El culto Cristiano de La Iglesia Primitiva


por Juan C. Barreto

La adoración sencilla y la participación de todos.

En el primer siglo, la cena del Señor era el centro del culto cristiano. Los fieles se reunían con el objeto de conmemorar, por medio del rompimiento del pan, la muerte expiatoria del Hijo de Dios.

La reunión era del todo fraternal. Los pastores que actuaban no asumían ningún carácter clerical ni sacerdotal, sino que se tenían a sí mismos como encargados por el Espíritu Santo para exhortar y enseñar la doctrina de Jesucristo. Todos tomaban libremente parte en el culto, ya dirigiendo la palabra, ya orando, ya indicando algún salmo o himno para ser entonado por todos. El que presidía el culto no lo monopolizaba, sino que estaba ahí para cuidar del buen orden del mismo.

En los siglos segundo y tercero el culto conserva aún este carácter, aunque ya se siente amenazado por el clericalismo de algunos obispos y por el espíritu ceremonial.

La cena no era un sacrificio, los cristianos no habían olvidado el carácter conmemorativo de esta ordenanza. No se creía en lo que se llama la presencia real en los elementos componentes, sino que el pan era un emblema del cuerpo de Cristo y el vino lo era de su sangre. Ambas especies eran tomadas por todos indistintamente, pues no había diferencia entre los hermanos.

La lectura de las Escrituras era una parte importante del culto. Como no existía la división de capítulos y versículos, a menudo se leían libros enteros en una sola reunión, mayormente si se trataba de una Epístola. El Antiguo Testamento era recibido como divinamente inspirado. No existía que hoy llamamos Canon de Nuevo Testamento. Cada libro era una obra completa en sí. Se aceptaban por su contenido y no por autoridad externa; así vemos que el Pastor de Hermas y la Epístola de Bernabé eran leídos en las asambleas. Por supuesto, es de pensar que las distintas congregaciones tenían partes del texto bíblico. Era un tesoro inapreciable el poder tener todo el Antiguo Testamentó junto, así como las cartas novo-testamentarias.

Después de la lectura seguía la predicación, la cual era un desarrollo o explicación práctica de la porción leída, al estilo de las que se hacía en las sinagogas judías. En los tiempos de persecución, la predicación se empleaba para dar ánimo a los hermanos, a fin de que en la hora de la prueba se hallase fuertes. En épocas señaladas el discurso tenía por objeto recordar los sufrimientos y el valor de los mártires y confesores. Entonces se exhortaba a imitar las virtudes de los que habían sido fieles hasta la muerte.

La controversia no les era desconocida. Se llamaban sermones apologéticos aquellos que tenían por objeto enseñar a los catecúmenos las verdades de la fe que iban a profesar públicamente y que con tanta frecuencia tendrían que defender ante los ataques del paganismo. Esta clase de discursos nunca entraba en el culto propiamente dicho.

El canto era también una parte importante. Se cantaban Salmos, es decir los del Antiguo Testamento, e himnos compuestos por los cristianos y que hacían referencia más directa a las verdades de la gracia del Nuevo Pacto. Los instrumentos musicales eran desconocidos en las reuniones de las iglesias durante los primeros siglos. El canto era del todo sencillo, tanto en la música como en la letra.

La oración era una de las partes esenciales del culto. Los cristianos se reunían no sólo para oír hablar de Dios, como para hablar con Dios. El lenguaje de la oración era austero, evitándose toda retórica innecesaria. Las oraciones estaban llenas del lenguaje de las Escrituras, especialmente de los Salmos y Profetas. Las oraciones no eran largas, evitándose toda vana repetición. La oración pertenecía a toda la asamblea y era dirigida en una lengua inteligible.

Estas eran las características del culto primitivo, según resulta de los escritores de aquella época. En todo prevalecía la simplicidad. Dios era adorado en espíritu y en verdad, sin los ritos, ceremonias y pompas que caracterizaban al paganismo.

El todo culto, antes de distribuirse el pan y el vino de la comunión, todos se daban el beso de paz; los hombres a los hombres y las mujeres a las mujeres. Basta recordar esta costumbre piadosa para formarse una idea del amor que unía a todos los que eran hermanos en Jesucristo.

Apuntes Pastorales, Volumen VIII Número 3

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