bálsamo de Galaad en un alma quebrantada. Los consejeros que verdaderamente aportan un cambio duradero y una sanidad profunda son los que saben cómo llevar al que sufre a los pies de Jesús, donde su toque hace que todo sea nuevo.
Este pequeño libro no contiene las soluciones de todos sus problemas, no provee una fórmula para la sanidad, ni aporta métodos infalibles de restauración, pero lo que sí hace es sugerir que la raíz causante de la vasta mayoría de las dificultades en nuestra vida está perdiendo de vista a Dios y a su obra en nuestras vidas. Jesús dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios”. A la inversa, se puede asumir que la contaminación del corazón nos impide ver a Dios, y este ver a Dios es lo que purifica y sana el corazón. Por tanto, el mensaje de este libro es ánimo para que usted se encuentre con el Admirable Consejero, experimente su toque de compasión y sea restaurado. Es sólo por medio del encuentro divino que nuestras vidas son cambiadas para siempre. Esta es mi oración para usted.



1

ABRE MIS OJOS,

PARA QUE VEA

Dios está extendiendo su mano para tocar los corazones de sus hijos, porque quiere unir sus espíritus con el suyo, para soplar en ellos la renovadora vida de su Espíritu Santo. “Bienaventurados los de limpio corazón”, sanados son sus espíritus, libres son para reír y bailar mientras pasan por la vida, disfrutando de Dios y de la plenitud de su creación. Libres son para amar a los hermanos; libres son para amarse a sí mismos. “¡Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios!” (Mt. 5:8).
Si tener un corazón puro, sano y libre implica ver a Dios, entonces ¿qué significa hacer eso? ¿Dónde puedo mirar para encontrarle? ¿Dónde puedo verle? La Biblia ofrece un abanico increíble de respuestas a estas preguntas.
En una visión
Una mañana, el siervo del profeta Eliseo vino a despertarle con unas noticias aterradoras: “Un gran ejército de caballos y carros nos han rodeado durante la noche. El enemigo sabe donde estamos y seguro que no escaparemos. ¡Ay de nosotros! ¿Qué haremos?” ¡Vaya manera de empezar el día! ¡Ay, sin duda! ¿Sabe usted que esa hubiera sido una buena mañana para preguntarse dónde está Dios? Sería comprensible que Eliseo no hubiera visto a Dios en aquellas circunstancias.
¿Pero cuál fue la respuesta del profeta (“vidente”)? “Oh Señor, te ruego que abras sus ojos para que vea. Y el Señor abrió los ojos del criado, y miró, y he aquí que el monte estaba lleno de caballos y carros de fuego alrededor de Eliseo” (II Reyes 6:17). En un momento, la perspectiva del criado fue cambiada, en un momento el temor pasó a ser fe, la duda pasó a ser esperanza, la depresión pasó a ser emoción. ¿Por qué? ¡porque vio a Dios!
Imagine por un momento al amado apóstol, entrado en años, encadenado y en exilio en la isla de Patmos. Jesús había prometido que volvería, pero habían pasado años y no había sido liberado. Juan había dado su vida para seguir a su maestro y, a cambio, ahí estaba solo, lejos de su hogar y sus amigos, en prisión. En las mismas circunstancias, ¿no cree usted que se hubiera preguntado qué estaba ocurriendo? ¿Comenzaría a dudar de que Dios estaba realmente en control?
Pero, ¿cuál fue la reacción de Juan? “Después de esto miré, y vi una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que yo había oído, como sonido de trompeta que hablaba conmigo, decía: Sube acá y te mostraré las cosas que deben suceder después de éstas. Al instante estaba yo en el Espíritu, y vi un trono colocado en el cielo, y a uno sentado en el trono” (Ap. 4:1,2). Cuando Juan miró, vio a Dios en el trono, reinando aún, todavía en control, incluso en medio del encarcelamiento, el exilio y la soledad.
Sin duda que había apóstoles sentados por ahí cerca que no veían a Dios; seguro que otros prisioneros y guardas veían sólo las cadenas, los barrotes y los gruesos muros de la prisión. ¿Por qué Juan fue capaz de ver cuando otros no pudieron? Parte de la respuesta se encuentra en las palabras: “Miré”. Si vamos a ser personas que van a ver a Dios, algo que debemos hacer es mirar con los ojos de nuestro corazón, en fe, esperando verle a Él y sus movimientos en nuestras vidas y circunstancias.
Esteban fue otro discípulo que podía haberse enojado con Dios. Esteban también había dado su vida para Cristo y para el servicio de su Cuerpo. ¿Qué obtuvo a cambio? La ejecución apedreado. Él podía haber mirado al “desastre” que vino sobre él y haber dado puñetazos debido a su enojo con Dios; podía haber caído ante la duda y la desesperación. No era posible que Dios estuviera reinando, o de lo contrario, eso no le hubiera ocurrido a él.
En vez de eso, Esteban mantuvo su corazón puro, y “lleno del Espíritu Santo, fijos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios; y dijo: “He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios” (Hechos 7:55,56). Dios todavía estaba en control. Jesús todavía le amaba y estaba esperando su llegada a la gloria.
Una de las palabras del Antiguo Testamento para profeta era “vidente”, refiriéndose a su capacidad de ver en el mundo espiritual. Cristo abrió el velo para que en el Nuevo Pacto todos nosotros podamos ver lo que sólo unos pocos pudieron apenas vislumbrar en el pasado. Como videntes, podemos ver más allá de lo que es obvio para nuestros ojos naturales, para ver lo que es igualmente obvio en el mundo espiritual. Nosotros vemos más allá de la realidad física, la realidad espiritual más profunda que queda por debajo de todo ello.
En su creación
No solo podemos ver a Dios en el mundo espiritual, sino que también podemos verle claramente en el mundo que ha creado. “Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa” (Rom. 1:20).
La gloria de Dios es revelada en los rayos del sol y en la lluvia, en los árboles y las nubes, en la hierba y las flores, en el verano y el invierno. No todos ven a Dios en la naturaleza; uno puede mirar al caer de la lluvia y gruñir: “Yo quería que hoy brillara el sol. ¿Por qué tuvo que ocurrir esto? ¡Odio la lluvia!” Para otro, el brillo del sol es demasiado caliente y lo único que hace es aumentar la carga de su trabajo. Al mismo tiempo, para los que miran, para los que quieren vera a Dios: “Sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad” se pueden ver en todo lo que él ha creado.
En toda la materia
Yendo un paso más allá, no solo podemos ver a Dios en la belleza y poder de la naturaleza, sino que también podemos verle en cada molécula de toda la materia. “... y en Él todas las cosas permanecen” (Col. 1:16,17). Incluso la materia está viva, infundida del poder y vida del Dios Todopoderoso. Él es la fuerza que mantiene todas las moléculas unidas; por tanto, cuando yo sostengo este libro en mis manos, puedo sentir el poder de Dios en él; no quiero decir que Dios sea la materia, pues esto es panteísmo, ya que, obviamente, Dios es mucho más grande que este pequeño libro, Él es el creador de todo, pero toda la materia está infundida de Dios.
¿Se acuerda de lo que dijo Jesús cuando los fariseos intentaron callar a sus discípulos cuando cabalgaba hacia Jerusalén? “Os digo que si estos callan, las piedras clamarán” (Lc. 19:40). Inanimadas como son, incluso las piedras podrían ser usadas para alabar al Rey.
En el crecimiento espiritual
Tendemos a pensar que somos responsables de nuestro crecimiento espiritual, pero Dios dice que “Por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención” (I Cor. 1:30). El crecimiento espiritual conlleva una justicia creciente en nuestro diario vivir y una mayor santificación o separación de nuestras vidas del pecado. Yo puedo intentar hacer esto por mis propios esfuerzos pero serían sólo obras muertas, independientes de Cristo. El verdadero crecimiento espiritual es el crecimiento de Cristo dentro de mí. Yo crezco en justicia permitiéndole obrar por medio de mí. No es mi responsabilidad santificarme a mí mismo, sino mi respuesta a su capacidad para hacerlo (I Tes. 5:23,24). Así que, incluso cuando miro a mi propia vida, puedo ver a mi Dios trabajando.
En las circunstancias
    Cuando las cosas nos van bien, es fácil ver la mano de Dios obrando en nuestra vida. Cuando el jefe nos da un aumento, el auto marcha bien, los hijos se portan bien y nuestra esposa cocina nuestra comida favorita, qué alegremente decimos: “¡Dios es tan bueno! ¡Su mano está sobre mi vida!” Pero ¿qué ocurre el día que nos despiden del trabajo, se nos rompe el auto (¡otra vez!), los niños se pelean, o peor aún, se han ido de la casa para comenzar una vida que no podemos ni verla, nuestras esposas nos informan que necesitan “más espacio para encontrarse a sí mismas” y toda nuestra vida parece arruinada a nuestro alrededor? ¿Podemos todavía ver a Dios? ¿Dios sigue siendo bueno? ¿Todavía está su mano sobre nuestras vidas? En las tragedias de la vida, ¿aún puede usted creer que Cristo “obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad” (Ef. 1:11) y aún más, que Él “hace que todas las cosas cooperen para bien” (Rom. 8:28)?
La nación estaba en guerra; la ciudad estaba sitiada. Los meses pasaban sin provisiones, y el hambre estaba creciendo. Las madres se volvían locas a la hora de dar de comer a sus hijos. ¿Podría haber unas circunstancias peores? ¿Podía Dios estar cuidando de una nación que era su Novia? ¿Era posible que Él hiciera que el horror de la guerra de alguna manera obrara para el bien de su pueblo?
 “Sí,” el profeta Jeremías dijo: Sí, la mano de Dios está todavía sobre ustedes. Sométanse al enemigo, porque Dios usará todo lo que viene sobre ustedes para purificar y limpiar nuestra nación. Un remanente saldrá, y por medio de este remanente vendrá la salvación del mundo. Aunque la maldad parecía descontrolada, a la vez veo que Dios todavía está en el trono.
En todo
“Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos...” (Hech. 17:28). El limpio de corazón ve a Dios en el mismo aire que respira. Siente su fuerza en cada músculo de su cuerpo, Cristo es el centro y circunferencia de todo. “Cristo lo es todo en todo...” (Col. 3:11). Él “lo llena todo” (Ef. 1:23).
Pero ¿cómo podemos ver a Dios de todas estas formas? Cuando mi corazón está quebrantado, mi fe es sacudida, mi fuerza se ha ido, ¿cómo puedo verle? Sólo a través de la revelación. Sólo por la gracia de Dios podemos ver control en medio del caos, amor en medio de la desesperación, y gozo en medio de la pena. Debemos acudir a Él, vaciar todos nuestros propios esfuerzos y orar para que los ojos de nuestro corazón sean iluminados para que podamos saber (Ef. 1:17, 18). Esta se convierte en nuestra oración constante, ver de forma diferente de lo que el mundo o nuestra carne ve, para ver con los ojos de nuestro corazón la realidad del mundo del Espíritu.
David oraba: “Abre mis ojos para que vea...” (Sal. 119:18). Los ojos físicos de David no estaban ciegos. Él podía leer las palabras de las Escrituras, pero no podía ver, pues sus ojos espirituales estaban cegados por la duda o el temor o el pecado, y sólo el poder del Espíritu pudo limpiar su corazón y abrir sus ojos espirituales.
Para los dos discípulos que iban por el camino de Emaús, la vida había perdido todo su significado (Lc. 24:13-35). La tragedia les había sacudido, Jesús había sido crucificado, la maldad había triunfado, el amor sanador había dejado de fluir, y la vida ya no tenía propósito. Ya no podrían volver a ver a Dios, estaban “separados de Cristo, sin esperanza y sin Dios en este mundo” (Ef. 2:12). Mientras ellos caminaban por el largo camino a casa, iban discutiendo el terrible desastre que les había acontecido. Quizá discutían su desánimo y desilusión; después de todo, ellos pensaban que el Mesías que había venido era quien les iba a librar de la opresión. Habían dejado sus hogares y sus familias para seguirle. Pensaban que iba a ser maravilloso, pero en vez de eso todo se volvió doloroso. No había ningún Mesías, tan sólo vacíos años perdidos que siguieron a un sueño deseable.
De repente,  “Jesús mismo se acercó, y comenzó a viajar con ellos, pero sus ojos no podían reconocerle”.  Cuántas veces ocurre lo mismo con nosotros. Jesús está ahí mismo a nuestro lado, queriendo confortarnos y sanarnos, pero nuestros ojos están cegados por el quebranto interior. Y Jesús les dijo a los dos discípulos: “¿De qué hablabais?” Por supuesto que Jesús sabía de lo que estaban hablando, ya que Él conoce todas las cosas, pero entonces, ¿por qué lo preguntó? Porque quería que salieran de sí mismos, que expresaran los pensamientos de sus corazones. A menudo Jesús hará lo mismo cuando dialoguemos con Él; nos hará preguntas y querremos responder: “Pero tú sabes la respuesta de esto, ¿por qué me lo preguntas?” Pero el comienzo de nuestra sanidad viene cuando derramamos nuestros corazones ante Dios. No tenga temor o vergüenza de sacar todas sus preguntas e inquietudes, dudas y temores, pues no le sorprenderá ni le ofenderá, antes bien, Él quiere que usted saque cada cosa negativa de su corazón para que Él pueda tocarlas y cambiarla por gloriosos positivos.
Pero los discípulos no reconocieron que era Jesús quien les preguntaba qué era de lo que estaban hablando, y respondieron: “¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe las cosas que han acontecido aquí en estos días?” ¡Él era el único que realmente SABÍA lo que había ocurrido! Todos los demás sólo vieron lo que ocurrió en el mundo físico, pero Jesús sabía cómo el mundo físico se entrelaza con el espiritual, cómo los acontecimientos en uno tienen respuestas en el otro. Sólo Jesús encontró un motivo de regocijo en la “calamidad” de su crucifixión.
Así que los discípulos derramaron sus corazones ante el Extraño, el cual les respondió explicándoles cómo el sufrimiento precede a la gloria y mostrándoles mediante iluminación de las Escrituras que los propósitos de Dios estaban siendo cumplidos, incluso en medio de lo que parecía ser una tragedia. ¡Cómo anhela Jesús hacer lo mismo con usted! Anhela abrir sus ojos para que pueda reconocerle en los momentos oscuros de su vida, quiere hacer arder su corazón dentro de usted, cambiando su temor, culpa y enojo por su gloriosa fe, esperanza y amor.
Sólo Dios puede transformar el corazón; sólo yendo a Él tendrá lugar esta purificación; sólo haciendo lo que los discípulos de Emaús hicieron podemos ser sanados, y no sólo debemos derramar nuestros corazones ante Él sino también escuchar su respuesta. Cuando las circunstancias parezcan malas y nos preguntemos si las cosas están fuera de control, Él dice: “Tened paz. Aún estoy en mi trono”. Lo que a nosotros nos parece una calamidad, no lo es para Él. El Calvario no fue un desastre, no fueron hombres malvados fuera de control, aunque parecía así a los ojos físicos, y esto es lo que es tan maravilloso de Dios, que Él es lo suficientemente grande como para tomar a los hombres malvados  y sacar de ellos su mejor propósito para nosotros. Él puede llevar a cabo su voluntad para nosotros sin importar lo que el hombre escoja hacer. No sé cómo lo hace, yo tan sólo le alabo y le adoro porque sea así.
¿Recuerda a  José y  las pruebas que tuvo que soportar, la mayoría de ellas llevadas a cabo por hombres y mujeres malvados de su alrededor? ¿Cuál fue su evaluación de su vida? “Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien” (Gn. 50:20). Los hermanos de José fueron motivados por la ira, el enojo, los celos y la amargura, y a la vez Dios usó sus maldades para llevar a cabo sus propósitos. Ve, Dios es amor. El amor está reinando en el universo, y el amor es más poderoso que cualquier arma forjada contra él.
Resumen
“Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios.” Cuando vemos a Dios con los ojos de nuestro corazón, en la naturaleza, sosteniendo toda la materia, en nuestro crecimiento espiritual, en todas nuestras circunstancias (“buenas” y “malas”), en pocas palabras, en todo, nuestros corazones se vuelven puros y completos, pero sólo podemos ver a Dios por medio de la revelación. Por lo tanto debemos orar para que los ojos de nuestro corazón sean iluminados, debemos derramar nuestros corazones ante Él y debemos escuchar su respuesta. En el siguiente capítulo repasaremos brevemente algunas claves principales que podrán ayudarnos a discernir su voz más claramente dentro de nuestros corazones.

2

DIALOGANDO  CON  DIOS

En la era en la que vivimos, casados con el racionalismo y el pensamiento analítico y cognitivo, casi parece de risa escuchar a alguien que dice que oír la voz de Dios es algo posible y deseable. Sin duda, el mundo ha adoptado la postura de burlarse de los hombres de Dios que dicen oír su voz, y en gran parte, la Iglesia se ha unido a este escepticismo. Qué lejos estamos de la norma bíblica, donde conocer a Dios ¡era oír su voz! Es obvio que hemos perdido la perspectiva de Dios y que necesitamos que el Admirable Consejero nos haga libres.
    Yo digo que para tener un corazón puro, para poder ser aconsejado por Dios, usted debe ser capaz de oír la voz de Dios, ver la visión de Dios, y obtener su perspectiva en cada situación. Incluso cuando aceptamos esto como un buen objetivo, a menudo no es algo fácil de hacer, y de hecho, durante los primeros diez años de mi vida cristiana, yo no podía reconocer la voz del Señor en mi corazón y nunca vi una visión que viniera de Él. Según estudiaba las Escrituras desde Génesis hasta Apocalipsis, la gente podía oír la voz de Dios. Yo quería desesperadamente ser un hombre bíblico, pero no importaba lo mucho que me esforzara, pues no era capaz de oír una voz audible dentro de mi corazón. Pensé que quizá me había apartado de Él, así que me arrepentía, oraba y leía más mi Biblia, pero todavía no había ninguna voz. Estudiaba libros de esta materia, les preguntaba a aquellos que podían oír la voz de Dios; intenté todas las sugerencias que me hicieron, y aún así no había ninguna voz.
     Finalmente el Señor me reveló algunas claves que me situaron en posición para interactuar con el Espíritu Santo dentro de mí, y fui capaz de oír su voz, de ver su visión. El testimonio de mis luchas y una profunda explicación de lo que aprendí se encuentra en el libro Dialogue con Dios1. En este capítulo daré un breve resumen de las claves que han ayudado a miles de personas a entrar en un diálogo de dos voces y en una comunión íntima con su Señor.
Las claves que uso se encuentran en Habacuc 2:1,2
“Estaré en mi puesto de guardia, y sobre la fortaleza me pondré; velaré para ver lo que Él me dice, y qué he de responder cuando sea reprendido. Entonces el Señor me respondió, y dijo: Escribe la visión, y grábala en tablas, para que corra el que la lea [o, que uno pueda leerla con fluidez].”
Estas son entonces las cuatro claves principales que he descubierto como grandes facilitadores para aprender a oír y discernir la voz de Dios:
Clave #1 - Aquiétese;
Clave #2 – Sintonice con la espontaneidad;
Clave #3 - Use la visión;
Clave #4 - Use la anotación en un diario.
Clave #1 - Aquiétese
“Estad quietos, y sabed que yo soy Dios” (Sal. 46:10). Lo primero que debo hacer para oír la voz de Dios es aquietar todas las demás voces que están constantemente reclamando mi atención.
Habacuc dijo: “Estaré en mi puesto de guardia, y sobre la fortaleza me pondré...” En otras palabras, Habacuc tenía un lugar donde podía ir para aquietar sus propios pensamientos y emociones, lejos de las preocupaciones y distracciones de la vida.
Yo he descubierto varias formas sencillas de aquietarme, para poder entrar en el fluir espontáneo de Dios con más facilidad. Amar a Dios con una canción tranquila de adoración es una de las formas más efectivas para muchos. Cuando el profeta Eliseo fue llamado para oír una palabra de Dios para el rey de Israel y Judá, él dijo: “Mas traedme ahora un tañedor. Y sucedió que mientras el tañedor tocaba, la mano del Señor vino sobre Eliseo” y él comenzó a profetizar (II Reyes 3:15). De igual modo, las canciones de adoración nos ayudan a adoptar una actitud de quietud ante Dios y podemos reconocer el fluir divino.
Si me vienen pensamientos de cosas que tengo que hacer, los escribo para que no se me olviden, y así las puedo apartar de mi mente. Si vienen a mi mente pensamientos de culpa o de que no soy digno, me arrepiento ahí mismo, recibo el lavamiento de la sangre del Cordero y me pongo su manto de justicia, viéndome así sin mancha ante la presencia de Dios (Is. 61:10; Col. 1:22).
Según pongo mi mirada en Jesús (Heb. 12:2), me voy aquietando en su presencia, y voy compartiendo con Él lo que hay en mi corazón, encuentro que comienza un diálogo en dos direcciones. Empiezan a fluir pensamientos espontáneos que vienen del trono de Dios, y me doy cuenta de que, finalmente, estoy conversando con el Rey de reyes.
Es muy importante que nos relajemos y que nos enfoquemos correctamente si vamos a recibir la palabra pura de Dios. Si no nos relajamos, simplemente recibiremos nuestros propios pensamientos, y si no estamos correctamente enfocados en Jesús, recibiremos un fluir impuro, porque el fluir intuitivo sale de aquellos sobre lo que están puestos nuestros ojos; por tanto si tenemos la mirada puesta en algunos deseos de nuestro corazón, el fluir intuitivo saldrá de ese deseo. Así, para tener un fluir puro, primero debemos relajarnos y después “poner nuestros ojos en Jesús” con atención. Otra vez vuelvo a decir, esto se puede lograr fácilmente por medio de una adoración tranquila al Rey, y luego recibiendo lo que fluye de la calma.
Clave #2 – Sintonice con la espontaneidad
“Entonces el Señor me respondió, y dijo...” (Hab. 2:2). Está claro que cuando Habacuc se aquietó, es cuando fue capaz de reconocer el sonido de la voz del Señor.
Cuando yo estaba intentando aprender a oír la voz de Dios, escuchaba expectante una voz interna audible. Finalmente descubrí que normalmente Dios no me habla así; normalmente la voz de Dios en mi corazón viene como un pensamiento espontáneo que aparece “de la nada” en mi mente.
Por ejemplo, ¿ha estado usted alguna vez conduciendo por la carretera cuando de repente le vino a su mente el nombre de alguien? ¿Se lo tomó como una indicación de que Dios quería que orase por esa persona? En otras palabras, ¿fue ese nombre que apareció espontáneamente en sus pensamientos la voz de Dios llamándole para que intercediera? La mayoría de la gente estaría de acuerdo en que sí fue así, y para mí no hay ninguna duda. Esa experiencia me ayudó a reconocer que otros pensamientos espontáneos que aparecían en mi mente eran también la voz de Dios para mí. ¡Qué revelación!
Comencé a experimentar para ver si realmente era así. Escribía los pensamientos espontáneos, impresiones, sentimientos y visiones que me venían mientras oraba, y me quedé sorprendido de la profunda sabiduría y la increíble calidad de amor que trasmitían. ¡Estaba claro que no eran producto de mi propia mente!
La Biblia confirma esto de muchas maneras. La definición de paga, la palabra hebrea para intercesión es “un encuentro fortuito o una intersección accidental”. Por tanto, cuando Dios pone en nuestros corazones el llamado para interceder, lo hace por medio de paga, un “encuentro fortuito” de un pensamiento que “accidentalmente” aparece en nuestras mentes.
A través de mis propias experiencias y la respuesta de miles de otras, ahora sé que es posible sintonizar con esos pensamientos encontrados fortuitamente. Cuando mi corazón está quietamente enfocado ante Dios en oración, Él me habla con un fluir apacible de pensamientos, sentimientos, impresiones y visiones espontáneas.

Clave #3 – Use la visión
Ya hemos hecho alusión a este principio en los párrafos previos, pero necesita ser desarrollado en más profundidad. Habacuc dijo: “Y velaré para ver... Entonces el Señor me respondió, y dijo: Escribe la visión...” (Hab. 2:1,2). Es muy interesante que cuando Habacuc se aquietó para oír al Señor, finalmente buscaba la visión como parte de la respuesta del Señor. Él abrió los ojos de su corazón y miró en el mundo espiritual para ver lo que Dios quería mostrarle. A mí esto me pareció una idea intrigante.
Yo nunca había pensado en abrir los ojos de mi corazón y buscar una visión; de hecho, realmente nunca consideré el lugar que la visión podía tener en la vida del creyente neotestamentario.
Sin embargo, cuanto más pensaba en ello, más me daba cuenta de que Dios me había dado los ojos de mi corazón para ese mismo propósito. Éstos no son para usarlos  viendo lujuria, o visualizando el fracaso o incluso para animarme a tener éxito en mis propias fuerzas, sino que son para usarlos viendo en el mundo espiritual la visión y el movimiento del Dios Todopoderoso.
Teológicamente, yo creo que existe un mundo espiritual activo funcionando a mi alrededor, y estos son los ángeles, demonios, el Espíritu Santo, el Dios omnipresente y su Hijo Jesucristo. Sólo las restricciones de mi cultura racional me impiden ver la realidad que me rodea infiltrando la duda de su existencia y no queriendo enseñarme a estar abierto para verlo. Era (y aún es) la intención de Dios el que yo use todas las capacidades que Él me ha dado para mejorar nuestra relación, incluyendo el don de ver con mi corazón.
El primer paso para ver en el espíritu es mirar. Daniel estaba viendo una visión “en su mente” y dijo: “Miraba yo... seguí mirando... seguí mirando...” (Dn. 7:2,9,13). Habacuc siguió velando para ver (Hab. 2:1). Juan estaba en el espíritu y miró (Ap. 4:1). De igual forma, mientras oro, busco a Jesús presente conmigo y le veo según me habla, haciendo y diciendo las cosas que están en su corazón. La mayoría de los cristianos saben que tan sólo con mirar, se ve. Jesús es Emmanuel, Dios con nosotros (Mt. 1:23). Esto es tan simple como eso, no estamos inventando algo que no existe, meramente estamos siendo conscientes de aquello que realmente existe. Empezamos a ver la visión interna espontánea de la misma forma que recibimos los pensamientos espontáneos. Podemos ver a Cristo con nosotros ¡porque Él está con nosotros!
A menudo viene tan fácilmente que tenemos la tendencia a rechazarlo, creyendo que es sólo producto de nuestras mentes. La duda es el arma más efectiva de Satanás contra el creyente. Si usted persiste en escribir estas visiones, probándolas como se indica en el siguiente capítulo, su duda muy pronto será vencida por la fe cuando usted reconozca que éstas sólo pueden nacer del Dios Todopoderoso.
Dios se reveló a sí mismo a su pueblo del pacto por medio de sueños y visiones desde Génesis a Apocalipsis. Él prometió que cuando el Espíritu Santo fuera derramado en  Hechos 2, deberíamos esperar recibir un fluir continuo de sueños y visiones (Hechos 2:1-4, 17). Jesús, nuestro ejemplo perfecto, demostró esta capacidad de vivir a base de un contacto continuo con el Dios Todopoderoso. Él dijo que no hacía nada por iniciativa propia, sino que sólo hacía lo que veía y oía de su Padre (Jn. 5:19, 20, 30). ¡Qué increíble manera de vivir!
¿Es en realidad posible para nosotros vivir a base de la iniciativa divina como lo hizo Jesús? Yo creo que sí, y una de las razones de la muerte y resurrección de Jesús fue que el velo se rasgara de arriba abajo y que ahora todos tengamos acceso a la presencia inmediata de Dios (Lc. 23:45). Él nos ha ordenado que nos acerquemos (Heb. 10:19-22); por tanto, incluso aunque lo que estoy describiendo parezca un poco inusual para una cultura racional como la del siglo XXI, está demostrado y descrito como una experiencia y enseñanza bíblica central. Es tiempo de devolver a la Iglesia lo que es justamente suyo.

Clave #4 – Use la anotación en un diario
Dios le dijo a Habacuc que “escribiera la visión y la grabara en tablas...” (Hab. 2:2). Nunca se me había pasado por la mente escribir mis oraciones y las respuestas de Dios como lo hizo Habacuc, y a la vez es un concepto muy bíblico. Literalmente cientos de capítulos de la Biblia son demostraciones de anotaciones; por ejemplo, muchos de los salmos y profetas y el libro entero de Apocalipsis. ¿Por qué, entonces, yo nunca había pensado en ello? ¿Por qué nunca había oído un sermón sobre ello?
Yo llamé a este proceso anotación, y comencé a experimentarlo. Descubrí en él una herramienta fabulosa para discernir con claridad el interno fluir espontáneo de Dios, porque mientras anotaba, me sentía libre para escribir en fe durante largos periodos de tiempo, simplemente creyendo que era de Dios. No tenía que probarlo cuando lo recibía porque sabía que cuando se terminara el fluir podría volver, probarlo y examinarlo cuidadosamente, para asegurarme de que era bíblico.
Se sorprenderá si prueba la anotación. Quizá la duda le estorbe al principio, pero arrójela de usted, recordándose que es un concepto bíblico, y que Dios está presente hablando a sus hijos. No se tome a usted mismo muy en serio; juegue como si se tratara de un juego, porque cuando nos tomamos a nosotros mismos muy en serio, nos ponemos tensos y bloqueamos el mover del Espíritu. Es cuando dejamos nuestras propias obras y entramos en su descanso, cuando Dios es libre para moverse y fluir (Heb. 4:10). Por tanto, relájese, póngase cómodo, saque un bolígrafo y papel y dirija su atención hacia Dios en alabanza y adoración, buscando su rostro. Mientras escribe sus preguntas a Dios y se aquieta, fijando sus ojos en Jesús que está presente ahí con usted, de repente tendrá un buen pensamiento como respuesta a sus preguntas. No lo cuestione o dude en ese instante, sino escríbalo en fe. Más tarde, cuando vulva a releerlo, usted también se sorprenderá al descubrir que está dialogando con Dios.

Una palabra de exhortación
No quiero animar a nadie a que tome los pasos que hemos descrito arriba que no haya leído al menos todo el Nuevo Testamento y, preferiblemente, la Biblia entera. Aún más, es esencial una relación de sumisión con un liderazgo espiritual sólido en la vida de uno. Necesitamos no tener miedo al mundo espiritual, pero hemos de reconocer que el Espíritu Santo no es el único que habla para inyectar pensamientos espontáneos en nuestra mente. Por tanto, toda la anotación está siempre abierta a juicio y prueba. Primero y más importante, debe estar totalmente en armonía con el espíritu y la letra de la Palabra. En ningún momento las anotaciones personales prevalecen ante los claros mandamientos de Dios en las Escrituras. También, todos los cambios de dirección importantes que vengan por medio de la anotación se deberían someter a quienes estén sobre usted en el Señor antes de actuar en consecuencia.
Resumen
¡Usted puede aprender a oír la voz de Dios y ver su visión! No importa qué tipo de personalidad tenga, si está dispuesto a comprometerse con la tarea y someterse a una guía espiritual con el Cuerpo de Cristo, toda una vida de íntima comunión con Dios puede ser suya.
Respuesta
¿Por qué no poner en práctica los principios que acaba de aprender? Escriba una carta a Jesús, expresándole su amor por Él, cualquier necesidad o pregunta que pueda haber en su corazón, o cualquier oración que quiera ofrecer. Cuando haya acabado de decir lo que quiera decir, aquiétese, enfóquese en Jesús, y comience a escribir los pensamientos e impresiones espontáneos que surjan de su interior. Alabe a Dios porque usted también puede dialogar con Él.

Notas finales

1.      Es altamente recomendable para cualquiera que esté interesado en perseguir las técnicas descritas en este capítulo, que estudie Dialogue con Dios por Mark Virkler o Comunión con Dios por Mark y Patti Virkler. Estos libros están disponibles en Ministerios Comunión con Dios en www.cwgministries.org.

3

EL  ACUSADOR  Y
EL  CONSOLADOR
¿Ha intentado alguna vez someter cada área de su vida a Jesús, esperando recibir paz, poder y serenidad y, por el contrario, ha recibido pensamientos de acusación, condenación y depresión? Si es así, usted ha estado escuchando a Satanás, el acusador de los hermanos.
Jesús es nuestro Admirable Consejero, quien por sí solo puede sanar nuestros espíritus quebrantados. A menudo la restauración y la sanidad vienen a través de una revelación de perspectiva divina, la capacidad para ver la regla de amor de Dios en nuestras vidas y circunstancias. Para mantener esta perspectiva divina, es necesario que seamos capaces de ver la visión de Dios y oír la voz de Dios dentro de nuestros corazones.
Hemos visto que la comunicación desde el mundo espiritual nos llega en la forma de pensamientos o visiones espontáneos que se iluminan en nuestros corazones y mentes. Hemos aprendido a aquietarnos y tranquilizarnos para poder conocer a Dios, hemos aprendido a sintonizar nuestros corazones para recibir las palabras y visiones espontáneas del Espíritu, y hemos comenzado a anotar nuestro diálogo con Dios, liberando así nuestras mentes para recibir en fe, sabiendo que tendremos la oportunidad de juzgar posteriormente todo lo que escribimos.
Cuando comencé a entrar en un mayor conocimiento de los pensamientos del mundo espiritual que espontáneamente se cruzaban por mi mente, empecé a ver que no todos los pensamientos espontáneos eran compatibles con lo que yo sabía del carácter de Cristo. ¿Podría ser que fueran mensajes de otros espíritus que no fueran el Espíritu Santo y que intentaban llenar mi mente? ¿Qué debería hacer yo? Algunas personas son tentadas a replegarse ante una situación así. Si es posible oír a Satanás de la misma forma que oigo a Dios, ¿no sería mejor simplemente no escuchar a nadie en vez de correr el riesgo de ser engañado? Aunque esta es una posible respuesta, no es el curso de acción que yo escogí. Peleé muy duro y durante mucho tiempo para oír la voz de Dios como para permitir que el enemigo me robara esa bendición así de fácil. En su lugar, decidí educarme, aprender a discernir la voz del Espíritu Santo de la voz del maligno y a estar firme y luchar por la voz pura del Espíritu dentro de mí.
Pablo nos exhortó de la siguiente manera:
“Porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo” (II Cor. 10:4-5).
Parece claro que Pablo era consciente del origen espiritual y la naturaleza de los pensamientos que aparecen en nuestra mente. Él sabía que había que lidiar una batalla, destruir enemigos, tomar prisioneros y establecer la autoridad en nuestros procesos de pensamiento. Sólo porque algunos pensamientos entren en nuestra mente que no son del Santo, no quiere decir que debamos dejar de pensar. Sólo porque una visión que sea impura aparezca en nuestras mentes no significa que vayamos a cerrar nuestros ojos espirituales. Antes bien, lo que debemos hacer es tomar el control  ¡por medio de la autoridad de Jesucristo! No se rinda sin luchar, destruya el poder del enemigo y abrace el poder de Cristo.
El primer paso a la hora de ordenar las voces que llegan a mi conciencia fue el estar totalmente familiarizado con el carácter de quienes me podían hablar. Las palabras que decimos son un reflejo de nuestro carácter. En la cultura hebrea y en la Biblia, el nombre de una persona era una encapsulación del carácter de esa persona. Cuando aprendemos el nombre de alguien, aprendemos mucho sobre su vida y carácter. Cuando el carácter de alguien era cambiado por Dios, a menudo recibía nombres nuevos, por eso Jacob pasó a llamarse Israel, Simón pasó a ser Pedro, Saulo pasó a llamarse Pablo. Por tanto, para tener un entendimiento del carácter de los que me hablan, hice un estudio de los nombres atribuidos a Satanás y al Espíritu Santo en la Biblia, y mi vida no ha sido la misma desde entonces.
Los nombres y carácter de Satanás
Acusador
La esencia de la naturaleza de Satanás es acusar. La palabra griega diablos, traducida como “diablo”, literalmente significa “acusador” o “calumniador”. La obra central de Satanás es acusar día y noche.
En Apocalipsis leemos: “Y oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche, ha sido arrojado. Ellos le vencieron por medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas, llegando hasta sufrir la muerte” (Ap. 12:10-11). Nótese que salvación, poder y reino de Dios y la autoridad de Cristo vienen a nuestras vidas cuando vencemos y echamos fuera al acusador.
Si la esencia del carácter de Satanás es acusar, ¿en quién emplea entonces su tiempo acusando? Primero, como vemos aquí en Apocalipsis, él acusa a los hermanos ante Dios. En Job 1:9, Satanás está acusando a Job ante Dios: “¿Acaso teme Job a Dios de balde?” En otras palabras: “Claro que Job te teme y te sirve, Dios. Mira todas las bendiciones que has derramado sobre él. Él tan sólo te sirve por puro egoísmo, pero realmente no te ama a ti, sino a las cosas que le das”.
La acusación de los hermanos no está limitada al trono de Dios. Cada análisis negativo, cada juicio crítico, cada pensamiento acusador contra otro que acaba en nuestras mentes, tiene como origen al acusador de los hermanos. Cuando cooperamos con sus propósitos malvados y hablamos palabras de acusación contra los hermanos, nuestras lenguas son “encendidas por el infierno” (Stg. 3:6). Cuando nuestros corazones se llenan de sabiduría satánica, los celos, ambiciones egoístas, desorden y toda cosa malvada encuentra un hogar confortable (Stg. 3:15,16).
Satanás también nos acusa personalmente, retándonos, criticándonos y condenándonos en nuestros propios ojos. Cuando el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto, Satanás se encontró allí con Él y le dijo: “Si eres el hijo de Dios...” (Lc. 4:3). ¿Puede oír la acusación en estas palabras? “Si realmente eres quien dices ser...” Y él hará lo mismo con nosotros: “Si realmente eres un hijo de Dios, ¿por qué obras de esa manera? Si eres tan espiritual, ¿por qué no oras más? El Dr. Cho hora seis horas diarias, ¿por qué tú no, si te crees tan buen cristiano? Si fueras un buen cristiano, leerías más la Biblia, y no te puedes enfadar tan a menudo; no deberías hacer esto, deberías hacer lo otro” Y sigue y sigue con sus acusaciones en nuestra mente hasta que aceptemos la evaluación de nosotros mismos como válida y abandonemos desesperados.
Satanás incluso acusa a Dios ante nosotros. Recuerde, si puede, en el Jardín del Edén, Satanás (la serpiente) le dijo a la mujer: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?...sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Gn. 3:1,5). ¿Puedes oírle desafiando la motivación de Dios, acusando a Dios de intentar guardar egoístamente algo bueno para sí? Particularmente cuando estamos camino de una depresión y a tener lástima de nosotros mismos, esta es una flecha que encuentra fácilmente su destino en nuestros corazones. “¿Realmente ha dicho Dios que te ama? Si realmente Dios te ama, Él no permitiría que te ocurrieran estas cosas tan terribles. Si Dios quisiera, podría detener a estas personas para que no te calumniaran así. Si Dios te amase tanto como ama a otras personas, te daría un trabajo mejor, una casa más bonita y un matrimonio más feliz. Dios realmente no te ama”. Si aceptamos estas acusaciones, si no ponemos en tela de juicio su fuente y su validez, estaremos en el camino hacia la muerte, como seguramente lo estuvo Eva.
Padre de mentira
“Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso, y el padre de la mentira” (Jn. 8:44). Satanás no sólo es el que origina los constantes ríos de acusación que nos bombardean, sino que sus acusaciones son una mezcla de verdades y mentiras.
Por ejemplo, miremos de nuevo las palabras de Satanás a Dios sobre Job (Job 1:9-11):
 “Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No has hecho tú una valla alrededor a él, de su casa y de todo lo que tiene, por todos lados? Has bendecido el trabajo de sus manos y sus posesiones has aumentado en la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, verás si no te maldice en tu misma cara”.
Nótese que hay parte de verdad en las palabras de Satanás. Dios había puesto una valla alrededor de Job y de todo lo que él tenía. Dios le había bendecido abundantemente, haciéndole un hombre muy, muy rico. Hasta aquí Satanás estaba diciendo la verdad. Adormecido por la precisión de estas palabras, es fácil no ver el cambio repentino, porque sus palabras siguientes son una mentira. Dios permitió que Satanás tocara todo lo que Job tenía, y a la vez no maldijo a Dios. Sí, es cierto que se deprimió, fue probado tanto que llegó a maldecir el día que había nacido, pero no maldijo a Dios. Eso fue una mentira.
Nótese también que la mayor amenaza de Satanás era poner en tela de juicio los motivos e intenciones del corazón de Job. Tenga cuidado cuando vea que está haciendo una evaluación negativa de los motivos de otra persona, pues usted no puede saber lo que motiva a otra persona a hablar o actuar como lo hace, no puede juzgar la intención del corazón de otra persona, porque ese es el territorio de Dios y sólo Él puede discernir correctamente el corazón del hombre. No acepte ser un recipiente pasivo de las acusaciones mentirosas de Satanás.
De nuevo, recuerde que mucho de lo que Satanás dice es cierto, porque no es tan tonto como para esperar que usted acepte las mentiras descaradas, pero en su lugar él mezclará la verdad con el error para que parezca creíble. Permítame sugerirle la siguiente ecuación:
85% verdad  +  15% error  +  intento destructivo  =  acusación satánica
Comience a descubrir las mentiras en su propia mente. A menudo llegan en forma de negativas generalizadas: “No puede hacer nada bien”. “Nunca lo conseguiré”. “Dios no me ama por lo que he hecho”. “Nadie me ama”. “No se puede confiar en nadie”. Reconozca que Satanás está intentando llenar su corazón con mentiras (Hechos 5:3). Resista y rechace toda acusación destructiva y negativa.
Adversario y enemigo
“El enemigo…es el diablo” (Mt. 13:39). “Sed sobrios y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe...” (I Pet. 5:8,9). “El ha sido homicida desde el principio” (Jn. 8:44). Satanás es descaradamente su enemigo. Él no busca otra cosa que su total destrucción; por tanto, cada pensamiento destructivo, acusador, de temor, de condenación, culpable y negativo originalmente tiene su origen en él. Cada idea que le lleve a deprimirse debe ser resistida y rechazada inmediatamente y cambiada por un pensamiento de Dios.
 “Ángel de luz
Quizá el aspecto más insidioso de la obra acusadora de Satanás sea su habilidad para disfrazarse como ángel de luz (II Cor. 11:14). Mientras está inyectando pensamientos en su mente con el único propósito de destruirte, él le hará pensar que esos pensamientos vienen de Dios y, como resultado, le hará caminar en constante culpa y condenación creyendo que es Dios quien le está tratando de convencer, mientras todo el tiempo es Satanás quien está intentando matarle.
¿Cómo es posible algo así? ¿Cómo es posible que aceptemos las palabras del maligno como si vinieran del Santo? Nuestro enemigo es sutil, y usa incluso instrumentos de justicia para fines malvados. Por ejemplo, usará las Escrituras, la misma Palabra de Dios, contra nosotros. Intentará centrar nuestra atención en las leyes de Dios y nuestra total incapacidad para guardarla, en vez de en el poder resucitador de Jesucristo dentro de nosotros que nos provee de todo el poder necesario para vencer. Nos animará a usar la Escritura para condenar y destruir a los demás, en vez de edificar y animar, como debiera ser (Rom. 15:4). Veremos que estamos manejando la Biblia como un club para juzgar y restar importancia en vez de cómo un instrumente para traer esperanza y santificación.
Satanás también intentará confundir la convicción y la condenación, deshabilitando eficazmente nuestra capacidad para, o bien resistirle o bien recibir el lavamiento del Espíritu. Sin embargo, no tenemos que ignorar sus tácticas; podemos aprender a discernir la diferencia, echar fuera la obra del acusador y llevar salvación, poder y el reino de Dios a nuestras vidas.
• La condenación satánica promueve un sentimiento general de desesperación. Es un vago sentimiento de pecaminosidad e indignidad. La convicción del Espíritu Santo apunta hacia un pecado específico. Hay una clara distinción del problema exacto, el cual queda perfectamente alumbrado.
• La voz condenadora  de Satanás le animará a la destrucción. Intentará convencerle de que el único curso de acción disponible para un pecador como usted es abandonar – a Dios, a los demás, a usted mismo y finalmente, la vida. El Espíritu Santo, por el contrario, le anima a que se arrepienta. Sí, ha pecado, pero hay una limpieza disponible y una renovación por medio de la sangre de Jesucristo, y Él es fiel y justo para perdonar (I Jn. 1:9).
 • Finalmente, Satanás le dirá que no hay salida, que no tiene ninguna esperanza  y que no hay absolutamente nada que pueda hacer, que su vida es un callejón sin salida, que ha fallado más allá de toda restauración; pero el Espíritu Santo viene con una acción específica que usted puede tomar: “El que roba, no robe más, sino mas bien que trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, a fin de que tenga qué compartir con el que tiene necesidad” (Ef. 4:28). “Dejad el enojo y la malicia y poneos un corazón compasivo y amable. Dejad la calumnia y las malas palabras y poneos un manto de alabanza y agradecimiento” (Col. 3:5-17). “Desechad la mentira y hablad verdad” (Ef. 4:25).
Nunca hemos de pelear contra la convicción del Espíritu Santo, porque Él no discutirá con nosotros; si no, nuestra conciencia quedará cauterizada y nuestros oídos se adormecerán ante su voz (I Tim. 4:1,2). Más bien, debemos siempre resistir activamente la condenación satánica con el testimonio de lo que la sangre del Cordero ha logrado para nosotros, confesando la palabra de nuestro testimonio.
Ladrón
“El ladrón sólo viene para robar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10).
Satanás es el acusador y fuente de toda acusación maligna. Él es el mentiroso y padre de mentira, mezclando la verdad y el error para hacernos creer lo peor acerca de Dios, de otros y de nosotros mismos. Es un asesino que es siempre y de todas las formas posibles nuestro enemigo. Se disfraza como ángel de luz, intentando confundirnos e impedirnos que resistamos sus ataques, y es un ladrón que está constantemente intentando robar, matar y destruir todo lo bueno de nuestras vidas. Siempre que nuestra fe, esperanza y amor sean desafiados o quitados, sabemos quién es el responsable: Satanás. Pero no tenemos que permitirle que siga adelante con sus planes malvados, ya que podemos resistirle, podemos vencerle, y podemos ponerle bajo nuestros pies por el poder y autoridad de Jesucristo que vive y reina dentro de nosotros.
Los nombres y carácter del Espíritu Santo
Al igual que Satanás viene a su lado para resistirle y destruirle, el Espíritu Santo viene a su lado para fortalecerle. Al igual que Satanás inyecta sus pensamientos espontáneos de destrucción en su mente, el Espíritu Santo inyecta pensamientos espontáneos de vida en su corazón. Consideremos ahora el carácter y la obra del Espíritu Santo.
Consolador
La verdadera esencia de la naturaleza de Satanás es la acusación, de igual forma que la esencia de la naturaleza del Espíritu Santo es consolarnos con palabras de verdad. “... y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el espíritu de verdad...” (Jn. 14:16,17a). Las palabras del Espíritu serán tranquilas, calmantes y de consolación. Aún cuando la convicción y la corrección sean necesarias, éstas nos llegarán con amabilidad y solaz. Estarán llenas de gracia, compasión y esperanza, levantando nuestros corazones y trayendo un soplo de vida a nuestros espíritus quebrantados.
Cuando soy consciente de la naturaleza de los pensamientos que Satanás y el Espíritu Santo dejan caer en mi mente, comienzo a guardar un registro de aquellos a los que más escucho. ¿Las palabras de quién llaman mi atención con más facilidad? ¿Las palabras de quién encuentran tierra fértil en mi mente para crecer y dar fruto?
Yo me quedé horrorizado con lo que descubrí. En aquel momento de mi vida yo estaba escuchando las acusaciones, mentiras y condenaciones satánicas aproximadamente un 80% de las veces, y sin embargo recibía y prestaba atención a las palabras de consuelo y vida del Espíritu sólo un 20% de las veces. No es de extrañar que caminara por la vida sintiendo constantemente condenación, acusación y depresión.
Todos debemos comprometernos a buscar en nuestras mentes, echando fuera todo lo negativo, los pensamientos de acusación y abrazando todos los pensamientos de consuelo y consolación. Hemos de ser diligentes en llevar todo pensamiento cautivo a la obediencia a Cristo, y no debemos permitir que Satanás gane la batalla en nuestras mentes, porque la victoria en ese lugar abre el camino para controlar las palabras que decimos y la manera en que actuamos.
¿Cómo podemos específicamente echar fuera de nuestras mentes al acusador y llevar cada pensamiento a la autoridad de Jesús? No es algo difícil, no requiere mucho tiempo de oración ni mucha fe; lo único que hace falta es una vigilancia diligente. En el momento en que nos damos cuenta de que hay un pensamiento negativo o destructivo en nuestras mentes, debemos rechazarlo instantáneamente y reemplazarlo por una palabra positiva de verdad de la Palabra y del Espíritu. Cuando Satanás nos susurra: “Vas a fracasar”, el Espíritu responde: “Ten fe en Dios”. Satanás dice: “Tú no eres el adecuado”, y el Espíritu Santo nos alienta: “Tienes todo lo que necesitas en mi poder”. Satanás dice: “Estás solo”, y el Espíritu Santo te promete: “Yo estoy contigo siempre. Nunca te dejaré ni te abandonaré”.
Usted puede escoger a quién escucha. Incluso cuando su fe es tan poca y su corazón no puede decir amén a las palabras del Espíritu, aférrese a las palabras de verdad, no permita que sus emociones determinen qué pensamientos va a obedecer; abrace la palabra de Dios y sus emociones finalmente cambiarán y se alzarán en alabanza, consuelo y gozo.

Espíritu de verdad
Ya hemos hablado de que el Espíritu Santo habla sólo palabras de verdad. Mientras que Satanás es un mentiroso desde el principio, no podemos encontrar ni sombra de error, imprecisión o engaño en el Santo.
 “Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad” (Jn. 16:13).
¡La verdad libera! Jesús dijo: “las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn. 6:63). Satanás intenta atarnos con sus mentiras, y el Espíritu de verdad nos hace libres. La mentira nos destruye, y la verdad nos da vida.
Según leemos la Palabra de Dios en oración, pasamos tiempo escuchando a Dios hablándonos directamente por medio de la anotación, y habitamos en su presencia, Él nos habla a través del fácil fluir espontáneo dentro de nosotros. Hemos de escoger incubar sus palabras de verdad para que puedan llevar un fruto apacible de justicia a nuestras vidas (Stgo. 3:18). Debemos ser diligentes en guardar nuestras mentes para que sólo permitamos que permanezcan inalterables los pensamientos de consuelo y verdad. Considere el gráfico de la página siguiente. Haga un pacto en su corazón de que en el momento que descubra una mentira satánica en su mente, como las que hay en la columna uno, lo rechazará instantáneamente, lo echará fuera  y lo reemplazará con la Palabra eterna de Dios, como vemos en la columna dos.
El que nos convence
El Espíritu Santo está siempre intentando consolarnos iluminando palabras de verdad en nuestras mentes. Esta naturaleza de paz y gracia infunde cada aspecto de su obra en nuestras vidas, incluso cuando debe hablarnos de nuestro pecado.
 “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn. 16:8).
Cuando el Espíritu Santo nos señala algún pecado en nuestras vidas, lo hace siempre de una forma totalmente positiva, no teniendo nunca ninguna connotación negativa para nuestras mentes. Él nos llama amablemente a que ascendamos a una justicia mayor en vez de aplastarnos con culpa y condenación. Él nos lleva positivamente a cambiar nuestras mentes y nuestras acciones por medio de su amor y su gracia.

Los pensamientos de Satanás:
Negativos, Destructivos
Los pensamientos de Dios:
Positivos, Constructivos
No puedo...
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Fil. 4:13).
Me falta...

Mi Dios suplirá todo lo que me falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo  (Fil. 4:19).
Temo...

Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (II Tim. 1:7).
No tengo fe...
Dios me ha dado una medida de fe (Rom. 12:3).
Soy débil.
El Señor es la fuerza de mi vida (Sal. 27:1).
Satanás puede conmigo...
Mayor es el que está en mí que el que está en el mundo (I Jn. 4:4).
Estoy derrotado…
Dios siempre me da la victoria en Cristo Jesús (II Cor. 2:14).
No sé qué hacer...
Cristo Jesús ha sido hecho para mí sabiduría de Dios (I Cor. 1:30).
Me voy a enfermar de vez en cuando...
Por sus llagas he sido sanado (Is. 53:5). Jesús mismo llevó mis enfermedades (Mt. 8:17).
Estoy muy preocupado y frustrado...
Puedo echar mi ansiedad sobre Él porque Él cuida de mí (I P. 5:7).
Estoy atado...
Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad (II Cor. 3:17).
Me siento condenado...
No hay condenación para mí, porque estoy en Cristo Jesús (Rom. 8:1).

Satanás pisotea su personalidad, queriendo sólo dominarle y destruirle. Él Espíritu Santo es siempre un caballero, suplicándole siempre gentilmente que abandone el pecado, se ponga la justicia y reconozca el justo juicio. Él es el “Espíritu de vida”, haciéndole libre del pecado y la muerte (Rom. 8:2). Satanás fuerza; el Espíritu Santo atrae. Satanás demanda; el Espíritu Santo suplica.
Edificador
Las palabras reconfortantes de verdad que nos convencen de pecado y de justicia siempre traerán como resultado nuestra edificación. Si somos obedientes a sus palabras, nunca saldremos de la presencia de Dios sin ser edificados en nuestros espíritus.
 “Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación...” (I Cor. 14:3).
Cuando el Consolador habla a su Iglesia a través de la profecía, su primera tarea es edificar o construir. Incluso cuando señala el pecado o el error, el elemento de instrucción y esperanza siempre terminará en que el oyente sea animado y fortalecido.
De acuerdo al juicio de la Ley, merecemos ser destruidos; según la gracia de Cristo, tenemos vida eterna. Podemos ser abordados por otros y dentro de nuestras mentes de dos maneras: 1) con la Ley, seguido por el juicio, o 2) con la gracia y la misericordia, por medio de la sangre y la justicia de Jesucristo. Tenemos que ser diligentes en aceptar sólo esas palabras que dan gracia, vida y edificación. Aún más, hemos de ser cuidadosos y hablar sólo aquellas palabras que animan, edifican y producen esperanza. Hemos sido hechos ministros de reconciliación, no mensajeros de muerte y destrucción.
¿Cómo reacciona cuando ha pecado? ¿Es usted capaz de recibir la gracia y la misericordia que le ofrece Cristo cuando se arrepiente? ¿Es usted capaz de volver a levantarse cuando se cae y a moverse en el Espíritu? ¿O tiene usted que revolcarse en su culpa durante un tiempo, lamentando su condición pecadora, machacándose mentalmente por haber vuelto a fallar?
A mí me cuesta aceptar el perdón de Cristo. Cuando fallo, especialmente en un área en la que haya fallado muchas veces en el pasado, de alguna manera siento que debo hacer algo más que arrepentirme antes de poder ser restaurado. Muchas veces he llegado ante el Señor anotando, clamando en duelo y arrepentimiento, y Él amablemente me ha respondido: “Te perdono, hijo”. Yo continúo: “Pero Señor, no sabes cuánto lo siento y lo apenado que estoy”, y otra vez Él dice: “Te perdono, hijo mío”, pero algo me hace seguir machacándome a mí mismo, incapaz o no queriendo abrazar su limpieza y fuerza para seguir en su justicia. Finalmente, Él irrumpe con las palabras: “Mark, yo te he perdonado, ¿no te vas a perdonar tú?”.
He vivido durante tantos años con la culpa y la condenación creyendo erróneamente que era mi Padre Dios quien me condenaba, que fue sólo a través de aprender a oír su voz como pude liberarme de la atadura de las mentiras del enemigo para experimentar la libertad y el perdón. La Biblia dice: “Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1). Creía en mi corazón que esto era verdad pero no era una realidad en mi vida. Había una condenación para mí, ¡incluso aunque estaba en Cristo! Sólo a través de ver y oír a Dios dentro de mi propio corazón fui capaz de reconocer la verdadera fuente de condenación. Cuando realmente llegué a conocer a Dios, vi que Él tenía mucha más gracia y perdón y mucho menos juicio de lo que yo me imaginaba que tendría.
El que exhorta/enseña
“Pero el que profetiza habla a los hombres para... exhortación” (I Cor. 14:3). “El Consolador... os enseñará todas las cosas” (Jn. 14:26).
“Exhortar” es otra de esas palabras que ha tomado diferentes connotaciones aparte de la intencionada por el autor y el traductor. Algunos parecen pensar que la exhortación es el momento de dejar “que otro cargue con ello,” a menudo más parecido al trabajo del acusador que al trabajo del Consolador.
La definición literal de exhortación (parakaleo en el griego) es “llamar a una persona para que esté al lado de alguien para animar a adoptar alguna pauta de conducta, siempre mirando al futuro”. Nótese lo cercano que esto está a  parakletos, que es la traducción de “Consolador”.
La exhortación es, por tanto, distintiva de tres formas: 1) Llamamos a una persona para que esté al lado. Normalmente no corregimos a una persona en público, sino que esperamos hasta que podamos hablar en privado, si es posible. 2) Estamos animando a que se adopte alguna pauta de conducta. No estamos solamente recitando sus errores, ya que la mayoría de nosotros somos demasiado conscientes de nuestro pecado y errores, y no necesitamos que otra persona nos lo diga. Lo que necesitamos es ayuda para ser libres de nuestra atadura, sugerencias constructivas específicas que nos ayuden a vivir la vida de santidad que deseamos. 3) La exhortación siempre mira hacia el futuro. Por tanto no nos quedamos revolcándonos en el pasado.
Un ejemplo perfecto de una exhortación es la respuesta de Jesús a la mujer que fue sorprendida en adulterio (Jn. 8:3-11). Según la Ley, ella era culpable y digna de muerte, pero Jesús fue más allá de la ley y ofreció misericordia, gracia y perdón. Él pronunció una frase simple: “Tampoco yo te condeno; vete y no peques más”. Él no le echó un sermón ni una gran enseñanza moral, como yo hubiera sido tentado a hacer, sino que, en pocas palabras, ofreció perdón, aceptación y ánimo, mirando a la restauración. De nuevo, no hubo necesidad de señalar su pecado, ya que había estado siempre delante de ella, y de la misma manera, el beso de amor, unido a la palabra de exhortación, muchas veces puede traer restauración a otros.
Si creemos que el Señor quiere que exhortemos a otros, hemos de recordar que toda exhortación ha de hacerse en amor (I Cor. 13), amablemente (Gal. 6:1), pacientemente (I Tes. 5:14), con mucha misericordia (II Cor. 1:3b) y con el deseo de consolar (II Cor. 1:3c). No hemos de dejar que “ninguna palabra corrompida salga de nuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo” (Ef. 4:29, 30 a).
Resumen
En resumen, miremos al Salmo de Asaf, el Salmo 73. Es un capítulo bastante largo y por eso no lo incluiré todo aquí, pero le animo a que lo lea en su totalidad, no sólo los versículos de abajo.
Asaf comienza: “Ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con los de puro corazón. En cuanto a mí, mis pies estuvieron a punto de tropezar, casi resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de los impíos...”
Asaf comienza con un corazón puro, pero de repente pierde su perspectiva divina, centra sus ojos en el estilo de vida de los arrogantes e impíos, y su corazón es contaminado. En vez de ver a Dios, ve a los hombres; en vez de escuchar la verdad, acepta las mentiras del enemigo. Cuando lea los versículos 4 al 15, verá claramente que el padre de mentira está trabajando en su mente. Hay algunos hechos que se nos dan aquí: “El orgullo es su collar; el manto de la violencia los cubre... Se desborda su corazón con sus antojos. Se mofan…” Todo es cierto; sin embargo, mezclados con estos hechos, residen algunas mentiras, las cuales Asaf está aceptando como verdad: “No hay dolores en su muerte... No sufren penalidades como los mortales; ni son azotados como los demás hombres...” ¡Esto no es cierto! Desde fuera, para los ojos envidiosos, puede parecer que llevan una vida fácil, pero sencillamente no es así. Asaf está razonando fuera de la presencia del Espíritu Santo, y cuando hacemos esto, rápidamente razonamos en un hoyo en el suelo.
Sin embargo, Asaf es lo suficientemente sabio como para no quedarse en esa condición, porque él sabe dónde ir para encontrar la verdad. Él sabe que para restaurar su corazón puro, debe volver a conseguir una perspectiva divina. Finalmente, en el versículo 17, comienza el proceso de restauración: “Hasta que entré en el santuario de Dios...”. En los versículos siguientes, leemos su anotación, la respuesta de Dios a su queja y a su respuesta no expresada. Primero, Dios le muestra la verdad acerca de los impíos. “¡Son destruidos en un momento! Son totalmente consumidos por terrores repentinos”. En pocas palabras, o quizá una imagen, Dios trae la luz de la verdad a la oscuridad de las mentiras de Satanás y éstas son desechas.
Acto seguido, Dios le muestra a Asaf la verdad sobre sí mismo. “Cuando mi corazón se llenó de amargura... entonces era yo torpe y sin entendimiento; era como una bestia delante de ti...” Cuando vivo y pienso y razono fuera de su presencia, cuando acepto mentiras por verdades, soy tan insensible como una bestia salvaje. “Sin embargo, yo siempre estoy contigo; tú me has tomado de la mano derecha. Con tu consejo me guiarás, y después me recibirás en gloria”. Aunque Asaf fue engañado, aunque pecó y perdió de vista a Dios, aún así no fue abandonado. Cuando él vio su propio pecado, superpuesto en él vio la misericordia y la gracia de su Dios. No es de extrañar que el capítulo termine con adoración. Cuando vemos a Dios y su verdad es revelada dentro de nosotros, nuestros corazones se purifican, se restaura la comunión y el gozo irrumpe como la mañana.
Este es el mismo proceso por el que debemos pasar. Cuando perdemos la perspectiva divina, cuando no podemos ver la mano de Dios y nuestras mentes están nubladas por la mezcla de verdad y error, nosotros también debemos entrar en el santuario de Dios, debemos también entrar en su presencia, vaciar nuestras dudas, iras y temores, y permitirle que hable como respuesta. Sólo por medio de su voz y su visión podemos ser restaurados.
Respuesta
Después de leer este capítulo, ¿se ha dado más cuenta del trabajo de Satanás en su mente? ¿Ha empezado a ver más claramente la diferencia entre la voz del acusador y la del Consolador? ¿Ha reconocido puntos negativos generalizados y mentiras descaradas de parte del enemigo, las cuales está usted aceptando e incubando? ¿Ha visto obrar a Dios en su vida y circunstancias?
Tómese algún tiempo ahora mismo para entrar en el santuario de Dios. Aquiete su corazón, sintonice con la voz espontánea y la visión de Jesús y escriba sus preguntas, dudas y temores en oración a Dios. Luego asegúrese de escuchar sus respuestas y de buscar su visión. Escriba lo que vea y oiga, ¡y regocíjese en la bondad de Dios!
4
CÓMO INCUBAR SÓLO A CRISTO
¿Ha notado alguna vez que es posible que todo le vaya bien, que esté disfrutando de la vida, alabando a Dios, contento de estar vivo, cuando de repente, en cuestión de minutos o de segundos, el enojo o la depresión explotan dentro de usted y todo su gozo desaparece? ¿Cómo es posible que ocurra un cambio de espíritu tan dramático de una forma tan rápida? ¿Qué es lo que hace que esto suceda? ¿Hay algo que podamos hacer para evitarlo, o al menos para revertir los resultados?
Cuando comencé a ser más consciente de las palabras del acusador y del Consolador dentro de mí, también fui más consciente de estos “cambios de estado” repentinos, y me molestaban. Yo buscaba a Dios fervientemente para que me revelara la fuente y me liberara de ellos, hasta que finalmente, un domingo por la mañana me arrodillé en el altar de la iglesia que estaba pastoreando, clamando por sabiduría. Allí mismo, Dios juntó la enseñanza de dos grandes profetas de nuestro tiempo, el Dr. Paul Cho y Kenneth Hagin, dando un principio de revelación que revolucionó mi vida y también la de mis estudiantes.
Me di cuenta de que nuestros espíritus tienen cinco sentidos principalmente, al igual que nuestros cuerpos físicos. Si somos diligentes en llenar estos cinco sentidos de nuestro espíritu continuamente y sólo con Dios, seremos capaces de vivir en la realidad de Filipenses 4:8.
 “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad.”
¡Aquí radica la libertad, el gozo y la vida abundante que se nos ha prometido como hijos de Dios!
¿Cuá@

Ú<­C÷nco sentidos espirituales? Ya hemos echado un vistazo a los dos primeros: los oídos y los ojos de nuestro corazón. Además, nuestros espíritus tienen una mente interna, una voluntad interna y emociones internas. Quizá usted había aprendido, como yo, que la mente, voluntad y emociones son funciones del alma. Cuando hice un estudio minucioso de las Escrituras, descubrí que aunque estas tres capacidades se pueden usar a nivel del alma, también se pueden usar en un nivel más profundo por el espíritu.
Estos cinco sentidos son la fuente de la creatividad dentro del hombre, y es por medio de ellos que las realidades espirituales nacen en el mundo físico. Estos cinco sentidos están siempre funcionando, siempre en algún estado del proceso de incubación. Se pueden llenar o bien por Satanás o por el Espíritu Santo, trabajando para muerte y desesperación, o para vida y esperanza en nuestras vidas. Al igual que hay tres estados en el nacimiento de un niño, también hay tres estados en el nacimiento de las realidades espirituales en nuestra dimensión.
Concepción:
- Ocurre cuando el oído interno oye una palabra de Satanás o del Espíritu, y
- El ojo interno ve una visión de Satanás o del Espíritu Santo.
Incubación:
- Cuando la mente interna medita la palabra y visión,
- La voluntad interna se activa y comenzamos a hablar según lo que llena nuestros corazones, y
- Nuestras emociones internas son estimuladas haciéndonos actuar sobre la base de la palabra y visión
Nacimiento:
- En la consumación del tiempo, la realidad espiritual se convierte en realidad física.

¿Cómo funciona esto en su vida diaria? Imagínese que entra en una iglesia un domingo por la mañana, llena de amor y gozo en el Señor. Mira al otro lado del pasillo y ve allí sentada a su mejor amiga. Usted sonríe y le saluda amigablemente moviendo la mano, ¡pero ella no responde! Su rostro parece estar serio mientras vuelve su cabeza para desviar su mirada de usted. Instantáneamente el acusador se pone a trabajar en su mente: “¿Pero qué le ocurre a la hermana Susie? Verdaderamente, ella parece que está teniendo un mal día hoy; es más, no creo que esté del todo bien desde hace varias semanas; ya no sonríe como antes, ¡me pregunto si estará en pecado! Me apuesto a que sí, el problema que me compartió hace un tiempo, me apuesto a que no ha podido resistir y ha caído en pecado. ¡Probablemente se ha apartado del Señor! Bueno, nunca creí que fuera una buena cristiana, y realmente tampoco era una buena amiga, no es lo suficientemente espiritual para alguien como yo.”
Y así, durante todo el sermón, su mente sigue trabajando la palabra acusadora, viendo una visión de la condición pecadora de su hermana y la separación de su amistad, meditando con su mente interior en toda la suciedad negativa que Satanás tiene que ofrecerle. Al final del sermón, su corazón estará lleno de mentiras y su boca tendrá que hablarlas. Se vuelve a la persona que está a su lado y le dice (con gran dolor cristiano): “¿Se ha fijado en la hermana Susie en estos últimos meses? Yo creo que se ha apartado del Señor. Está dejando de tener comunión con las hermanas en Cristo y usted ya sabe lo que eso significa. Está profundamente metida en el pecado...”.  Según sale el veneno de su boca, sus emociones se agitan hasta el punto en que debe actuar según sus convicciones. Cuando ve a Susie saliendo por la puerta lateral, con gusto evita todo contacto con ella y se dirige orgullosamente hacia la puerta trasera para darle la mano al pastor.
Pero suponga que cuando el acusador le dice sus palabras mentirosas en su corazón, usted instantáneamente las rechaza, maldiciendo su lengua acusadora y volviéndose a Cristo para oír una palabra de verdad. ¿Cuál habría sido el resultado? Quizá el Consolador le hubiera dicho: “Tu hermana está atravesando un momento muy duro ahora mismo. En este momento de prueba, ella siente que yo la he abandonado. No puede sentir mi amor y, como se siente separada de mí, no se siente digna de tu amor. Ella necesita más que nada en el mundo tu amor y aceptación hoy. Quiero que tú seas mis manos y mis brazos para ella, y que le des un abrazo y le digas lo mucho que yo la amo”.
Durante todo el sermón, de nuevo su mente está ocupada meditando en el rema y la visión que ha recibido, pero esta vez, está produciendo amor y vida en su espíritu. Tan pronto como acabe el servicio, usted se apresurará para ir con Susie y decirle lo que hay en su corazón, y cuando usted esté actuando según sus emociones interiores de amor y compasión, poniendo sus brazos alrededor de ella, susurrándole: “Dios te ama mucho, y yo también”, lágrimas de sanidad comenzarán a salir, la amistad quedará restaurada y su fe será renovada.
La elección es suya. ¿A quien vamos a escuchar? ¿Qué palabras vamos a meditar? ¿Qué emociones van a llenarnos y empujarnos a hablar y actuar? ¿Seremos ministros de condenación o de reconciliación? ¿Llevaremos dolor o sanidad a quienes  toquemos?
Un ejemplo más: Suponga que su jefe le ofrece un ascenso; significa mayor responsabilidad y requiere aprender algunas cosas nuevas. Inmediatamente el enemigo le susurra: “¡No aceptes el trabajo! No tienes necesidad de ese tipo de problemas, pues las cosas te van bien así, no te compliques la vida; si aceptas ese puesto, la gente dependerá más de ti, y si te equivocas, todos lo sabrán y te culparán a ti, y tú sabes que meterás la pata. Además eres demasiado mayor para aprender cosas nuevas, es muy duro y no podrás hacerlo”.
Cuando lo comente con su esposa esa noche, el cuadro de fracaso se hará más y más grande; no sólo crearás problemas en tu departamento, sino que toda la compañía perderá dinero, terminarán en bancarrota, perderás tu trabajo y el respeto de tus amigos, porque todos sabrán que fue culpa tuya el que cerraran la compañía. El temor oprime su corazón y a la mañana siguiente le dirá al jefe: “No gracias, estoy satisfecho con el trabajo que tengo.”
Pero ¿qué ocurriría si rechazase las palabras mentirosas el mismo instante en que aparecen en su mente? ¿Qué es lo que diría por el contrario el Espíritu? Quizá le susurraría: “¡Qué bueno es tener la oportunidad de continuar creciendo y aprendiendo cosas nuevas! Tú estás lleno de mi fuerza y sabiduría, así que serás capaz de ser entrenado en esta nueva área de responsabilidad. Si pones tu confianza en mí y meditas en mi Palabra, yo haré que tengas éxito. Puedes hacer todo lo que te propongas porque mi fuerza llena tu vida”. Una visión de éxito llena su mente, y mientras medita las palabras de vida, determina en su espíritu hacer lo mejor por medio de Cristo y con gratitud acepta el nuevo cargo.
Espero que usted esté comenzando a entender la consistencia con la que esta cadena de eventos se desarrolla en nuestros espíritus. Seamos o no conscientes de ello, nuestros corazones están constantemente en el proceso de crear y llevar a la tercera dimensión lo que ha sido concebido en el ámbito espiritual. Por lo tanto, es imperativo que presentemos los ojos y oídos de nuestro corazón solo a Cristo para que los llene de Él y, así, el apacible fruto de justicia pueda nacer a través de nosotros.
Jesús dijo: “La lámpara de tu cuerpo es tu ojo; cuando tu ojo está sano, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando está malo, también tu cuerpo está lleno de oscuridad” (Lc. 11:34-36). Los ojos de nuestro corazón son una de las herramientas más poderosas para el bien y el mal que Dios ha creado dentro de nosotros. Yo creo que el enfoque de nuestros ojos interiores provee la dinámica más poderosa de nuestras vidas. Se nos dijo que “pusiéramos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb, 12:2). Sólo enfocando nuestros ojos interiores en Jesús es como pueden ver bien nuestros ojos y todo nuestro cuerpo ser lleno de luz. Si nosotros no los ofrecemos deliberadamente a Cristo para que los llene con su luz divina, Satanás los llenará automáticamente, trayendo oscuridad de lujuria, temor, fracaso e inadecuación a todo nuestro cuerpo.
Una vez que hayamos oído la palabra de Dios y visto su visión, debemos incubarla dentro de nuestro espíritu, permitiendo que nuestra voluntad, mente y emociones interiores se saturen de ellas. Así quedaremos embarazados con los propósitos de Dios y seremos portadores de su poder soberano en el mundo. Nuestra mente interior medita sólo los pensamientos de Dios, nunca las dudas y el negativismo de Satanás. Nosotros escogemos con nuestra voluntad interior hablar con fe aquello que Dios nos ha hablado previamente. Mientras se van cargando nuestras emociones interiores con la visión de Dios, estas nos motivan a movernos y actuar en fe según las promesas gloriosas de Dios, esperando un milagro. En la plenitud de los tiempos de Dios, y no en los nuestros, Él llevará a cabo su promesa, dando gloria a su nombre. Para asegurarnos de que no podremos llevarnos ninguna parte de su gloria, Él esperará hasta que nosotros hayamos dejado de intentar llevar a cabo sus promesas en nuestras propias fuerzas. Cuando sea totalmente evidente para todos que no se puede hacer en lo natural, Él lo hará sobrenaturalmente.
Abraham, el padre de la fe
Abraham es un clásico ejemplo de esta experiencia. En Génesis 12:2, Dios habló una palabra rema en el corazón de Abraham: “Haré de ti una nación grande”. ¡Qué maravillosa promesa! ¡Qué palabra tan gozosa, edificante y positiva! Cuando empiece a trabajar con la anotación en un diario y a oír la voz de Dios, usted también verá que las palabras de Dios son gloriosas, positivas, edificantes y llenas de gozo. Él prometerá hacer grandes cosas a través de usted también. Satanás intentará robarle esas palabras de verdad con sus acusaciones: “Dios no puede usarte. Mira quién eres” Pero el Espíritu vuelve a hablar a nuestros condenados y desanimados corazones: “Yo te usaré. ¡Mira QUIÉN SOY YO!”
Once años después, Abraham tuvo otra visita del Señor. Esta vez, Dios le mostró las estrellas del cielo y la arena del mar en una visión. “Así será tu descendencia”, dijo Él. Aquí tenemos a Abraham, con 86 años de edad y sin hijos. ¿Cómo responde él ante una promesa tan increíble? “Y Abraham creyó en el Señor…” Abraham debió haber creído la palabra rema que llegó a él muchos años antes, porque actuó en obediencia a ella. Sin embargo, la fe que llegó como resultado de la visión, era tan profunda y poderosa que fue digna de comentarse en la Palabra. Este es el poder de la visión, solidifica la promesa, dando sustancia a lo que no se puede ver en lo natural.
Habiendo recibido la palabra y la visión, Abraham llenó su mente interior sólo con pensamientos de fe.
“Él creyó en esperanza contra esperanza… y sin debilitarse en la fe contempló su propio cuerpo… respecto a la promesa de Dios, Abraham no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe... y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo...” (Rom. 4:17-22).
Aunque pasaron años sin ver la manifestación física de la promesa de Dios, Abraham no titubeó en la fe, sino que llenó la mente de su corazón con las palabras y la visión que había recibido del Señor.
Pasaron trece años más sin que naciera el niño. Finalmente, Dios apareció de nuevo con un mandamiento para Abraham: “Y no serás llamado más Abram; sino que tu nombre será Abraham; porque yo te haré padre de multitud de naciones” (Gn. 17:5). En otras palabras, de ahora en adelante cada vez que Abraham pronunciara su nombre, estaría confesando su fe en la palabra de Dios. “Hola, soy el padre de multitudes”. “¿Cuántos hijos tienes?” “Bueno, todavía ninguno, ¡pero Dios me lo ha prometido!”.
Es importante ver en qué punto llegó el mandato de confesar. Abraham había estado meditando la palabra y visión de Dios durante veinticuatro años; había concebido, había incubado, ¡estaba embarazado de las promesas de Dios! Cuando confesamos palabras de fe, parecemos tontos para los incrédulos del mundo y a menudo se burlan y nos critican por ello. Si ocurre esto cuando la semilla es pequeña y todavía no ha sido firmemente establecida, es fácil abortar la visión y abandonar la palabra, pero si viene la persecución contra nosotros cuando estamos cerca del cumplimiento, tenemos la fuerza para decir: “Yo que esto es verdad. Esta palabra ha estado creciendo dentro de mí y está lista para explotar en este mundo. ¡Nada podrá silenciar mi confesión!”. La confesión es una parte vital del proceso de creación, pero obedecer la palabra de Dios concerniente a cuándo confesar es tan importante como qué confesar.
Dios también le dio a Abraham el mandamiento de la circuncisión cuando tenía 99 años (Gn. 17:10-24). No se había hecho mención de condiciones en el pacto hasta aquí; sin embargo, las emociones interiores de Abraham estaban tan en sintonía con el Espíritu que obedeció inmediatamente. “En el mismo día fueron circuncidados Abraham...” (Gn. 17:26). Note que el Señor siguió dándole a Abraham instrucciones concernientes a su preparación para el milagro durante el periodo de incubación.
En lo natural, una madre expectante hace muchas cosas para prepararse para el nacimiento de su bebé. Ella cuida bien su salud, come nutritiva y cuidadosamente, toma vitaminas, hace ejercicio, prepara su mente y su cuerpo para el alumbramiento, y prepara una habitación especial para su pequeño. De la misma manera, nosotros debemos hacer ciertas cosas para prepararnos para el nacimiento de la visión en nuestras vidas. Dios nos dirá qué hacer y cuándo hacerlo, nosotros sólo hemos de estar prestos para obedecer su Palabra, ya que no vale con decir: “Dios me prometió esto hace veinte años”. Usted debe saber lo que Él está diciendo sobre esa promesa hoy.
Finalmente, después de veinticinco años de espera, llegó el poder creativo de Dios y nació Isaac. Sin embargo, esa no es toda la historia, pues durante el tiempo de espera, Abraham cometió un error: “Abram escuchó la voz de Sarai” (Gn. 16:2). Era comprensible; había pasado un largo periodo de tiempo desde que recibió la promesa, y quizá Dios estaba esperando a que ellos hicieran algo diferente, quizá era momento de que el comité de reuniones se reuniera para ver cómo podían ayudar a Dios a llevar a cabo sus planes. Así que Abraham olvidó la voz de Dios por un momento y escuchó en su lugar la sabiduría terrenal.
La siguiente vez que Dios vino y habló con él, dejó ver con orgullo los resultados de sus esfuerzos y dijo: "¡Ojalá que Ismael viva delante de ti!” “¿Ves lo que hemos hecho Señor? Hicimos un niño, justo como tú dijiste que haríamos. ¿Acaso no está bien? ¿No es esto el cumplimiento de tu promesa?” “Pero Dios dijo: No...”(Gn. 17:18-19). Nuestros esfuerzos no pueden lograr los objetivos de Dios. Cuanto más intentamos hacer que ocurran, más se convierten nuestros esfuerzos en un obstáculo y la visión permanece incumplida. Sólo cuando nuestros esfuerzos están exhaustos y toda esperanza natural se haya ido, podrá Dios moverse sobrenaturalmente, cumplir su promesa y llevarse toda la gloria.
Resumen
La tabla del final de este capítulo resume las ideas aquí presentadas. El proceso es constante, y depende de nosotros determinar qué voces y visiones vamos a permitir que nazcan de nosotros.
Respuesta
Es importante que le dé a Dios una oportunidad de aplicar los principios que ha aprendido a su propia vida. Si usted en realidad espera ser aconsejado por Dios, debe encontrarse con Él, hablarle y escucharle. Tome su diario y váyase a un lugar tranquilo donde Él se le pueda revelar. ¿Qué sueños le ha dado? ¿Ha abandonado sus sueños? ¿Sigue meditándolos en su corazón? ¿Los está declarando cuando Dios le dirige a hacerlo? ¿Está escuchando y obedeciendo cada palabra que el Señor le está diciendo, preparando el camino para su cumplimiento? ¿Está descansando de sus obras y permitiéndole a Dios obrar por medio de usted?
Notas finales
1. Para un trasfondo teológico de este concepto, por favor vea Sienta su espíritu por Mark y Patti Virkler, disponible en Ministerios Comunión con Dios en www.cwgministries.org.
2. Para un estudio completo de los cinco sentidos del espíritu del hombre y cómo llenarlos de Dios, vea Creatividad nacida del espíritu por Mark y Pattí Virkler, disponible en Ministerios Comunión con Dios en www.cwgministries.org.
Cómo incubar sólo a Cristo


SENTIDO
CÓMO SE USÓ
EJEMPLO BÍBLICO
ESTADO
1.
Oído interior
(Jn. 5:30)
Recibe el Rema de Dios
Gn. 12:1-3
CONCEPCIÓN
2.
Ojo interior
(Ap. 4:1)

Recibe la visión
de Dios
Gn. 15:5,6
3.
Mente interior
(Lc. 2:19)
Medita los pensamientos de Dios
Rom. 4:20,21

INCUBACIÓN
4.
Voluntad interior
(Hch 19:21)
Habla según
el rema de Dios
Gn. 17:5
5.
Emociones internas
(I Reyes 21:5)
Actúa según el rema y visión de Dios
Gn. 17:23



RESULTADO FINAL
Muerte de la visión
"Yo" soy incapaz de hacerlo
Gn. 16:2
Gn. 17:18,19

NACIMIENTO
Resurrección sobrenatural de la visión
"En el cumplimiento de los tiempos DIOS lo hace"

Gn. 21:1,2

Gal. 4:4a

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.” (Heb. 12:2)
“Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin.” (Ap. 22:13)






5
CÓMO  VER  A  DIOS EN  EL  PASADO
“Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” ¿Y qué ocurre con esos momentos en los que no puedo ver a Dios? ¿Qué pasa con esas horribles experiencias de mi pasado que me traumatizaron tanto que aún hoy me siento afectado por ellas? ¿Qué hay de los momentos que fueron tan dolorosos, en los cuales sé que Dios no estaba allí? ¿Cómo puede ser limpio mi corazón y sanado de las heridas que recibí incluso antes de conocer a Cristo?
Sólo nuestro Admirable Consejero que vive fuera del tiempo puede estar con nosotros simultáneamente en el presente y en el pasado. Cristo es el eterno YO SOY. Él nunca es el “Yo fui” o el “Yo seré”, sino que siempre es el “YO SOY”. Él existe más allá del tiempo, no hay poder que pueda limitarle; es tan fácil para Él estar presente en un momento de su pasado como lo es estar presente aquí y ahora. Sin duda, Él está presente en su pasado al mismo tiempo que está presente en su ahora y en su futuro, porque Él está en todas partes y siempre aquí; Él es el Dios del aquí y ahora, y cada momento del tiempo es para Él, en cada momento, el aquí y ahora. Estos conceptos son demasiado grandes como para que nuestras mentes los puedan entender, pero no por ello dejan de ser verdad.
Y como son verdad, como Cristo es omnipresente y vive fuera del tiempo, es capaz de ministrar una sanidad total en cada herida de nuestro pasado. Esta experiencia recibe varios nombres: sanidad interior, sanidad de recuerdos, sanidad profunda, o sanidad del alma. El nombre es lo de menos, tan solo sirve como una manera de reunir varios principios de las Escrituras. Esencialmente, las heridas profundas del pasado son sanadas a través del perdón y permitiéndole a Cristo caminar por el escenario con amor sanador.
Hay varias cosas que no son sanidad interior: 1) No es usted fomentando heridas para que sean sanadas. No tenemos que frotar los recuerdos y sacar a la luz cada experiencia negativa que encontremos. Es Cristo trayendo amablemente a nuestra conciencia una experiencia que Él quiera tocar. 2) Sanidad interior no es usted fabricando una nueva escena. La enseñanza de la Nueva Era tiene una forma de sanidad interior en la cual uno cambia en su memoria las palabras o acciones que le hirieron por otras de amor y gentileza.  Una reestructuración así del pasado no es nunca la obra del Espíritu Santo porque está construida sobre mentiras, y Él nunca puede mentir. Sin embargo, la verdadera sanidad interior se lleva a cabo cuando vemos a Cristo moviéndose libremente dentro de la escena como realmente ocurrió. 3) La sanidad interior no es una lista de fórmulas, incluso aunque yo lo pueda presentar de esta manera. La sanidad interior, como una consejería llevada a cabo por Dios, es un encuentro vivo con un Dios viviente.
Se han escrito muchos libros excelentes sobre sanidad interior, especialmente en años recientes. Yo recomiendo en gran manera Healing for Damaged Emotions de David Seamonds y You Can Be Emotionally Free de Rita Bennett a todo el que esté interesado en tener un mayor entendimiento de este ministerio. Ciertamente no puedo decir todo lo que se debería decir sobre este tema en un corto capítulo, pero simplemente daré un resumen del proceso como está ilustrado en el ministerio de Jesús según el evangelio de Juan.
La historia comienza la noche antes de la crucifixión de Jesús. Pedro, fuerte, dinámico e impetuoso, había intentado defender a su mejor amigo. Desenvainando una espada al ver que los soldados intentaban llevarse a Jesús, le cortó la oreja a un hombre, pero en vez de recibir elogios y felicitaciones, Jesús le reprendió y sanó la oreja. Ahora Jesús estaba en una prueba ante el sumo sacerdote y no parecía que hubiera nada que Pedro pudiera hacer. Se quedó en el patio esperando recibir alguna palabra, no queriendo estar muy lejos de su maestro.
Mientras estaba sentado con los demás en el patio, calentándose ante unas brasas, una sirvienta gritó: “Tú también estabas con Jesús el galileo”. Lleno de temor, él negó el hecho y se apartó de la mujer. No pasó mucho tiempo, cuando otra sirvienta repitió el cargo y de nuevo Pedro volvió a negar que ni siquiera conociera a Jesús. Finalmente, un testigo clamó: “Su manera de hablar le delata. Tú debes ser uno de sus seguidores”. Pedro inmediatamente cambió su manera de hablar y comenzó a maldecir y a jurar diciendo: “¡No conozco a ese hombre!”.  Mientras el gallo anunciaba la llegada de un nuevo día, Pedro se fue y lloró amargamente. Ninguna otra vez en las Escrituras se nos habla de Pedro llorando. Claramente, este fue un acontecimiento profundamente doloroso en su vida; de hecho, y como resultado, abandonó su llamado al ministerio y volvió a su primer empleo.
Varios días pasaron, y Jesús apareció ante muchos de sus discípulos en muchos lugares. Incluso fue al mar de Galilea donde un fornido y gran pescador estaba intentando poner el pasado tras él y continuar con su vida. Justo cuando aparecía el día, Jesús se le apareció a él y a sus amigos que estaban pescando juntos. Él les preparó un desayuno a base de pescados y pan sobre unas brasas, y después que hubieron comido, Jesús comenzó a preguntarle a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”. Jesús respondió: “Apacienta mis corderos”. Otra vez, Jesús le volvió a hacer la misma pregunta, y Pedro dio la misma respuesta y Jesús respondió de forma similar. Y de nuevo una tercera vez, la conversación se repite.
¿Cuál fue el propósito de este encuentro? Yo estoy convencido de que Jesús estaba ministrando sanidad interior a las profundas heridas que Pedro había experimentado como resultado de su triple negación de Cristo. Nótese la correlación del siguiente gráfico:

El proceso de sanidad interior

El paso dado
Un ejemplo bíblico
(Pedro: Lc. 22:54-62; Jn. 21:2-17)
1.
Usar la visión, volver atrás y revivir la herida
Brasas - Amanecer
Triple confesión
2.
Usar visión, meter a Jesús en la escena.
“Jesús estaba en la playa...”
3.
Usa visión, dejar que Jesús se mueva con libertad, sanando la herida con su presencia amorosa.
Declaraciones de Jesús reafirmando su amor: “Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas, apacienta mis ovejas”

Discutamos cada uno de los pasos del proceso de sanidad interior y veamos cómo se aplicó con Pedro.
1) Usar visión, volver atrás y revivir la herida. Es importante que usted vea la escena y sienta al menos una pequeña porción de las emociones que sintió en su momento. No se meta tanto en las emociones como para no ser capaz de ver allí a Cristo. Si la experiencia fue demasiado emocional y traumática, Jesús puede que escoja llevarle a una escena que ocurrió justo después del acontecimiento, pero el uso de visión es esencial.
Note cómo Jesús inicializa la escena del dolor de Pedro: Sucedió justo cuando estaba amaneciendo. Ocurrió junto a unas brasas. (Estos dos pasajes – Juan 18:18 y 21:9 – son las únicas veces en las que se mencionan unas brasas en el Nuevo Testamento); y conllevó una triple confesión.
2) Usar visión, invitar a Jesús para que se revele en la escena. La sanidad ocurre cuando Jesús nos toca. Él estaba allí cuando ocurrió el doloroso acontecimiento, con lo cual podríamos pensar: “¡Fue demasiado doloroso! No es posible que Él estuviera allí”. Sin embargo, el salmista David dice: “Si en el Seol preparo mi lecho, allí estás tú” (Sal. 139:8). No existe ningún lugar ni experiencia tan mala como para que Él se aparte de nuestro lado, tan sólo le estamos pidiendo a nuestros ojos que estén abiertos para que puedan ver lo que Él estaba haciendo y lo que Él hubiera querido hacer si se lo hubiéramos permitido.
En Juan 21:4-17, “Jesús estaba en la playa.…”. Vino a Pedro y entró en la escena de su fallo y dolor.
3) Usar visión, dejar que Jesús se mueva libremente, sanando la herida con su presencia amorosa. De nuevo, he de decir que no estamos fabricando falsas visiones. Jesús estaba allí en nuestras experiencias dolorosas, y fue sólo nuestra ceguera o nuestras desbordantes emociones las que nos impidieron verle. Él estaba obrando y moviéndose, incluso aunque no pudiéramos sentir su presencia. Ahora, con nuestros ojos abiertos, vemos a Cristo y somos sanados. Yo dudo incluso a la hora de ofrecer sugerencias sobre lo que podamos verle hacer, porque Él es tan creativo que las posibilidades son ilimitadas. Puedo decir con bastante confianza que Él probablemente no hará lo que usted espera que haga. Desde la distancia, podemos decir: “Hará esto o dirá lo otro”, pero estas teorías no traen sanidad a nuestras almas. Sólo el experimentar al Cristo vivo puede hacernos libres.
Hay muchos principios que podemos encontrar en la conversación de Jesús con Pedro, pero nos vamos a centrar sólo en uno. ¿Cuál fue la respuesta de Jesús a las confesiones de amor de Pedro? “Apacienta mis corderos; pastorea mis ovejas; apacienta mis ovejas.” En otras palabras, Jesús estaba diciendo: “Te perdono Pedro. Te acepto y quiero que continúes con el ministerio que yo te he dado. Quedas totalmente restaurado”.
¿No podía Jesús simplemente haber estrechado la mano de Pedro y haber dicho: “Te perdono Pedro, sigue adelante”? ¿Por qué meterse en problemas para volver a pasar por la escena del dolor? Porque las emociones a nivel del espíritu no responden a hechos cognitivos. El espíritu habla el lenguaje de las imágenes, y sólo por medio de la visión el espíritu puede ser tocado y sanado.
Resumen
A través del ministerio de Jesús, el cual llamaremos sanidad interior, podemos ver a Cristo incluso en medio de las experiencias dolorosas de nuestro pasado. Cuando le ofrecemos los ojos de nuestro corazón, le pedimos que revele su presencia y obre en estos acontecimientos; Él, a menudo, nos hará un llamado a perdonar a los que fueron responsables de nuestro dolor. No es que consintamos en alguna manera sus palabras o acciones, pero por medio del perdón somos libres para recibir el perdón y la sanidad de Dios. Los que nos han herido también son hechos libres por nuestro perdón para ser tocados por el poder sanador del Espíritu de Cristo.
Respuesta
La sanidad interior puede ocurrir de muy diferentes formas. A menudo sucede en el altar, cuando derramamos nuestra herida y furor ante Dios, Él nos da revelación y perspectiva divina y salimos de allí restaurados y sanados. Para mí, la sanidad interior con frecuencia sucede cuando estoy anotando en mi diario. Después de haber expresado mis sentimientos al Señor, Él responde con amor y gracia, y de nuevo  me es restaurada una perspectiva divina. Mucha sanidad interior ocurre “naturalmente” (sobrenaturalmente) como resultado de nuestro crecimiento en el Señor. El aumento del conocimiento y entendimiento y una experiencia más profunda en Él produce sanidad.
La sanidad interior también puede suceder cuando uno o dos individuos oran con nosotros. Esto es especialmente efectivo cuando estamos ante grandes bloqueos que nos impiden dejar que Cristo termine su trabajo.
Si usted ha sido consciente de una necesidad de sanidad interior en su vida, le recomiendo que primero vaya al Señor directamente a través de la anotación. Recuerde usar la visión durante todo el tiempo que dure la experiencia, y escriba en su diario todo lo que ocurra en su corazón. Si es incapaz de encontrar alivio por usted mismo de esta forma, debería ir con alguien que tenga un ministerio de oración establecido de sanidad interior, alguien que usted sepa que tiene una buena reputación.
Nuestro Admirable Consejero quiere hacerle libre de todos los rencores, heridas, decepciones, amarguras, temores y fracasos del pasado que le atan y le roban su gozo en Él. Cuando usted le vea en medio de cada experiencia de su vida, su corazón será sanado.

6
DEL  TEMOR  A LA  FE
Probablemente la emoción más paralizante que puede sobrecogernos es el temor. Ninguna otra emoción puede, de una forma tan efectiva, negar nuestra fe, ahogar nuestro gozo, interrumpir nuestra paz y restringir nuestro caminar con el Señor. El temor es una emoción tan dominante en nuestra sociedad, que se han establecido muchos centros por toda la nación con el único propósito de ayudar a las personas a vencer, o al menos aprender a vivir con sus temores. Se usan muchos métodos diferentes para liberar a la gente de las ataduras, aunque en este capítulo examinaremos sólo uno: pasar del temor a la fe oyendo una palabra rema de Dios.
“En el amor no hay temor, sino que le perfecto amor echa fuera el temor...” (I Jn. 4:18). Jesús vino para sanarnos de nuestro temor. El temor es el resultado de la incubación de la engañosa evaluación de la vida que hace Satanás; por el contrario, la fe es el resultado de la incubación de la perspectiva del Señor, la cual está llena de gracia y verdad.
El temor no es simplemente un problema psicológico. Su raíz está en una rema satánica, la cual ocasiona un problema espiritual. La Biblia dice:
“... Porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas; destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo” (II Cor. 10:4,5).
Pablo enseña claramente que nuestros procesos de pensamiento son, en su gran mayoría, de naturaleza espiritual; por tanto, cuando nuestra mente recibe un pensamiento negativo, el cual nos lleva a un patrón de temor, estamos involucrados en una guerra espiritual que sólo se puede ganar por medios espirituales. El temor se destruye reemplazando las remas de Satanás por las de Dios.
¿De qué tenemos miedo y preocupación? Los estudios indican que un 92% de nuestras preocupaciones están injustificadas, o bien porque son por cosas que nunca ocurrirán, cosas del pasado que no se pueden cambiar con la preocupación, o son cosas sin importancia que no nos garantizan el esfuerzo realizado. Si examina sus preocupaciones, probablemente descubrirá que esto es cierto también en su vida; por tanto, la vasta mayoría de nuestra preocupación es una pérdida de tiempo y energía, y, de hecho, es tiempo gastado edificando el reino de la oscuridad. Recuerde que la preocupación es una forma de incubación y, finalmente, lo que crece dentro de nosotros se liberará de alguna manera en el mundo físico.
Sin embargo, incluso el 8% de nuestras preocupaciones, que podemos considerar como causas legítimas para preocuparse, no deberían producir negativismo y temor en nuestros corazones y mentes. Si estas cosas realmente son temas importantes que se deben considerar, ¿cómo se deberían manejar, sin preocuparse?
“Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios” (Fil. 4:6).
Aquí está, por tanto, la solución al temor y la preocupación: oración, mas súplica mas agradecimiento, igual a libertad.
Quizá usted ya había oído de esta formula, quizá incluso la había probado y se le hizo un ritual vacío y sin sentido, y tiene usted razón, pues es algo vacío y sin sentido, a menos que en medio de su oración, usted contacte con el Admirable Consejero y oiga las palabras o remas que Él tiene para usted sobre ese tema. Las fórmulas mecánicas no sanan las heridas espirituales; los ejercicios académicos no liberan al espíritu de sus ataduras a las mentiras; sólo un encuentro vivo con el Cristo vivo puede transformar su corazón de temor en un corazón de fe.
Por tanto, la “formula” o pasos para pasar del temor a la fe finalmente son:
1) Con oración y súplica, sean conocidas sus necesidades delante del Señor. Derrame todas sus necesidades, preocupaciones y ansiedades que están teniendo su mente cautiva.
2) Aquiétese en la presencia de Dios.
3) Reciba revelación de Dios. Oiga sus palabras y vea su visión de la vida.
4) Responda con adoración y agradecimiento. No necesitará que le recuerden hacer esto. Será una respuesta automática de su corazón ante la presencia sanadora de Cristo.
Examinemos un ejemplo bíblico de este proceso. El Salmo 61 es un salmo de David que comienza con un corazón de temor y termina en adoración.
“Oye, oh Dios, mi clamor; atiende a mi oración. Desde los confines de la tierra te invoco, cuando mi corazón desmaya. Condúceme a al roca que es más alta que yo…que more yo en tu tienda para siempre; y me abrigue en el refugio de tus alas” (v. 1-4).
David está pidiéndole al Señor abrigo y defensa, su corazón está desmayando de temor, siente que está lejos de Dios, incluso en el final de la tierra; sin embargo sabe que Dios ha sido su protección en el pasado, y por eso viene delante del Señor y derrama sus sentimientos y sus peticiones.
Al final del versículo cuatro, vemos una palabra hebrea, Selah. La Nueva Versión Estándar Americana indica que esto significa “una pausa, un crescendo, o un interludio musical”. Cuando David terminó de expresar todos sus sentimientos negativos ante el Señor, dejó de hablar y se aquietó en la presencia del Señor mientras la música seguía sonando para ayudarle a permanecer tranquilo. Aquí es donde la mayoría de las veces perdemos el poder de la oración, pues llegamos corriendo al santuario, soltamos nuestras oraciones y nos volvemos a ir; por tanto, no es de extrañar que nuestros momentos de oración sean rituales secos y vacíos. Hemos errado por entero su propósito; la oración no es un monólogo, sino un diálogo, dos personas compartiendo entre sí las cosas que hay en los corazones de ambos. Si queremos ser sanados y liberados de nuestro temor, debemos no sólo expresar nuestros sentimientos al Señor, sino también dejar de hablar y darle la oportunidad de respondernos.
El cambio en el corazón de David como resultado de este callado interludio musical, está notoriamente claro en el resto del salmo.

“Porque tú, oh Dios, has escuchado mis votos; tú me has dado la heredad de los que temen tu nombre. Tú añadirás días a los días del rey; sus años serán como muchas generaciones. Él reinará para siempre delante de Dios... “(v. 5-7, énfasis añadido).

Hay claramente un nuevo sentimiento de confianza en el espíritu de David. Vemos declaraciones fuertes de fe basadas en la revelación de Dios dentro de su corazón. Ya no está atado por el temor sino que ahora justamente pasa a la fe.
No es de extrañar que el salmo termine con alabanza, adoración y obediencia. Cuando oímos al Señor y Él reemplaza nuestros temores con la fe, nadie necesita exhortarnos a alabar, ¡y nadie podrá impedirnos que lo hagamos! He de repetir una vez más que esto no es un proceso académico. Usted no puede hablarse a sí mismo para librarse del temor intelectualmente, porque esto no es algo mental sino espiritual en su raíz. La fe debe brotar de su interior como resultado de un encuentro con Jesucristo para poder ser librado del temor.
Al usar este proceso, es importante recordar que no estamos intentando hacer desaparecer la oscuridad del temor. Nosotros no podemos sacar la oscuridad de nuestras mentes por nuestros propios esfuerzos más de lo que podemos empujar la oscuridad desde una habitación con nuestras manos. En vez de eso, lo que hacemos es traer luz al lugar oscuro e instantáneamente la oscuridad desaparece.
Tampoco estamos intentando vaciar nuestras mentes de temor. Una mente vacía nunca es el objetivo del Espíritu de Dios; de hecho, no hemos de centrarnos en el temor. Quizá usted haya descubierto que cuanto más se centra en algo, más aparece en su mente, incluso si su atención está en intentar evitarlo. Por ejemplo, si está haciendo dieta, intentará no pensar en los dulces. Cuanto más piensa en no pensar en ellos, mayor es el deseo por ellos dentro de usted. La tentación y el pecado no se pueden vencer con un ataque directo, y sólo podemos vencerlo reemplazándolo. En vez de pensar en los dulces, imagínese delgado, saludable y lleno de vitalidad. En vez de centrarse en vaciar su mente del temor, llene su mente de fe, aférrese a esa palabra rema  y visión que haya recibido de Cristo, permita que ruede y ruede por su mente y corazón, medite en ella día y noche, e incube su verdad hasta que nazca en su existencia.
Finalmente, no estamos yendo contra el temor, incluso aunque sea algo malvado que estamos atacando; aún así, una actitud negativa es siempre destructiva. En su lugar, estamos yendo a Dios en una acción positiva en la que Él puede hablar vida a nuestras almas.
¿Cómo puede Dios hablarnos palabras rema que nos den paz? Hay muchas maneras; puede hablar por medio de una palabra iluminada (Ef. 2:17, 18). Cuando meditamos en las Escrituras, su mensaje puede saltar de repente de la página a nuestros corazones; también puede hablar con una pequeña voz apacible en los pensamientos e impresiones espontáneas que vienen cuando nos aquietamos ante Él (I Reyes 19:12,13).
Dios ha prometido hablarnos por medio de sueños y visiones (Nm. 12:6; Hch. 2:17). En nuestra cultura, los sueños han sido devaluados como si fueran tan sólo los restos de la cena de ayer, y las visiones como las vías de escape de una mente inestable. Pero no es así como Dios lo ve, ya que Él ha prometido que daría sabiduría y conocimiento a sus hijos a través de sueños y visiones, si queremos tener oídos para oír y ojos para ver. El lenguaje del espíritu son las imágenes, y de la forma más profunda en que se puede tocar el espíritu es por medio de imágenes que provengan del Señor.
El rema de Dios puede venirnos en forma de nuestra conciencia, la cual o bien nos acusará, o bien excusará (Rom. 2:15), y Dios nos hablará por medio de su creación, revelando la verdad para reemplazar el error que hemos creído (Rom. 1:20).
Elías: De la fe al temor y de nuevo a la fe
La historia del triunfo de Elías sobre los profetas de Baal y la subsiguiente depresión, nos es muy familiar; pero volvamos a examinarla una vez más para darnos cuenta del proceso que operaba en la vida de Elías, el cual produjo estos profundo cambios de estado anímico.
En I Reyes 18:1-46, leemos la historia del triunfo de Elías sobre los profetas de un falso dios debido a que él oyó la voz de Dios y fue obediente. ¡Qué día tan maravilloso fue aquel! Imploró fuego del cielo, mató a 350 falsos profetas, oró de todo corazón y terminó con una sequía de tres años, y dejó atrás a un carro a una distancia de treinta kilómetros. ¡Yo llamaría esto un día exitoso de ministerio! Él era, sin lugar a duda, “el hombre de Dios del momento lleno de fe y poder!”. Sin embargo, es fácil olvidar que ese fue también un día agotador, espiritual, emocional y físicamente; por tanto, él era el primer candidato para una depresión. Es bueno para nosotros darnos cuenta de que posteriormente a nuestros momentos de mayores victorias espirituales, es cuando somos también más vulnerables a los ataques de Satanás de temor, desánimo y depresión.
Satanás nunca desperdicia una oportunidad así. En este caso, tuvo un buen ayudante en la forma de una malvada reina: Jezabel (I Reyes 19:1-2). Ella le envió una palabra a Elías: “Juro que te mataré en las próximas 24 horas”. Aquí tenemos una palabra rema de Satanás lanzada a la mente de Elías. Él tenía una opción, pudo haber aquietado su corazón ante el Señor y oír la respuesta del Señor a la amenaza, o podía hacer lo que hizo: recibir la palabra negativa, llenarse de temor y huir para salvar su vida. Es comprensible, pues acababa de pasar por una fiera batalla espiritual, estaba exhausto, y no parecía tener la fuerza necesaria para volver a luchar con el enemigo; pero Satanás pelea sucio, y nos ataca cuando estamos menos preparados. Así, Elías permitió que la rema maligna se hundiera en su corazón y comenzó a incubarla.
Sus acciones y palabras vinieron a estar bajo el control del rema que había incubado. En el versículo tres y cuatro le vemos corriendo al desierto, separándose de los que podrían cuidar de él, tirándose bajo un árbol y deseando morir. “Basta ya. Señor, toma mi vida…”. “Es suficiente. No soy bueno y quiero morir”. No importa lo mucho que Dios nos use, solo es suficiente un instante para recibir una palabra rema maligna y caer en la depresión.
¡Pero, gloria a Dios que no tenemos que quedarnos allí! Si queremos recibirlo, nuestro Padre está esperando restaurarnos la fe. El primer paso en la sanidad de Elías fue dormir. Algunas veces, lo más espiritual que podemos hacer es irnos a la cama. Si su mente y su espíritu están exhaustos, no se quede toda la noche luchando con el maligno, déjelo en las manos de Dios y váyase a dormir, pues será mucho más fácil derrotarle a la mañana siguiente. El segundo paso para la restauración fue comer. Hay momentos en los que Dios nos llama a ayunar, y sin duda que Elías más adelante ayunará durante cuarenta días, pero ahora mismo, cuando su cuerpo y alma están débiles por la batalla espiritual, el Señor envía un ángel con comida y ánimo para que coma y aumente su fuerza.
Refrescado de algún modo con la comida y el descanso, Elías ahora sabe lo que tiene que hacer. “Se levantó... y fue… al monte de Dios”. Al menos su mente estaba lo suficientemente clara como para saber que tenía que oír de Dios. En los versículos ocho al catorce, su Padre Dios amable y amorosamente restaura la perspectiva divina y renueva su corazón de fe. “¿Qué haces aquí, Elías?”. Claro que Dios sabía lo que estaba haciendo ahí, pero quería que Elías expresara los temores que estaban ahogando su espíritu. “He tenido mucho celo por el Señor, Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitármela”. ¿Puede usted ver la mezcla de error y verdad? Es obvio que Elías había estado oyendo la voz del Mentiroso. Antes de ser restaurado totalmente, él debía aceptar la verdad en lugar de estas mentiras.
¿Qué le dijo Dios a Elías en esa pequeña voz apacible? ¿Le reprendió por su falta de fe? ¿Le condenó por sus debilidades? ¿Le criticó por escuchar la voz del enemigo? No, nada de eso. En los versículos 15 al 19 Dios responde a la confesión temerosa de Elías con la palabra: “Sal...”. Dios ni siquiera mencionó los acontecimientos de los últimos días, sino que en su lugar, Él miró al futuro y volvió a llamar a Elías al ministerio. Le dio autoridad para ungir reyes, le instruyó para ungir a otros profetas para que estuvieran con él y le ayudaran en su ministerio, y finalmente, le dijo la verdad para que contrarrestara la mentira que Elías había estado incubando: “Pero dejaré siete mil en Israel, todas las rodillas que no se han doblado ante Baal y toda boca que no lo ha besado”. Con un espíritu de fe totalmente restaurado, Elías fue del monte del Señor a seguir con el ministerio al que Dios le había llamado.
Resumen
Jesús es el Consejero que puede destruir el temor debilitador que nos consume y puede volver a encender la fe que necesitamos para vivir una vida de victoria. Debemos tener una experiencia viva con Él en la que podamos poner nuestro temor delante de Dios en oración, y después debemos aquietarnos para escuchar su respuesta y permitir que sus palabras de verdad destruyan la mentira del enemigo. Como resultado, seremos libres para alabarle y adorarle, gozándonos en la victoria que hemos recibido.
Respuesta
¿Existen áreas de temor en su vida? Para ayudarle a discernirlas, escriba todos los finales de la pregunta “¿Qué pasaría si...?” que se haya preguntado a usted mismo recientemente. Cuando haya puesto todos sus temores delante de Jesús, aquiétese en su presencia y reciba la mente de Cristo en cada situación. Una la fe con las palabras de Él y entre en el reposo (Heb. 4).

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DE  LA  CULPA  A LA  ESPERANZA
Según el Dr. Cho: “El temor, la culpa y el enojo son tres de los pecados más grandes de la carne”. También son tres de las emociones más destructivas físicamente que podemos albergar. Se ha descubierto que han llegado a ser factores contribuyentes en una amplia gama de enfermedades, incluyendo el cáncer. Ahora que entendemos cómo el proceso de concepción e incubación acaba finalmente en un alumbramiento, vemos claro que la incubación de las palabras y visiones destructivas de Satanás deben tener como fruto la enfermedad  y la muerte. Sin embargo, nuestra confianza está en saber que el proceso también funciona para bien, y la incubación de palabras y visiones santas dan a luz vida, salud y justicia.
En el capítulo anterior aprendimos cómo vencer el temor oyendo la voz de Dios, y en este capítulo examinaremos el poder de la culpa y cómo puede ser reemplazada por el poder de la esperanza.
Igual que existe la verdadera convicción del Espíritu Santo y la falsa condenación satánica, existen también las correspondientes culpa verdadera y culpa falsa. Cuando pecamos, Dios nos redarguye y sentimos la culpa verdadera, y podemos tratar esto con una verdadera confesión y limpieza. Sin embargo, cuando Satanás intenta inmovilizar con culpa falsa, no importa cómo sea el arrepentimiento, porque no nos hará libres. La culpa falsa se debe tratar de una manera totalmente diferente.
Una vez leí una declaración de una autora cristiana madura sobre el efecto de que ella nunca actuaría movida por la motivación de la culpa o la racionalidad, sino que sólo actuaría bajo el impulso del amor y del rema. Esta fue una idea revolucionaria para mí, porque según estaba tocando fondo en mi propia vida, descubrí que raramente había hecho nada que no estuviera basado en la culpa o porque razonaba que era lo correcto que debía hacer. No podía concebir ninguna otra manera de vivir, porque si la culpa o el razonamiento no me motivaban, ¿qué otra cosa podía ser? Y si la culpa que me motivaba no era correcta, ¿qué había de malo en ello?
Culpa verdadera
Yo sabía que había un lugar para la culpa verdadera en mi vida. Cuando peco, me “siento culpable” porque soy culpable. ¿Cómo debo manejar esta culpa verdadera? ¿Cómo trato la culpa de mis pecados y defectos? Hay tres verdades de revelación esenciales que debemos fijar firmemente en nuestras mentes y corazones para tratar con la culpa verdadera:
1) Debemos conocer nuestra composición.
David declaró: “Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen. Porque él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos sólo polvo” (Sal. 103:13,14). ¿Sé yo esto de mí mismo? ¿Soy mentalmente consciente de que soy polvo frágil? ¿O tengo la visión de mí mismo como algo mejor que esto? ¿Me veo alguien duro como el acero, supuestamente capaz de soportar todos los dardos de fuego del enemigo en mis propias fuerzas? Debo reconocer que siempre seré el débil en mi relación y que Él siempre será el fuerte. Cuando creo que soy fuerte, soy el más débil porque confío en mi propia fuerza para ser justo y, sin duda tarde o temprano fallaré.
Cuando Jesús fue saludado como “Maestro bueno”, Él respondió: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo uno, Dios” (Mc. 10:17,18). Incluso Jesús, el Dios-Hombre perfecto no aceptaba el título de “bueno” para sí mismo. ¿Estoy yo engañado creyendo que yo puedo ser bueno? Es solo por su justicia que podemos ser santos y limpios.
2) Debemos conocer la justicia que es por fe.
Tenemos nuestros “corazones purificados de mala conciencia” (Heb. 10:22). Sólo por la fe en la sangre de Jesús pueden nuestros corazones ser limpios. Jesús mismo ha venido a ser justicia y santificación para nosotros, porque estamos en Él (I Cor. 1:30). Nunca podremos ser libres de la culpa de nuestros pecados si no aceptamos el perdón y la regeneración que vienen sólo por la fe en la sangre de Jesús.
Debemos vernos como Dios nos ve, llevando puesta una túnica de justicia sin macha, vestidos con Cristo, viniendo confiadamente ante el trono de gracia en el tiempo de necesidad (Gal. 3:27; Heb. 4:16). Esta es la película que debemos poner en la pantalla de nuestra mente: Soy solo polvo pero estoy fundido con la gloria. Estoy vestido con una túnica blanca de justicia por lo que Cristo ha hecho por mí. Por su gracia y poder, puedo ser justo delante de mi Dios.
3) Debemos conocer el poder que actúa en nosotros.
El poder para ser justo no reside en mi carne, sino que está disponible para mí gracias a Aquel que vive en mí y me infunde su fuerza. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13). Puedo ser fortalecido con poder por su Espíritu en el hombre interior según el poder que actúa en mí (Ef. 3:16,20).
Cuando estas verdades se hacen un conocimiento revelado en nosotros por el poder del Espíritu Santo, la culpa verdadera ya no nos será más un problema. Si pecamos, reconocemos nuestra debilidad, pero aceptamos nuestra condición pecaminosa como una verdadera realidad espiritual. Reconocemos nuestra culpa, nos arrepentimos de corazón y aceptamos la justicia que viene a nosotros por medio de la fe en la sangre de Jesús, y como Dios nos perdona, nosotros también podemos perdonarnos y podemos levantarnos, incluso de la caída en pecado más vergonzosa, arrepentirnos, recibir el poder y continuar, confiando en el poder del Espíritu que obra en nosotros para guardarnos de volver a caer. Podemos recibir de la Palabra de Dios la visión de la verdad de que cuando Él nos limpia de pecado, estamos verdaderamente limpios y vestidos con unas gloriosas túnicas blancas de justicia.
Culpa falsa
La culpa verdadera viene como resultado del poder de convicción del Espíritu Santo, iluminando exactamente el pecado en concreto de nuestras vidas. Es algo específico, me alienta al arrepentimiento y me enseña de una manera positiva a evitar perder la meta de mi futuro.
Entonces, ¿de dónde viene la culpa falsa? En última instancia tiene sus raíces en el acusador de los hermanos. Desgraciadamente, a menudo encuentra el camino hacia nuestras mentes por medio de las palabras bienintencionadas de nuestros pastores cristianos, ancianos, hermanos y hermanas. Cuando intentamos de todo corazón crecer en nuestra vida espiritual, muchas voces llaman nuestra atención y demandan nuestro tiempo, talentos y dinero. El invitado especial de la iglesia declara: “Yo oro seis horas al día”. El evangelista asegura: “Yo he testificado a todas las personas que me he encontrado y he llevado a los pies del Señor al menos a una persona cada día durante los últimos tres años”. El maestro exhorta: “Deberían leer la Biblia entera una vez al año”. El pastor nos anima: “Siempre que la puerta de la iglesia se abra, deberían estar aquí. También, deberían asistir a una célula de hogar para ser ministrado personalmente y a la escuela bíblica para su crecimiento espiritual. Ah, y necesitamos urgentemente profesores para la escuela dominical, jóvenes que puedan ayudar, obreros y voluntarios en cada departamento de la iglesia”. El consejero familiar nos reprende para que: “Empleemos tiempo cada día con la familia. Llevemos a nuestros esposos a comer una vez por semana. Demos toda nuestra atención a cada hijo de forma regular.”
Usted comienza a tener dolores en el pecho del estrés al intentar satisfacer las expectativas de su iglesia, y su médico le advierte: “Tenga al menos ocho horas de sueño y haga ejercicio durante 45 minutos todos los días”. Y por encima de todas estas responsabilidades, usted tiene que atender un buen puesto de trabajo para no sólo satisfacer las necesidades de su propia familia, sino también para diezmar en la iglesia y aportar para el proyecto del edificio, los oradores especiales, los refugiados, los indios de norte América, la misión ciudadana, el hambre mundial ¡y cada una de las demás necesidades económicas que se crucen en su camino! ¿Dónde acaba todo esto? ¿Cómo es posible que viva libre de culpa habiendo fallado al hacer algo importante? No importa lo bueno que usted sea, nunca será lo suficientemente bueno como para satisfacer todas las voces que llaman su atención. ¿Hay alguna manera de ser libre?
¡Gracias a Dios que hay una manera! Cuando una multitud de voces grita llamando nuestra atención, debemos taparnos los oídos y escuchar tan solo la Única voz. Debemos descubrir cuáles son las expectativas de Dios para nuestras vidas, y hemos de saber exactamente lo que Dios quiere que hagamos este año, este mes, esta semana, este día y esta hora. No vivimos basados en las expectativas de otras personas, sino sólo por lo que Dios quiere de nosotros personalmente.
Pablo declaró: “Pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, carecen de entendimiento” (II Cor. 10:12b). Compararnos con los demás solo nos ocasionará confusión y frustración. Nunca tenemos que compararnos con otra persona, sino que sólo debemos juzgarnos según lo que Dios nos haya llamado a hacer.
Para determinar las expectativas de Dios para mí, debo discernir sus dones y llamados sobre mi vida. Si no está seguro de los dones que Él ha depositado en usted, hágase las siguientes preguntas: 1) ¿Cuáles son los deseos más profundos que Dios ha puesto en mi corazón? ¿Por qué cosas siento carga? 2) ¿Cuáles son las áreas y ministerios en las que soy efectivo? 3) ¿En qué áreas confirma el cuerpo de Cristo mi efectividad? Si soy el único que cree que soy un gran maestro, probablemente no tenga el don de enseñanza; sin embargo, si mis estudiantes regularmente expresan aprecio por la forma en que el Señor usa mi enseñanza para retar sus vidas, quedan pocas dudas sobre mi don y mi llamado.
Es importante reconocer que la expresión del llamado de Dios sobre su vida puede cambiar de vez en cuando. Por ejemplo, cuando me convertí, sentía un llamado evangelístico muy fuerte. Iba puerta por puerta, organizaba equipos de testimonios y usaba (o creaba) cada oportunidad para dar el mensaje de salvación. Con el paso del tiempo, gradualmente reconocí un anhelo por pastorear a aquellos a los que llevaba al Señor. El ministerio pastoral se convirtió en un deseo ardiente de mi corazón y comencé a servir como pastor de jóvenes, pastor asociado y finalmente pastor de una iglesia local. Finalmente, de nuevo me di cuenta de la inquietud del Espíritu Santo dentro de mi corazón por cambiar. Investigar y enseñar se convirtió en mi gran deseo y el Cuerpo confirmaba mi don en esa dimensión. En este momento de mi vida, nada me satisface más que estudiar la Palabra de Dios y compartir con otros las verdades que me son reveladas. No sé si este llamado continuará por el resto de mi vida. Quizá en algún momento de mi futuro el Señor de nuevo ponga una inquietud en mi corazón de cambiar, pero lo importante es que durante este tiempo soy libre para hacer exactamente lo que Dios quiere que sea.
Todos enfrentamos la tendencia a forzar a otros encajar en nuestro molde; debemos resistir esa tentación de “proyección de dones”, donde esperamos que todos los cristianos sientan las mismas cargas que nosotros sentimos, apoyen las mismas causas que nosotros apoyamos y ejerciten los mismos dones que nosotros, y de la misma manera. Esta proyección de dones es la herramienta que Satanás usa para llevar la culpa falsa y la condenación a muchos cristianos. Somos parte de un cuerpo con muchos miembros, donde cada individuo tiene un ministerio único e importante. Si cada miembro hace lo que Dios le ha llamado a hacer y permite que todos los demás hagan lo que Dios les ha llamado a hacer, se cumplirán los propósitos de Dios en esta tierra.
Una vez que sepamos cuáles son los dones que Dios ha depositado en nosotros, todavía necesitamos revelación para saber la manera en la que Él quiere que se use ese don. Por ejemplo, muchas personas en el cuerpo de Cristo tienen el don de enseñar, pero se expresa de diferentes maneras. Algunos son llamados a enseñar a niños y a algunos a adultos, otros son llamados a enseñar públicamente en grandes grupos, otros en privado en encuentros personales, algunos enseñan verbalmente, otros escribiendo libros, y por eso usted debe buscar al Señor para la tarea específica que Él tenga para usted en este preciso momento de su vida.
Cuando el Señor le diga cuáles son sus prioridades para su vida, normalmente Él pondrá una visión en su corazón de los resultados de llevar a cabo la voluntad de Él para su vida. Mientras guarde esta visión ante los ojos de su corazón, la esperanza brotará dentro de su espíritu. Esta esperanza se convertirá en la nueva motivación para que la acción reemplace a la culpa bajo la que vivíamos anteriormente. En vez de ser dirigidos por la culpa, ahora somos dirigidos por la esperanza.
Por ejemplo, como maestro, yo tengo la esperanza de ayudar a restaurar la plenitud del poder de Jesucristo en y por medio del cuerpo de Cristo. La visión de la Iglesia brillando con toda su luz y belleza se ha convertido en una gran fuerza motivadora para mí y ya no soy impulsado por la culpa o la obligación.
Esperanza
Bíblicamente hablando, la esperanza es “una expectativa confiada de lo bueno”. Es el marco mental de la mente que tengo debido a mi fe en la presencia y el poder de Dios. Aunque la esperanza involucra a la mente, no son meras ilusiones.
La esperanza es parte de la armadura de Dios que debemos ponernos para permanecer contra las asechanzas del enemigo. “Habiéndonos puesto la coraza de la fe y del amor, y por yelmo la esperanza de la salvación” (I Tes. 5:8). El yelmo de la esperanza es la protección que Dios ha provisto para nuestra cabeza, nuestra mente y nuestros pensamientos. Cuando miramos fielmente a la visión que Dios ha puesto en nuestro corazón, la esperanza borbotea y se convierte en la defensa que nuestras mentes necesitan en la batalla espiritual.
La esperanza es el resultado de estar con Cristo. Efesios 2:12 dice que estar separados de Cristo es estar “sin esperanza y sin Dios en este mundo”. Cuando olvido incluir a Cristo en mis consideraciones y cálculo, estoy sin esperanza. Cuando no veo a Cristo en mi vida y circunstancias, no tengo esperanza, pero cuando estoy unido a Cristo, cuando le veo obrando todas las cosas según el consejo de su voluntad, cuando le veo reinando y gobernando en mi vida, la esperanza es el estímulo que me mantiene en marcha.
¿Qué fue lo que mantuvo a Cristo en la cruz? En medio de ese horrendo dolor, cuando incluso su Padre le dio la espalda, ¿qué motivación fue tan fuerte para capacitarle para cumplir el llamado de Dios sobre su vida? Fue el amor lo que le llevó a la cruz, pero fue la esperanza lo que le hizo permanecer ahí. “Por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza” (Heb. 12:2). Jesús tuvo una visión clara de lo que Dios quería hacer con su vida y muerte. Cuando todas las demás motivaciones perdieron su poder sobre él, la esperanza en la visión de llevarnos gozosamente a ti y a mí a la gloria guardó su mente y le mantuvo firme en su llamado.
Cuando tapamos nuestros oídos a la multitud de voces que nos rodean y abrimos nuestros oídos interiores solo a la voz de Jesús, vemos que estamos avanzando con una mente clara y resuelta que no hemos experimentado antes. El rema de Dios nos hará libres de la tiranía de lo urgente cuando actuemos sólo en obediencia a su liderazgo.
 Durante los últimos años, he recibido un mandamiento de Dios para el año siguiente en el día de Año Nuevo. Él me ha enseñado por medio de una palabra rema en dónde enfocar mi vida y energías para el año siguiente. En vez de hacer un trabajo a medias en muchos proyectos, estoy libre para dedicarme a hacer un trabajo excelente en uno o dos encargos. En vez de tocar al azar la superficie de muchas áreas de mi vida que necesitan cambiar y crecer, puedo concentrarme sin culpa en un área en concreto en la que Dios quiere que trabaje en ese año. He descubierto que siendo obediente a su dirección, he tenido cambios importantes en mi vida espiritual, lo cual, a cambio, afecta a cada área de mi vida.
¿Pero qué ocurre con todo aquello a lo que damos la espalda y dejamos sin hacer? El acusador hará lo mejor que pueda para traer preocupación y culpa de nuevo sobre nosotros con relación a esas cosas. Cuando él intente atraparle con estos pensamientos, recuérdele que usted ya no es esclavo de sus trucos, que ya no es una marioneta en su cuerda, movido a su antojo con cada necesidad urgente. Ahora usted está en los negocios de su Padre, está haciendo aquello para lo cual Dios le diseñó y eso es todo lo único que debe preocuparle.
Cuando Jesús estaba en la cruz dijo: “Consumado es” (Jn. 19:30). Todavía había muchas almas que salvar, todavía había muchos enfermos que sanar, oprimidos que liberar y hambrientos que alimentar, ¿cómo, pues podía pensar en que algo estuviera consumado? Sólo porque Jesús sabía para qué le había enviado Dios a la tierra, Él pudo irse en paz. La obra que Dios le había encomendado estaba hecha.
Resumen
La culpa es una fuerza motivadora muy poderosa en la vida de muchas personas. Si queremos ser libres, debemos aprender a distinguir entre la culpa verdadera y la falsa, y a tratar con cada una de la manera correcta. La culpa verdadera es el resultado de la convicción del Espíritu Santo. Nuestra única respuesta debe ser estar de acuerdo con el Señor, arrepentirnos de nuestro pecado y recibir la justicia de Dios por medio de la fe y apropiarnos de su poder para vencer en el futuro.
La culpa falsa viene como resultado de permitir que el acusador meta baza en nuestras mentes. La libertad de este tipo de culpa viene cuando rechazamos las demandas del enemigo y escuchamos sólo la voz de Jesús. Él nos dará enfoque, dirección y visión para nuestras vidas.
De esta visión, la esperanza brotará desde dentro, guardando nuestras mentes de futuros ataques de Satanás.
Respuesta
Proponga en su corazón que ya no será un esclavo de las desbordantes demandas que se hacen en su vida, tiempo, talentos y dinero. En su lugar, pregúntele al Señor dónde quiere que usted se enfoque actualmente, qué es lo que quiere que usted haga y qué es lo que Él no quiere que usted esté haciendo ahora mismo. Examine su corazón para ver si hay áreas en su vida en las que no tenga una “expectativa confiada de algo bueno”. Si existen tales áreas, lléveselas a Jesús y escriba el rema y visión que Él le dé, para que ya no vuelva a estar “sin esperanza y sin Cristo”.

Notas finales
1. Para una investigación más completa sobre vencer el pecado aferrándonos a nuestra unión con Cristo, ver  Naturalmente sobrenatural por Mark y Patti Virkler, disponible en Ministerios Comunión con Dios en www.cwgministries.org.

8
DEL  ENOJO AL  AMOR
¿Hay alguien en su vida que le haga subir la presión arterial, tan solo con oír su nombre? ¿Hay alguien que le retuerza el estómago de enojo o resentimiento, con tan solo entrar en la misma habitación? ¿Hay acontecimientos en su pasado que repase una y otra vez en su mente, manteniendo vivo su enojo y amargura? Cuando usted oye las palabras “enojo” y “perdón”, ¿hay algún nombre que venga inmediatamente a su mente?
¡Qué fácil es caer en el estilo de vida de incubar enojo y rencor! Cuando alguien nos hace daño, nos priva de nuestros derechos o nos trata injustamente, es fácil obsesionarse con las emociones negativas que aparecen dentro de nosotros. ¿Pero cuál es el efecto en nosotros cuando nos enojamos? Nuestros músculos se contraen, nos ponemos tensos en cada parte de nuestro cuerpo, somos vulnerables al dolor y la enfermedad y nuestro espíritu se estrangula, impidiéndonos acercarnos íntimamente al Espíritu de Vida. Nos hacemos esclavos no sólo de las emociones que nos controlan, sino también de aquel con quien estamos enfadados. Como vemos sus acciones como la causa de nuestro estado, estamos atados a ellas.
En enojo y la falta de perdón están entre las necesidades más comunes que llevan a la gente a los doctores y consejeros profesionales. ¿Es posible que encontremos alivio y sanidad de estas emociones que nos discapacitan a los pies de nuestro Consejero Jesús? No sólo es posible, sino que su más profundo deseo es poder ministrarle el Espíritu de Amor a usted, que puede hacerle libre –más libre de lo que nunca antes lo ha sido en toda su vida.
Entendiendo el enojo
El enojo no es pecado. La Biblia no nos manda que no nos enfademos, sino que nos exhorta diciendo: “Airaos, pero no pequéis...” (Ef. 4:26). La ira no es el problema, el problema es la respuesta a la ira que sentimos, y la forma en que tratemos con la ira determinará si pecamos o si tenemos victoria.
Si la ira no es pecado, ¿qué es? Bill Gothard ha dado la siguiente definición: “El enojo es el sistema interno de alarma que revela los derechos personales que, o bien no hemos dado a Dios o bien los hemos vuelto a tomar de Él”. Examinemos esta definición minuciosamente.
“El enojo es un sistema de alarma interno...”. El enojo nos dice que hay un problema dentro de nosotros. Nos advierte de que el sistema de seguridad de nuestros espíritus ha sido violado de alguna manera; nos alerta de la necesidad de apuntalar nuestras defensas contra el pecado en alguna área de nuestra vida. La primera respuesta debe ser descubrir qué es lo que hizo saltar la alarma, y después neutralizar al enemigo que está intentando robarnos la paz.
“El enojo… revela derechos personales que, o bien no hemos dado a Dios o bien los hemos vuelto a tomar de Él”. Hemos nacido con ciertos derechos, y nuestra Constitución incluye entre estos “derechos inalienables” la vida, la libertad y la persecución de la felicidad. Como cristianos, podemos incluir otros “derechos” que se nos han dado por ser hijos de Dios – quizás el derecho al gozo, la salud, la prosperidad, las respuestas contestadas, cualquier cosa que su doctrina en particular defina como los derechos del pacto de salvación. Vivimos en una sociedad que está obsesionada con proteger sus derechos y demandar más. Nuestro sistema judicial está desbordado con individuos y grupos que demandan a otros individuos o grupos por privarles de lo que ellos creen que son sus derechos. Incluso la iglesia ha sido infectada con el espíritu que demanda su cuota de Dios.
Qué lejos está esto del ejemplo de nuestro Señor. En Filipenses 2:5-8 vemos un enfoque totalmente diferente de la vida.
“Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.
Jesús tenía el derecho de ser adorado como Dios ¡porque era Dios! Jesús tenía el derecho de ser tratado con respeto porque era el Señor del Universo, tenía el derecho de ejercer todo poder y autoridad sobre cada cosa creada, porque era el Creador, tenía el derecho a vivir porque era el dador de la vida, tenía el derecho a una sentencia justa porque era el Juez justo, tenía el derecho a recibir justicia, porque Él es justo.
Sin embargo, ¿cómo vio Él sus derechos? Él “no los vio como algo a qué aferrarse”; no demandó sus derechos, sino que se despojó a sí mismo de todos ellos, y en vez de cerrar sus manos para tomar todos sus derechos, las abrió y permitió que le clavaran en la cruz.
“Halla, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús.” Dios quiere que le cedamos todos nuestros derechos y posesiones, cada bendición que creemos que merecemos, y que le permitamos decidir si y cuando nos la volverá a dar. Puede que pensemos que tenemos el “derecho” a una buena reputación. Dios dice: “Dame tu reputación”. Creemos que tenemos derecho a planear nuestro tiempo y vivir bajo una agenda ordenada, y Dios dice: “Déjame que sea el Señor de tu tiempo”. Creemos que tenemos el derecho a una dignidad personal, y Dios dice: “Ponte por entero en mis manos”.
Aquí tenemos el señorío. ¿Estamos dispuestos a darle a Dios todo, nuestros hijos, nuestro matrimonio, nuestro futuro, nuestra salud, amigos, empresa, dinero, vida sexual? ¿Realmente creemos que nos ama y está dispuesto y es capaz de hacer que todas las cosas obren para bien? ¿Podemos confiar totalmente en que Él cuidará de cada cosa que es importante para nosotros sin poner condiciones u ofrecer sugerencias sobre cómo deberíamos manejarlas?
Si nos hemos despojado de todo, como hizo Cristo, no habrá lugar para el enojo. Nos airamos cuando creemos que uno de nuestros derechos ha sido violado. Piensa en ello un instante, ¿cuál fue la última cosa por lo que te airaste? ¿Fue que te trataron injustamente en el trabajo? ¿Por qué te enfadó esto? Porque tienes el derecho de ser tratado justamente y con dignidad. ¿Por qué te enfadas cuando tus hijos no se portan bien? Porque tienes el derecho al respeto y la obediencia y a un hogar de paz y una buena reputación como padre. ¿Por qué te enfadas cuando se dañan tus posesiones? Porque te pertenecen, las compraste con dinero que ganaste trabajando duro, son tu responsabilidad y tienes derecho a disfrutarlas.
Por tanto, la ira se convierte en un sistema de aviso que nos alerta de cualquier derecho o posesión que, o bien no hayamos entregado al cuidado del Señor o bien lo hayamos vuelto a tomar de Él. Si sentimos la ira surgiendo en nuestro interior, nuestra respuesta debería ser examinar nuestros corazones, bajo la iluminación del Espíritu, para determinar qué “derecho” ha sido violado. Cuando entregamos este derecho otra vez al Señor, nuestro enojo se termina.
Para permanecer libre de la ira, debemos: 1) Ceder el derecho a Dios (Fil. 2:5-8). 2) Saber que Dios probará sus derechos (Gn. 22:1-14). Generalmente, después de un tiempo de consagración viene un tiempo de prueba, no para humillarnos a través de los fracasos sino para demostrar el maravilloso poder que hemos desatado al entregarle al Señor el gobierno total de nuestras vidas. 3) Responder a la pérdida de los derechos con una buena actitud. No nos convertimos en esclavos sin carácter que dan la bienvenida a cada pérdida o bajada de ánimo, ni nos convertimos en masoquistas pasivos, sino que nos convertimos en adoradores, gloriándonos en el poder de Dios para manejar todo lo que nosotros no podemos sobrellevar, y haciendo que sea para nuestro bien. “El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor” (Job 1:21b).
De nuevo, debemos saber que ceñirnos a esta fórmula de una manera legalista nunca producirá vida, sino muerte. Si nosotros, por nuestros propios esfuerzos, nos obligamos a aplastar nuestro enojo y, de una manera ritual, devolverle nuestros derechos al Señor, nos convertiremos en robots religiosos, sin carácter y sin espíritu. Esto no es lo que Dios quiere de nosotros; ¡Él quiere que estemos gozosos, exuberantes, rebosantes de vida y vitalidad! Lo que Él quiere solo viene a través de un encuentro con Cristo.
La experiencia del camino de Emaús es el único camino para la verdadera libertad. Ajustemos nuestra “formula” para sanar una vez más. Cuando sentimos que el enojo empieza a surgir de nosotros, debemos: 1) Inmediatamente dirigirnos a Jesús y decirle cómo nos sentimos (Lc. 24:13-24). Para mí, anotar en un diario es la manera más efectiva de hacerlo, y recuerde que queremos volver a hablarlo con Jesús, no con nuestro vecino. Podemos tener una conversación con otra persona en la que cada uno exprese sus enojos y frustraciones y no conseguir nada, excepto tener más enojo y frustración. Sólo es beneficioso compartir sus emociones negativas con otro, si alguien aporta la sabiduría de Cristo. 2) Después de vaciar nuestros corazones de todo sentimiento destructivo, debemos aquietarnos y escuchar la respuesta del Señor (Lc. 24:25-30). Algunas veces Él iluminará la Escritura en nuestro corazón, otras hablará por medio de otro creyente, algunas veces nos hablará directamente por medio de lo que hemos anotado, nos mostrará el regalo que quiere darnos por medio de la mala experiencia, quizá sea que vamos a crecer en carácter, o en aplomo, o en integridad, en  fe, o en perseverancia debido a lo que ocurrió, si permitimos que el Señor lo use para nuestro bien. Él no condena el comportamiento pecaminoso que nos causa el dolor, sino que promete que por medio de ello, podemos ser más como Él. 3) Debemos unir sus palabras con la fe y adoptar la actitud de Cristo (Lc. 24:31-35). La sanidad y el perdón completo solo vienen cuando recibimos la obra de Dios en el dolor y aceptamos el regalo que quiere darnos a través de ello.
Entendiendo el amor
He notado que algunas personas son más propensas al enojo que otras. Algunas personas parecen encontrar bastante fácil actuar con compasión y perdón hacia quienes les han herido, y para ellos, ver a Dios obrando incluso en situaciones dolorosas y recibir el regalo proveniente de estas no es un problema. Para otros, el enojo nunca parece estar lejos de la superficie y parece que asomará a la más mínima provocación. A la gente como nosotros (sí, yo tengo que contarme dentro de este grupo) a menudo nos resulta difícil aceptar que la persona culpable que nos hizo mal merezca ser perdonada.
Por supuesto, como era cristiano, mi enojo estaba justificado, y no era realmente enojo, ¡era una “indignación santa” por los pecados de los demás! Cuando reconocía el error en la teología de otra persona, la ira de Dios crecía dentro de mí  para vindicar la verdad. Cuando uno de los que se llaman hermanos se apartaba del camino estrecho de la justicia y ponía en vergüenza el nombre de Cristo por medio del pecado en su vida, una indignación santa me llevaba a reprender y corregir al pecador. Al menos esta es la manera en que yo lo veía; pensaba que la verdad, el conocimiento del bien y el mal, era el centro del cristianismo, creía que la pureza doctrinal y la firme tenencia de un código moral estricto eran las pruebas del cristianismo y las bases de mi comunión con otros.
Gracias a Dios que el Señor tuvo misericordia de mí (y mi esposa, mis hijos y mi iglesia) y me mostró una forma mejor de vivir. Me mostró con la Escritura que Dios es Luz y Amor; ambas palabras revelan un aspecto de su carácter, pero ¿qué significan estas palabras? ¿Cómo es el carácter de la Luz revelado en Dios, y cómo demuestra Él el Amor? Considere el siguiente gráfico

Dios es
Luz                                     y                       Amor
Rectitud                                                       Compasión
Juicio                                                           Perdón
Desafío                                                        Reconciliación
Confrontación                                              Sanidad
División                                                       Unidad
Odio al pecado                                            Amor al pecador
Condenación                                                Consuelo
Justicia                                                          Misericordia
Infinita precisión                                          Gracia sin igual

Los rasgos y las actividades del carácter de ambas columnas se encuentran en Dios. Mi vida se centraba, principalmente, en la columna uno; yo afrontaba cada situación preparado para juzgar la rectitud y la teología de la gente, retando y confrontando todo lo que descubría que estaba fuera de tono, separándome de todo y todos los que fueran cuestionables, insistiendo en la infinita precisión de la ley y demandando justicia para todos los transgresores. Esta actitud había sido alimentada por todas las iglesias donde yo me había congregado, así como las enseñanzas de mis profesores cristianos; yo creía que era lo correcto, y hasta cierto punto lo era, porque Dios muestra estos mismos rasgos. Sin embargo, mi vida carecía del carácter equilibrado de la columna del “Amor”.
El Señor me llevó a Miqueas 6:8, “Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar  la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?”. A Dios le encanta mostrar misericordia, pero solo hace justicia porque la justicia lo demanda. Yo era todo lo contrario: Me encantaba la justicia y sólo hacía misericordia si sentía que se merecía; me encantaba lo que Dios hacía, y hacía lo que Dios amaba. No es de extrañar que mi vida estuviera tan falta de propósito.
Aunque Dios es Luz y debe permanecer contra las tinieblas, su mayor gozo es mostrar amor. Aunque el pecado debe ser desafiado, Él ofrece la reconciliación con Él y el uno con el otro, ya que para Él la unidad es más importante que la pureza doctrinal. Para alguien como yo, que siempre ha aspirado a la verdad por encima de todo lo demás, fue una revelación que cambió mi vida descubrir que la verdad es una persona, y que esa persona es amor.
Juan escribió su evangelio para que quienes lo leyeran pudieran creer y tener vida eterna (Jn. 20:31). Escribió su primera epístola para aquellos “que creyeran en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna” (I Jn. 5:13). Esta carta ofrece pruebas de salvación por las que podemos juzgarnos a nosotros mismos y a otros. Están resumidas en I de Juan 3:23: “Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, como Él nos ha amado”. Dos pruebas simples: ¿Quién es Jesús? y amarnos los unos a los otros. La única verdad doctrinal que debe estar intacta es que Jesucristo es el eterno Hijo de Dios, y todas las demás teorías y creencias teológicas no son causas legítimas para la división. Si usted ha aceptado la obra limpiadora de Jesucristo en la cruz, usted es de mi familia, y yo le amo.
Reconocer y aceptar la evaluación de Dios del desequilibrio de mi vida fue sólo el primer paso para empezar a cambiar. Aunque tenía que amar, el poder para hacerlo no estaba en mi carne; tuve que arrepentirme de mi pecado (incluso un sobre énfasis en la santidad puede ser pecado si se olvida del objetivo del perfecto amor ágape), dejar atrás mis antiguos caminos, recibir el perdón y aceptar su gracia y poder para cambiar. Me dio una tarea de forma que estaba trabajando en cooperación con el Espíritu dentro de mí. Primero leí los evangelios varias veces, mirando especialmente la manera en la que Jesús amaba a la gente. También estudié los salmos, aprendiendo cómo procesar mis emociones ante Dios, donde pudieran ser sanadas sin dañar a otras personas; y por último, volví a leer mi diario, observando cómo Él me amaba. Mientras mi mente y mi espíritu se iban centrando en el increíble amor que destila de cada palabra y cada acto de Jesús, el Espíritu Santo pudo remodelar mi corazón para que fuera más como el suyo. Mi corazón crítico fracturado fue sanado y me convertí en un instrumento de reconciliación y bendición en su mano. ¡Qué libertad! ¡Qué gozo!
Resumen
El enojo es un indicativo de que existen áreas de nuestras vidas que no han sido puestas totalmente bajo el señorío de Jesucristo. Cuando sentimos que el enojo empieza a surgir en nosotros, debemos ir al Señor, escuchar su voz y actuar en obediencia. Debemos aprender a procesar todas nuestras emociones ante Dios, dándole la oportunidad de revelarse en nuestras vidas.
Dios es amor y luz, y le encanta mostrar misericordia y compasión a sus hijos. Cada palabra que dice y cada obra que hace está empapada de amor que no está basado en lo que hayamos hecho, sea bueno o malo, y como Él también es justo, requiere santidad y justicia, pero todos sus juicios son moderados con misericordia.
Mientras habitamos en su presencia y pasamos tiempo en comunión con Él, le vemos obrar en el mundo espiritual haciendo que todo sea para bien a los que le aman, nuestros corazones serán moldeados a su imagen, empezaremos a amar la misericordia, veremos cada situación como una oportunidad para mostrar compasión y expresarle a alguien el amor que llena nuestros corazones.
Respuesta
¿Hay alguien contra quien esté albergando enojo? ¿Hay alguien que le hizo tanto daño que ha sido incapaz de perdonarle? ¿Le ha estado el Señor hablando a su corazón sobre los derechos que todavía no le ha entregado? Exprésele lo que esté en su corazón y luego dele la oportunidad de responder. Quizá le guiará a tener una experiencia de sanidad interior, como describimos en el capítulo cinco; quizá le mostrará el regalo que quiere depositar en usted por medio de esta experiencia. Si usted le concede la oportunidad, Él le mostrará la situación desde su perspectiva. Una las palabras de Él con la fe, y sea sanado.


9
DE  LA  INFERIORIDAD A  LA  IDENTIFICACIÓN
¿Siente alguna vez que las demandas que pesan sobre su vida son demasiado grandes y que simplemente no tiene la fuerza para poder cumplirlas? ¿Las posibilidades que enfrenta amenazan con desbordarle y llevarle a la desesperación? Según mira a la gente a su alrededor que está enfrentando desafíos similares, ¿le parece que ellos están mejor equipados y que son más capaces que usted? ¿Termina usted exhausto intentando cumplir con todo lo que se espera de usted cada día sin ni siquiera casi haber empezado con todo el montón de cosas? ¿Se ha sentido alguna vez inadecuado, inseguro o inferior?
Estoy seguro que ha luchado con sentimientos de este tipo de vez en cuando. Quizá para usted fue solo un problema ocasional, o quizá es un problema tan dominante que le merma emocionalmente, impidiéndole incluso hacer el intento de lograr los deseos de su corazón. ¿Le importa a Jesús que estemos en las garras de estas emociones devastadoras? ¿Está dispuesto y es capaz de levantarnos de sus garras y darnos la seguridad y el sentido de plenitud y de sentirnos adecuados que tanto necesitamos? Gloria a Dios que Él no sólo está dispuesto a hacerlo, sino que Él ha estado orando para que usted encontrara su identidad en Él desde que caminó por esta tierra como hombre. Incluso la noche antes de morir, aunque sabía que estaba enfrentando la tortura, tanto en la carne como en el espíritu, usted estaba en su corazón y Él oraba de todo corazón para que usted aceptara su unidad con Él, lo cual es lo único que puede hacerle libre de la inferioridad y de no sentirse adecuado (Jn. 17:21,23).
Las causas de la inferioridad
Usted sabe lo que es la inferioridad y el auto rechazo, se ha comparado con otros y ha visto que le falta algo. Ha intentado cubrir sus insuficiencias dándole una atención especial a su ropa o ha intentado esconder torpemente esas cosas sobre usted mismo que no puede aceptar. Ha experimentado el surgir de la amargura que puede expresarse con casi todas las personas aunque realmente está dirigida hacia usted y Dios, quien le hizo como usted es.
Quizá haya compensado en exceso sus debilidades con el perfeccionismo. Probablemente su lengua haya guardado silencio y su cerebro se haya congelado en la timidez creyendo que, como usted no se acepta, nadie más querrá conocerle.
¿De dónde vienen este tipo de acciones y sentimientos destructivos? Por supuesto,  en última instancia, son las obras de Satanás en nuestras vidas, pero ¿cómo es capaz de engañarnos hasta tal grado que nos volvamos contra nosotros mismos? De nuevo la respuesta es la misma que hemos visto en las otras áreas de pecado que hemos considerado. Cuando apartamos nuestros ojos de Jesús y los fijamos en nosotros mismos, en otros o en las mentiras rencorosas de Satanás, siempre tenemos una auto estima inapropiada. Sólo cuando fijamos nuestros ojos en Jesús podemos vernos con claridad.
Causa 1: Comparaciones erróneas
Una de las causas principales de una auto estima imprecisa es compararnos con otros. “Pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, carecen de entendimiento” (II Cor. 10:12b). Podemos comparar nuestra apariencia física –altura, peso, cabello, piel y la percibida conformidad a un ideal mítico. Podemos comparar nuestra espiritualidad –la cantidad de tiempo que pasamos en oración, los versículos bíblicos que memorizamos y la gente que hemos ganado para el Señor. O podemos comparar nuestros dones –capacidad académica, talento musical o cualquier otra de las múltiples maneras en las que Dios nos bendice.
Compararme con otros siempre traerá como resultado una actitud equivocada. Si me comparo sólo con los que creo que soy mejor, desarrollaré una actitud de superioridad, y si me comparo con los que creo que son mejores que yo en cualquier área, me siento inferior. ¿Cómo puedo juzgarme a mí mismo? Si no me comparo con otros, ¿cómo sabré si lo estoy haciendo bien y si estoy mejorando o no? En una sociedad que no tiene estándares absolutos, no tenemos nada con lo que compararnos excepto con los demás, y sin duda hemos venido a ser “carentes de entendimiento”. Incluso en la escuela, somos evaluados no según nuestra propia capacidad, sino en comparación con los demás de la clase. No es de extrañar que la escuela tenga un efecto tan destructivo sobre tantos niños.
¿Cómo podemos saber, entonces, si lo hemos hecho bien? "Porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba” (II Cor. 10:18). La identidad positiva viene cuando nos comparamos con las expectativas que el Señor tiene para nuestras vidas. Él nos creó a cada uno de nosotros con características físicas, capacidades intelectuales y dones espirituales únicos, tiene tareas especiales para que cada uno de nosotros hagamos durante nuestras vidas y nos ha diseñado para que seamos perfectamente capaces de hacerlas. Él no nos juzga según los dones que les ha dado a los demás, sino según los que nos ha dado a nosotros. "A todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él; y al que mucho le han confiado, más le exigirán” (Lc. 12:48). Si le permitiéramos que nos mostrase exactamente cómo nos ve Él, nos sorprenderíamos y nos haríamos eco de las palabras del salmista: “Te alabaré, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien” (Sal. 139:14).
El Señor nos juzga según las bases de su perfecto conocimiento de nosotros. Recuerde la parábola de los talentos (Mt. 25:14-30). El señor le dio a cada uno de los siervos según su capacidad. Los primeros dos siervos, que habían recibido cinco y dos talentos respectivamente, a través del sabio uso de los talentos devolvieron cinco y dos más. Al primer siervo, que había ganado cinco más, el señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”. El segundo siervo solo incrementó las riquezas del señor en dos talentos, ¿y cómo respondió el señor? ¿le preguntó que por qué no había ganado otros cinco talentos, como había hecho el otro siervo? Claro que no, sino que le dijo las mismas palabras de bendición que le había dicho al que había ganado cinco talentos: “Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”. El Señor conoce nuestras capacidades y espera de nosotros nada más y nada menos que lo hagamos lo mejor que podamos.
¿Qué ocurre con las áreas de nuestras vidas que son claramente nuestras debilidades? ¿Cómo podemos tener una auto estima positiva enfrente de nuestras incapacidades y defectos? “Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me compadezco en las debilidades... porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (II Cor. 12:9,10). Cuando le entregamos nuestras debilidades a Cristo para que las llene con su fuerza, nuestras áreas de debilidades se convierten en nuestras áreas de mayor fuerza. No hay necesidad de la vergüenza, la timidez o la insatisfacción con nuestras incapacidades, porque son el verdadero vehículo por medio del cual Cristo se puede manifestar de la forma más gloriosa en nuestras vidas. “Sino que Dios ha escogido lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo, para avergonzar a lo que es fuerte…para que nadie se jacte delante de Dios…para que, tal como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor” (I Cor. 1:27,29,31).
Cuando estaba en la escuela, no era muy buen estudiante, no me gustaba el inglés, la gramática, leer, escribir y hablar en público; nunca fui un erudito en estas áreas, y hasta el día de hoy están entre mis mayores debilidades. Sin embargo, Dios ha escogido usarme, con mi pobre gramática y horrible lenguaje, para dar un mensaje a la Iglesia por medio de la palabra escrita. No me enorgullezco de mis debilidades, ni puedo tener orgullo de lo que se logre a través de mí, porque obviamente es la obra de Cristo lo que lo hace posible.
¿Qué ocurre con mis áreas fuertes? ¿Cómo tengo que verlas? Primero, lo normal es que yo use todas mis capacidades al máximo. Cuando ejercito mis talentos sirviendo al Señor, éstos se estiran y aumentan; al igual que el siervo en la parábola mencionada arriba que recibió cinco talentos, los usó para producir cinco más y, como resultado, se le dio otro más; así también nosotros podemos usar nuestros talentos para producir más y aumentar así nuestra posesión. En segundo lugar, tenemos que usar nuestras fuerzas para bendecir a los que son débiles. En vez de estar alardeando y enseñorearnos sobre quienes no tienen los mismos dones que nosotros, debemos cederles nuestros dones para cubrir sus debilidades y darles fuerza.
Esta actitud debería inundar cada área de nuestras vidas, desde el hogar y la familia hasta la iglesia y el trabajo. Por ejemplo, la mayoría de los maridos y esposas son muy diferentes, y es por eso que se atraen el uno al otro cuando se conocen. Cada uno ve en el otro talentos y habilidades que él o ella no tiene en su vida, y esto les hace unirse. Desgraciadamente, después de la luna de miel, se produce un cambio sutil, y en vez de honrar las partes fuertes de nuestra pareja, condenamos sus debilidades; en vez de apoyarnos el uno al otro con nuestras partes fuertes, comenzamos a competir el uno con el otro para conseguir respeto y afirmación. Dios quiere que esas actitudes de competitividad y crítica se cambien, ya que Él nos ha puesto juntos para que la unión de nuestras partes fuertes pueda vencer a la unión de nuestras debilidades y, como una sola entidad, en su fuerza, seamos capaces de soportar cualquier cosa.
Causa 2: No entender o no apropiarse los principios bíblicos
Usted fue creado a imagen del Dios Todopoderoso; usted es tan importante para Él que estuvo dispuesto a permitir que su único Hijo muriera de una muerte terrible para volver a tener una relación con usted. Dios mismo, el Creador del universo, le conoce y le llama por nombre. La Biblia habla mucho sobre la dignidad del hombre y por qué quiere Dios que usted se vea de una forma positiva. Hay muchos libros muy buenos sobre este tema, pero yo recomiendo que si está luchando con la inferioridad, lea al menos uno para construir un fundamento teológico y filosófico sobre la auto estima. You’re Someone Special de Bruce Narramore y His Image, My Image de Josh McDowell son especialmente útiles.
No quiero emplear mucho tiempo cubriendo un material que se puede encontrar por otro lado, tan sólo quisiera añadir un concepto espiritual que a menudo pasa inadvertido. En Génesis capítulo 1 y 2, se enseña claramente que somos creados para ser reyes y reinas con el fin de reinar. Dios nos diseñó para ser sus regentes sobre esta tierra, para reinar bajo una posición de sumisión a su suprema autoridad. Muy dentro de nosotros hay un hambre de ser honrado como la realeza que somos, y al unirnos a Dios con un pacto a través de la salvación, somos restaurados de nuevo a nuestra posición como reyes y sacerdotes, y este apetito de auto estima se ve satisfecho (I Pedro 2:9). Cuando intentamos obtener honor, poder o posición de cualquier manera que no sea en sumisión al Rey de reyes, estamos destinados a pecar y a fracasar.
Esta verdad, así como las que encontramos en los libros recomendados, no pueden sanarle o liberarle de la profunda inferioridad. Tan solo una revelación del Espíritu a su corazón cuando se encuentra con Jesús cara a cara puede sanar su alma. Estos conceptos proveen un fundamento de verdad desde el cual el Señor puede dar un rema para satisfacer su necesidad en particular. Sólo un encuentro con el Dios viviente puede darle vida.
Nadie puede ser totalmente restaurado viviendo en principios de verdad, no importa lo buenos que sean estos principios. Los religiosos de la época de Jesús “escudriñaban las Escrituras, porque pensaban que en ellas podían tener la vida eterna”. Jesús les dijo que “ellas  son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn. 5:39,40). La vida eterna es conocer a Dios, tener intimidad con Él (Jn. 17:3); es experimentar la misma realidad de unión interior con Dios que tuvo Jesús.
Causa 3: Vivir en la superficie
Finalmente, una buena auto estima se produce siempre que experimentamos nuestra unión interior con Jesucristo. La Biblia dice: “Vivir es Cristo”, y que “Cristo es mi vida” (Fil. 1:21; Col. 3:4). Vez tras vez en el Nuevo Testamento, encontramos esta bella unión de la que hablamos. “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios...” (Gal. 2:20). Es la experiencia de la unión interior la que sana mi inferioridad, inseguridad y sentido de la incapacidad, y me permite experimentar mi identidad con Cristo.
Es muy fácil perder de vista esta unión y volver a vivir en la superficie de mi vida. Me siento vacío, y como el “Mí” ya no es el “Cristo en mí” sino yo mismo, enfrento en soledad los problemas de la vida, mi auto estima se ve destruida y me siento fracturado, partido y estirado más allá de mis posibilidades.
Probablemente haya momentos en los que todos nos sentimos así. Hay días en los que entro en mi oficina por la mañana y me encuentro una torre de correo para responder, llamadas que contestar, clases que preparar y libros que escribir, y como disfruto mi trabajo, puede que lo haga en ese mismo instante, confiado en que puedo hacerlo todo, pero según va avanzando el día, me interrumpen otras llamadas de teléfono, gente que llega con necesidad de hablar, mi equipo de trabajo necesita que les ayude y la frustración empieza a aparecer. Al mediodía ya veo claramente que no podré con todo, y que no podré terminar el trabajo en el día. Si continúo el día como lo comencé, confiando en mi propia capacidad, la tarde será un desastre, estaré tenso e irritable, sin paciencia y vertiendo mi propio sentimiento de incapacidad sobre cualquiera que se me acerque. Al final del día, habré hecho muy poco de lo que había planeado hacer y habré perdido cada atisbo de paz que viene de vivir en unidad con Cristo.
Pero el día no tiene por qué seguir así. Desde el momento en que me despierto por la mañana, puedo encomendarme, a mí mismo y mis actividades, a la guía del Espíritu. Cuando entro en mi oficina y veo la cantidad de cosas que demandan mi tiempo y atención, puedo aquietarme delante del Señor y preguntarle qué es lo que Él quiere que haga en ese día. Puedo volver a confesar que ya no vivo yo sino que ahora Cristo es mi vida, y puedo confiar tranquilamente en Él para que enfrente los asuntos de mi vida y se mueva a través de mí para tomar las decisiones correctas. Él me mostrará por dónde empezar y me dará su gracia para que pueda ser productivo a la hora de llevar a cabo lo que se requiere de mí. Algunas veces me guiará a algo que ni siquiera estaba en mi lista de prioridades, pero si estoy dispuesto a confiar en su sabiduría puedo pasar el día en paz, sabiendo que estoy haciendo la voluntad  del Señor en la fuerza del Señor, y que Él cuidará de las consecuencias. Después, cuando lleguen las interrupciones, podré darles la bienvenida como viniendo del Señor. Mientras habite en Él, habrá paz y gozo no sólo en mi corazón, sino en la vida de aquellos a los que toque al ser un ministro de Cristo para ellos.
Mi unidad con Cristo es un hecho eterno si he nacido de nuevo (I Cor. 6:17). Nada puede separarme de Él; ya no es que esté viviendo apartado de Él, sino que es mi percepción la que está mal; por tanto, cuando reconozco que he comenzado a operar bajo una falsa independencia, no pierdo el tiempo regañándome a mí mismo, sino que rápidamente me arrepiento y vuelvo a la verdad de mi corazón. Es necesario que todos sepamos la mejor manera de ayudarnos a pasar de las ilusiones de la superficie a la verdadera realidad interior. En mi caso, la alabanza y la adoración junto con la anotación en mi diario son las maneras más efectivas. Para otros, puede que sea leer la Palabra, sentarse junto a un arroyo de aguas cristalinas, arrimarse a una chimenea o hacer una actividad automática. Descubra las cosas que puede hacer para estar consciente de la presencia del Señor dentro de usted y  úselas siempre que las necesite para volver a vivir en esa unión.
Resumen
La inferioridad es un problema que invade nuestra sociedad. Existen muchas causas para este sentido de no llegar a la estatura: compararnos erróneamente con otras personas, no saber o no aplicar algunos principios bíblicos básicos sobre la auto estima, y vivir sin ser conscientes de nuestra unidad con Cristo. El desarrollo de una auto estima adecuada viene como resultado de pasar tiempo en la presencia del Señor. Él nos enseñará sobre nosotros mismos, ayudándonos a reconocer y usar nuestras fuerzas para servirle a Él y a los demás, y ofrecerle nuestras debilidades para que sean llenas y así Él pueda ser glorificado. Él tomará las verdades de la Escritura y las hará conocimiento revelador que podrá transformar nuestros corazones, y gentilmente nos guiará a una vida más consistente de habitar en el conocimiento de nuestra unión con Él.
Respuesta
¿Dé qué tamaño es el problema de la inferioridad, la inseguridad y el no sentirse adecuado en su vida? Mientras leyó el capítulo, ¿le mostró el Espíritu los factores que contribuyen a su pobre auto estima? Si no fue así, pídale que se lo muestre ahora, después aquiétese y reciba la revelación que Él quiere darle y que puede sanar su dolorido corazón.

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DE  LA  DEPRESIÓN AL  GOZO
Estoy seguro que alguna vez ha experimentado: tristeza, desamparo, ansiedad, hostilidad, lloros, pérdida de apetito (o darse un atracón), apatía y trastornos de sueño. ¿Qué puede tener un control tan grande sobre nuestras vidas? Lo llamamos depresión, y me atrevo a decir que todas las personas se han enfrentado a ella en algún momento de su vida. En los Estados Unidos, una de cada ocho personas quedará tan mermada por su pesadez, que tendrá que buscar ayuda profesional. Incluso un porcentaje mayor caminará arrastras por la vida, aceptando la oscuridad que tapa su corazón como algo normal e inexpugnable.
¿Existe alguna salida en esta red de desesperación? ¿Se puede hacer algo para acelerar el regreso de los rayos del sol a nuestras almas? ¿Existe alguna razón para tener esperanza? Yo le ofrezco como evidencia mi propio testimonio de libertad después de una lucha de diez años contra la depresión; sí, hay una manera de escapar.
Definición de depresión
La depresión se puede definir como “caer ante las presiones de la vida mientras permitimos que se nos vaya nuestra fe en Dios”. La depresión es el resultado directo de escuchar las voces erróneas y enfocarnos en la visión equivocada. Cuando escuchamos las mentiras del acusador y dejamos de oír el consuelo y la sabiduría del Espíritu de Dios, hemos comenzado a descender por el camino de la depresión. Cuando fijamos nuestros ojos en las circunstancias que nos rodean, en cómo nos afectan y en cómo intentar resolverlas, si ignoramos las promesas y planes de Dios para nuestra vida, estaremos dando la cara a la oscuridad del desánimo.
Hay pocas personas que sientan muy de vez en cuando el frío toque de la depresión. La mayoría de las personas experimenta la depresión ligera o seria ocasionalmente a lo largo de sus vidas. Otros viven constantemente bajo la nube negra de la depresión profunda que se traga cada gozo, dejando sólo un vacío en su lugar. Pero aparte del nivel de depresión que enfrente, “el Señor está cercano al quebrantado y salva a los abatidos de espíritu” (Sal. 34:18). ¡El Señor ha prometido una salida para usted!
Catalizadores y causas de la depresión
Como indicaba anteriormente, yo luché contra los efectos de la depresión en mi propia vida cristiana durante diez años. Buscaba al Señor de todo corazón para obtener sabiduría sobre esta fuerza mermadora y para ser liberado de ella. Creo que Él respondió mis oraciones por medio del gráfico que les muestro un poco más adelante.
Alrededor de lo exterior verá algunas de las manifestaciones físicas y emocionales de la depresión. Éstas variarán según la persona, dependiendo de la personalidad de cada uno; sin embargo, muchas de las características enumeradas se verán en la vida del deprimido.
El siguiente círculo enumera algunas de las causas superficiales más comunes de la depresión, incluyendo: circunstancias difíciles de la vida, pecados no confesados, religiosidad, enfermedad o achaques físicos, mal cuidado del cuerpo y falta de auto disciplina. A menudo, si nos preguntan por qué nos sentimos deprimidos, diremos alguna de estas cosas: “Mi vida es muy dura. Creo que me está dando la gripe. Anoche no dormí lo suficiente”. Parece que nuestra infelicidad y depresión emana de estas fuentes.
Sin embargo, me gustaría sugerir que esas no son las causas sino meramente catalizadores que precipitan las manifestaciones de la depresión; en otras palabras, no es la dificultad que estoy enfrentando la que causa que me deprima. Si esto fuera así, todas las personas que estuvieran en las mismas condiciones que yo responderían de la misma manera. Esto simplemente no es cierto. Mientras muchas personas sin duda se hunden en la depresión cuando están en medio de acontecimientos estresantes, otras personas son capaces de responder positivamente y superar las pruebas pasando a nuevos niveles de fe y carácter. Por tanto, debemos mirar profundamente para descubrir la verdadera fuente de la respuesta depresiva.


Dando un paso más hacia el centro del círculo, subrayando las causas negativas aparentes de la  depresión, yace una capa llamada “auto compasión”. Esta, creo yo, es la manifestación raíz subyacente de la mayoría de las depresiones que enfrenta la gente. “Pobre de mí, mi vida es tan desgraciada. Pobre de mí, no me siento bien. Pobre de mí, parece que no tengo control de mi vida. Pobre de mí, la vida es injusta”. Los malos pensamientos y actitudes inundan nuestra mente y espíritu para que cuando venga la enfermedad, las pruebas o las circunstancias incontrolables a nuestras vidas, nos hundan de inmediato en el oscuro abismo.
¿Pero cómo podemos estar tan llenos de auto compasión? Muy simple, perdiendo nuestro enfoque divino. En vez de enfocarnos en Dios y sus propósitos, nos enfocamos en nosotros y en las palabras mentirosas de Satanás. En vez de fijar nuestros ojos en Jesús, miramos solo lo infeliz de la situación; en vez de aquietar nuestro corazón para oír la susurrante voz del Espíritu en nuestro interior, nos revolvemos en la reacción superficial. La cura, entonces, para la mayoría de las depresiones que enfrentamos está en oír la voz de Dios y ver la visión de Dios. Pero examinemos cada una de las causas superficiales o catalizadores con más detenimiento para ver cómo este principio nos afecta a cada uno.
Circunstancias difíciles de la vida
No todos reaccionamos a los obstáculos de la vida de igual forma. Algunos ven solo las presiones, sienten solo el dolor y oyen solo la voz del destructor. Estos responden con enojo, amargura y depresión. Otros responden como Pablo y Santiago ordenaron: “Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas...” (Stg. 1:2). “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza; y la esperanza no desilusiona...” (Rom. 5:3-5, énfasis añadido).
¿Cómo es posible que se espere que no sólo aceptemos las pruebas sin quejarnos, sino que además saltemos de gozo cuando la tribulación y el dolor estén sobre nosotros? Sólo hay una manera: debemos estar convencidos de que el “Altísimo es quien gobierna sobre toda la humanidad” y que Él siempre “hace que todas las cosas obren para [nuestro] bien...” (Dn. 4:17; Rom 8:28). No sólo hemos de tener una convicción teológica de su gran amor por el hombre, sino un conocimiento experimental de su tierna misericordia hacia nosotros como individuos. Debemos oír su voz prometiendo que, a través de esta tragedia, Él obrará para bien.
Para nosotros es fácil creer que hombres santos y justos puedan ser usados por Dios para llevar a cabo sus propósitos pues, a fin de cuentas, ellos buscan su voluntad y obran en obediencia a ella. Es más difícil aceptar que los hechos rencorosos y celosos de hombres rencorosos puedan tener cabida alguna en los planes de Dios para nuestras vidas. Seguro que los hombres malvados que actúan según sus deseos carnales están más allá del poder redentor del Señor; sin embargo, definitivamente no es así
Dios le prometió a José que reinaría sobre toda su familia, incluso sobre sus padres, pero poco después fue vendido como esclavo mientras le mandaban un recado a su padre; fue arrojado en prisión por no sucumbir a la inmoralidad, y abandonado por aquellos a los que ayudó. Debió ser duro para José creer que la mano de Dios estaba sobre él, y debió haber habido momentos en aquella subasta y en aquella celda oscura de la prisión en los que sería tentado a dudar de la promesa de Dios y caer en el enojo y la depresión; pero la Biblia indica que él mantuvo su corazón puro, no se arrinconó en un rincón, nutriendo su auto compasión reviviendo las injusticias que había sufrido, aunque seguramente si alguien tenía el derecho de hacerlo, ese era él. Tampoco se puso a dar golpes a causa del enojo a diestra y a siniestra a los que le tenían controlados, sino que su espíritu siempre fue tan puro que se ganó el favor incluso entre sus propios captores y amos. Siempre se portó con tal dignidad que se le otorgó autoridad sobre sus compañeros.
¿Cómo fue capaz de soportar tal prueba y tribulación? Porque siempre, ante los ojos de su corazón, estuvo la visión que Dios le había dado en su juventud, fortaleciendo su fe y dándole esperanza. Tan firme fue la visión plantada en su corazón que pudo recibir a los que le hicieron mal con amor y perdón, afirmando que aunque quisieron hacerle mal intencionadamente, Dios hizo que fuera para bien (Gn. 50:19-21).
El apóstol Pablo experimentó un gran sufrimiento durante su vida cristiana. Fue apedreado, azotado, encarcelado y mofado, fue “afligido en todo, pero no agobiado; perplejo, pero no desesperado; perseguido, pero no abandonado; derribado pero no destruido” (II Cor. 4:8,9). ¿Por qué fue capaz de superar todos esos problemas y escribir, incluso desde la cárcel:  “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocijaos!” (Fil. 4:4)? ¿Por qué no se desesperó?
Porque sabía en su corazón que todo lo que le estaba ocurriendo tenía un propósito, que todo su sufrimiento estaba teniendo un resultado positivo: “Porque todo esto es por amor a vosotros, para que la gracia que se está extendiendo por medio de muchos, haga que las acciones de gracias abunden para la gloria de Dios” (II Cor. 4:15).
La visión que Dios le había dado era la de ser un mensajero de las buenas nuevas de Cristo a los gentiles. Este era su único objetivo en la vida, y las pruebas que vinieron sobre él eran instrumentos para llevar a cabo ese objetivo. Dios estaba usando su sufrimiento para llevar gracia a las vidas de otras personas. “Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (II Cor. 4:17,18).
Comparado con el maravilloso gozo de pasar la eternidad con aquellos a quienes había ganado para Cristo, el sufrimiento que él experimentaba parecía momentáneo y ligero. Cuando se sentó en el sucio suelo de la prisión, herido y sangrando por los azotes que había recibido, ni siquiera pensó en el mundo físico y material y en su propio dolor, sino que mantuvo su mirada fija en la verdad eterna, la cual no se puede ver con los ojos terrenales sino sólo a través de una revelación del Espíritu: la salvación eterna de almas.
Hace unos cuantos años, fui guiado por el Señor a dimitir de mi posición de pastor de una congregación local. Como tenía una esposa y dos hijos pequeños que mantener, mi primer pensamiento fue encontrar un trabajo. No estaba demasiado preocupado por las oportunidades, incluso aunque era un tiempo de mucho desempleo, porque me gusta el trabajo físico y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para ganarme la vida honestamente. Mi primer pensamiento fue cortar y vender madera para las chimeneas. Yo había crecido en una granja y me gustaba la idea de volver a los bosques otra vez. Durante unas semanas, todo fue bien y gané un buen dinero, pero después, de repente, mi espalda ya no aguantaba el esfuerzo, tenía una lesión en mi espalda desde un accidente que tuve en mi infancia, pero con el debido cuidado me había arreglado bien hasta ese momento, pero el constante esfuerzo de cortar y levantar madera era más de lo que podía aguantar.
Gracias a Dios que había aprendido a anotar en mi diario y pude dirigirme a Él para buscar sabiduría durante aquel tiempo difícil. Le expresé mi frustración por no poder ganar un salario debido a la fuerza de mi brazo derecho; le hablé de mis preocupaciones sobre cómo iba a cuidar de mi familia; le supliqué que sanara mi espalda para que pudiera seguir trabajando, pero Él me contestó: “Mark, nunca has sido capaz de confiar en mí en tu economía. Siempre has confiado en tu propio esfuerzo para suplir tus necesidades. Quiero que aprendas que yo soy tu fuente y que puedes depender de mí, incluso cuando tus esfuerzos son en vano. No quiero que cortes madera ni trabajes en una fábrica; yo te he llamado a enseñar a mi pueblo, y no quiero que busques un empleo remunerado en algún lugar en estos momentos. Quiero que voluntariamente ofrezcas tus servicios a un ministerio y que confíes en mí para cuidar de tu economía.”
Desearía poder decir que inmediatamente obedecí la palabra del Señor. Desgraciadamente, Él tenía razón, pues no había confiado en Dios para suplir mi economía, y no me parecía justo que un hombre no trabajara para mantener a su familia si puede hacerlo. Así pues, el Señor vio que yo era incapaz, y no sanó mi espalda, y el dolor continuaba y el estrés se hacía insoportable. Durante todo el tiempo Él seguía repitiendo el mismo mensaje en mi diario, hasta que finalmente acepté su palabra, dejé de buscar trabajo y me ofrecí como voluntario en la iglesia que me había especificado. Creo que yo esperaba que cuando viera mi obediencia, consideraría que yo había aprendido la lección en fe y me daría un empleo remunerado, pero estaba equivocado.
Durante ocho meses estuve sin trabajo, no tenía casa, ni auto, ni ingresos, porque todo lo que tenía anteriormente era propiedad de la iglesia de donde salí. Cada semana le preguntaba al Señor si podía encontrar un trabajo remunerado, y cada semana Él me decía: “Espera y confía en mí”. Poco a poco comencé a reconocer su poder obrando a mi favor; Él cuidaba de proveer para mi familia con una casa y un auto, no dejamos de pagar ni una factura, y durante los últimos dos meses de mi desempleo, tuvimos en nuestra cuenta de ahorro el saldo más grande desde que nos casamos hasta la fecha. Todavía no sé cómo lo hizo, pero me convenció de que podía confiar en Él, y sólo entonces Él me permitió aceptar un salario regular.
Durante esos ocho meses, hubo momentos en los que miraba cómo me había tratado el Señor y su pueblo, a quien había servido fielmente de la mejor manera que sabía, y sentía que sencillamente no era justo. Si me hubiera quedado en las circunstancias de mi vida, hubiera sido fácil caer en la depresión, pero como me mantuve enfocado en la palabra y visión de Dios, de que sería un hombre de Dios más maduro y con más fe en Él, ¿cómo podría estar desanimado? Aunque las circunstancias no eran las que yo hubiera elegido, y de alguna manera no eran del todo buenas, ¡había un propósito en todo ello! Dios todavía estaba en control y obrando por mi bien.
Dios ha prometido que las aflicciones que vengan sobre nosotros producirán un eterno peso de gloria, una preciosa joya no perecedera, pero esa promesa es condicional. Los propósitos de Dios en nuestros corazones sólo serán llevados a cabo en su totalidad “mientras no miremos a las cosas que se ven, sino a las que no se ven”. Debemos apartar nuestros ojos del dolor y enfocarlos en la gloria, debemos mirar más allá del presente y ver el final. Los padecimientos de nuestra vida son solo temporales, aunque duren meses o incluso años; comparados con la eternidad, son sólo algo momentáneo.
En esos momentos de presión, durante las circunstancias difíciles de la vida, necesitamos revelación, y tenemos que preguntarle al Señor qué es lo que está haciendo por medio de eso. Hemos de tener una visión que nos pueda llevar hasta el otro lado, y si escuchamos la voz de Dios, buscamos su visión y esperamos hasta recibirla, no nos encontraremos con la desesperación, sino que seremos vencedores, llenos del gozo y la gracia de Dios.
Pecados no confesados
Saber que tenemos pecados no confesados en nuestras vidas, que somos culpables delante de un Dios santo, también puede llevarnos a la depresión. David hablaba por todos nosotros cuando decía: “Porque mis iniquidades han sobrepasado mi cabeza; como pesada carga, pesan mucho para mí” (Sal. 38:4). Los pecados no confesados acarrean pesadez, depresión y enfermedades físicas.
¿Por qué esperar tanto para arrepentirnos? ¿Nos engañamos a nosotros mismos pensando que dándole gusto a la carne nos dará un placer duradero? ¿No nos damos cuenta que la carne nunca estará satisfecha, sino que suplicará insaciablemente porque su fuerza sólo aumenta con el consentimiento? ¿Somos demasiado orgullosos para reconocer nuestras debilidades ante Dios y los hombres?
Haga un pacto en su corazón de que, a partir de ahora no habrá nada en su vida que le impida tener una conciencia limpia delante de Dios. Comprométase a ello todos los días y confiese instantáneamente cada pecado del que el Espíritu Santo le convenza; arrepiéntase de todo corazón y reciba la limpieza de la sangre de Jesús, y sea restaurado al gozo de su salvación.
Si después de haber confesado todo pecado conocido todavía tiene sentimientos de culpa depresivos, vuelva a estudiar el capítulo del Acusador y el Consolador, y asegúrese de que no está aceptando una falsa condenación del enemigo que está intentando paralizarle con una depresión. Busque ayuda de sus líderes espirituales, si es necesario, para ayudarle a discernir la diferencia. ¡Después camine con el gozo de tener un corazón purificado!
Religiosidad
Aquí llegamos al catalizador de la depresión con el que yo más he luchado durante muchos años. En mi devoción, antes de haber establecido una comunión con Dios, vivía bajo una intensa lista de reglas cristianas, las cuales creía que tenía que cumplir. Estudiaba la Biblia seriamente y grababa cada mandamiento y principio que encontraba; empezaba cada día con esa lista delante de mí, poniendo todo mi interés en cumplirla; áreas enteras de mi vida fueron desechadas y cortadas, matando así mi personalidad y creatividad. Por ejemplo, vivir la vida cristiana era un serio compromiso a cumplir y no había tiempo para jugar o divertirse. Las emociones eran expresiones del alma, no del espíritu (o al menos eso creía) y, por tanto, eran denegadas y apagadas. Cada día se convertía en una árida lucha para alcanzar mi propia aprobación y la de Dios, y cada día se convertía en un fracaso decepcionante cuando no alcanzaba la meta. Así, la depresión se convirtió en un constante enemigo.
Mi cristianismo se había reducido a una religión; al igual que los Gálatas, aunque había recibido a Cristo por medio de la fe, estaba intentando vivir para Él con mis propias fuerzas (Gal. 3:1-3). La religión y el cristianismo son diametralmente opuestos el uno al otro; la religión establece reglas, el cristianismo es una relación; la religión ahoga la creatividad, el cristianismo incrementa y desata la creatividad del Creador por medio de nosotros; la religión produce una pesadez en nuestros espíritus cuando vemos la gran tarea a realizar y nuestra incapacidad para llevarla a cabo, el cristianismo produce una ligereza en nuestros corazones cuando aceptamos la fuerza de Dios para hacer su voluntad; la religión es trabajar duro, el cristianismo es descansar y jugar, porque hemos cesado de nuestras propias obras (Heb. 4); la religión se expresa por el perfeccionismo, en donde yo pongo mi máximo empeño por hacer lo correcto, el cristianismo se expresa en la excelencia, donde yo permito que lo mejor de Dios fluya a través de mí; la religión respira depresión, el cristianismo produce gozo.
¿Cómo me liberé de la atadura de la religiosidad? Cuando aprendí a oír la voz de Dios, descubrí a Alguien muy diferente del cuadro que tenía establecido en mi mente. Oía palabras de amor, perdón y aceptación; veía a Alguien que se tomaba tiempo para estar con sus amigos, jugar con los niños, o simplemente estar sólo y relajado. Lo más importante, descubrí a Alguien dentro de mí que no solo fue capaz de guardar las leyes de Dios en su propia vida terrenal, ¡sino que Él quería guardarlas por medio de mí! Descubrí que podía acercarme al fluir de la gracia que residía dentro de mí para vencer cualquier tentación que se interpusiera en mi camino.
Si usted está atado por el legalismo de la religión y camina en depresión, usted puede ser libre. Contacte con el Santo que vive dentro de usted y escuche sus palabras de verdad. ¡Mire su visión de gloria, mírela y regocíjese!
Falta de auto disciplina
A menudo pasamos por alto esta posibilidad en nuestra búsqueda de causas para la depresión y, especialmente, si es nuestra manera normal de vivir, quizá no reconozcamos que hay otra forma mejor.
Si no tengo objetivos claros y divinamente ordenados para mi vida, descubriré que estoy entrando en una depresión. No sé dónde estoy, a dónde voy o si estoy en el camino correcto para llegar ahí; estoy en el camino a ninguna parte y quiero salir de ahí. Es imperativo que sepa lo que Dios quiere que haga cada día, y esto es especialmente importante para el que tiene un empleo propio, el que está sin empleo o el ama de casa. Dios puede que me dirija a las tareas obvias que tengo por delante, pero si estoy mandado por Dios a hacerlas, trabajaré con un sentimiento de propósito divino y, hasta la tarea más mundana, tendrá sentido. No digo con esto que tenga que tener una gran reunión de oración antes de hacer nada; generalmente, si estoy viviendo en obediencia a Cristo y mi corazón está decidido a servirle sólo a Él, el fluir espontáneo de pensamientos y urgencias proviene del Señor. Lo importante aquí es aprender a ser sensibles y responder a la voz interna y espontánea de Dios, no controlada por la evidencia que ven nuestros ojos físicos.
La indecisión también puede llevarnos a la depresión. Nos enfrentamos a una decisión importante, durante semanas hemos estado dudando entre varias opciones y, finalmente, bajo presión, tomamos la decisión, y después pasamos las siguientes semanas preguntándonos si la decisión que tomamos fue la mejor. Nuestras energías están desgastadas y nuestros espíritus deprimidos, ¿acaso no hay una forma mejor?
Siempre que tengo que tomar una decisión importante, mi primer paso es investigar. Leo todo lo que encuentre sobre ese tema, busco a hombres de Dios que estén entrenados y tengan experiencia en el área en cuestión y recibo su consejo. Cuando me siento seguro con todos los datos que tengo disponibles, llevo todo ante la presencia de Dios, por medio de la anotación, pido y recibo la guía del Espíritu de Dios, y como estamos hablando de una decisión importante, después comparto lo que yo creo que es la voz de Dios con mis consejeros espirituales para que la confirmen o la ajusten. Finalmente, cuando estoy tranquilo por haber hecho todo lo que Dios requería de mí, tomo la decisión y actúo en consecuencia. No me permito a mí mismo una segunda búsqueda o investigación; incluso si los resultados no son los que yo anticipaba, simplemente me confío a Aquel que me ha estado guiando y que es capaz de hacer que todas las cosas obren para mi bien, incluso si cometo algún error.
Esto suena como algo que te lleva mucho tiempo, ¿pero qué ocurre con las decisiones que se deben de tomar rápidamente? Entonces, simplemente confío en el Espíritu que vive en mí para que me dé sabiduría para la necesidad del momento. Siempre hay algún tiempo para tranquilizar las tensiones externas y sentir la tranquila voz de Dios en el interior. Siga su guía lo mejor que se pueda, y de nuevo, no se permita una segunda investigación; incluso si comete un error, su Dios es lo suficientemente grande para, de alguna manera, darle la vuelta a la situación para llevar a cabo su voluntad para su bien. Confíe en Él.
Cuidado pobre del cuerpo
Una mala dieta, ejercicio y sueño pueden contribuir a la depresión. Hay algunos alimentos que dan mucha pereza al cuerpo y al espíritu. El exceso en la comida trae como resultado el convertirse en obeso, lo cual contribuye a una pobre auto estima que lleva a la depresión. Necesitamos una visión de nosotros mismos comiendo solo para la gloria de Dios y desarrollando el cuerpo saludable que Dios diseñó que tuviéramos (I Cor. 10:31).
Los estudios demuestran que la gente que sufre de depresión sería libre de su atadura el doble de rápido si hiciera ejercicio. Descubra la clase de ejercicio rutinario que el Señor ha diseñado para usted y confíe en sus fuerzas para llevarlo a cabo. Cuando su cuerpo empiece a responder, su espíritu hará lo mismo y la luz del gozo comenzará a aparecer en medio de las nubes de la depresión.
De alguna manera, en los círculos cristianos ha ido creciendo la idea de que cuanto menos duerma, más espiritual será. Si está fuera ministrando hasta la madrugada y se levanta a las cuatro para orar durante tres horas, será un super santo. Quizá usted sea una de esas personas que necesitan solo cuatro horas de sueño por la noche; si es así ¡estupendo! pero la mayoría de nosotros no somos así, y estaremos excesivamente cansados y deprimidos si intentamos llevar ese horario. Es importante que tengamos la libertad en nuestro interior de apartarnos y descansar por un rato. Algunas veces lo más espiritual que puede hacer es irse a la cama a dormir.
Si tiene más cosas para hacer de las que puede en un día de 16 horas, usted está haciendo más de lo que Dios quiere que haga. Descubra cuáles son las expectativas de Él para su vida y haga solo esas cosas. Algunas veces incluso necesitará unas vacaciones; si estudia las leyes del Antiguo Testamento, descubrirá que Dios estableció varias veces fiestas. Durante esas celebraciones, todos deberían dejar su hogar y rutinas diarias y viajar a Jerusalén para una gran “fiesta de grupo”. Es cierto, había obligaciones espirituales que cumplir, pero la mayoría del tiempo se pasaba comiendo, bebiendo, jugando, bailando y hablando con los amigos. No se sorprenda si el Señor le dice que usted también necesita unas vacaciones alguno de estos días.
Enfermedades/achaques físicos
Las enfermedades y los achaques físicos pueden convertirse en catalizadores que nos lleven a la depresión, y hay varias razones por las que sucede. Nuestras condiciones corporales tienen un efecto directo en nuestra condición espiritual; cuando la enfermedad física nos aflige, es fácil caer presa de la debilidad espiritual a través de la duda, el temor o la depresión.
Una manera en la que las enfermedades físicas pueden provocar una depresión es reduciendo nuestros niveles de energía. Cuando todo lo que hacemos parece requerir más esfuerzo del que podemos dar, damos lugar al desánimo. Si nuestras oraciones pidiendo sanidad no son contestadas de la manera que esperamos, la duda puede llevarnos a la desesperación. Particularmente, el dolor y el sufrimiento recurrente y prolongado en el tiempo son tierra fértil para la semilla de la depresión.
Los desequilibrios químicos también pueden causar episodios de depresión. Nuestras emociones están íntimamente ligadas al sistema químico, endocrino y hormonal de nuestros cuerpos. Una razón por la que el ejercicio es tan efectivo para la depresión es que desata elementos químicos en nuestros cuerpos que producen un sentimiento de bienestar. Muchas mujeres descubren que durante ciertos tiempos predecibles están inmersas en la oscuridad de la desesperación. Si puede señalar las causas de estos desequilibrios y reconocer que son temporales, esto puede ayudarle a sobrevivir hasta que vuelva a ver la luz de nuevo. Durante esos días, mímese un poquito, dése un baño de espuma o relájese en un baño de agua caliente. No acepte ninguna presión extra o innecesaria o responsabilidad; permítale a su esposo hacer la cena, no tome decisiones apresuradas y evite en su mayor medida los conflictos. Lea un libro y váyase a la cama temprano; habrá muchas posibilidades de que, cuando se despierte, la nube negra haya desaparecido y usted sea capaz de nuevo de regocijarse en la bondad de Dios.
Hay algunas personas que sufren continuas depresiones debido a trastornos químicos o alteraciones glandulares. Incluso me cuesta mencionar esto como una posibilidad porque aporta una excusa fácil para todos aquellos que no quieren enfrentar la responsabilidad de su propia salud emocional; sin embargo, si usted ha examinado su vida cuidadosamente bajo la iluminación del Espíritu y está totalmente convencido de que está oyendo sólo la voz de Dios y viendo la visión de Dios, y aún así la depresión le tiene atenazado, debería plantearse la posibilidad de una causa física. Busque a Dios de todo corazón, y si la sanidad se demora, reciba la asistencia de profesionales del cuidado de la salud para controlar el desequilibrio hasta que el Señor lo corrija. La vida abundante es una vida de gozo, y ¡Dios quiere que usted la experimente!
Cómo aprender a orar cuando estamos deprimidos
En el excelente libro de  Tim LaHaye, How to Win Over Depression, él nos habla de un grupo de estudiantes cristianos de un instituto que sufrían de depresión. El grupo estaba dividido en tres secciones; la primera sección recibió consejería de grupo e individual sobre cómo mejorar sus actitudes mentales. El segundo grupo se reunió para orar con un consejero que les enseñó cómo orar correctamente. El tercer grupo fue enviado a casa para orar por sus problemas. Los resultados fueron sorprendentes; el grupo dos, los que fueron guiados en la oración, mostraron el mayor porcentaje de mejora. El grupo tres, a los que solo se les animó a orar en casa, no mostraron mejora, e incluso algunos empeoraron. Esto me dice que hay algunas formas de orar que son útiles para curar la depresión y otras no.
El Salmo 31 aporta un formato excelente de oración para la persona depresiva. Aunque no vamos a escribir el capítulo completo, yo le animo a que lo lea entero en su Biblia.
Mi Biblia lo titular: “Salmo de súplica y alabanza”. Cuando se escribió, parece que David estaba enfrentando varios de los catalizadores que hemos discutido. Las circunstancias de su vida le estaban probando, el peso de su pecado estaba sobre él y había alusiones a enfermedades corporales; pero a pesar de todas estas condiciones negativas de su vida, note cómo comienza su salmo:
“En ti, oh Señor, me refugio; jamás sea yo avergonzado; líbrame de tu justicia. Inclina a mí tu oído, rescátame pronto; sé para mí roca fuerte, fortaleza para salvarme. Porque tú eres mi roca y mi fortaleza, y por amor de tu nombre me conducirás y me guiarás... Tú eres mi refugio...”.

David no comienza inmediatamente su oración recitando sus súplicas, sino que dirige sus ojos hacia el Señor, centra su atención en su bondad y bendiciones, y se aquieta delante de la presencia de Dios. Él estableció bien sus prioridades, declaró su confianza y se comprometió con su Dios. Establece un enfoque adecuado desde el comienzo. En el versículo 6 comienza aludiendo a sus problemas y finalmente, en el versículo 9, comienza presentando su dolor y necesidad del Señor.
“... porque estoy en angustia; se consumen de sufrir mis ojos, mi alma y mis entrañas. Pues mi vida se gasta en tristeza, y mis años en suspiros; mis fuerzas se agotan a causa de mi iniquidad, y se ha consumido mi cuerpo...”
Su vida no iba muy bien. Los enemigos estaban le estaban buscando para matarle, los amigos hacían como que no le conocían, su nombre era difamado por toda la tierra, la culpa de su pecado pesaba sobre él y su cuerpo estaba enfermo y con mucho dolor. Cuando entró en la presencia de Dios, sintió la libertad de expresar todos sus temores, enojos, daños y angustias, pero no se detuvo ahí; si nuestras oraciones son meramente un recital de nuestros problemas, no habrá vida en ellas, sino sólo muerte.
Cuando David derramó todos sus problemas ante el Señor, reafirmó su confianza en Dios para librarle de ellos.
“Pero yo, oh Señor, en ti confío…en tu mano están mis años; líbrame de la mano de mis enemigos, y de los que me persiguen…no sea yo avergonzado... enmudezcan los labios mentirosos...”
En los versículos 14 al 18, David le dice al Señor que le gustaría que Él se encargara de esta situación, siempre enfatizando que el Señor está en control y que bien puede librarle.
Finalmente, en los versículos 19 al 24, David termina su oración con alabanza, fe, amor y esperanza.
“¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has obrado para los que en ti se refugian... Bendito sea el Señor, porque ha hecho maravillosa su misericordia para mí en ciudad asediada…”
Sólo cuando hemos tocado a Dios se pueden cambiar los problemas de nuestra vida en motivos de alabanza y regocijo; sólo cuando hemos oído sus palabras de consuelo y sabiduría, y sólo cuando hemos visto su visión del gozo puesto delante de nosotros, podemos salir del pozo de la depresión al resplandor de su gloria.
Resumen
La causa raíz de la mayoría de las depresiones es la auto compasión, que es el resultado directo de perder nuestro enfoque divino y dejar de ver a Dios. Hay muchos catalizadores que pueden contribuir a nuestra incursión en las “mudas de desánimo”. Entre los más comunes están las circunstancias difíciles de la vida, los pecados no confesados, la religiosidad, la falta de auto disciplina, un cuidado pobre del cuerpo y la enfermedad o los achaques físicos. Cada una de estas “causas” se puede vencer volviendo a nuestro enfoque divino y aquietándonos, escuchando la voz y la visión de Dios y actuando en obediencia.
No pretendo que este capítulo contenga la todas las respuestas al problema de la depresión. Tan sólo quiero ofrecer las respuestas que, hasta hoy yo he visto que fueron útiles para mí y para aquellos con quienes las he compartido.
Respuesta
¿Ha sido la depresión siempre un problema en su vida? ¿Cómo es de persistente ese problema? ¿Es usted capaz de ver que ha perdido su enfoque divino en esos momentos?
¿Está usted sufriendo actualmente de depresión? ¿Fue usted capaz de reconocer los catalizadores que le hundieron en esta oscuridad? ¿Está dispuesto a venir a Jesús, aquietarse en su presencia y permitirle que le hable palabras de fe y sabiduría, restaurando su perspectiva divina? ¿Quiere ver a Dios en su vida y circunstancias? Hágalo ahora, y entre en el gozo de su Señor.

11
VICTORIA  A  TRAVÉS  DE  LA  MUERTE
Y  LA  RESURRECCIÓN
¿Hay áreas de pecado en su vida con las que ha estado luchando durante mucho tiempo sin conseguir derrotarlas contundentemente? ¿Le traen las palabras “consagración,” “santidad,” y “abnegación” un sentimiento de culpa y destino funesto a su corazón? ¿Ha intentado presentar su cuerpo como sacrificio vivo, sólo para conseguir salir arrastras del altar? ¿Se ha preguntado alguna vez si el mensaje cristiano de libertad del pecado es una promesa vacía sin esperanza de cumplirse? ¿Hacen eco en su corazón las palabras del apóstol Pablo: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24).
“Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Rom. 7:25). ¡Hay una manera de ser liberado! Las promesas de la Palabra son siempre ciertas; la libertad del pecado y una vida de santidad están disponibles para los hijos de Dios, pero sólo hay una manera de encontrarlo; clavada en el centro del evangelio, eclipsando cualquier otra doctrina y dogma, hay una cruz. La muerte de Jesús, el santo, el intachable Hijo de Dios, en la cruz, satisfizo para siempre la deuda de nuestra culpa y nos liberó de la muerte eterna. Era la única manera posible.
Nosotros estábamos con Él ese día, fuimos crucificados con Cristo (Gal. 2:20), morimos, y nuestra vida estaba escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3); cuando hicimos a Jesús Señor de nuestras vidas, filosóficamente, nuestra decisión fue tomada y, posicionalmente, fue hecha; sin embargo aún permanece esta guerra en nuestra carne: “Pues no hago el bien que deseo, sino que el mal que no quiero, eso practico” (Rom. 7:19). Si estoy muerto, ¿por qué actúo como si estuviera vivo?
Permanece aún una cruz personal que debemos sobrellevar diariamente (Lc. 9:23). Debemos aprender a considerarnos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Rom. 6:11). Esto es muy importante, porque aunque la muerte en la cruz de todos nuestros deseos carnales es absolutamente necesaria, no es el objetivo final. La muerte es sólo un pasillo, un medio para alcanzar un fin; el objetivo final del cristianismo es que podamos vivir en una vida resucitada, tanto ahora como en la eternidad. Tenemos la gloriosa esperanza de la resurrección de nuestros cuerpos físicos para fortalecernos en medio del terror de la muerte y sostenernos en medio del dolor del luto. De la misma manera, tenemos la esperanza de la vida resucitada en nuestros espíritus para sostenernos en medio de la muerte de nuestra vieja naturaleza, nuestro cuerpo de pecado (Rom. 6:6).

“Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él… Porque por cuanto Él murió, murió al pecado de una vez para siempre; pero en cuanto vive, vive para Dios. Así también vosotros, consideraos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Por tanto, no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal para que no obedezcáis sus lujurias; ni presentéis los miembros de vuestro cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Rom. 6:8-13).

Que morí con Cristo en la cruz es una realidad absoluta. Mi responsabilidad al morir diariamente es recordar esta verdad, meditar o considerar que es así, y aplicarlo a mi vida. Cuando miro la Palabra de Dios, ya no veo la ley estableciendo juicio sobre mí, sino que veo a Jesús cumpliendo la ley tanto en su propia vida terrenal como a través de mí. Ya no intento guardar la ley crucificando mi propia carne, sino permaneciendo firme en el hecho de que ya he sido crucificado.
No lucho contra las pasiones pecaminosas que surgen dentro de mí para tentarme a hacer lo malo sino que, en su lugar, aparto mis ojos de los deseos carnales y contemplo la realidad de que estoy vestido de Cristo, de que la plenitud de su vida habita en mí, de que el pecado ya no tiene poder sobre mí y que soy libre para vivir una vida santa, y como yo “con el rostro descubierto contemplo como en un espejo la gloria del Señor, estoy siendo transformado en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu” (II Cor. 3:18). Si pongo mi mente en mi carne pecaminosa y en el aparente poder que el pecado tiene sobre mí, terminaré frustrado y desanimado, pero si pongo mi mente en el Espíritu y su poder resucitador fluyendo a través de mí, fortaleciéndome para poder conquistar a mi enemigo, experimentaré vida y paz (Rom. 8:6).
¿Cómo se pueden poner en práctica en mi vida cotidiana estas ideas teológicas? Cuando llega la tentación, ¿cómo puedo considerarme a mí mismo muerto al pecado y vivo en Cristo? Por ejemplo, suponga que un amigo en quien yo confío traiciona mi confianza. Mi primera reacción instantánea es dolor, el cual se expresará a sí mismo en enojo y en una necesidad de tomar represalias; ese es mi viejo hombre en acción. Hasta aquí, no he caído en pecado, simplemente estoy siendo tentado fuertemente; hasta este punto, no abriré mi boca ni actuaré de ninguna manera, porque sé que si lo hago, pecaré, ya que estaré actuando por mí mismo.
En su lugar, dirigiré mis pensamientos hacia adentro, a Cristo que vive en mí. Recordaré el hecho de que estoy muerto para las respuestas personales, y aunque me tienten, no tienen poder sobre mí para forzarme a obedecerlas. Me enfocaré en Cristo, que es mi vida, orando así: “Señor, estoy herido y enfadado, no tengo fuerza para perdonar, pero Señor, tú eres una fuente eterna de amor dentro de mí, tú perdonaste incluso en medio de la agonía mas profunda; sé ahora para mí todo lo que necesito, lléname de tu amor, tu perdón, tu comprensión y tu compasión. Consume con tu gracia todo lo que se levante contra mí”. Algunas veces de forma gradual y otras de forma inmediata, vendrá un alivio del dolor y el enfado y un bienestar interior de parte del Espíritu de Cristo. Cuando todas mis respuestas carnales hayan desaparecido en Jesús, podré responder a mi amigo con el carácter de Cristo, podré ser un ministro de reconciliación y un mensajero de paz.
Puedo hacer este proceso en segundos, minutos, horas, meses o incluso años. Si escojo alimentar mis heridas o aferrarme a mis respuestas carnales a la tentación, nunca iré más allá de mis reacciones carnales. Si me enfoco en la tentación y su aparente poder sobre mí, intentando combatir la carne con la carne, viviré en derrota, pero si me aquieto en la presencia de Dios, le expreso mi necesidad y debilidad y le permito que responda con palabras de gracia y visiones de victoria, venceré. Mi reacción automática y espontánea a todo en la vida debe ser pasar rápido por cada etapa de muerte y resurrección. Mi objetivo final en la vida es vivir siempre en el estado final, permaneciendo en la paz de Jesús mientras camino por la vida.
Hay tres perspectivas diferentes que puedo tener como cristiano. Puedo enfocar mis ojos en el yo, que está vivo, lo cual es esencialmente vivir como un no cristiano. Cuando la tentación me llega, caigo en ella sin luchar. Quizá tengo un falso entendimiento del pecado y creo que la respuesta inmediata de mi carne es un acto de pecado, y por tanto, como ya he fallado, puedo también terminar la acción. Sin embargo, el pecado no ocurre hasta que yo actúo pasada la reacción del yo; si vivo con esta perspectiva, viviré con mis propios esfuerzos, dolor, enojo, venganza y mi propia voluntad, y experimentaré así las ansiedades, temores y altibajos emocionales extremos.
Un segundo lugar donde puedo enfocar mis ojos es en el yo, que está muerto. Intentaré deshacerme de la oscuridad del pecado en mi vida a través de mis propios esfuerzos. Me convertiré en un zombi religioso, sin reaccionar desde mí mismo ni desde Cristo. Seré alguien carente de vida, aburrido y muy religioso. No habrá chispa ni personalidad, y no habrá lugar para la diversión, la emoción o la actividad alegre. Mi vida no estará centrada en nada que no sea actividad religiosa.
Obviamente, yo no recomiendo ninguna de estas dos perspectivas, sino un enfoque diferente, el de Cristo viviendo en mí. Aunque reconozco que estoy crucificado y que el viejo hombre está muerto, también reconozco que he sido levantado con Cristo y que ahora estoy vivo con un poder resucitador. Cuando veo una área de oscuridad en mi vida, la echo fuera encendiendo la luz, trayendo la presencia de Cristo. Como resultado, comienzo a fluir con la vida de Jesús, convirtiéndome en alguien amoroso, que se preocupa, lleno de fe, amable, sabio y libre. Al ser sanado de mis heridas, puedo ser usado para sanar las heridas de otros. El carácter de Cristo se empieza a manifestar en mi por el fruto del Espíritu, y el poder de Cristo se empieza a manifestar a través de mí por los dones del Espíritu.
Crucificar los deseos de la carne no es fácil, ni divertido. Que nadie se crea que se puede obtener una vida de santificación y santidad a la ligera, porque habrá dolor y sufrimiento, pero si aguantamos la cruz, encontraremos un alivio de gozo y libertad de las ataduras como nunca lo habíamos experimentado.
Jesús vino a la tierra con el expreso propósito de morir en la cruz. Antes de comenzar su ministerio, ayunó durante 40 días y venció la tentación para encontrar una manera más fácil de cumplir su propósito. Durante sus años de ministerio, fue aclamado como el Mesías y Rey, y se le ofreció la oportunidad de dejar a un lado la cruz y establecer su reino de otra manera. Cada tentación tiene que ser vencida individualmente, como afirmó Jesús una y otra vez: “Señor, no se haga mi voluntad sino la tuya”. Finalmente, la noche antes de su muerte, llegó la hora de la gran lucha. Él sabía que le llegaría, sabía el precio que tendría que pagar, y allí, en Getsemaní, Jesús agonizaba en oración hasta que la carne fue vencida por el Espíritu, y una vez más Él afirmó: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Jesús no esperó a que le llevaran a la cruz para tomar la decisión, no esperó a que la corona de espinas se clavara en su cabeza para rendir su voluntad, sino que la batalla se ganó en Getsemaní, y debido a que prevaleció en oración, fue capaz de soportar la cruz.
Nosotros también debemos ir a Getsemaní. Aunque hayamos hecho antes nuestra decisión de seguirle, debemos reafirmar repetidamente nuestra decisión en cada aspecto de nuestras vidas. Una y otra vez, debemos estar a solas con Dios y orar hasta que nuestro espíritu venza sobre la carne y podamos decir: “No se haga mi voluntad sino la tuya”. Después, cuando lleguemos a la cruz y los deseos carnales deban morir, la batalla ya habrá sido ganada.
¿Qué ocurre en Getsemaní? Restauramos nuestra visión y aclaramos nuestro enfoque. A menudo nos ponemos a orar sabiendo que queremos obedecer a Dios y deseamos hacerlo profundamente; sin embargo somos cegados por los deseos de la carne. Cuando estos deseos surgen enormemente delante de nosotros, podemos enfocarnos en ellos y en todo lo que se nos está pidiendo que hagamos, o podemos mirar sólo el sufrimiento que esperamos soportar para poder ser liberados. Podemos enfocarnos tanto en la cruz, que no seamos capaces de ver los propósitos de resurrección de Dios que hay tras ella. En Getsemaní, el Espíritu gentilmente apartará nuestro enfoque de nosotros mismos, nos mostrará la vida de santidad que fluye en poder resucitado y que será nuestra. Él nos capacitará para ser como Jesús, “que por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz” (Heb. 12:2). Debido a Getsemaní, seremos capaces de mirar más allá de la cruz, a la resurrección.
Resumen
“En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna” (Jn. 12:24,25). La muerte y la resurrección son las claves para una vida abundante. Si nos aferramos a nuestra vida, demandando nuestros derechos y disfrutando nuestro pecado, la perderemos, pero si aborrecemos nuestra vida, rindiendo nuestros derechos y aferrándonos sólo a Cristo, experimentaremos la vida resucitada. El fruto de justicia comenzará a crecer y nos convertiremos en un refugio de paz para un mundo cansado.
Respuesta
¿Le está hablando el Espíritu a su corazón sobre alguna área de su vida que deba crucificar? ¿Descubrirá su Getsemaní, su lugar de oración donde pueda orar hasta conseguir la victoria? ¿Escuchará la voz apacible del Espíritu dentro de usted, dándole sabiduría, entendimiento y gracia? ¿Recibirá la visión que Jesús quiere instalar dentro de usted de una vida de santidad y pureza? ¿Se aferrará sólo a sus palabras y se enfocará sólo en su visión, permitiendo que estas le guíen en medio de la muerte hacia una vida resucitada?

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Aconsejado por Dios - Casetes/Videos Los videos y casetes son idénticos en contenido. Contienen las enseñanzas de Mark Virkler que hay en el Manual de Aconsejado por Dios.

Comunión con Dios o Diálogo con Dios Estos dos libros describen las cuatro claves para oír la voz de Dios. Están diseñados para llevar al lector a un diálogo de dos direcciones con el Dios Todopoderoso. Esta capacidad se considera algo fundamental que debería ponerse delante de todos los demás libros en esta página.

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