Normas De Interpretación Bíblica




F.P. Barrows, D.T.

PROLOGO DEL TRADUCTOR

La Biblia es la palabra de Dios divinamente inspirada y revelada a los hombres, y " es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instituir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, completamente instruido a toda buena obra," según dice el apóstol de los gentiles. Y si la Biblia es una tal revelación, como tenemos muchas y poderosísimas razones para creer que lo es, ella ha de ser, por consiguiente, la única y exclusiva Regla porque han de guiarse los hombres en cuestiones de fe y práctica religiosas. No son los obispos, ni los concilios, ni la Iglesia, ni nada que sea humano, lo que ha de guiarnos a este respecto, sino la Palabra de Dios que puede ser "lámpara a nuestros pies y lumbre a nuestros caminos," para dirigir nuestros pasos por sendas de rectitud y justicia ante la presencia de Dios. En el Volumen Santo se nos enseña el camino de la Salvación, según es en Cristo Jesús, en forma tal, que sin él no podríamos conocer ese camino y estaríamos desposeídos de "una tan grande salud." De aquí que en la Biblia tengamos todo lo que necesitamos saber para nuestro bien espiritual.

En contra de la doctrina romanista que enseña que la Biblia no debe ser leída más que por el clero y las personas por él autorizadas, está el principio genuinamente protestante del libre examen, Y según el cual todos los hombres, letrados e ¡letrados, de todas las razas y de todos los países, tiene el derecho inalienable y el sagrado deber de leer y explicar las Escrituras por sí mismos y de acuerdo con sus conciencias; porque es completamente lógico y natural que si esas Escrituras son la Revelación de la voluntad de Dios hecha a los hombres, los hombres individualmente son los llamados a escudriñarla a fin de conocer la voluntad divina.

Pero este examen individual de la Biblia ha de ser hecho con método, de acuerdo con ciertas leyes, basado en principios dados; y no de una manera desordenada y falta de sistematización. De no hacerlo así estamos expuestos a ir al otro extremo que la Iglesia Romana, pero con el mismo resultado: la Iglesia de los Papas ha violentado la Palabra de Dios con su método de guardarla bajo cadena y enseñar doctrinas a ella contrarias; nosotros la violentaríamos, seguramente, si al proceder a su lectura e interpretación no nos basamos en sólidos principios exegéticos, y haríamos enseñar teorías completamente erróneas, o fantásticas, reñidas con el Espíritu de la Revelación.

El libro que hoy presentamos al público evangélico en el idioma español, presenta, de manera admirable, las reglas o principios por que debemos guiarnos en la interpretación del Libro Inspirado, y su material es muy rico en lecciones instructivas e ilustraciones sugestivas; y no dudamos que é1 ha de contribuir grandemente a la ayuda del público español a la mayor comprensión de las Sagradas Escrituras.

Este trabajo formaba, en el original inglés, la cuarta parte del libro "The Companion to the Bible" (El Compañero de la Biblia); y algunas veces en esta parte de su trabajo, y con el fin manifiesto de aclarar y robustecer lo que dice, el autor cita otras partes de su libro. Pudimos, con toda legitimidad, haber pasado por alto estas citas, pero creyendo que ello había de ser beneficioso para el lector, y que contribuiría al mayor enriquecimiento del libro, nos impusimos la tarea de traer e intercalar en el texto, las palabras que el autor cita de otros lugares de su obra.

Deseo significar mi agradecimiento al Pbro. José López por la gran ayuda que me prestó en la preparación de los Índices.

Hemos realizado esta traducción con la esperanza de ser útiles a los cristianos en general, y a los ministros en particular, que desconocen el inglés, en los países hispano-americanos. Quiera Dios que les sea de grande utilidad en su estudio de la Palabra Divina y que sirva para hacer que se dé mayor gloria a Logos encarnado, cuyo es el poder y la honra por los siglos de los siglos.
A. S. R. G.

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CAPITULO I
OBSERVACIONES INTRODUCTORIAS

1.-El término Hermenéuticas (Griego, hermeneau, interpretar) es empleado comúnmente para denotar el principio de interpretación bíblica. La palabra griega exégesis, que significa exposición, denota la obra actual de interpretación. La hermenéutica es, por lo tanto, la ciencia de la interpretación; la exégesis, la aplicación de esta ciencia a la Palabra de Dios. El escritor hermenéutico da los principios generales para la interpretación; el escritor exegótico usa estos principios en la exposición de las Escrituras. Los términos epexégesis y epexégetico son usados por los expositores, en un sentido especial, para denotar algo que es explicatorio del inmediato contexto.

2.-El oficio del expositor es, buscar y explicar el verdadero significado de los escritos inspirados, sin agregarles o quitarles nada, y sin hacerles cambios en ningún sentido. Aquí podemos presentar un instructivo paralelo entre su labor y la de la crítica textual. La crítica textual se propone presentar, no lo que algunos creen que el escritor inspirado debió haber escrito, sino lo que en realidad escribió. Y así el verdadero expositor, tomando para su estudio las palabras de las Escrituras, trata de encontrar en ellas las ideas verdaderas que el escritor inspirado se propuso que encerraran, y no tratar de hacer que tengan un significado que esté en armonía con sus opiniones preconcebidas. Es muy pertinente, por lo tanto, que consideremos al conúenzo de nuestro trabajo, las condiciones que debe reunir el intérprete bíblico. Estas condiciones requieren elevadas cualidades morales e intelectuales, así como variados y profundos conocimientos.

3.-La primera cualidad que debe poseer el intérprete bíblico, es: un supremo respeto a la verdad. Una convicción general y el reconocimiento de su deber de fidelidad, no serán bastantes a guardarlo de todas las influencias sugestivas que se hallan en su camino. Aunque sea un sincero cristiano, está todavía en peligro de ser llevado por senderos falsos, a causa del poder de sus opiniones preconcebidas, o sus relaciones sectarias. Necesita tener una constante y vivida comprensión de la santidad de la verdad, principalmente de la verdad bíblica, que Dios ha revelado para la santificación y salvación de los hombres. "Santifícalos por tu verdad; tu palabra es la verdad." Estas palabras del Salvador deben ser consideradas, noche y día, por el intérprete bíblico, hasta que ellas formen Parte de su vida espiritual; y debe también recordar siempre que siendo el origen de la verdad bíblica tan divino, y su oficio tan elevado, Dios hará responsable a todo aquel que la viole en interés de sus opiniones humanas y preconcebidas, sustituyendo así la insensatez de los hombres por la sabiduría de Dios.

4.-El intérprete bíblico necesita además un profundo juicio, combinado con el poder de una concepción vívida. Mencionamos juntas estas dos cualidades, porque ellas se suplementan mutuamente. La descripción ocupa una gran parte de la Biblia; y en este respecto el intérprete necesita el poder de la concepción, a fin de poder traer a su mente un cuadro vívido de las escenas que se describen, con perfecta armonía entre todas sus partes. Otra gran parte de la Biblia contiene el lenguaje poético y los sentimientos conmovedores. Y para la interpretación de estos pasajes, es especialmente necesaria la facultad de la concepción, para que podamos colocarnos tan completamente como sea posible, en las mismas circunstancias de los escritores, y podamos formarnos una idea cabal de las emociones que llenaban sus mentes y dieron forma y complexión a sus probaciones. Una lógica fría, como la adición de cualquier caudal de conocimientos humanos ' simplemente, no nos ayudará a comprender y explicar con verdad el Salmo 42. En el poder de la imaginación debemos ir con el poeta al destierro, desde el santuario de Jerusalén allende el Jordán a la tierra de los hermonitas; debemos ver su triste y solitaria condición; debemos oír los amargos vituperios de sus enemigos; debemos presenciar la tempestad interna de sus sentimientos-el continuo conflicto entre la naturaleza y la fe-antes de que podamos tener una verdadera comprensión de sus palabras. Y lo mismo pudiera decirse de innumerables pasajes de las Escrituras.

Pero este poder de vivida concepción, cuando no es refrenado por un sano juicio, puede llevar al expositor de las Escrituras a las más locas extravagancias de la fantasía. Haciendo caso omiso de las reglas más elementales de la interpretación, cubrirá los pasajes más claros de las Escrituras, con una masa de interpretaciones alegóricas, bajo el supuesto de dar a las palabras inspiradas un sentido más elevado y edificante. Que las condiciones naturales, unidas a un variado y sólido conocimiento y a un celo infatigable por el Evangelio, no son una segura salvaguardia contra el error, lo vemos en el ejemplo de Orígenes y otras personas. No contentos con no dejar a las simples narraciones del Evangelio hablar por sí mismas y que dieran sus propias lecciones de instrucción, estos expositores alegóricos sacan de ellas, a la fuerza, un sentido de más elevada espiritualidad. Al hacer semejante cosa echan por tierra los mismos principios por los cuales las doctrinas espirituales de las Escrituras son enseñadas.

Orígenes, por ejemplo, comentando el encuentro entre el criado de Abraham y Rebeca en el pozo de Aman, dice: "Rebeca venía todos los días al pozo. Por lo tanto podía ser encontrada por el criado de Abraham, y ser unida a Isaac en matrimonio." De esta manera da el sentido literal de este acontecimiento. Pero después va a demostrar, entre otras cosas, que Rebeca representa el alma humana con la que Cristo desea desposarse, y que el criado de Abraham representa "la palabra profética, sin cuya recepción el alma humana no puede desposarse con Cristo. "

5.-Otra condición que es indispensable, absolutamente, para la interpretación bíblica, es: simpatía Itácia la divina verdad; en otras palabras: esa armonía del espíritu con las verdades reveladas que viene de la sincera recepción que de ellas hacemos, y la rendición de toda la vida, interna y externa, a su dominio. "Si alguno quisiere hacer su voluntad," dice el Salvador, "conocerá de mi enseñanza, si es de Dios, o si hablo de mí mismo. " Juan 7:17. En estas palabras nuestro Señor propuso a los judíos incrédulos el verdadero remedio para su ignorancia y error con respecto a su personalidad y oficio, cosas que no habían comprendido, no porque estuviesen faltos de evidencia, sino por su perverso y culpable rechazamiento de las evidencias a su favor. Su estado moral era la continua rebelión contra la verdad de Dios; y ellos, por lo tanto, no podían sentir simpatía hácia las doctrinas del Salvador. Odiaban la luz, y no querían venir a la luz, porque sus obras eran malas. Juan 3:20. Lo que necesitaban no era más luz, sino ese espíritu obediente que ama la luz y permite que ella brille en el alma. El hombre que desea ser un buen intérprete de la Palabra de Dios, debe comenzar donde el Salvador dijo a estos judíos que comenzaran. Desde el momento en que conozca la verdad, debe aceptarla de corazón, no de teoría solamente, sino en la práctica diaria; y entonces estará preparado para obtener mayor conocimiento de ella, y para presentar sus tesoros celestiales a sus semejantes. Pero si viene al estudio de la Palabra de Dios con un corazón que está siempre en desacuerdo con sus preceptos, y con una mente oscurecida por las afecciones pecaminosas, ninguna cantidad de conocimientos, o de sagacidad para la crítica, le valdrá para hacerle un verdadero expositor de sus contenidos. No teniendo simpatía hacia las doctrinas fundamentales del Evangelio, sino que, por el contrario, las mira con positiva aversión, no estará en condiciones, ni para comprenderlas en su verdadera luz, ni para explicarlas con verdad a sus semejantes. En la obra de la interpretación, un buen corazón-bueno en el sentido bíblico---es tan importante como una mente clara y bien provista de conocimientos.

6.-Cualquiera que considere la extensión y variedad de los conocimientos humanos que están comprendidos en la Biblia, se convencerá de cuan extenso y variado ha de ser el saber del hábil intérprete de las Escrituras.

Los idiomas en que fue escrita la Biblia son idiomas muertos; y el conocimiento de ellos, como el de todos los idiomas muertos, se adquiere en gramáticas, diccionarios, versiones antiguas, etc., y solamente después de un profundo y continuado estudio. En realidad no es necesario que los cristianos, ni aun que todos los predicadores del Evangelio, puedan leer la Biblia en los idiomas originales; pero es un principio del Protestantismo, la verdad del cual ha sido confirmado por la experiencia de siglos, que en las iglesias debiera haber siempre un número de individuos que puedan leer el Libro Santo en los idiomas en que fue escrito. El comentador, por lo menos, no debe sacar sus exposiciones de las versiones comunes, sino de las originales; y el reconocimiento de la sagrada y suprema autoridad de la Palabra Inspirada, exige siempre que haya un buen número de sabios, repartido en todas las denominaciones, que pueda juzgar, de acuerdo con los originales, si las interpretaciones bíblicas son correctas.

Las Escrituras están llenas de citas y referencias a ciudades, montañas, llanos, desiertos, ríos y mares de la Palestina y las regiones inmediatas; de sus climas, sus animales, y plantas; de sus productos agrícolas y tesoros minerales; de sus caminos y rutas comerciales entre las diferentes naciones; en una palabra: citas de esos numerosos particulares que entran en las denominaciones de geografía e historia natural. Las extensas investigaciones de los tiempos modernos, en estos departamentos del conocimiento humano, han derramado una gran luz sobre las páginas de la inspiración, la que ningún expositor que sea digno de semejante nombre, puede dejar de conocer.
Y si alguna persona coleccionara e ilustrara las alusiones de las Escrituras a las costumbres y manera de ser de los antiguos hebreos, a sus instituciones civiles, a sus ritos y ceremonias religiosas, pudiera muy bien componer un volumen de antigüedades bíblicas.

Además, las relaciones que el pueblo escogido tuvo con las naciones circunvecinas, especialmente las grandes monarquías que sucesivamente dominaron el mundo civilizado-Egipto, Asiria, Caldea, Grecia, Roma-requieren un gran conocimiento de historia antigua, e inseparablemente con esto, de cronología antigua. La cronología bíblica, verdaderamente, constituye en sí una ciencia que abraza asuntos de gran perplejidad y dificultad, cuya solución tiene una inmensa importancia en relación con los pasajes a que hace referencia.

7.-Sin embargo, en ninguna manera afirmamos que las condiciones arriba mencionadas sean necesarias para el conocimiento salvador de la Palabra de Dios. Las doctrinas y los preceptos esenciales de la Biblia son tan sencillos y claros, que pueden fácilmente ser comprendidos por el lector no ilustrado que va a su estudio con corazón sincero. En este respecto Dios ha hecho la visión tan clara "que corra el que leyere en ella" (Heb. 2:2); y el camino al cielo tan directo que el hombre que por el vaya, aunque haya sido un insensato, no yerre (Isa. 35:8). Pero el intérprete de las Escrituras debe estar en condiciones de explicar los pasajes difíciles también, hasta donde sea posible según las investigaciones humanas; porque esos pasajes difíciles son parte de "las Escrituras dadas por inspiración de Dios," y que, según el Apóstol, "son útiles para enseñar, para reprender, para corregir, para instituir en justicia" (2a. Tim. 3:16). El intérprete bíblico debe hacer todo esfuerzo por comprender el verdadero sentido de estos pasajes, y por explicarlos a sus semejantes con toda la fidelidad y claridad que le sea posible.

8.-Hay un lado humano y otro divino en la interpretación bíblica-un lado humano porque las Escrituras se dirigen a los hombres en el idioma humano y de acuerdo con la manera de hablar y pensar de los hombres; y un lado divino porque ellas contienen una verdadera revelación de Dios a los hombres, distinguiéndose en este respecto de todos los otros escritos del mundo. El descuido del estudio del lado humano conduce a los métodos visionarios de interpretación, en los cuales la fantasía del escritor se sobrepone a las reglas de la crítica, y la Palabra de Dios se acomoda a las opiniones preconcebidas. La negación del lado divino, sea ya inocente o intencionadamente, se manifiesta por una interpretación fría y escéptica, que niega o explica a su manera, todo lo que es sobrenatural en la Biblia; la que en vez de buscar esa unidad de plan y armonía de partes que es característica en toda obra de Dios; se complace en exagerar las supuestas inconsistencias y contradicciones de las Sagradas Escrituras, y en poner en guerra una parte de la Biblia con la Otra; y la que no teniendo fe en que la Biblia contiene la voluntad de Dios, lleva la duda, con respecto a su origen divino, a la mente del lector. No podemos llegar a un verdadero conocimiento de la Palabra Inspirada, si no tenemos siempre ante nuestra vista estos dos aspectos de la Revelación, que mutuamente se suplementan.


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Primera División:
LA INTERPRETACION VISTA DESDE EL LADO HUMANO

CAPITULO II
PRINCIPIOS GENERALES

1.-Desde el momento en que la Biblia se dirige a los hombres en el idioma humano, y de acuerdo con la manera de hablar y pensar de los hombres, el primer trabajo que tiene que realizar el intérprete, es: encontrar el significado de los términos que en ella se usan. En este respecto debe procederse de la misma manera en que se procedería si se tratase de cualquier otro escrito, tratando de obtener, con la ayuda de diccionarios, gramáticas, antiguas versiones, interpretaciones antiguas, etc., un profundo conocimiento del lenguaje empleado por el Santo Espíritu en sus revelaciones a los hombres. A estas ayudas externas debe unirse la luz interna que se adquiere de la cuidadosa consideración del contexto, de la conocida fraseología del autor, de los pasajes paralelos, etc.
En lo que respecta al Nuevo Testamento, el conocimiento del griego clásico no será suficiente. A esto debe agregar el intérprete un profundo conocimiento del lenguaje peculiar del Nuevo Testamento, y también del uso especial que del idioma hacen los distintos escritores.
En lo que respecta al carácter del griego del Nuevo Testamento, hace años hubo mucha controversia, acompañada algunas ocasiones, de acaloramientos innecesarios. Una clase de escritores parece que pensaba que el honor del Nuevo Testamento dependía de su habilidad en demostrar la pureza clásica y la elegancia del estilo; como si el Espíritu inspirador pudiera dirigirse a los hombres solamente por medio de un lenguaje que estuviese completamente de acuerdo con el modelo clásico. Otra clase de escritores se fueron al extremo opuesto, hablando, en términos exagerados, del hebraismo y solecismo de los escritores del Nuevo Testamento. La verdad se encuentra, sin embargo, entre estos dos extremos. El estilo del Nuevo Testamento no es ni clásico ni bárbaro; sus características se ajustan estrictamente a la historia de su origen. (1) Su base no es el griego de Platón o Genofonte, sino el dialecto común llamado Helenista, que nació en la época de Alejandro Magno, en que "los diferentes dialectos que anteriormente hablaban las varias secciones de la nación Helena fueron fundidos en un lenguaje popular. " (Winer, Gram. of the N. T., Sec. 2). Los judíos alejandrinos indudablemente lo aprendieron, no de los libros, sino en la práctica de la vida diaria, y probablemente tenía sus provincialismos en Alejandría y las regiones inmediatas. (2) En el uso judaico, este dialecto griego recibió un colorido hebreo, por el constante uso de la versión Septuaginta, versión que es una traducción literal de las Escrituras hebreas al griego, reteniendo, por supuesto, muchos modismos hebraicos. Sólo podían elevarse sobre esta influencia profundos pensadores como Josefo y Filo. Los escritores del Nuevo Testamento manifiestan el poder de esta influencia, de varias maneras- porque en lo que respecta a hebraismos, ellos no pueden considerarse en el nivel común. (3) Como el Arameo-llamado Ciro-Caldeo-era el lenguaje de las masas populares, el estilo de los escritores del Nuevo Testamento recibió un matiz de él también. (4) Sobre todo, el estilo del Nuevo Testamento recibió una profunda impresión del hecho de que los escritores eran judíos, que escribían bajo la influencia de la educación judaica y de la fe hebrea, además del elemento del cristianismo. En sus escritos se ve el fenómeno del espíritu y la idea judeo-cristiano, envueltos en el lenguaje de Grecia; y esto separa completamente los escritos del Nuevo Testamento de las composiciones puramente clásicas. Los escritores apostólicos hicieron que el idioma griego expresara ideas completamente extrañas a la concepción de los autores paganos más cultos; ideas que eran sólo parcialmente conocidas de las religiones hebrea y cristiana, y que en parte eran peculiares al Cristianismo. Semejante cosa sólo se podía realizar dando a los términos ya existentes un nuevo y más elevado significado, por lo que estos términos adquirieron un carácter técnico que era completamente desconocido a los escritores clásicos.
El Apóstol Juan, por ejemplo, aplica el término Logos (Palabra) al Hijo de Dios. Pero de esto no podemos argumentar que los otros escritores le den el mismo significado; como, v. g., en el bien conocido pasaje de Heb. 4:12. "Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz."
El uso simplemente, a menudo es insuficiente para determinar el significado de una palabra en un pasaje particular; porque (1) en el uso corriente puede tener dos o tres significados. En tal caso, el intérprete debe valerse de todas las ayudas que ya hemos mencionado, sobre todo de la luz que arroja sobra cualquier pasaje su contexto a fin de conocer el verdadero significado del término que se usa. La misma palabra griega, por ejemplo, significa estatura (Luc. 19:3) y edad (Heb. 11:11). En la interpretación de Mat. 6:27, donde, según nuestra versión común, dice: "¿Y quién de vosotros, por mucho que se acongoje, podrá añadir a su estatura un codo?" puede muy naturalmente presentarse la dificultad de saber en cuál de los dos sentidos usa nuestro Salvador el término. Cualquiera que sea nuestra decisión a este respecto, no debe, simplemente, basarse en el uso, lo que es muy ambiguo, sino en la relación que esta palabra tiene con el contexto. Pudiéramos multiplicar ejemplos semejantes a éste. (2) Además, el término puede no ocurrir en otro lugar.
Ya hemos dicho que en el uso que de ellas se hace en el Nuevo Testamento, muchas palabras tienen una significación técnica y, por lo tanto, peculiar. Y no tenemos libertad de determinar, al azar, estos significados técnicos, o de acuerdo con opiniones preconcebidas. Su significación puede encontrarse, como en el caso de cualquier otro escrito, de acuerdo con las leyes reconocidas de la interpretación. El resultado general a que llegamos es, por lo tanto, que para determinar el significado de términos bíblicos debemos guiarnos por las mismas leyes que obedecemos al interpretar cualquier otro escrito.
2.-Del significado de las palabras en sí pasamos al sentido del lenguaje de los escritores sagrados. El conocimiento de las palabras que entran a formar las oraciones, meramente, no nos hace comprender el verdadero sentido que el autor trata de darles. Para llegar a una verdadera comprensión de este asunto, necesitamos conocer el fin que se propone el autor, su manera de argumentar, las ideas que está combatiendo así como las que defiende, las palabras enfáticas de la oración, si él desea que se le entienda literal o figuradamente, y otras varias cosas; todo lo cual ha de ser estudiado y comprendido según las reglas que se emplean para la interpretación del lenguaje general.
3.-El propósito o designio del escritor inspirado puede ser general o especial; el primero tiene referencia al designio del conjunto de su escrito, y el segundo al designio de secciones particulares de él. "El propósito, se ha dicho muy bien, "es el alma o espíritu de un libro; y cuando éste ha llegado a ser bien comprendido, cada argumento y cada palabra aparece en su justo lugar y es perfectamente inteligible; pero si no se da la debida consideración al propósito, todo se presenta oscuro, no importa lo claro y obvio que pueda ser su significado. " Y estas palabras de Horne (Introd., vol. 2, p. 265) en ninguna manera son demasiado fuertes. La falta de comprensión del propósito es lo que hace que el significado de las palabras de los escritores inspirados no sea comprendido, y que parezca que se contradicen entre sí.
Por ejemplo, el Apóstol Pablo dice: "Concluimos pues que el hombre es justificado por fe, aparte de las obras legales. " Rom. 3:28. Y el Apóstol Santiago dice: "Veis pues que por las obras es justificado el hombre, y no por fe solamente." Sant. 2:24. Si una persona insiste en hacer caso omiso del claro designio que cada uno de estos escritores tenía en mente respectivamente, con facilidad llegará a hacer que se contradigan ambos apóstoles. Si el propósito del Apóstol Pablo, al presentar este argumento, hubiera sido demostrar que la fe en Cristo libra al hombre de la obligación de obedecer la ley divina, haciendo las obras por lo tanto innecesarias; o si Santiago hubiera querido probar que las buenas obras son la causa meritoria del perdón del humano, entonces las doctrinas de los dos apóstoles hubieran sido irreconciliables.
Pero sabemos que ninguna de estas suposiciones es verdadera. Pablo estaba combatiendo el error de los fariseos, que confiaban en si mismos para su justificación-justificación basada "en las obras de la ley"-y que despreciaban a todos los otros. Su propósito era demostrar que los hombres no reciben perdón ni salvación, ni completamente ni en parte, por causa del supuesto mérito de sus buenas obras, sino solamente por medio de la fe en Cristo; como dice en otro lugar: "Y si es de gracia, ya no es de obras; de otra manera la gracia ya no es gracia." Rom. 11:6. Sabemos también, por el tenor de todos sus escritos, que él condenaba como espuria aquella fe que no se manifestaba en las buenas obras. En esta misma epístola a los Romanos, donde el asunto que se discute no es la base meritoria de la justificación, sino el carácter que Dios aceptará, el apóstol fija este gran principio: "Pero a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino antes obedecen a la injusticia, les tocará ira y condenación, tribulación y angustia; lo cual vendrá sobre toda alma humana que obra el mal, del judío primeramente y también del griego: mas honra y gloria y paz tocarán a todo aquel que obra lo bueno, al judío primeramente y también al griego; pues no hay acepción de persona para con Dios." Rom. 2:8-11. Y si vamos a la epístola de Santiago, veremos que la fe sin obras que él condena como muerta, no es tal fe sino una vana noción-una simple creencia acerca de Cristo, en vez de la sincera confianza en Cristo que hacen que el corazón y la vida toda se incline ante su voluntad. En una palabra: Pablo condena como muertas las obras sin fe; Santiago la fe sin obras. Uno rechaza las obras muertas (Heb. 9:14) ; el otro la fe muerta. Entre estos dos juicios no hay contradicción alguna. Nos hemos detenido algo en este ejemplo de supuesta contradicción, a fin de dar un ilustración completa. El mismo razonamiento pudiera aplicarse a otros muchos pasajes en los cuales es necesario conocer el propósito del autor a fin de llegar a una verdadera comprensión de lo que quiere significar.
Siendo tan grande la importancia del conocimiento del propósito del autor, seguramente se preguntará: ¿Cómo llegaremos a descubrirlo? Las reglas mecánicas serán de muy escaso valor a este respecto. El lector atento y juicioso podrá, en las más de las ocasiones, descubrirlo por sí mismo, de los indicios da. dos por el mismo autor, o por el conocimiento de las circunstancias en que se hallaba cuando escribió, lo mismo que si se tratara de cualquier otro escrito.
Algunas veces el autor indica directamente su propósito general, o su designio, al escribir una sección particular de su trabajo. Un ejemplo de primera clase: Juan 20:31: "Estas empero han sido escritas, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida eterna en su nombre." De la segunda clase: 1ª Cor. 71: "En cuanto a las cosas de que me escribisteis: bueno sería que el hombre no tocase mujer"; de donde sabemos que el designio del apóstol en este capítulo particular es contestar a ciertas preguntas que le hicieron los cristianos corintios sobre el matrimonio. Pero el propósito del autor es más generalmente indicado de una manera indirecta por medio de varias observaciones inferidas, como resulta en el pasaje que ya hemos citado: "Concluimos pues que el hombre es justificado por fe, aparte de 1as obras legales, "lo que es, en realidad ' una conclusión que el apóstol hace del argumento usado anteriormente.
Algunas ocasiones el conocimiento de las circunstancias históricas arroja gran luz sobre el designio del escritor u orador; especialmente de su propia posición y de la de sus oyentes. El capítulo 23 de Mateo, en el que el Salvador fustiga la maldad y errores doctrinales de los escribas y fariseos, y en el que les anuncia que sobre ellos caerá el juicio del cielo, no puede ser completamente conocido sin tener un profundo conocimiento del fariseísmo, y la elevada posición de autoridad e influencia que tenían los fariseos; sentándose, como se sentaban, en la cátedra de Moisés, e imponiendo al pueblo sus tradiciones humanas en vez de los mandamientos de Dios, con lo que sustituían una religión de fe interna por otra de formas exteriores, arrancando así al pueblo la llave al conocimiento divino. Era necesario que el Hijo de Dios, a quien pertenecía la iglesia, que vino a derramar su sangre para su redención, y a establecerla en el principio de verdad y santidad; era necesario que él publicara con extrema severidad, la maldad e ignorancia de estos escribas y fariseos, para la instrucción de su pueblo en todas las edades siguientes. El conocimiento de las circunstancias históricas arroja mucha luz sobre el fin que se proponía el apóstol al escribir a los Romanos y a los Gálatas. Si tuviéramos una completa información acerca de los falsos maestros a que se hace referencia en la epístola a los Colosenses, y en las epístolas pastorales, entenderíamos con mucha mayor claridad el argumento que el apóstol usa contra ellos.
Pero el mejor método para llegar a comprender el designio del escritor, es: estudiar repetida y cuidadosamente todas sus palabras. El estudiante de la Biblia debería, desde temprano, formar el hábito de leer con gran atención todo un libro seguidamente-por ejemplo, la epístola a los Romanos, o la a los Hebreos-sin detenerse a investigar asuntos particulares, con el fin de embeberse, hasta donde le sea posible, en el pensamiento del autor, y para que esto le lleve al conocimiento de la conclusión final del escritor. Cuando una persona se ha familiarizado con el tema general de una obra, está bien preparado para examinar las dificultades particulares que se presentan en el curso del argumento del autor.
4.-La palabra contexto (latín contextus) significa literalmente unir en trama; y es usada muy apropiadamente para significar el tejido del discurso de un autor. El propósito es el fin que se propone un autor; el contexto proporciona la forma y manera en que se propone conseguir este fin. Con referencia a un pasaje dado, el contexto ha sido definido de una manera más amplia, como lo que antecede y sigue al texto. Pero más estrictamente es la serie de asertos, argumentos e ilustraciones que se hallan conectados con el pasaje cuyo significado se desea conocer, incluyendo todas las otras conexiones que el pensamiento general pudiera tener. El intérprete cuidadoso, pues, ha de referirse al contexto muy a menudo, tanto para conocer el significado de un pasaje particular, como para conocer el sentido de un pasaje general. Interpretar sin tener en cuenta el contexto, es interpretar descuidadamente; interpretar en contradicción con el contexto, es enseñar la falsedad.
La necesidad de hacer continua referencia al contexto para la determinación del sentido, tanto como para la comprensión de los términos particulares que se emplean, tiene innumerables ilustraciones. De entre ellas elegimos unas pocas.
En Rom. 14:23 el apóstol presenta el siguiente axioma: "Pero el que tiene escrúpulos, si con todo come, es condenado; porque no obra por fe; pues todo lo que no es de fe, es pecado. "El contexto no hace referencia a la cena del Señor, sino a escrúpulos con respecto al uso de una clase particular de alimentos. "Uno cree que se ha de comer de todas las cosas; otro enfermo (o débil) -demasiado escrupuloso con respecto a la distinción de alimentos "come legumbres" (ver. 2). Por lo tanto, aquí no se hace referencia a las condiciones personales que son requisitos para la participación de la Cena del Señor, ni a las consecuencias de participar en ella indignamente; sino que el apóstol se propone significar que cualquiera que tiene escrúpulos de conciencia sobre sí debe o no comer cierta clase especial de alimentos, es condenado si los come, "porque no come por fe"; es decir, que actúa en contra de lo que cree ser su deber. Haciendo tal cosa viola, en un caso particular, la ley general de fe que requiere que en todo guardemos nuestra conciencia libre de ofensa en relación con Dios y los hombres, sujetándonos en amante confianza a la autoridad de Cristo, y haciendo en todo lo que creemos que es justo ante su presencia.
En Gálatas 5:4 leemos las siguientes palabras: "De la gracia habéis caído." Estas palabras tomadas fuera de su conexión, resultan ambiguas en su aplicación; pero el contexto las hace bien claras. El apóstol se dirige a una clase de personas que tratan de sustituir el Evangelio de gracia por un sistema de justificación por obras: "Cristo se ha hecho para vosotros inútil, los que pretendéis ser justificados por la ley, de la gracia habéis caído"-caído fuera de la gracia, que es lo que significa la palabra en el original. Habéis abandonado el sistema de gracia revelado en el Evangelio, por uno de obras.
El salmista dice: "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré y pareceré delante de Dios?" Sal. 42:2. Fuera de su conexión estas palabras pueden significar el deseo del salmista de disfrutar la visión beatífica de Dios en el cielo; pero el contexto demuestra que el salmista tenía en mente el santuario terrenal de Dios, del que había sido expulsado. "Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche cuando me decían todos los días: ¿Dónde está tu Dios? De estas cosas me acordaré y derramará sobre mí mi alma. Cuando pasaré en el número, iré con ellos hasta la casa de Dios con voz de alegría y alabanza, bailando la multitud." (vers. 3.4.)
Otra vez dice el salmista: "Toda ilustre es la hija del rey de dentro" (Sal. 45:13) ; palabras que más de una vez han sido aplicadas directamente a la belleza interna de la iglesia, la esposa de Cristo. Realmente esta es la idea que encontramos en las palabras, si le damos una verdadera interpretación; pero esta idea no nos viene directamente, sino por medio de una figura. El significado primario es: que la real desposada, que aparece en el interior del palacio, vestida con ropajes de oro, tiene una apariencia completamente gloriosa a los ojos de los que la contemplan. Indudablemente que representa a la iglesia desposada con Cristo; que vive, por así decirlo, en la más elevada mansión, y gloriosamente adornada con la justicia de Cristo. Rev. 19:3.
Muy naturalmente puede ocurrirse al lector la pregunta siguiente: ¿Hasta qué límites debe ser consultado el contexto? Y la contestación debe ser que a este asunto no puede marcarse límite definido. Toda la trama del discurso debe ser estudiada cuidadosamente, incluyendo tanto el contexto inmediato como el mediato; porque los escritores sagrados no siguen, corno regla general, un plan de divisiones y subdivisiones. La argumentación es a menudo interrumpida por observaciones en paréntesis, especialmente en los escritos del apóstol Pablo, o es resumido, de manera informal, después de grandes digresiones. La verdadera conexión de la idea, por lo tanto, no ha de buscarse de acuerdo con nuestras nociones modernas de lo que el orden lógico requiere, sino del examen repetido y cuidadoso del escrito que estudiamos. Sólo de esta manera podemos ponernos en lugar del autor, y mirar el asunto que se discute, bajo el mismo punto de vista, es decir: sólo de esta manera podemos compenetrarnos de su manera de pensar y de razonar, poniéndonos así en condiciones de poderlos explicar a nuestros semejantes.
En algunos casos no existe el contexto y es, pues, inútil que lo busquemos. En una gran parte de los proverbios, por ejemplo, cada aforismo brilla con su luz propia; y si tiene alguna conexión con lo que se sigue o precede, es simplemente casual o superficial. Además, en algunos libros, como el de Eclesiastés, las transiciones son demasiado repetidas y a menudo muy difíciles de explicar. En este caso hemos de tener cuidado en no hacer violencia al escrito, haciéndole tener una conexión que el autor no se propuso que tuviera. El orden sistemático es bueno en su lugar; pero el Espíritu Santo no creyó necesario hacer que todos los escritores que él inspiraba procedieran de acuerdo con ese orden sistemático.
Algunos maestros religiosos son muy amigos de emplear textos bíblicos, simplemente como lemas, no respetando, poco ni mucho, su verdadera conexión. Así que muy a menudo los adaptan a su deseo, haciéndoles tener un sentido que les es completamente extraño. Lo que se gana con esta práctica es muy poco, comparado a lo que con ella se pierde; porque forma el hábito de interpretar las Escrituras de una manera fantástica y arbitraria, y así prepara los maestros del error del futuro, armados de sus armas más peligrosas. Esta práctica no puede ser defendida por el argumento de su necesidad. Las sencillas palabras de las Escrituras, legítimamente interpretadas de acuerdo con su verdadero designio y contexto, contienen un significado tan completo y comprensivo, que son suficientes a llenar todas las necesidades de los hombres en todas las edades y bajo todas las circunstancias. La piedad que es verdaderamente robusta y saludable, no es la que se alimenta de las fantasías y especulaciones del predicador que prácticamente pone su genio por encima de la Palabra de Dios, sino la que tiene su alimentación en las doctrinas y preceptos de la Biblia, desarrolladas en su verdadera conexión y significación.
Sin embargo, es importante que hagamos observar, que cuando el principio general contenido en un pasaje ha sido completamente explicado, admite innumerables aplicaciones que son legítimas en el más alto sentido. Por ejemplo, el principio de que "todo lo que no es fe es pecado," que el apóstol Pablo sienta en relación con el asunto de usar o abstenerse de ciertas clases de alimentos, puede ser aplicado a casos de conciencia que tienen aplicación a relaciones muy diversas y a distintas esferas de acción. El poder del predicador depende principalmente de su habilidad en desarrollar ante la inteligencia, y aplicar a la conciencia, los principios generales que aparecen envueltos en los pasajes de la Escritura que él trata de explicar.
5.-Ahora podemos considerar la ayuda que puede obtenerse de los pasajes paralelos. Los paralelismos son generalmente divididos en verbales y reales: es verbal en aquellos pasajes donde aparece la misma palabra o frase; real cuando se presenta la misma idea o el mismo asunto. Los paralelismos verbales a menudo arrojan mucha luz sobre el significado de ciertas frases o palabras, porque lo que aparece os_ curo en un pasaje es aclarado en otro pasaje por alguna explicación adicional.
Un ejemplo de esto es el uso de la expresión 9 ¿in¡ gloria" (en la versión de Valera dice, m¡ honor"), en Génesis 49:6. " ¡En su consejo no entres (su cónclave secreto), oh alma mía, ni en su asamblea te juntes gloria mía! Porque de su saña mataron hombres, y en su voluntariedad despreciaron bueyes." Una comparación de los pasajes paralelos, Sal. 7:5; 16:9; 30:12; 57:8; 108:1, nos lleva a la conclusión de que, en tal conexión, la expresión es sustancialmente equivalente a "mi alma," siendo el alma hecha a la imagen de Dios, es por lo tanto el asiento de la gloria del hombre. Con un proceso de comparación semejante a éste, llegamos a comprender la verdadera significación de la frase "la justicia de Dios," o "la justicia de Dios que es por la le." cuando es usada con referencia al camino de la salvación por medio de Cristo; a comprender el significado de la palabra griega traducida "propiciación," etc. De la misma manera el intérprete llega a comprender los distintos sentidos en que son usadas las palabras, y determina cuál de estos sentidos es el que mejor se adapta a un pasaje dado.
Los paralelismos reales se subdividen, además, en doctrinal e histórico: doctrinal, cuando se presenta la misma verdad; histórico cuando se menciona el mismo acontecimiento o la misma serie de acontecimientos. La suprema importancia de los paralelismos doctrinales se verá más adelante, cuando estudiemos la Revelación desde su lado o punto de vista divino, donde la Revelación es presentada como un sistema de verdades que se armonizan perfectamente entre sí. Aquí sólo los consideramos como uno de los medios de comprender el sentido de ciertos pasajes. Presumiendo que cada escritor desea ser consistente consigo mismo, es nuestra costumbre colocar uno al lado de otro los diferentes asertos que tienen referencia al mismo asunto, a fin de que se puedan explicar mutuamente. El mismo método razonable debe usarse con respecto a Isaías y Jeremías en el Antiguo Testamento, y a Pablo y Juan en el Nuevo Testamento. Lo que es oscuro debe ser interpretado por lo que es claro; lo que es mencionado muy ligeramente, por lo que es tratado con más extensión.
Además, los diferentes escritores de una misma época, animados por el mismo espíritu, y gobernados por los mismos principios de fe y práctica, se explican mutuamente. Y así los profetas Isaías, Óseas, Joel, Amós, y Miqueas que vivieron en el mismo siglo, y en menor grado Jeremías, Ezequiel y los otros profetas de tiempo posterior, arrojan, cada uno, gran luz sobre los escritos de los demás. Lo mismo sucede con todos los escritos epistolares del Nuevo Testamento no obstante su diferencia de estilo, y también los diferentes aspectos bajo los cuales miraban los deberes y las doctrinas cristianas.
Nuestro Salvador dice de aquellos que antes de su venida decían ser los pastores y guías del rebaño espiritual de Dios: "Todos los que antes de mi vinieron, ladrones son y robadores, mas no los oyeron las ovejas." Juan 10:8. No obstante, este mismo evangelista dice que Abraham, Moisés y los otros profetas, fueron verdaderos guías y maestros del pueblo de Dios. Caps. 8:39, 40, 56; 5: 45-47; 1238-41. De lo cual deducimos naturalmente que las palabras del Salvador deben ser restringidas a los ladrones y robadores que semejantes a los escribas y fariseos de su día, los que, bajo la dirección de Satanás, (8:41,44) se introdujeron en el aprisco por caminos indignos.
El apóstol Pablo dice (Rom. 2:7): que Dios dará día los que perseverando en bien hacer, buscan gloria, y honra, e inmortalidad, vida eterna." En seguida notamos, sin referirnos al contexto, que él no quiere afirmar, en oposición a todo el tenor de sus epístolas, que los hombres pueden obtener la vida eterna por su "bien hacer," aparte de "la justicia de Dios, por medio de la f e en Cristo, que es a todos aquellos que creen. " Pero si nos fijamos en el contexto, veremos que el apóstol no habla de las obras meritorias para la justificación, sino del premio imparcial de Dios al carácter justo, tanto en el judío como en el griego.
El paralelismo histórico necesariamente tiene un papel importante en la interpretación tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento tenemos las dos historias paralelas de la comunidad judía, primero en los libros de Samuel y Reyes y luego en los libros de Crónicas. En el Nuevo Testamento los cuatro Evangelios son los cuatro relatos paralelos de la vida y enseñanza del Salvador. Además hay otros paralelismos menos extensos, como por ejemplo, el relato que Isaías hace de la guerra de Senaquerib contra Exequias, y la enfermedad de este último (Isa. caps. 36-39 comparado con 2a. Reyes 18:13-20:21, y la nota más breve de 2a. Crón. 32.); los tres relatos de la conversión de Pablo (Act. 9:1-22; 22: 1-21; 26: 1-20) ; y otros pasajes que fácilmente recordará el lector. A este trabajo de comparar y armonizar las historias paralelas, los estudiantes bíblicos han dedicado mucho tiempo y desvelos, y con razón, porque ellas mutuamente se suplementan e ilustran en muchos sentidos. Los libros (le Samuel y Reyes son mucho mejor comprendidos cuando se comparan con las Crónicas y viceversa. Así también cada uno de los Evangelios arroja mucha luz sobre los otros tres. Haciendo un parangón entre los tres relatos de la conversión de Pablo, se adquiere una mejor comprensión de este acontecimiento, que si se estudian separadamente. Las numerosas coincidencias de los Actos con las epístolas paulinas nos dan una idea de la vida íntima del apóstol y de sus labores, más clara de la que pudiéramos obtener por cualquier otro medio. Sin las epístolas, las notas biográficas de los Actos resultarían incompletas; sin las narraciones de los Actos, muchas referencias de las epístolas permanecerían oscuras.
Sin embargo, estos paralelismos históricos, que prestan tantísima ayuda, presentan también grandes dificultades, para cuya solución es necesario tener una perfecta comprensión del espíritu de la inspiración. En lo que respecta a los asuntos esenciales de fe y práctica, en las Escrituras prevalece una divina unidad. Pero su unidad esencial no excluye la diversidad de concepción y representación. Aunque "todos los santos hombres de Dios hablaron según fueron inspirados por el Espíritu Santo," plació a ese divino Espíritu dejarles en libertad de hablar de acuerdo con sus peculiaridades personales de pensamiento y lenguaje. Una página de Juan, tomada al azar, puede ser inmediatamente distinguida de una de Pablo o Lucas. Al relatar el mismo acontecimiento dos escritores inspirados, a menudo usan diferente material, o usan el mismo de diferente manera. La narración de cada uno es verdadera, pero no completa: presenta con verdad un lado del asunto, pero no todos los particulares conectados con él. La omisión de circunstancias concomitantes, en dos o más narraciones paralelas, o el descuido en el exacto orden cronológico, en muchas ocasiones hacen la obra de armonización muy difícil. Creemos que cada narración, separadamente, es correcta, y que, si poseyéramos todas las circunstancias que en ella tuvieron efecto, en su verdadero orden cronológico, veríamos que son consistentes entre sí; pero por el hecho de no conocer todas estas circunstancias, el trabajo de armonización resulta difícil, y dudosa la manera de hacerlo. Semejantes dificultades son incidentales a todas las historias paralelas. Si al Espíritu Santo hubiera parecido bien, hubiera excluido semejantes dificultades de las páginas inspiradas; pero en ellas él se propuso tratar con nosotros, no como niños, sino como "hombres hechos; es decir, como aquellos que por medio del uso tienen sus sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal" (Heb. 5:14). Es digno de notar que cuando dos o mas evangelistas mencionan las mismas palabras del Salvador, simplemente están solícitos de presentar la sustancia de lo que se propuso decir el Señor.
En los pasajes paralelos que se refieren a la tempestad del mar de Galilea, encontramos la exclamación de los discípulos presentada en la siguiente forma: Según Mateo (8:25): "¡Señor, sálvanos, que perecemos!"; Según Marcos (4:38): "¿Maestro, no te importa nada que perezcamos?"; según Lucas (8:24): "Maestro, Maestro, que perecemos." Y el Maestro responde: según Mateo (8:26): "¿Por qué teméis, hombres de poca fe?"; según Marcos (4:40): "¿Por qué estáis tan medrosos? ¿Cómo es que no tenéis fe?"; según Lucas (8:25): "¿Dónde está vuestra fe?" Sobre la diferencia existente acerca de las palabras de los discípulos, dice muy bien San Agustín (y sus palabras son también aplicables a la respuesta del Salvador): "Los discípulos tenían el mismo propósito al despertar al Maestro y pedirle salvación. No es necesario averiguar cuáles de las palabras que mencionan los evangelistas son las verdaderamente pronunciadas en aquella ocasión. Porque sean unas u otras, o palabras que ningún evangelista menciona pero que, sin embargo, tienen fuerza en cuanto a la verdad de su pensamiento, ¿Qué más da?"
En el canon hebreo, el libro de Crónicas es el último en orden. Es opinión generalmente aceptada que fue escrito después del regreso de los judíos del cautiverio en Babilonia, por Esdras, que reunía todas las condiciones necesarias para realizar semejante obra. Cualquiera que haya sido el uso que hizo de los libros de Samuel y Reyes, escritos anteriormente, no hay duda de que éstos no fueron los únicos manantiales en que se inspiró, porque relata muchas cosas que no aparecen en ellos. El y el autor de los libros de Reyes tuvieron acceso a las mismas fuentes de información pública, y cada uno hizo las citas que mejor convenía a sus propósitos. De aquí que el material de ambas obras en parte estén de acuerdo y en parte no. En los dos libros de Reyes (que como los dos libros de Samuel y los dos de Crónicas, originalmente eran uno solo), se hace referencia a las siguientes fuentes: para el reino de Salomón". El libro de los hechos de Salomón" (la. Rey. 11: 41); para el reino de Judá, después de la revuelta de las doce tribus, desde Roboam a Joaquín: "El libro de las crónicas de los reyes de Judá"; para el reino de Israel: "El libro de las crónicas de los reyes de Israel." En los libros de las Crónicas tenemos: sobre el reino de David, "el libro (historia) de Samuel el Vidente, las crónicas del profeta Natán y las crónicas de Gad Vidente" (la. Cron. 29: 29) ; sobre el reino de Salomón, "los libros de Natán el profeta, las profecías de Ahias Silonita, y las profecías de Addo Vidente, en contra de Jeroboam, hijo de Nabat" (2a. Crón. 9:29) ; sobre el reino de Roboam, "los libros de Semeías profeta, y de Addo Vidente, en la cuenta de linajes" (2a. Crón. 12:15) sobre el reino de Abias, "la historia (comentario) de Addo profeta" (2a. Crón. 13:22) ; sobre el reino de Josafat, "Las palabras de Jehú, hijo de Hanani, del cual es hecha la mención en los libros de los hechos de Israel " (2a. Crón. 20:34) ; sobre el reino de Ezequías, en parte, "la profecía (visión) de Isaías" (2a. Crón. 32:32) ; sobre el reino de Manasés, en parte, "las palabras de los videntes" (2a. Crón. 32:
18); sobre el reino de Ozias, "Isaías, hijo de Amás profeta" (2a. Crón. 26:32). Además de estas fuentes de información, se hace también referencia 44al libro de los reyes de Judá e Israel," "la historia del libro de los reyes," "el libro de los reyes de Israel." Estos últimos probablemente son diferentes nombres dados a la misma colección de anales que abrazan en sus contenidos la historia de ambos reinos, puesto que las referencias del libro de los reyes de Israel tienen referencia también a los asuntos del reino de Judá (2a. Crón. 20:34; 38:18).
Con respecto a estas fuentes originales, debe tenerse en cuenta que las referencias que se hacen en los libros de los Reyes no son hechas con respecto a los libros de las Crónicas, porque estos -últimos no existían cuando fueron escritos los libros de los Reyes. Tampoco pueden ser restringidas las alusiones de los libros de las Crónicas a los libros de los Reyes, porque (1) ellos hacen referencia a algunos asuntos que no aparecen mencionados en los Reyes, como por ejemplo, las guerras de Joatán, 2a. Crón. 27:7; (2) las Crónicas hacen referencia al libro de los reyes de Israel y Judá para un completo relato de los actos de los monarcas mencionados, mientras que la historia del mismo monarca, en nuestros actuales libros de los Reyes, se refieren, para una más completa información, al libro de las Crónicas de los reyes de Judá. Está fuera de duda que ambos escritores (el de Crónicas y el de los Reyes), tuvieron acceso a una mayor colección de documentos originales, que en una gran parte eran iguales. La principal diferencia en la forma externa es, que cuando los libros de las Crónicas fueron escritos, los -males de los reinos de Judá e Israel parece que Componían una sola colección, mientras que en los libros de los Reyes aparecen mencionados siempre como dos obras distintas. Al hacer su elección de estos anales, cada escritor procedió independientemente.
Es generalmente admitido que existen algunas discrepancias entre los libros de Samuel, los Reyes y las Crónicas, y que estas discrepancias se deben a errores de traducción. Sin embargo, estos errores tienen referencia principalmente a las fechas, y en nada alteran la integridad de los referidos libros. Ahora bien, la mayor parte de las discrepancias entre los libros más antiguos y los más modernos, son aparentes y no reales, y se deben a la brevedad con que escribieron los autores inspirados, y al hecho de que éstos frecuentemente eligieron diferentes acontecimientos del mismo reinado, dejando el uno de relatar lo que el otro relata; o que cuando relatan el mismo acontecimiento, uno de ellos omite circunstancias que acompañaron al acontecimiento.
En 2a. Sam. 24:13, comparado con la. Crón. 21: 12, tenemos un ejemplo de aparente error de traducción; pues en el primer pasaje se dice que el hambre duró siete años, y en el segundo que sólo (luró dos años. Otros ejemplos: 2a. Sam. 8:4 comparado con la. Crón. 18:4;. 2a. Sam. 23:8 comparado con la. Crón. 11:11; la. Reyes 4:26 comparado con 2a. Crón. 9:25. Pero no hemos de inferir que todos los casos de aparentes discrepancias envuelven error por parte de algunos de los escritores. Cuando todos los acontecimientos de la misma campaña, por ejemplo, están encerrados en cortas oraciones, no es de extrañar que las diferentes narraciones contengan aparentes discrepancias; discrepancias que son fáciles de reconciliar cuando se tiene un perfecto conocimiento de todos los detalles. La discusión y explicación de las dificultades que se encuentran en los libros de las Crónicas, comparados con las historias más antiguas, pertenece al comentador y no a nosotros. Basta que digamos aquí que las historias paralelas independientes presentan siempre, con sustancial conformidad, pequeñas diferencias que no siempre son fáciles de armonizar. No ha placido a Dios que en este respecto las sagradas narraciones, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, constituyan una excepción de la regla. Las narraciones paralelas de la vida de nuestro Señor contienen tantas y tan grandes diferencias como las de la antigua dispensación hebrea. Aunque no siempre podamos demostrar la manera cómo éstas han de ser armonizadas, semejantes diferencias no constituyen una objeción válida contra la autenticidad de las historias en que aparecen.
Fijándonos en los tres Evangelios sinópticos de Mateo, Marcos y Lucas, encontraremos una perfecta armonía, no sólo en su plan general, sino también en muchos de sus detalles. Con la escepci6n del último viaje del Señor a Jerusalén, y la historia de su pasión allí, estos Evangelios tratan principalmente del ministerio del Salvador en Galilea. La elección de incidentes es también la misma hasta cierto extremo. Westeott, en su Introducción al Estudio del Evangelio, dice: "La mayor diferencia está en una gran serie de acontecimientos conectados con el ministerio en Galilea, cuyo relato es peculiar a Mateo y Mareos (Mat. 14:22-16:12; Mar. 6:45-8:26) ; y una segunda serie de acontecimientos -conectados con el último viaje a Jerusalén. (Luc. 9:51-18:14), cuyo relato es peculiar a Lucas. Las coincidencias del lenguaje, tanto como los incidentes, son también admirables; y aquí prevalece la ley general de que estas coincidencias son más común al recitar las palabras de otros que en las partes narrativas de los Evangelios, y todavía mucho más común cuando se recitan las palabras del Salvador."
Pero con estas admirables coincidencias coexisten admirables diferencias también. Cada escritor tiene sus peculiaridades de estilo, peculiaridades que aparecen mucho más distintamente en el original que en las versiones comunes. Se ha hecho notar por los eruditos bíblicos que estas peculiaridades son más marcadas en las narraciones que en las partes de citas o recitaciones, en los Evangelios. Cada escritor o evangelista incluye incidentes que le son peculiares, no como remiendos, sino como partes de un todo consistentes. Cada evangelista está tan lejos de tener una exacta conformidad con los otros evangelistas, en lo que respecta al arreglo del material y a los detalles circunstanciales, que la diversidad entre ellos, en estos particulares, es causa muchas veces de serias dificultades, cuando tratamos de arreglar las tres narraciones en forma de armonías.
Ninguna teoría sobre el origen de estos tres Evangelios que no explique suficientemente, tanto las coincidencias como las diferencias, puede ser verdadera. Podemos, pues, desechar la hipótesis de su mutua dependencia-que los últimos evangelistas usaron los escritos de los primeros al preparar sus materiales. Los diferentes abogados de esta teoría han tratado de demostrar que cada Evangelio fue a su vez el manantial de los otros; pero ninguno de ellos ha podido explicar satisfactoriamente el por qué de las omisiones e inserciones de los supuestos últimos evangelistas, y menos aun el admirable hecho ya mencionado-que las peculiaridades de cada escritor aparecen más completamente en las narraciones que en las partes en que se recitan palabras de otros individuos. El último, o los últimos evangelistas pueden, en verdad, haber conocido los escritos del, o de los evangelistas anteriores, y haberlos consultado; pero esta suposición por sí sola no explica satisfactoriamente otras coincidencias y diferencias.

Otra hipótesis es la de que existían documentos originales de los que suponen que copiaron los evangelistas sinópticos; pero esta suposición es completamente insostenible. Porque si hubiera existido un Evangelio original, de tanto valor y autoridad que pudiera ser el manantial del cual salieron los sinópticos, es inconcebible que las iglesias, que tan cuidadosamente preservaron estos tres Evangelios, aun-. que dos de ellos no se deben a las plumas de apóstoles, sino a coadyutores de apóstoles, hubieran permitido que el Evangelio original se perdiera tan pronto y tan completamente, pues en los días de Ireneo, Tertuliano y Clemente de Alejandría no había ningún recuerdo de él. Además, esta hipótesis, como pronto se echó de ver, no explica la peculiar relación de los tres Evangelios entre sí, en lo que respecta a coincidencias y diferencias. De aquí que se propusieran varias modificaciones a la hipótesis. En una palabra, la forma de estos tres supuestos documentos originales fue explicada, hipotéticamente, de acuerdo con la forma actual de nuestros tres Evangelios sinópticos; lo que era contrario al verdadero problema que consistía en explicar, con hechos aceptables, cuál era la forma de los Evangelios canónicos.

La última hipótesis es la de la tradición oral emanada de los mismos apóstoles y mantenida en toda su pureza durante sus vidas, por medio de su presencia y enseñanzas. Todos aceptan que el Evangelio existió en esta forma solamente por espacio de unos pocos años después del comienzo del Cristianismo. Los apóstoles fueron elegidos por el mismo Cristo para ser testigos de su vida y enseñanzas; y de sus labios salió la tradición que ahora constituye nuestros Evangelios escritos. La necesidad de dar a la tradición una forma permanente no fue sentida al comienzo del Cristianismo; pero a medida que las iglesias se multiplicaban, la tradición oral se hizo susceptible de corrupción en muchas maneras por causa de la multiplicidad de órganos empleados en su transmisión. Entonces se empezó a sentir la necesidad de Evangelios escritos, y era muy natural que los apóstoles se dedicaran a suplir esta necesidad, por medio de su agencia directa, o haciendo que los hombres escribieran con su conocimiento y aprobación. No podemos saber con entera certeza cuantos años pasaron antes de que apareciera el primero de nuestros Evangelios canónicos, que se supone fuera el de Mateo. Sin embargo, podemos suponer con razón que pasó suficiente tiempo para hacer que la tradición de la vida y enseñanzas de nuestro Señor adquiriera una forma definida, tanto en su materia como en su forma externa. Primeramente en lo que respecta a la materia, como sus instrucciones públicas no podían cubrir toda la historia de nuestro Salvador (Juan 20:30; 31:25), ellos naturalmente eligieron, bajo la dirección del Santo Espíritu, aquellas partes de esa historia que encerraban el espíritu y significación de toda ella. Puesto que, además, los apóstoles permanecieron en Jerusalén por algún tiempo después de la ascensión del Señor (Act. 8:1; 15:6), es muy razonable suponer que en un asunto de tanta importancia, ellos estuvieron en mutua inteligencia, inteligencia que, aunque no coartaba la libertad de ninguno de ellos, aseguró que estuvieran generalmente de acuerdo con respecto a aquellas partes de la historia de nuestro Señor y de sus enseñanzas sobre las que debían insistir especialmente. En segundo lugar, en lo que respecta a la forma externa. Aunque los apóstoles estaban preservados, por la iluminación del Espíritu Santo, de toda superstición con respecto a la letra de las enseñanzas de nuestro Señor, su reverencia hacia él, como perfecto Maestro cuyas palabras eran la verdad sin mezcla de error, debe haberles obligado a poner la tradición oral de sus dichos en una forma tan perfecta como les fuera posible; de donde la tradición de las palabras de nuestro Señor asumiría desde el principio una forma más fija que la de su vida en general.
Algunos suponen que cada uno de los escritores de los tres primeros Evangelios sacó de este cuerpo de tradición oral el material que mejor se avenía a su plan general; no habiéndose propuesto ninguno de ellos presentar toda la historia de nuestro Señor, ni aun observar un orden cronológico estricto, de los acontecimientos que trata, a menos que semejante orden cronológico fuera considerado necesario por la naturaleza de estos acontecimientos y su esencial conexión. En el caso de Mateo, que fue uno de los doce apóstoles, puede creerse que escribió simplemente de acuerdo con sus conocimientos personales de los asuntos que trata; pero su Evangelio no podía cubrir todo el terreno de la historia del Señor que él conocía, y podemos muy bien suponer que en la elección de los materiales que había de usar dio consideración -no una servil, sino una libre consideración-a la tradición oral común de los apóstoles, la que era, en realidad, la personificación de sus conocimientos unidos bajo la iluminación del divino Espíritu. Cada evangelista, lo mismo Marcos y Lucas, que no eran apóstoles, que Mateo que pertenecía al número de los doce, escribió independientemente de los otros dos. El último escritor puede verdaderamente, haber conocido los escritos de los que le precedieron; pero una simple ojeada a los tres Evangelios demuestra que ninguno de ellos se esforzó en ajustar su obra a la de los otros. De aquí que se presenten aparentes discrepancias (como en las dos genealogías del Señor) que algunas veces son difíciles de explicar. Pero estas mismas dificultades testifican a favor de la independiente veracidad de cada escritor. Si hubieran escrito de acuerdo o copiando sistemáticamente unos a los otros, semejantes dificultades no existirían.

Aunque la oral tradición apostólica es considerada como la principal fuente de que estos Evangelios sacaron sus materiales, no es necesario afirmar o negar su uso de una manera subordinada, de documentos escritos. Por sus propias palabras sabemos que semejantes documentos existían en épocas de Lucas (1:1). El no los condena, pero tampoco se basa en ellos; su Evangelio no es sacado de ellos, sino de sus propias cuidadosas investigaciones: "háme parecido bueno también a mí, después de haber averiguado exactamente todas las cosas desde el principio, escribirlas por su orden, dignísimo Teófilo." 1:3. Y si Lucas, el compañero de Pablo, no se vio obligado a obtener sus materiales de escritos existentes anteriormente, tampoco se sintieron obligados a ello Marcos, el compañero de Pedro y Pablo, o Mateo, que era uno de los apóstoles. No puede probarse de ninguna manera que los escritos pre-existentes hayan sido incorporados en los Evangelios sinópticos. Pero si bien es verdad que no se puede probar esta hipótesis, de que los evangelistas sinópticos sacaran sus materiales de una tradición apostólica primitiva, en forma tal que explique satisfactoriamente la mutua relación que entre ellos hay, dicha hipótesis es, sin embargo, más satisfactoria que ninguna de las otras que se han presentado, y puede ser considerada como la que más se aproxima a la verdad en este caso.

Entre la tradición de que el apóstol- habla (2a. Tim. 2:15; 3:6 y también la. Cor. 112, según el original), que fue recibida inmediatamente de sus labios o de su pluma, y la pretendida tradición de estos últimos tiempos, traída a nosotros de siglo en siglo, por una sucesión de hombres no inspirados, hay la diferencia que existe entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y la ficción. En los escritos del Nuevo Testamento tenemos la tradición genuinamente apostólica, que al principio fue oral, pero que luego fue puesta en forma escrita durante la vida de los apóstoles.

Estas tradiciones son el "oro, plata, piedras preciosas" de la divina verdad; y toda otra tradición es "madera, heno, hojarasca," de origen humano. Cuando hemos determinado qué libros fueron escritos por los apóstoles a cristianos apostólicos ' sabemos que estos solamente contienen la única tradición autoritativa, según es definida por el apóstol: "¿Así pues, hermanos, estad firmes, y retened las tradiciones que os fueron enseñadas, ora por palabra, ora por medio de nuestra epístola." 2a. Tes. 2:15.
Al comparar los Evangelios sinópticos entre sí y con el cuarto, debemos siempre tener ante nuestra recordación que ninguno de ellos presume dar una completa historia de la vida de nuestro Señor, o de presentar en su exacto orden cronológico todos los incidentes que mencionan. Bajo la guía del Divino Espíritu cada uno sigue su propio camino, independientemente de los otros, insertando el uno lo que los otros han omitido, u omitiendo lo que los otros han insertado; en otras ocasiones relatando incidentes sin cuidarse de su exacto orden cronológico, haciendo algún prefacio general, como los siguientes: "En aquel tiempo," Mat. 12:1; "Y comenzó otra vez," Mar. 4:1; "Y aconteció que estando él orando," Luc. 9: 18; "Y cuando ellos iban por el camino," Luc. 9:57, etc. De esta manera la sabiduría de Dios nos ha dado, no todos los particulares de la vida del Señor, sino aquellas selecciones tanto de los incidentes de su vida pública, como de sus enseñanzas públicas y privadas, que mejor encierran las grandes verdades del Evangelio y las doctrinas y deberes que están conectadas con ellas. La iglesia tiene en los Evangelios, no toda la historia y enseñanza de nuestro Señor, sino todo lo que el Santo Espíritu ha creído necesario revelar para su establecimiento y edificación hasta el fin de los tiempos.

De la historia de nuestro Señor antes de su bautismo, sólo conocemos su genealogía en doble forma; algunas notas acerca de su concepción milagrosa; un relato de su nacimiento y circuncisión, junto con las visiones y profecías conectadas con ellas; una historia de su preservación del atentado de Herodes; su subsiguiente residencia en Nazaret, con un solo incidente de su infancia. Luc. 2:40-52. Todos estos particulares tienen relación, de una manera o de otra, con la misión y obra divinas del Hijo de Dios. Los evangelios apócrifos, por el contrario, abundan, como el Evangelio de la Divina Infancia y el Evangelio de Nicodemo, en frívolas historias acerca de la infancia de nuestro Señor y a su vida posterior, todo lo cual carece de relación con la obra de la redención.
De aquí en adelante consideraremos las peculiaridades del Evangelio de Juan, y su relación con los otros tres. Juan escribió su Evangelio muchos años después de haber aparecido los sinópticos, y cualquiera que haya sido el conocimiento que Juan tuviera de ellos, lo cierto es que su Evangelio constituye, en el plan dé la Revelación, un verdadero complemento a los otros tres. Porque (1) si aceptamos la narración que hace de la pasión del Señor, cubre en su mayor parte un terreno que los otros tres no ocuparon. Ellos dan principalmente la historia del ministerio del Salvador en Galilea (Lucas además habla, hasta cierto extremo, de su último viaje a Jerusalén); la escena de una gran parte del Evangelio de Juan, por el contrario, es Jerusalén y su vecindad. (2) Juan desarrolla más completamente el tema de la naturaleza de la persona de nuestro Señor, y su relación peculiar con el Padre y con la iglesia, lo que hace especialmente en el prólogo (1:1-18); en el relato de las discusiones del Salvador con los judíos (3:5-18); y en los discursos dirigidos en privado a los apóstoles (caps. 13-17). Así que el Evangelio de Juan es enfáticamente el Evangelio de la Persona de Cristo, ilustrado con sus palabras y obras; mientras que los Evangelios sinópticos son los Evangelios de su ministerio público, a través de los cuales brilla siempre su divina personalidad. Esta manera de presentar y desarrollar la persona y oficios de Cristo en el Evangelio de Juan, vino a suplir las necesidades de la Iglesia Primitiva ' de una manera más perfecta, cuando los falsos maestros comenzaron a enseñar aquellos errores que, en M siguiente generación, dieron una cosecha venenosa. Y estas mismas características satisfacen las necesidades de la Iglesia en todas las edades. Sin el cuarto Evangelio, la Iglesia no estaría en condiciones de hacer frente a los asaltos del error que, una generación tras otra, se dirigen contra la persona y oficio del Hijo de Dios.
Pero si es cierto que la narración evangélica no estaría completa sin el cuarto Evangelio, tampoco sería perfecta con el cuarto Evangelio solamente. El relato de la vida y enseñanzas del Señor, tal como se halla presentado en los tres primeros Evangelios, se adapta preeminentemente a la instrucción popular; es precisamente la clave que los predicadores necesitan en sus ministraciones públicas. Con él pueden usar el cuarto Evangelio con efectividad; pero sin él necesitarían una preparación natural para llegar a la comprensión de esas profundas verdades espirituales sobre la persona y oficio de Cristo que desarrolla el discípulo Amado. No es en los Evangelios sinópticos, ni tampoco en el de Juan, separadamente, donde encontramos la coraza evangélica, sino en los cuatro conjuntamente.
Se ha tratado muchas veces de formar Armonías de los cuatro Evangelios. Uno de los planes usados al efecto es formar una narración continuada, incluyendo el material de los cuatro Evangelios en el mejor orden cronológico posible, pero sin la repetición de las mismas palabras. Otro modo de hacerlo es presentar los pasajes de los cuatro Evangelios en columnas paralelas, siempre que traten del mismo asunto. Esta idea es muy buena, pero tropieza, para su realización, con formidables, ya que no insuperables, dificultades. Es sabido que los evangelistas no siempre siguen el orden del tiempo, y muchas veces es imposible decidir entre los diferentes arreglos de sus crónicas. En las cuatro narraciones de los acontecimientos conectados con la resurrección, todas las Armonías se encuentran en grandes aprietos. Si poseyéramos un completo relato de todos los particulares de esta escena emocionante, podríamos indudablemente, asignar a las diferentes partes de cada narración el verdadero lugar que le corresponde en el orden del tiempo. Pero con los medios de información que tenemos al presente, esto es imposible. La experiencia enseña que la mejor manera de estudiar las narraciones evangélicas, es: leer cada Evangelio como un todo, pero haciendo referencia continuamente a los pasajes paralelos de los otros Evangelios, hasta donde sea posible.
6.-Los conocimientos externos necesarios para hacer un bien preparado expositor de la Palabra de Dios-el "escriba que es bien instruido para el reino de Dios"-ya han sido señalados brevemente. Cap. 1, No. 6. Las Escrituras no sólo fueron escritas en idiomas muertos en su forma original, idiomas que el intérprete bíblico ha de estudiar profundamente, sino que ellas además tratan un sinnúmero de asuntos que tienen referencia a la historia antigua, la cronología, la arqueología, etc.
Las ilustraciones a este respecto son tan numerosas que la única dificultad que presentan es su elección. La servidumbre de los israelitas bajo los egipcios, su cautividad en Babilonia, su liberación por Ciro, y su subsiguiente historia hasta el advenimiento del Señor, se relacionan muy estrechamente, como todo el mundo sabe, con la historia general de los antiguos pueblos paganos. Pero hay muchas ilustraciones de carácter más particular. El estrecho en que fue puesto el Salvador por la tentadora pregunta de los fariseos y herodianos, con respecto a si era justo pagar tributo al César, y la divina sabiduría de la respuesta (Mat. 22:15-22; Mar. 12:13-17; Luc. 20:20-26), no pueden ser perfectamente entendidos, a menos que se tenga conocimiento de las condiciones políticas de los judíos y sus sentimientos al estar sujetos al dominio de los romanos, a quienes aborrecían completamente, y cuya supremacía les recordaba continuamente el dinero del tributo; así como del odio que los fariseos y herodianos sentían hacia Cristo, y su ansiedad de encontrar un pretexto para acusarle ante el pueblo o ante este mismo gobierno romano.
Para comprender la fuerza del argumento que nuestro Señor saca del Pentateuco contra el error de los fariseos: "Empero, tocante a la resurrección de los muertos, ¿No habéis leído lo que habló Dios diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob 1 Dios no es Dios de muertos, sino de vivos" (Mat. 22:31,32), es necesario comprender la forma en que los saduceos negaban la doctrina de la resurrección. Ellos negaban la existencia de los espíritus separados de los cuerpos (Act. 23:8). Para ellos, consecuentemente, la muerte del cuerpo era la destrucción (aniquilación) de todo el hombre, por lo que consideraban como un absurdo la idea de la resurrección futura. Nuestro Salvador demostró por los escritos de Moisés, cuya autoridad reconocían los saduceos, el error de sus creencias de que el espíritu muere con el cuerpo. Así demolió por su base el edificio de su negación de la resurrección futura.
El salmista dice de los que odian a Dios: "Serán como la hierba de los terrados, que antes que la arranquen se seca; de la cual el segador no llena su mano, ni sus brazos el que hace gavillas." (Sal. 129A 7.) Para la comprensión de estas palabras es necesario hacer una doble referencia: (1) a la costumbre oriental de construir los terrados cubiertos de tierra, en los que fácilmente crece la hierba; (2) a la división del año en dos estaciones, la de las lluvias y la seca, y que al comienzo de esta última la hierba pronto se seca. Tenemos otra referencia a esta costumbre oriental de los terrados en las siguientes palabras de Salomón: "Las contiendas de la mujer es como una gotera"; "una gotera incesante en día lluvioso y una mujer rencillosa son cosas parecidas" (Prob. 19:12; 27:15). De estas palabras debemos entender una gotera que atraviesa el terrado y hace el interior excesivamente incómodo.
La parábola de nuestro Señor de las diez vírgenes (Mat. 25:1-13), requiere para su comprensión el conocimiento de las costumbres orientales con respecto al matrimonio; lo que Lucas relata sobre una mujer que vino por detrás y lavó los pies de Jesús, estando él reclinado sobre la mesa (Luc. 7:37, 38), y la posición de Juan en la última cena, que estaba reclinado sobre el pecho (le Jesús (Juan 13:23, 25), no pueden ser comprendidos sin que se sepa que en aquella época las personas se reclinaban sobre canapés para comer. Sólo el que esté familiarizado con a el uso de vasijas de barro comprender' muy imperfectamente la fuerza de la máxima del Señor sobre la necesidad de poner el vino nuevo en vasijas nuevas (Mat. 9:17), hasta que se le haya informado que en el Oriente los vasos, las botellas, etc., eran de cuero. Pudiéramos seguir multiplicando los ejemplos, pero bastan los que hemos presentado. Podemos asegurar, sin temor a la contradicción, que el estudio de las Sagradas Escrituras ha contribuido más que ninguna otra cosa, a la difusión entre las masas populares del conocimiento de la historia y costumbres antiguas. Cuando una congregación tiene un profundo conocimiento de la Biblia es señal (le que tiene un gran conocimiento del mundo antiguo, tanto de su espíritu como de sus costumbres e instituciones externas.
7.-Para que el intérprete pueda hacer un uso efectivo de las ayudas de que ya hemos hablado, necesita especialmente un sano juicio, lo que ordinariamente es llamado sentido común. Las investigaciones acerca del significado de los términos, y con respecto al designio, los razonamientos sacados del contexto, la comparación de pasajes paralelos, el uso de la historia, la cronología, la arqueología antigua-para que cada una de estas cosas, o todas ellas combinadas, Puedan dar los resultados más valiosos, es necesario que estén bajo la guía del sano juicio y el tacto práctico, por medio de lo cual el intérprete está en condiciones de obtener el verdadero significado del pasaje que estudia y a fin de que pueda explica con fidelidad, evitando así el hacer exposiciones forzadas o caprichosas en aquellos pasajes en que el significado aparece oscuro.
(1) Esta cualidad de sano juicio preservará al intérprete de exposiciones ineptas, para las que siempre pueden encontrarse razones más o menos plausibles.
Así, cuando el Señor dice a Marta, que estaba muy cuidadosa con sus muchos quehaceres": "una cosa es necesaria," estas palabras han sido interpretadas en forma tal que significan "un plato"-no muchos y bien preparados alimentos, sino un solo plato. Un sano juicio rechaza inmediatamente esta interpretación como indigna de la ocasión y en desacuerdo con lo que sigue: "María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada." La "cosa necesaria" es una tal devoción del alma a Cristo como la que manifestó María. Semejantemente a las palabras: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?" (Juan 21:15), se les ha dado la siguiente significación: "más que éstos pescadores," con lo que se hace que un significado por demás trivial sustituya a la interpretación más propia y natural: "más que éstos tus con-discípulos," que está perfectamente de acuerdo con la profesión de Pedro: "aunque todos los hombres sean escandalizados de tí, yo nunca lo seré." Mat. 26:33; Mar. 14:29.
Los intérpretes que poseen sano juicio y habilidad, muchas veces son arrastrados a exposiciones ineptas por algunas opiniones preconcebidas. Por ejemplo, el salmista dice (17:15): "En cuanto a mí, en justicia veré tu rostro; estaré satisfecho cuando despertaré a tu semejanza," con aparente referencia al pasaje de Núm. 12:8: "Y mirará la semejanza de Jehová." La verdadera interpretación de este pasaje es la que se refiere a la visión de Dios al despertar en el mundo venidero. Y esta opinión es robustecida por otros pasajes semejantes: "En tu presencia está la plenitud del gozo; a tu diestra se hallan delicias eternas" (Sal. 16:11) ; "Empero Dios redimirá mi alma del poder de la sepultura; porque me tomará él consigo." (Sal. 49:15), pasaje que Toluch explica de la siguiente manera: "El que tomó a Enoc y a Moisés a sí mismo, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, también me tomará a mí consigo." "Me guiarás con tu consejo, y después me recibirás en la gloria. ¿A quién tengo en el cielo, sino a ti? Y fuera de tí nada quiero en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; pero Dios es la fortaleza de mi corazón, y mi porción para siempre" (Sal. 73:24-26) -palabras que son inexplicables de no contener una anticipación de la bendita inmortalidad con Dios en los cielos; "el inicuo será desterrado en sus maldades; pero en su muerte el justo tiene confianza en Dios" (Prov. 14:32), etc. Pero hay una clase de intérpretes que, habiendo adoptado la máxima de que el Antiguo Testamento, por lo menos en sus antiguos escritos, no contiene anticipación alguna de una vida bienaventurada con Dios después de la muerte, se ven obligados a dar a los pasajes citados el siguiente frívolo significado: "Estaré satisfecho con tu semejanza cuando despierte mañana," como si el Salmo tuviera el propósito de ser un canto o una oración vespertina; o este otro significado: "Estaré satisfecho con tu semejanza siempre que despierte," del sueño natural.
(2) El sano juicio guardará también al intérprete bíblico de interpretaciones que son contrarias a la conocida naturaleza del asunto.
Un ejemplo familiar es la declaración hecha por Moisés sobre la manera de mirar Dios a la maldad de los hombres: "Y pesóle a Jehová el haber hecho al hombre sobre la tierra, y afligiose en su corazón" Gén. 6:6. El buen sentido común del más humilde lector de la Biblia en seguida ajustará la interpretación de estas palabras a la conocida omnisciencia e inmutabilidad de Dios; y lo mismo hará con la oración del Salmista: "Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; ensáyame, y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí algún camino malo, y guíame en el camino eterno" (Sal. 139:23, 24). El Dios inmutable no hace nada que no esté en conformidad con sus consejos eternos. El Dios omnisciente ' ante cuya presencia está eternamente toda verdad, no instituye literalmente un proceso de escudriñamiento para saber lo que hay en el hombre; pero en estos y otros numerosos pasajes, él condesciende a hablar de acuerdo con el modo humano de pensar y hablar.
Aún más; cuando se dice que "Jehová endureció el corazón de Faraón," que "Dios puso un espíritu malo entre Abimelec y los hombres de Siquem" (Jueces 9:23) ; que él envió un espíritu de mentira a engañar a Acab por medio de sus profetas (la. Rey. 22:21, 23) ; que él envió a Isaías con el siguiente mandamiento: "Embota el corazón de este pueblo, y haz que sean pesados sus oídos, y cierra sus ojos" (Isa. 6:10) ; que él permitió que el pueblo elegido errara en sus caminos, y que sus corazones se endurecieran contra su temor (Isa. 63:17), instintivamente interpretamos estos pasajes, y otros semejantes, en armonía con el principio fundamental enunciado por el apóstol: "No diga nadie cuándo es tentado: ¡Tentado soy por parte de Dios! porque Dios no puede ser tentado de cosas malas, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia, cuando es arrastrado y halado por ella" (Sant. 1:13, 14). La Escritura atribuye a Dios todo acontecimiento, en forma tal que entra en el plan universal de su providencia; pero rechaza la inicua idea de que Dios puede excitar a los hombres a malos pensamientos, u obligarlos a hacer obras malas.
Cuando se dice que los hombres son atraídos a Cristo (Juan 6:44), o que son impulsados a adorar los cuerpos celestes (Deut. 4:19), vemos que esta atracción y esta impulsión son efectuadas de acuerdo con su libre inteligencia y con su naturaleza que responde a estos poderes. En el siguiente capítulo que trata del lenguaje figurado de las Escrituras, presentaremos otras ilustraciones de este principio.
(3) Este mismo sentido común pondrá al intérprete en condiciones de hacer aquellas limitaciones en el lenguaje de los escritores sagrados que son comunes en la manera de hablar popular. En el idioma de la vida diaria muchas declaraciones son hechas en términos tan generales, que requieren para su comprensión ciertas condiciones que el lector u oyente puede afrontar por sí mismo. Los hombres honrados, cuando hablan a otros hombres honrados, no tienen la costumbre de guardar sus palabras contra todas las posibles malas inteligencias. Es suficiente que hablen en forma tal que el que quiera pueda entenderlos.
Se dice, por ejemplo, en Gen. 41:57, que "de toda la tierra (literalmente, de todo el mundo), fueron a Egipto para comprar granos a José; porque arreciaba el hambre en toda la tierra." Sería simplemente absurdo preguntar si " toda la tierra " incluye los pueblos de Europa e India. El lector naturalmente comprende que se hace referencia a los pueblos vecinos de Egipto, porque esos pueblos solamente podían ir allá en busca de granos. Lo mismo sucede cuando en el relato del diluvio se dice: "fueron cubiertas todas las altas montañas que había debajo del cielo." Gen. 7:19. Sería violentar las palabras del escritor sagrado, el darles una rígida aplicación geográfica, e Incluir hasta las montañas del Polo Norte. "Todas las altas montañas que había debajo de todo el cielo," eran simplemente aquellas montañas en que habitaban los hombres, y que, consecuentemente, les eran conocidas. Juan dice: "El Espíritu Santo no habla sido dado todavía por cuanto Jesús no había aún sido glorificado." Juan 7:39. Sin embargo, David había orado siglos antes: "No quites tu Santo Espíritu de mí." (Sal- 51:11) ; Isaías dice del antiguo Israel: "Ellos empero se revelaron y contristaron su Espíritu Santo. (Isa. 63:11) ; el Salvador, mucha antes de su glorificación, prometió el Espíritu Santo a todos aquellos que lo pidieran (Luc. 11:13) ; y es un artículo fundamental de nuestra fe que desde Abel hasta el fin, toda santidad es el fruto del Espíritu Santo. Pero los lectores de Juan que vivieron después del don plenario del Espíritu Santo, desde el día de Pentecostés en adelante, no podían por menos que entender que él se refería al don del Espíritu Santo en un sentido especial. El apóstol Pablo dice, (la. Tim. 24), "que Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y vengan al conocimiento de la verdad." Sin embargo, el mismo apóstol enseña que algunos dejarán de conocer la verdad y por lo tanto perecerán. 2a. Tés. 1:8, 9; 2:11, 12. El buen sentido del lector reconcilia, sin gran trabajo, estos dos pasajes. El entiende la voluntad de Dios de que todos se salven, como la voluntad ¿le benevolente deseo; así como Dios dice del antiguo Israel, (Sal. 81: 13) ; "¡Oh, si mi pueblo me oyera, e Israel anduviera en mis caminos!", pero porque Israel no quiso hacer esto, él " los entregó a la dureza de su corazón; y caminaron en sus propios consejos" (Ver. 12). Pudiéramos agregar muchas ilustraciones semejantes a éstas.
(4) Por lo tanto inferimos prontamente que el oficio de un sano juicio es: reconciliar aparentes contradicciones, puesto que éstas se deben principalmente al descuido, en uno o en ambos de los pasajes en que se dice existir la contradicción, de condiciones y limitaciones razonables.
Una hermosa ilustración de esto son los dos relatos de la creación. Gen. cap. 1-2:3, comparado con Gen. caps. 2: 4-25. En el primer relato el orden de tiempo es un elemento esencial; no sucede lo mismo con el segundo relato, donde el hombre es el objeto central, y las diferentes partes de la creación son mencionadas solamente cuando el escritor tiene ocasión de hablar de ellas en relación con el hombre. De aquí que en el pasaje más extenso tengamos la creación del hombre (ver. 7), la plantación del huerto para su uso, con los árboles en el río (vers. 8-14), la colocación del hombre en el huerto y la ley que se le impuso (vers. 15-17), la condición defectuosa del hombre (ver. 18), el relato, en conexión con esto, de la creación de animales, que fueron traídos al hombre para que les pusiera nombre (vers. 19, 20), la creación de la mujer y la condición primitiva de la pareja (vers. 21-25). Esta simple exposición del orden de la narración es suficiente para refutar la idea de que el segundo relato es inconsistente con el primero.
En el primer relato de la conversión de Pablo, se dice que "los hombres que caminaban con él se detuvieron, sin poder hablar, oyendo la voz, más no viendo a nadie." Act. 9:7. En el segundo dice Pablo: "Y los que conmigo estaban, vieron en verdad la luz, mas no oyeron la voz de aquel que hablaba conmigo." Act. 22:9. No hay una razón justa para dudar que la primera narración, como las otras dos, se deben a los labios del mismo apóstol, y la idea de que entre ellas existe contradicción esencial es falta de razón e innecesaria. Con respecto a la luz es verdad que Pablo vio la persona del Salvador, y quedó ciego por la gloria de su visión (Act. 9:17, 27; 22: 14; la. Cor. 9:1), mientras que sus compañeros vieron solamente la luz que brilló en su derredor, la que no los cegó. Con respecto a la voz, es una buena interpretación la que oyeron una voz simplemente, sin distinguir las palabras. No sabemos cómo se efectuó esta diferencia de percepción entre Pablo y sus compañeros, con respecto a la luz tanto como a la voz, ni es necesario que lo sepamos. El primer relato dice que los compañeros de Pablo "se detuvieron sin poder hablar", mientras que en el tercer relato el apóstol dice: "Habiendo todos nosotros caído en tierra" (Act. 26:14). La explicación más natural es que en el primer relato se presenta la verdadera posición en que permanecieron, mientras que en el primer relato se habla del terror que los detuvo, sin permitirles hacer movimiento alguno. Las aparentes discrepancias en estas tres historias paralelas son peculiarmente instructivas, porque ellas tres se deben a la pluma del mismo autor, y todas deben haber sido sacadas de la misma fuente. Semejantes diferencias circunstanciales llevan consigo el sello de la realidad; en vez de arrojar el descrédito sobre la transacción, la establecen, por el contrario, sobre las bases más firmes.
(5) Finalmente, donde los medios de reconciliar las discrepancias no se presentan, la misma cualidad de sano juicio nos guardará de los dos extremos de buscar interpretaciones forzadas y poco naturales, por un lado, y por el otro, de llevar el descrédito a transacciones bien demostradas, por causa de estas mismas discrepancias. En las narraciones bíblicas se presentan algunas dificultades (principalmente en lo que se refiere a números, fechas, y el orden cronológico de los acontecimientos) las que nos vemos imposibilitados de obviar de manera satisfactoria con nuestros presentes conocimientos. El sentido común debe reservar estas dificultades hasta que se posea más luz, y no echar a un lado por causa de ellas, hechos y verdades que están garantidos por las pruebas más irrefutables.
Nada es más cierto en el relato evangélico, por ejemplo, que el hecho de la resurrección del Señor; sin embargo, tratar de armonizar los cuatro relatos que de ella tenemos, en todos sus detalles, es una obra extremadamente difícil. Alford dice, comentando a Mateo 281-10: "Si tuviéramos conocimiento de todas las cosas que se hicieron y dijeron en su orden y exactitud, indudablemente estaríamos en condiciones de reconciliar las formas presentes de las narraciones; pero no teniendo esta llave para su harmonización, el tratar de hacerlo así, en sus particulares más pequeños, no nos ofrece ninguna seguridad. " Este mismo principio es aplicable a otras dificultades en el Antiguo Testamento, como aquellas que se refieren a la duración del cautiverio en Egipto, y otros asuntos cronológicos; en el Nuevo, aquellas que se refieren a las dos genealogías del Señor, dadas por Mateo y Lucas, el día en que el Señor participó de la pascua con sus discípulos.
(A) De las dificultades conectadas con la primera parte de Génesis, algunas son científicas. A esta clase pertenece la narración de la creación del mundo en seis días. A este respecto debemos repetir aquí lo que ya hemos dicho, a saber: que para los que creen en la realidad de la revelación divina, el asunto no depende de la veracidad de la narración, sino de la manera de interpretarla. En tiempos tan antiguos como los de Agustín, ya se discutía el tema de si estos días deben entenderse literalmente, o simbólicamente como períodos indefinidos de tiempo. Esta última era la opinión de Agustín sobre este asunto, opinión que se encuentra robustecida con la analogía de los días proféticos.
Otra dificultad es la que se refiere a la edad de los patriarcas antidiluvianos, que era de diez veces mayor duración que la vida presente de los hombres más robustos y saludables. De acuerdo con las leyes de la fisiología debemos suponer que los períodos de niñez y juventud eran dilatados de una manera correspondiente; puesto que en el hombre, lo mismo que en los animales superiores, el tiempo del desarrollo físico-desarrollo físico en su sentido más amplio, es decir, el proceso para llegar a la madurez física tiene una relación fija a todo el tiempo de la existencia. Después del diluvio, de alguna manera que nosotros no sabemos, todo el curso de la vida humana comenzó a acelerarse-a hacer su carrera en menos espacio de tiempo--hasta que la edad del hombre por último fue reducida a su presente duración. Todo lo que aquí podemos decir a este respecto es, que no sabemos cómo Dios obtuvo este resultado; pero que lo obtuvo de una manera secreta e invisible, como hace otras tantas cosas en la naturaleza. Con respecto a las discrepancias entre el texto hebreo masorético, el texto de Pentateuco Samaritano, y el de la Septuaginta, sobre las tablas genealógicas del Génesis, véase más abajo.
La unidad de la raza humana es enseñada doquiera en las Escrituras. Algunos hombres de ciencia modernos han negado esto, pero sus argumentos a favor de un origen humano diverso no han llegado a constituir una prueba positiva. Sus argumentos son teóricos más bien que demostrativos, y el peso de la evidencia está en su contra. Además, debemos recordar que el hombre vive bajo una dispensación sobrenatural. La narración del capítulo once de Génesis parece enseñar que Dios se interpuso milagrosamente para confundir la lengua humana, de acuerdo con su plan de esparcir a los hombres "sobre toda la haz de la tierra". De igual manera puede haber influido, de manera secreta, a intensificar la diversidad de las diferentes razas humanas. No parece ser cierto, sin embargo, en sentido psicológico, que fue necesario interposición milagrosa; y podemos abandonar el asunto de la manera en que fue producida la diversidad entre los hijos de Adán, como una de aquellas cosas secretas de que no nos es necesario tener la explicación.
El asunto de la universalidad del diluvio, para los que creen en la Revelación, es de muy poca importancia, y que no merece que se gaste en él mucho tiempo. El propósito del diluvio era destruir completamente la raza humana, excepto Noé y su familia. Habiéndose realizado ésto, ¿qué necesidad tenemos de otras investigaciones, como, por ejemplo, si las tierras polares, que no eran habitadas por hombres, fueron sumergidas también? "Todas las altas montañas baja todo el cielo, " son palabras que indudablemente incluyen todas las altas montañas habitadas por el hombre, y que, por lo tanto, eran conocidas de él.
(B) Otra clase de dificultades son de índole histórica, consistentes en supuestas discrepancias y falta de armonía entre las diferentes partes de una narración. Para los detalles de estas clases de dificultades el autor puede consultar cualquier comentario. Aquí sólo podemos mencionar uno o dos ejemplos. Se dice que el segundo relato de la creación (Gen. 2:4-25), es inconsistente con el primero; pues el orden de la creación en el primero es: animales y después el hombre; mientras que en el segundo es : el hombre y después los animales. Pero la respuesta es obvia: en el primer relato el orden de sucesión en las diferentes partes de la creación está en relación con los rasgos más importantes. En ella se dice distintamente que después que Dios hubo terminado el resto de su obra, creó al hombre a su propia imagen. El segundo relato, que es introductorio a la narración del pecado del hombre y su expulsión del Edén, no hace referencia al orden de la creación en sus diversas partes. En este relato el hombre es el objeto central, y todas las otras cosas son mencionadas incidentalmente en su relación con el hombre. El autor no tiene oportunidad de hablar de árboles buenos para alimento, hasta que se busca un hogar para Adan; ni de animales, hasta que se hace necesario buscarles compañeros. Por lo tanto, cada una de estas cosas es mencionada en relación con el hombre. Ningún intérprete ingenuo puede inferir de esto que el segundo relato trata de presentar el verdadero orden de la creación, de la siguiente manera: el hombre, el Edén, las bestias del campo, los pájaros del cielo.
También se ha alegado que hay una dificultad en lo que respecta a la mujer de Caín. Pero esta dificultad se debe simplemente a la brevedad de los relatos bíblicos. Los hijos de Adán deben haberse casad9 hermanos con hermanas. El hecho de que no se mencione el nacimiento de una hija de Adán antes de Set no presupone el hecho o la imposibilidad de que le hayan nacido hijas mucho antes. En el capítulo cuatro no se menciona individuo alguno, excepto aquellos que era necesario mencionar por razones especiales-Caín y Abel con una lista genealógica de la familia de Caín hasta Lamec, porque él era la cabeza de una de las ramas de la raza humana antes del diluvio. En el capítulo cinco ningún individuo es mencionado sino los hijos en la línea de Noé, que son mencionados bajo la fórmula de "hijos e hijas" y que nacieron después. De esto no debemos inferir que antes de éstos no nacieran "hijos e hijas"; porque de inferir tal cosa, tendríamos que excluir a Caín y a Abel también. Por la época de la muerte de Abel, ambos hermanos eran hombres adultos; pero nadie puede saber la edad que tenían. Pueden haber tenido cien años o más, porque nuestros primeros padres no fueron creados párvulos, sino en la madurez de todos sus poderes, y Adán tenía ciento treinta años cuando le nació otro hijo después de la muerte de Abel. Gen. 4:25. De todas maneras, el intervalo entre el nacimiento y la muerte de Abel debe haber sido muy largo, y no hay razón para que podamos suponer que durante este período no le hayan nacido hijas a Adán.
(8) Antes de terminar este capítulo debemos decir unas palabras sobre el oficio de la razón en la interpretación de las Escrituras. Todo el mundo admite que poseemos ciertas intuiciones primitivas o innatas que son el fundamento de todo conocimiento.
Que todos los hombres tienen la obligación innoble de ser veraces, justos, benévolos, y agradecidos, es una verdad que reconocemos directamente por la luz de la conciencia. Hay también ciertos axiomas morales, fuera de la esfera propia de la conciencia, que brillan con su luz propia. Uno de esos axiomas es aquella verdad fundamental de teología enunciada por el apóstol de la siguiente manera: "Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en él" (la. Juan 1:5) ; donde las palabras luz y tinieblas son tomadas en su sentido moral, como lo demuestra el contexto; y de la siguiente manera por el apóstol Santiago: "Dios no puede ser tentado de cosas malas, ni él tienta a nadie" (Sant. 1:13) ; y siglos antes por Moisés: "El es la roca; perfecta en su obra; porque todos sus caminos son justicia: Dios de verdad y sin iniquidad, él es justo y recto" (Deut. 32:4) ; y aun antes de él, por Abraham: " ¿El Juez de toda la tierra, no ha de hacer justicia?" (Gen. 18:25). Estamos seguros de que ninguna declaración de la Palabra de Dios, propiamente interpretada, contradice estas convicciones universales y necesarias. Pero hay muchas verdades profundas que se hallan fuera de la esfera de nuestras intuiciones directas, acerca de las cuales solamente el saber infinito de Dios puede formar juicio. A esta clase pertenecen las siguientes: Si e9 la voluntad de Dios crear una nueva raza de seres inteligentes, ¿cuál será la medida de sus facultades morales, físicas e intelectuales? ¿En medio de qué circunstancias y relaciones los colocará, a qué pruebas los someterá, y qué límites pondrá a su finita libertad? Si pecan ¿qué plan formará para su redención, y por medio de qué procesos revelará y ejecutará este plan? Estos y otros muchos asuntos relacionados con los intereses más elevados del hombre, están por encima de la simple intuición. Dios solamente, que con una sola mirada abarca toda la eternidad, puede comprenderlas completamente, porque todas ellas son partes constituyentes de su plan. Que la raza humana, que no puede comprender toda la verdad, afecte comprender y resolver estos asuntos, diciendo autoritativamente lo que Dios debe y lo que no debe hacer, es la mayor y más absurda de las presunciones.

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CAPITULO III
EL LENGUAGE FIGURADO DE LAS ESCRITURAS
1.-Cuando el Salmista dice: "Jehová Dios es escudo y sol" (Sal. 84:11), quiere significar que Dios es a todas sus criaturas el manantial de vida y bendición, y su protector todopoderoso; pero esta idea la presenta bajo la figura de un escudo y un sol. Cuando el apóstol Santiago dice que Moisés es leído cada sábado en las sinagogas (Act. 15:21), quiere significar los escritos de moisés bajo la figura (metonimia) de su nombre. En estos ejemplos la figura se comete en las palabras; pero puede cometerse en las oraciones también, como por ejemplo: "Dura cosa te es dar coces contra el aguijón" (Act. 26:14), donde la conducta de Saulo al perseguir los discípulos de Cristo es presentada bajo la figura de un buey que da coces contra el aguijón del que lo guía, y con lo que no consigue otra cosa que hacer más profundas sus heridas. Lenguage figurado, pues, es aquel en que una cosa se dice bajo la forma o figura de otra cosa. Si se trata de alegorías y parábolas, puede tomar, como se verá más adelante, la forma de un discurso continuado.
Una gran proporción de las palabras de todos los idiomas, en verdad todas las que expresan ideas morales a intelectuales, originalmente eran figuradas, siendo la ley universal representar lo inmaterial por medio de lo material. Ejemplos de esto son las palabras existir, existencia, emoción, afección, angustia, etc. Pero en estos casos, como en otros muchos semejantes, el significado físico primitivo de la palabra ha llegado a ser absoluto y así el significado secundario y espiritual se ha convertido en literal. 0, lo que sucede muy a menudo, mientras que se retiene el significado físico primitivo, un secundario significado figurado de la palabra se ha hecho tan común, que su use difícilmente recuerda su significado físico y, por lo tanto, puede considerarse como literal; como sucede con las palabras difícil, rudo, etc., cuando son aplicadas al carácter. En el primero de los ejemplos arriba mencionados: "Dura cosa te es dar coces contra el aguijón," la traslación la palabra dura de lo que es físicamente duro a lo que es difícil o doloroso, es tan común que difícilmente puede considerarse como figurada. Pero la otra expresión es figurada en el sentido más completo.
Los retóricos dividen las figuras en dos clases generales: figuras de palabra. y figuras de pensamiento, v dan elaboradas definiciones, clasificaciones y reglas para su uso. El intérprete de las Escrituras, sin embargo, no debe hacerse esclavo de ningún sistema retórico. Las reglas generales de interpretación ya consideradas, serán, en una gran parte, una guía suficiente para llegar a comprender el significado de la rica variedad de figuras contenidas en la Biblia, especialmente en las porciones poéticas. Sólo nos resta agregar unas palabras sobre la manera de descubrir el lenguaje figurado; las clases principales de figuras; y algunos principios que deben ser observados en su interpretación.
(2) Puede presentarse el problema de saber si un escritor ha de ser entendido literal o figuradamente. Para el descubrimiento del lenguaje figurado, bastarán unas cuantas reglas bien simples.
(1) En una multitud de casos puede decidirse prontamente en qué sentido debe ser tomado el pasaje, o las palabras, considerando la naturaleza del asunto.
Así sucede cuando el apóstol llama a Cristo un fundamento, y habla de edificar sobre este fundamento "oro, plata, piedras preciosas," etc., agregando que la "obra de todo hombre será revelada por el fuego; y el fuego probará la obra de todo hombre de qué clase sea"; y que "si la obra de alguno resistiere" este fuego, "recibirá galardón"; pero "sí la obra de alguno fuese consumida, él llevará el daño " (la. Cor. 3:11-15), que sabemos en seguida, por la naturaleza del asunto, que habla figuradamente. El compara la iglesia de Dios con un templo, de cuyo templo Jesucristo es el fundamento, y sus maestros y predicadores son los edificadores. E1 "oro, la plata, las piedras preciosas, el heno, la madera, el hierro, la hojarasca" representan los materiales con que ellos fabrican; esto es, el carácter de su doctrina y preceptos, y en segundo lugar, el carácter de aquellos a quienes traen al redil cristiano. Últimamente, el "fuego" es la prueba y juicio del último día.
También dice el apóstol, de los antiguos israelitas que "bebieron de aquella roca espiritual que les iba siguiendo; y aquella roca era Cristo " (1 a. Cor. 10:4). Semejantemente Cristo es llamado con relación a los creyentes "la piedra principal del ángulo, escogida y preciosa"; pero con relación a los no creyentes "piedra de tropiezo y roca de caída" (la. Ped. 2: 6-8) ; "el León de la tribu de Judá, la Raíz de David" (Rev. 5 :5) ; " el Cordero de Dios," y simplemente "el Cordero" (Juan 1:29, 36 ; Rev. 5:12 6:1, etc.) ; "la puerta de las ovejas" (Juan 10:7, 9) ; "la vid verdadera" (Juan 15:1) ; y "el pan vivo que descendió del cielo" (Juan 6: 51) . El mismo dice: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día" (Juan 6 :54) . No hay una sola razón para entender cualquiera de estos pasajes literalmente. El dogma de la Iglesia Romanista que enseña que el pan y el vino consagrados se convierten literalmente en el cuerpo y la sangre de Jesús, viola tanto el sano juicio como los más sanos principios de interpretación bíblica. Horne dice: "Como que las palabras "éste es mi cuerpo " y "ésta es mi sangre " fueron pronunciadas antes de que su cuerpo fuese quebrantado en la cruz y su sangre derramada, él no podía pronunciarlas con la intención de que fueran tomadas a interpretadas literalmente por sus discípulos. El no podía tomar su cuerpo en sus manos, ni ofrecer su sangre en la copa, pues aun no había sido derramada."
(2) A1 descubrir el lenguaje figurado, el intérprete naturalmente considerará el designio, el contexto y la analogía general de las enseñanzas bíblicas. Si el sentido literal es posible en la naturaleza del caso, pero contrario al tenor general de las Escrituras, no debe ser tomado en este sentido.
El profeta Isaías nos dice que, bajo el futuro reino del Mesías, el lobo morará con el cordero, el tigre se echará junto con el cabrito, el becerro y el león andarán juntos y un niño los pastoreará, y podrá jugar impunemente en la cueva del áspid. (Isa. 11:6-8.) Es posible creer que semejante cosa pueda suceder por medio de un cambio efectuado en la naturaleza de estos animales dañinos; pero el profeta agrega inmediatamente: "No dañarán ni destruirán en todo mi santo monte; porque estará la tierra llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren la mar." Por lo tanto, desde el momento en que el cambio se deberá a la difusión del "conocimiento de Jehová," tendrá que ser un cambio moral-una transformación del carácter de los hombres malvados, que son comparados aquí, por medio de una figura, con el ogro, el leopardo, el oso, los leones, el áspid. La analogía general del lenguaje profético que, como se verá más adelante, abunda en formas de representación figurada, robustece 1a interpretación que hemos dado a este pasaje.
Por medio del profeta Ageo, Dios dice: "Una vez más (es corto el tiempo), y voy a sacudir los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca" (2:6). La llave al significado de este pasaje la tenemos en las siguientes palabras: "voy a sacudir todas las naciones y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré esta morada de gloria, dice Jehová de los ejércitos" (ver. 7). En tal conexión y con un resultado semejante, nada sería tan absurdo como entender este sacudimiento del cielo y la tierra, en un sentido figurado o físico. Lo que aquí se predice es el sacudimiento de las naciones en un sentido social, político y moral, como lo dice por medio de Ezequiel: " Haré que haya trastorno, trastorno, trastorno: ni aquella tampoco será más, hasta que venga Aquel cuyo es el derecho, y a El se lo daré." (21:27. Compárese con Isa. 13:13; Jer. 4:24; Eze. 38:20; Joel 3:16. Semejantemente cuando Dios anuncia que "haré que se ponga el sol al medio día; y en claro día oscurecerá la tierra" (Amos 8:9), inmediatamente comprendemos que bajo esta figura él anuncia al pueblo escogido la pronta llegada de una gran calamidad. Compárese Deut. 28:29; Job. 5:14; Isa. 13:19; Jer. 4:23-28; Eze. 32:7, 8 ; Joel 2 :31; 3 :15, etc. Volveremos a hablar de este asunto al tratar de las profecías.
En el sermón del Monte Jesús dice: "Cualquiera que lo hiriere en la mejilla derecha, vuélvele la izquierda" (Mat. 5:39) ; pero el precedente contexto explica ésto, así como los preceptos que siguen, los que a una dicen que los discípulos de Cristo no deben "resistir al mal", es decir, que no deben volver mal por mal. Lo que el Salvador trata de inculcar es el espíritu de humildad y paciencia, y no una manera tonta de manifestar estas virtudes, de tal o cual modo. Así cuando él dice: "Da al que lo pidiere; y al que quisiere tomar de tí prestado, no le vuelvas la espalda" (ver. 42), no trata de significar, de acuerdo con el designio del pasaje y de las enseñanzas dadas en otros lugares, que debemos enloquecernos dando continuamente al que nos pide, sin fijarnos en las razones por qué nos pide, y si su necesidad es real o fingida. Lo que él trata de hacer es inculcar ese espíritu de liberalidad que nunca niega su ayuda a aquellos que realmente la necesitan.
Cuando el Salvador dice: "Si lo ojo derecho fuera ocasión de ofensa, sácalo y échalo fuera de ti," etc., tanto el contexto que precede a este pasaje, como el tenor general de las Escrituras nos enseñan que lo que él trata de significar es lo que el apóstol expresa en otra forma: "Haced morir pues vuestros miembros que están sobre la tierra" (Col. 3:5). Hacemos morir nuestros miembros que nos conducen al pecado, no destruyéndolos, sino guardándoles en sujeción a "la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús."
(3) Si el intérprete bíblico está expuesto a errar por tomar en sentido literal el lenguaje figurado, también está expuesto a tomar en sentido figurado lo que debe ser interpretado literalmente. El expediente favorito de aquellos que niegan el carácter sobrenatural de las Escrituras, es explicar los acontecimientos milagrosos que se relatan en la Biblia, como figurados o místicos. Cuando David dice que, en respuesta a su oración," "la tierra fue conmovida y tembló: y los fundamentos de los montes se estremecieron porque él se enojó"; que "Dios abajó los cielos, y descendió; y oscuridad debajo de sus pies"; que "tronó en los cielos Jehová, y el Altísimo dio su voz; granizo y carbones de fuego"; que "envió sus saetas y desbaratólos : y echó relámpagos, y los destruyó" (Sal. 18:7, 9, 13, 14), todo el mundo reconoce que este lenguaje ha de ser tomado figuradamente. Pero algún incrédulo pudiera preguntar: ¿Por qué, pues, no ha de tomarse como figura el relato del don de la ley en Sinaí, entre truenos y relámpagos? La respuesta de cualquier humilde lector de la Biblia, sería-y esta es la respuesta del sentido común libre de sofisma-que el primer pasaje aparece en un poema lírico, en los que semejantes descripciones figuradas son muy propias; mientras que el segundo es una sencilla narración que se propone exponer hechos históricos, con nombres y fechas; que ningún lector, que no tuviera opiniones preconcebidas que mantener, tomaría el pasaje de Éxodo en cualquier otro sentido que el literal, mientras que todo lector comprende perfectamente que la poética descripción del Salmo 18 no puede tomarse sino en sentido figurado. Se ha tratado de interpretar la historia evangélica como un mito-la personificación de un sistema puramente idealista, en forma de historia. Es muy difícil refutar una teoría que no tiene fundamento sobre qué basarse; sin embargo, la teoría mitológica puede ser destruida de una manera muy sencilla. La verdad central de la historia evangélica es la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. El que deseo saber qué pensaba Pablo sobre esto, que lea el capítulo quince de la primera epístola a los Corintios, donde defiende su veracidad como testigo acerca do la realidad histórica de la resurrección (ver. 15) . Ahora bien, si Pablo tenía semejante opinión sobre estos hechos, Lúcas, su compañero en viajes y labores no podía tener diferente opinión de ellos, ni tampoco ninguno de los otros evangelistas. Pero si la muerte y resurrección de Jesús son tenidas como acontecimientos históricos, toda la teoría mitológica cae por tierra.
(4) Con respecto a las profecías que se refieren al lejano futuro, algunas veces puede ser difícil determinar si hemos de creer que tengan cumplimiento literal, o si hemos de tomarlas en su sentido figurado. Pero este asunto hemos de tratarlo en otro lugar.
3.-El término tropo (griego, tropos, una vuelta) es aplicado en sentido general, a figuras de palabras y oraciones de una gran variedad; pero en su use más estricto, a la traslación de una palabra u oración de su sentido literal a su sentido figurado. Quintiliano dice (Inst. Orat. 8, 6, 1) que ha de tener buen efecto (cum virtude); es decir, que ha de dar a la idea claridad, fuerza y belleza.
Las principales clases de tropos son la metonimia y la metáfora. La metonimia se funda en una relación de cosas. Ejemplo, cuando Abraham dice: "A Moisés y los profetas tienen, óiganlos" (Lúc, 16:29), donde se menciona a Moisés y los profetas por sus escritos; esto es: los autores por sits obras. "La lengua blanda quebranta los huesos, " dice el sabio (Prov. 25:15). Aquí la lengua ocupa el lugar de conversación, el instrumento por la cosa afectada, estando, al mismo tiempo, esta metonimia unida a una metáfora. (Véase más abajo). La sinécdoque, en el cual la parte se usa por el todo, como la espada por la guerra, es en su naturaleza esencialmente una metonimia. Los retóricos hacen una elaborada clasificación de las metonimias, pero ellas son de muy poco valor para el estudiante de la Biblia, desde el momento en que todas estas figuras son interpretadas de acuerdo con los sencillos principios que hemos dado en el capítulo anterior.
La metáfora es una relación de semejanza, como sucede en los ejemplos que ya hemos dado: "Jehová Dios es un sol y un escudo" (Sal- 84:11); "yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador" (Juan 15:1). Esta semejanza puede no depender de una sola palabra, sino de una expresión completa como por ejemplo: "Dura cosa lo es dar coces contra el aguijón" (Act. 26:14) ; "Yo lo aconsejo que de mí compres oro refinado en el fuego, para que seas hecho rico; y vestiduras blancas, para que seas vestido, y que la vergüenza de lo desnudez no se descubra; y unge tus ojos con colirio, para que veas" (Rev. 3:18). La metáfora y la metonimia pueden estar unidas, como sucede en las palabras ya citadas: "La lengua blanda quebranta los huesos," o cuando Nahum dice de los príncipes de Nínive: "A tus leoncillos tragará espada" (Nahum 2:13). En este último pasaje, como sucede en otros muchos, se agrega a la metáfora la personificación, que es una figura de pensamiento, usándose la palabra "espada" para representar una bestia feroz. Las grandes y hermosas personificaciones de las Escrituras aparecen envueltas naturalmente en el lenguaje del tropo, lenguaje de inmutable belleza y grandísima variedad. Jeremías dice: " Oh cuchillo de Jehová, ¿Hasta cuándo no reposarás? Métete en lo vaina, reposa y calla. ¿Cómo reposarás? Porque Jehová le ha enviado en Ascalón, y a la ribera de la mar, allí le puso" (47:6,7). E1 profeta Habacuc representa a Dios viniendo en su gloria para la salvación de su pueblo: " Viéronte, y tuvieron temor los montes: la inundación de sus aguas pasó: el abismo dio su voz, la hondura alzó sus manos. El sol y la luna se pararon en su estancia" (3:10, 11). La promesa de Dios a sus redimidos es: " Con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos: los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo os aplaudirán con las manos" (Isa. 55: 12). Los libros del Nuevo Testamento están llenos de metonimias y metáforas, y contienen algunas personificaciones, y en ellos esas figuras son usadas, no como vano alarde literario, sino con grandes propósitos; son como los relámpagos flamígeros del cielo que rompen y queman a la vez que iluminan. "Guardaos de los falsos profetas," dice el Salvador, "que vienen a vosotros con vestidos de ovejas; mas interiormente son lobos robadores. Por sus frutos los conoceréis. ¿Cógense uvas de los espinos, o higos de las cambroneras?" (Mat. 7 :15, 16) . ¡ De qué manera tan efectiva arranca, por medio de estas metáforas, el antifaz del rostro de los falsos profeta, "Si dijere el pie: porque no soy mano, no soy el cuerpo: ¿ Por eso no será el cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿Dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿Dónde estaría el olfato?" (1a Cor. 12:15, 16). En estas palabras tenemos una personificación sin que haya tropo. "¿Dónde está, oh muerte, lo aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro lo victoria?" (1a. Cor. 15:55). Aquí tenemos una personificación majestuosa, expresada en forma metafórica. Aquí tenemos una personificación majestuosa, expresada en forma metafórica.
Como la semejanza es la base de la metáfora, podemos llamarla una forma abreviada de comparación, siendo la cosa con la cual se hace la comparación el predicado directo de lo que es comparado. Así, si dijéramos: "el perezoso es como vinagre a los dientes y humo a los ojos de los que lo envían," tendríamos una metáfora, llamando al perezoso directamente vinagre y humo. Pero si dijéramos: "Como vinagre a los dientes y el humo a los ojos, así es el perezoso a los que le envían" (Prov. 10 :26) , tendríamos una comparación, dejando de ser trópico este lenguaje. La metáfora por lo tanto es una forma de expresión mucho más vívida que la comparación.
Una manera común de hacer la comparación en el libro de los Proverbios es: unir el objeto comparado a la cosa o cosas con que se compara, como, por ejemplo: "El azote para el caballo, y el cabestro para el asno, y la vara para el cuerpo del insensato" (26:3) ; esto es: corno el azote es apropiado para el caballo, y el cabestro para el asno, así lo es también la vara para el cuerpo del insensato. Otros ejemplos: "Sin leña el fuego se apagará; y donde no hubiere chismosos, cesara la contienda" (26:20); "el carbón para brasas; y la leña para el fuego; y el hombre rencilloso para encender contiendas" (26:21); "plata de escoria echada sobre tiesto son los labios encendidos, y el corazón malo" (26:23.)
(2) La alegoría es la narración de una transacción espiritual bajo la figura de algo más inferior y terrenal, en la que la transacción inferior representa directamente la transacción más elevada. En el Salmo 80 tenemos un exquisito ejemplo de alegoría: "Hiciste venir la vid de Egipto: echaste a los gentiles, y la plantaste. Limpiaste el lugar delante de ella: e hiciste arraigar sus raíces, hinchió la tierra. Los montes fueron cubiertos de su sombra; y sus ramas como cedros de Dios. Enviaste ¡oh Señor! sus ramas hasta la mar: y hasta el río sus migrones. ¿Por qué aportillaste sus vallados, y la cogieron todos los que pasaron por el camino? Destruyóla el puerco montés, y la pació la bestia del campo. ¡Oh! Dios de los ejércitos, vuelve ahora mira desde el cielo, y ve, y visita esta vid. Y la planta que lo diestra plantó: y sobre el mugrón que tú corroboraste para ti. Quemada a fuego está, y talada: perezcan por la reprensión de lo rostro" (vers. 8-16); donde la traslación de Canaán, con su subsecuente historia, es descrita bajo la figura de una vid.
La metáfora y la alegoría se parecen en que la base de ambas es la semejanza, y que en las dos el objeto inferior representa directamente al superior. Sin embargo, la metáfora no puede ser llamada propiamente una alegoría condensada, ni la alegoría una metáfora aumentada; porque es parte esencial de la alegoría que tenga la forma de narración, y que contenga una historia real-si se trata de profecías puede ser llamada historia futura-por medio de una figura. De aquí que en su extensión pueda ser indefinida, como en "El Viador"; y podemos agregar el Cantar de los Cantares, el que la Iglesia Cristiana, desde los tiempos más primitivos ha considerado una alegoría, cuyo tema es, en el lenguaje del Antiguo Testamento, Dios y su pueblo elegido; pero de acuerdo con la representación del Nuevo Testamento, Cristo y su Iglesia.
Debemos hacer una cuidadosa distinción entre la verdadera alegoría y la aplicación alegórica o mística de la historia real. En el primer caso no es el significado literal el que constituye la verdad histórica, sino el sentido más elevado representado por él. Dios, por ejemplo, nunca trasladó una vid de Egipto a Canaán; pero sí trasladó a su pueblo escogido, que es comparado con una vid. La historia de Saraí y Agar (Gen. 16) , por el contrario, es una verdadera historia. El apóstol Pablo hace una aplicación alegórica de ella a los dos convenios (el convenio en Sinaí y el convenio en Cristo), cuya aplicación es muy hermosa y apropiada; sin embargo, esa historia no es alegoría, sino verdadera historia. Véase más adelante en el capítulo V No. 4.
(3) Una parábola es la narración de un supuesto acontecimiento, con el propósito de ilustrar una verdad espiritual. El propósito de la narración es encerrar el principio o verdad que se desea enseñar. Debe ser, por tanto, natural y tener probabilidad de haber sucedido el acontecimiento; pero su enseñanza literal es de muy poco valor. En la parábola del Señor sobre el mayordomo injusto (Lúc. 16:1-9), por ejemplo, los incidentes de la narración pueden haber sido, o no históricamente verdaderos; pero fueran o no verdaderos, el gran principio que ilustra (ver. 10) es siempre el mismo.
Las alegorías y las parábolas se intercambian mutuamente por medio de grados insensibles. Algunas de las llamadas parábolas del Señor, son más bien alegorías; como la de la viña que fue entregada a viñadores (Mat. 21:33-41) , la que se funda en la hermosa alegoría de Isa. 5:1-7; y lo mismo sucede con la del buen pastor (Juan 10:1-18.) En su forma más pura, sin embargo, la alegoría y la parábola se distinguen perfectamente entre sí. En la alegoría la figura representa directamente la transacción superior; y de aquí que los incidentes que se presentan en la figura-por lo menos los incidentes más importantes-deben tener algo que les corresponda en la transacción espiritual que la figura representa. En la parábola sucede de diferente manera. En ella la verdad espiritual no aparece directamente descrita en los términos de la figura, sino simplemente ilustrada por ella. Los incidentes y caracteres de la historia se encuentran separados del principio general que inculca, y algunas veces son separados formalmente por el que habla; como cuando dice nuestro Señor: "El reino de los cielos es semejante al hombre que sembró buena simiente en su campo," etc. (Mat. 13 :24) . Por esta razón pertenecen más o menos al ropaje de la parábola, por lo cual el violentarlos en su interpretación puede conducir al error. Véase más adelante en el No. 7.
(4.) -La fábula está en relación con la parábola, pero difiere de ella en dos respectos: Primero, se desarrolla en una esfera terrenal, teniendo que ver con máximas prudenciales más bien que con verdades espirituales. Segundo, de acuerdo con su naturaleza inferior, permite que objetos irracionales sean presentados como los actores, lo que sería contrario a la dignidad de la parábola. Nuestro Señor jamás utilizó la fábula como medio de instrucción. En el Antiguo Testamento tenemos dos ejemplos de fábulas; pero ninguno de los dos fue usado por los profetas: La primera es la de Joatán: " Fueron los árboles a elegir rey entre sí; y dijeron a la oliva: reina sobre nosotros," etc. (Jueces 9:8-15). La segunda es la de Joas: "El cardillo que está en el Líbano, envió al cedro que está en el Libano, diciendo: Da lo hija por mujer a mi hijo. Y pasaron las bestias fieras que están en el Líbano, y hollaron al cardillo " (2a. Rey 14:9).
(5.) Un símbolo es un objeto material, una transacción efectuada en el mundo material, y algunas veces un número, que representa una verdad espiritual. Los símbolos ritualísticos, como el arca del convenio, las vestiduras del sumo sacerdote, y en general todo lo que tiene relación con el servicio del tabernáculo y del templo, serán considerados más adelante cuando hablemos de los tipos. Ahora hablamos de los símbolos solamente en cuanto tienen relación con el lado humano de la interpretación. En el capítulo 17 del libro de Números tenemos un hermoso ejemplo de transacción simbólica, donde los príncipes de Israel, bajo la dirección de Dios, toman doce varas, cada uno escribe su nombre sobre su vara, y las depositan en el tabernáculo ante la presencia del Señor, aconteciendo al día siguiente que la vara de Aarón "floreció, y echó flores, y brotó renuevos, y parió almendras," símbolo de que Dios haría que el sacerdocio floreciera en su familia.
Hay una gran variedad de símbolos bíblicos. Algunas veces aparecen en sueños, como el de Jacob de la escala que llegaba al cielo (Gen. 28 :12-15) ; los dos sueños de Faraón de las vacas gordas y flacas (Gen. 41:1-7) ; o en visión pro f ética, como la de Jeremías de la olla que hervía vuelta hacia el norte (Jer. 1:13) ; la de Ezequiel de los querubines (cap. 1) ; y la de Amós del canastillo de f rutas de verano (8 :2) . Otras veces aparecen en transacciones reales. Asi el falso profeta Sedequías "Se había hecho unos cuernos de hierro, y dijo: Así dijo Jehová con éstos acornearás a los sirios hasta acabarlos" (la. RV. 22:11) ; el profeta Jeremías usó un yugo sobre su cuello, como signo de que Dios sujetaría las naciones al poder de Nabucodonosor, yugo que fue roto por el falso profeta Hananías para simbolizar de esta manera que el pueblo sería libertado del poder de Nabucodonosor (Jer. 27:1-3; 28:10, 11).
(6.) El proverbio es una máxima corta con relación a la vida diaria. Puede ser expresado por figura o literalmente, pero en cualquiera de estos dos casos debe contener una verdad general. "E1 burlador no ama al que le castiga: ni se allega a los sabios" (Prov. 15:12), es un proverbio expresado en lenguaje corriente. "Tome fuerte es el nombre de Jehová: a él correrá el justo y será levantado" (Prov. 18:10) es un proverbio expresado por medio de una hermosa figura. Los mancebos insensatos aconsejaron a Roboam que dijera a los israelitas: "el menor dedo de los míos es más grueso que los lomos de mi padre" (1a. Rey. 12:10). Estas palabras no encierran un proverbio, porque simplemente contienen un relato de un hecho real particular, expresado por medio de una figura. Pero si cambiáramos la forma y dijéramos: "El dedo más pequeño de un gobernante insensato es más grueso que los lomos de un rey sabio, " les daríamos más generalidad a las palabras, convirtiéndolas así en un proverbio.
La palabra hebrea proverbio (mashal) denota una similitud, siendo esta similitud una de sus formas más corrientes. De esto tenemos abundantes ejemplos en el libro de Proverbios. Además tenemos proverbios expresados en forma de comparación directa: " Como un agua se parece a otra, así el corazón del hombre al otro" (27 :19) ; "Gotera continua en tiempo de lluvia, y la mujer rencillosa son semejantes" (27:15) ; "mejor es la comida de legumbres donde hay amor, que el buey engordado donde hay odio" (15 :17) . Tenemos otra clase de proverbio: en forma de metáfora; "Goteras continuas son las contiendas de la mujer " (19:13); "Los labios sabios son vaso precioso" (20:15). Pero más frecuentemente aparece la comparación en forma de contraste, como por ejemplo: "El hijo sabio recibe la enseñanza del padre; mas el burlador no escucha la reprensión" (13:1); "El testigo verdadero no mentirá; mas el testigo falso hablará mentira" (14: 5) . El significado de la palabra proverbio se entiende a cortas máximas sentenciosas de todas las formas, aun cuando se excluye la comparación, como "El impío toma presentes de su seno, para pervertir las veredas del derecho" (17:23.)
(7.) La palabra mito (griego muthos) era aplicada por los griegos a una leyenda de los tiempos antiguos, después fue aplicada a las fábulas, como las de Esopo. En los tiempos modernos es definida como una historieta en la cual "hay una combinación inconsciente del significado más profundo con el símbolo eterno, estando los dos separados y siendo separables en la parábola." "La narración mitológica se presenta no solamente como un vehículo de la verdad, sino como si fuera la verdad misma; mientras que en la parábola hay una conciencia perfecta en todas las mentes, de la gran distinción que hay entre la forma y la esencia, entre la cáscara y la almendra, entre la preciosa vasija y el vino mas precioso aun que contiene." (French). Tenemos un buen ejemplo de esto en las leyendas de la mitología griega, recibida en una ocasión por las masas como verdaderas literalmente; pero las que "una edad más avanzada y reflexiva que aquella en que la mitología nació, ha aprendido a considerar simplemente como la envoltura de ciertas ideas acerca de los dioses." El mito, según ha sido definido, no entra en la esfera de la interpretación bíblica. Los acontecimientos históricos relatados en el Nuevo Testamento pueden tener, y en muchas ocasiones tienen, significados más elevados. En ese caso ellas no son mitos, sino historias típicas. Véase más adelante cap.5 no. 4. Todas las narraciones bíblicas, que son en realidad verdaderas, no en un sentido literal, sino en su significado más elevado, se estudian junto con las alegorías, parábolas o representaciones simbólicas.
4.-En la interpretación del lenguaje figurado, debemos guiarnos, en general, por los principios que hemos considerado en el capítulo anterior. El dar reglas especiales para la interpretación de las hermosas y variadas figuras que adornan las páginas del Libro Santo, sería tanto innecesario como impracticable. La historia de la exégesis bíblica demuestra, sin embargo, que se necesita un gran cuidado para esta interpretación.
5.-Al joven estudiante de las Escrituras debe recordársele, antes de nada, que el lenguaje figurado de la Biblia es tan cierto y verdadero como sus declaraciones mas claras y literales. Las figuras de la Biblia no son usadas simplemente para agradar la imaginación y excitar los sentimientos, sino principalmente para enseñar verdades eternas. El Señor, "el testigo fiel y verdadero," dijo: "E1 cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mat. 13:31). Sin embargo, hay una clase de intérpretes que parecen creer que si ellos pueden demostrar, en cualquier caso dado, que el lenguaje de la Biblia es figurado, su significado esta muy cerca de perder su certeza y realidad. Tres veces seguidas aconsejo él a sus discípulos que se arrancaran un pie o un brazo, o que echaran fuera de si un ojo, si algunos de estos miembros era causa de ofensa, por ser esto preferible a que todo el cuerpo sea echado en el infierno "al fuego que nunca se apaga" (Mar. 9:4348) . Pero alguno de esta clase de expositores dirá que todo este lenguaje es figurado, y debe ser tomado como tal. Indudablemente lo que se dice de la mutilación del cuerpo es una figura, y no pretendemos saber hasta qué extremo ha de ser real este terrible fuego que no cesa nunca y que espera a los impenitentes en el mundo venidero. Pero en los labios de Jesús las figuras enseñan profundas verdades. El pobre pecador que desprecia la gracia del Evangelio, llegará a convencerse de que la realidad de su perdición no es menos terrible que las figuras por medio de las cuales Cristo representa esta realidad. La historia del hombre rico y Lázaro es una parábola ; pero porque sea una parábola, no podemos hacer caso omiso de las grandes lecciones que enseña. Para comprender cuáles sean estas lecciones, sólo se necesita sinceridad y fe. Esas lecciones nos enseñan que los sufrientes hijos de Dios van inmediatamente después de la muerte a un estado de consciente bienaventuranza; y "los hombres de este mundo, que tienen su porción en esta vida, " a un lugar de inmitigable sufrimiento. Cualquiera que sea la comprensión de la palabra hades (traducida infierno en nuestras versiones), hay una cima infranqueable entre Lázaro, que está en el seno de Abraham, y el hombre rico que está en tormentos. La "cima infranqueable" puede ser una figura; pero representa una tremenda realidad; y la realidad es que no hay transición de un estado a otro.
6.-En la alegoría la transacción espiritual más elevada está, según hemos visto ya, directamente representada por la inferior. Por lo tanto, cuando sabemos lo que representa la alegoría, tenemos ya la clave para su interpretación, y todos los incidentes van colocándose naturalmente en su lugar correspondiente. Si la esfera de la alegoría es la historia externa del pueblo de Dios, todos los incidentes-por lo menos los principales-han de tener su significación. Si su esfera es la de una experiencia interna y espiritual, como sucede en el Cantar de los Cantares, debe esperarse más extensión en el ropaje de la historia; sin embargo, en ella también cada una de las partes esenciales debe corresponder con algo en el objeto superior que representa.
Un ejemplo de alegoría histórica pura es la de la vid traída de Egipto (Sal. 80), donde el objeto superior, que nos da la clave a su significación, es el Pueblo escogido de Dios. La expulsión de los gentiles (ver. 10), aparece literalmente expresada, pero en los siguientes versículos la figura es admirablemente desarrollada. Esta vid echa profundas raíces y cubre toda la tierra; las montañas son cubiertas por su sombra, y sus ramas son como las del cedro; envía sus ramas hasta la mar, y hasta el río sus mugrones (vers. 9-11). Aquí tenemos un incidente, principal: el crecimiento del pueblo de Dios en la tierra de Canaán. Entonces Dios derribó su vallado, as¡ que todo el que pasaba por allí cogía de ella; el puerco montés la destruyó y la bestia del campo la pació (vers. 12, -13). Este es otro incidente principal: el cese de la protección de Dios sobre su pueblo, y la opresión de este pueblo por sus vecinos gentiles. La oración que sigue, a favor de la vid (vers. 1-1-16), representa el amor que el pueblo de Dios siente hacia su iglesia. Cada una de estas partes de la alegoría tiene su propia significación. El resto de las imágenes-las montañas cubiertas por su sombra, sus ramas semejantes a las del cedro, su destrucción por las bestias del campo, etc.,-son simplemente el ropaje de la alegoría; y el tratar de encontrar un significado espiritual a cada uno de estos particulares, no daría más resultado que echar a perder su belleza y fuerza.
Damos otro ejemplo de alegoría histórica tomada de Ezequiel (17:3-10), en la que las partes esenciales pueden ser fácilmente distinguidas de las magníficas imágenes usadas por el profeta: "Un águila grande, con grandes alas y plumas largas, y abundantes plumas de varios colores (Nabucodonosor), vino al Líbano, y tomó el ramo más elevado del cedro (Joaquín a quien Nabucodonosor destronó y llevo cautivo a Babilonia. El cedro del Líbano representa la familia real, y Joaquín, como monarca reinante, su principal rama) ; arrancó el más alto de sus renuevos, y lo trajo a tierra de tráfico (Caldea) ; y lo colocó en una ciudad de comerciantes (Babilonia). Tomó también del veduño de aquella tierra (la simiente del rey, significando a Sedequias, a quien Nabucodonosor hizo rey en lugar de Joaquín), y la colocó en un terreno feraz; lo trajo junto a muchas aguas, lo trasplantó como un sauce (estableció a Sedequías en el trono, y le dió todos los medios para prosperar como vasallo suyo). Y brotó y vino a ser una vid de mucho ramaje pero de poca elevación (no un cedro, sino una vid de baja estatura; esto es, un rey tributario) ; cuyos sarmientos se volvían hacia aquella águila (hacia Nabucodonosor, como dependiente de él), y cuyas raíces estaban debajo de ella (debajo de Nabucodonosor, como súbdito de su poder) ; de suerte que vino a ser una vid, y produjo ramas, y echó pimpollos. Había también otra águila grande, con grandes alas y mucho plumaje (Faraón, rey de Egipto), y he aquí que esa vid torció sus raíces hacia ella (Sedequfas quitó su confianza de Nabucodonosor para depositarla en Faraón), y envióle sus sarmientos desde donde estaba plantada, para que ella la regase; aunque había sido plantada por Nabucodonosor) en terrenos buenos, junto a muchas aguas, para que echáse ramas, y produjese fruto a fin de que llegase a ser una parra grande (la fidelidad a Nabuconodosor hubiera dado a Sedequías la prosperidad. Diles: Así dice Jehová el Señor: ¿Acaso prosperará? (ahora que se inclina hácia la segunda águila) ¿No arrancará sus raíces la primera águila (Nabucodonosor), y cortará sus frutos para que se segue? Todas sus hojas lozanas se secarán; y eso sin gran poder ni mucha gente, que sea necesario para arrancarla por sus raíces (la obra de arrancarla será fácil., sin que requiera una gran fuerza). He aquí pues, aunque plantada ¿has de prosperar? ¿No se secará luego que el viento oriental la toque? (una nueva figura para representar su destrucción) cierto que se secará sobre las eras donde había brotado. "
Hay una clase de alegorías en el Antiguo Testamento que representan la relación de Dios con su pueblo bajo la figura del esposo y la esposa. A esta clase pertenece el Cantar de los Cantares y las dos maravillosas alegorías de Ezequiel ( caps. 16 y 23 ) . El use de tantísimas y tan hermosas imágenes en estas alegorías, no admiten una interpretación detallada. En ellas sólo ha de tomarse en consideración su designio general, puesto que este designio contiene la idea esencial.
Dada la libertad de estilo que tenían los escritores bíblicos, podían poner una introducción de cláusulas literales en la alegoría ("Echaste a los gentiles, y la plantaste," Sal. 80:8), y también cláusulas explicatorias, aunque no tan fácilmente como en la parábola. Véanse ejemplos en Isa. 5:7; Juan 10:9, 11, 14.
7.-Las parábolas bíblicas tienen una gran variedad de formas, asemejándose algunas veces a la alegoría, en cuyo caso la interpretación debe ser hecha de acuerdo con los mismos principios generales. En su forma más pura, sin embargo, la parábola no representa directamente la verdad espiritual más elevada, como sucede en la alegoría, sino que es simplemente una narración para ilustrarla. Puede ser presentada en forma absoluta, como la de la higuera seca (Lúc. 13:6-9); o más comúnmente, a la manera de similitud, como: "El reino de los cielos es semejante al hombre que sembró buena simiente en su campo" (Mat. 13:24); "¿A qué haremos semej ante el reino de Dios? ¿O a qué lo compararemos? "(Mat. 24:30). La parábola puede ser presentada sin explicación; así sucede en la parábola de los dos hijos a quienes el padre pide que vayan a trabajar en la viña, donde se hace la siguiente aplicación: "De cierto os digo que los publicanos y las rameras os van delante al reino de Dios" (Mat. 21:28,-31); y la parábola del fariseo y el publicano comienza y termina con cláusulas explicativas (Lúc. 13:9-14). Todas las cláusulas semejantes son de una grandísima importancia para la interpretación de las parábolas en que aparecen. En la interpretación de las parábolas, lo primero y más importante que hay que hacer, es buscar la verdad espiritual que ella trata de enseñar. Hasta qué extremo alcanza la significación espiritual de los incidentes particulares de una parábola, es algo que ha de ser determinado separadamente y de acuerdo con cada uno de estos incidentes.
En la parábola del sembrador, que el mismo Señor interpretó (Mat. 13:3-8, 19-23), todas sus partes son sencillas, puesto que las cuatro clases distintas de terreno representan las diferentes clases de oyentes. Lo mismo sucede en la parábola de la buena simiente y la cizaña (Mat. 13:24-30, 37-43), donde la buena semilla sembrada por el dueño del campo, la cizaña sembrada por su enemigo, la separación, en el tiempo de la siega entre el trigo y la cizaña, el quemar de la cizaña y recoger el trigo en los graneros, son todos incidentes principales en su aplicación espiritual. No resulta de igual manera en la parábola de las diez vírgenes (Mat. 25:1-13) de la que el Señor nos ha dicho cuál es su designio, el único designio hasta donde nos es posible ver: "Velad, por lo tanto, porque no sabéis ni el día ni la hora en que el Señor vendrá." Si seguimos adelante y tratamos de averiguar cuál es el significado espiritual de las lámparas de aceite, de la división de las vírgenes en dos grupos de cinco vírgenes prudentes y cinco insensatas, de la súplica de las insensatas de que les dieran aceite, y de la respuesta de las vírgenes prudentes, llegaremos a especulaciones innecesarias. Todas estas cosas pertenecen más bien al ropaje de la parábola y su intención es hacerla más natural y probable.
En la forma más pura de la parábola, los personajes que se presentan para ilustrar los caminos de providencia y gracia de Dios, no representan a Dios directamente, como sucede en la alegoría. No es necesario, pues, que haya en todos los casos correspondencia entre sus caracteres y el carácter del Santo Dios. Basta que las palabras y hechos que se atribuyen ilustren con verdad los principios espirituales que se trata de enseñar. En la parábola del mal siervo (Mat. 18:23-35), "mandó su Señor vender a él, y a su mujer a hijos, con todo lo que tenían, y pagar" (ver. 25); y después "le entrego a los verdugos hasta que pagase todo lo que debía" (ver. 34). No debemos molestarnos en averiguar si eran justos estos actos realizados por el rey terrenal; es suficiente que, a los propósitos de la parábola, ellos guardasen relación con la costumbre de aquella época, y que así ilustraran la gran verdad que la parábola se proponía enseñar: "Así también hará con vosotros tú Padre Celestial, si no perdonareis de vuestro corazón cada uno a sus hermanos sus ofensas" (Mat. 18:35). Todavía tenemos mejores ilustraciones de este principio en tales parábolas como la del amigo importuno (Lúc. 11:5-8), el juez injusto (Lúc. 18:1-8), y el mayordomo infiel (Lúc. 16: 1-9). El Señor no compara a Dios con el amigo indolente que no se levanta para servir a su amigo dándole pan, hasta tanto que se ve obligado a ello por la importunidad de su amigo; ni tampoco al juez injusto que no teme a Dios ni a los hombres. Mas presenta una ilustración, con la conducta de estos personajes, de la eficacia de la oración constante; agregando al final de cada parábola su designio: "Y yo os digo: Pedíd, y se os dará; buscád y hallaréis; tocád y se os abrirá" (Lúc. 11:9); "¿Y Dios no defenderá a sus escogidos que claman a él de día y de noche, aunque sea longánimo acerca de ellos?" (Lúc. 18:7). En la parábola del mayordomo injusto, nuestro Señor presenta una transacción fraudulenta -una transacción tan manifiestamente fraudulenta que no podemos tener duda alguna acerca de que no mereció su aprobación-a fin de poder ilustrar la importancia de la prudente provisión para el futuro. Al rebajar sus deudas a los deudores de su Señor, él se gana sus favores a fin de poder ser recibido en sus casas en tiempos de necesidad. Para la mayor comprensión de esta parábola, las palabras del versículo ocho es de grandísima importancia: "Y alabó el Señor al mayordomo malo por haber hecho prudentemente; porque los hijos de este siglo más prudentes son en su generación que los hijos de luz." No obstante lo mala que era la manera de proceder de este mayordomo, él no podía por menos que alabarla como una transacción prudente para el fin que se proponía. De aquí la última cláusula de este versículo: "Porque los hijos de este siglo más prudentes son que los hijos de luz." El mayordomo y los deudores de su Señor eran todos "hijos de este siglo" (o de este mundo, como aparece en el original), y la transacción efectuada entre ellos se hizo de acuerdo con principios humanos. El Salvador desearía que los "hijos de luz"-los hijos santos de Dios, que viven y obran en la atmósfera de una luz celestial- hicieran provisión para su bien eterno, en el use que hacen de las cosas terrenales. Por esto agrega, explicando el designio de la parábola: "Haceos amigos (por el buen use de ellas) de las riquezas de maldad (llamadas así porque son el gran objetivo de los hombres y se adquieren generalmente por malos medios), para que cuando faltareis (cuando seáis separados de vuestra mayordomía por la muerte) os reciban (los amigos que habéis adquirido por vuestras obras de amor y misericordia) en las moradas eternas" (ver. 9). El Señor usa las palabras "os reciban" con alusión al lenguaje del mayordomo en el versículo 4: "11Ie reciban en sus casas." Nuestros amigos no nos reciben en las moradas eternas porque tengan derecho a hacerlo así, puesto que este derecho pertenece a Cristo solamente; pero nos reciben en el sentido de dar testimonio ante el trono de Cristo de nuestras obras de amor y misericordia, por medio de las cuales ponemos de manifiesto la realidad de nuestra fe, y por las que tenemos entrada, por la gracia, a las moradas eternas. Compárese esta parábola con el admirable pasaje de Mat. 25:34-16 que es una buena clave a ella.
8.-Para determinar si un símbolo es una verdadera transacción, o si solamente se presenta una visión, hay que considerar tanto su naturaleza como su contexto. Cuando Ezequiel, por el mandato de Dios, visita el atrio del templo, abre un agujero en la pared, y ve las abominaciones que allí adentro se practicaban (cap. 8), sabemos por sus propias palabras (ver. 3), que todo esto sucedió "en visión de Dios." Lo mismo sucede con la admirable visión de los huesos secos (cap. 17:1-13). Pero la acción simbólica que sigue-la unión de los palos en uno-parece estar representado como real; porque el pueblo pregunta a este respecto: " ¿No nos enseñarás qué lo significan estas cosas?" (ver. 18), y los dos palos aparecen "ante su vista" en las manos del profeta (ver. 20). La naturaleza de la transacción simbólica que se relata en Jer. 32:6-12-la compra de la heredad de Jananeel-con las circunstancias históricas que la acompañan, demuestra que era real. Por el contrario, de la naturaleza del carro de Dios que vio Ezequiel (cap. 1:10), tanto por los datos que la acompañan (caps. 1:1; 8:1-4), sabemos que fue representada al sentido interno del profeta, y no vista con sus ojos físicos. El carácter moral de la transacción relatada por O      seas (caps. 1-3), ha llevado a los comentadores a la decisión de que fue una ocurrencia real.
En algunos casos no podemos determinar si las transacciones simbólicas son reales, o si simplemente vistas en visión. Por ejemplo, ¿Cómo hemos de entender la transacción relatada en Isa. 20; en Jer. 13:1-11; en Eze. 4? Con respecto a ejemplos semejantes, los expositores tendrán diferentes opiniones; pero cualquiera que sea su manera de comprenderlos, sus significados y las lecciones que enseñan siempre serán los mismos.
Más adelante trataremos el tema de los símbolos en relación con el de las profecías. Aquí simplemente consideramos los principios generales por medio de los cuales han de ser interpretados. En este respecto debemos guiarnos, antes de nada, por la explicación del mismo autor. Cuando esto no baste, debemos estudiar cuidadosamente la naturaleza de las figuras que se usan, y la conexión en que aparecen.
Los escritores sagrados muy comúnmente indican el significado de los símbolos que usan. A1 profeta Isaías se le manda (cap. 20 :2) : " Quita el saco de tus lomos y descalza tus zapatos de tus pies; e hízolo así andando desnudo y descalzo." Después viene la explicación de este acontecimiento simbólico
"De la manera que anduvo mi siervo Isaías desnudo y descalzo tres años, señal y pronóstico sobre Egipto, y sobre Etiopía; así llevará el rey de Asiría la cautividad de Egipto y la trasmigración de Etiopía, de mozos y de viejos, desnuda y descalza," etc. (vers. 3, 4). Para otros ejemplos véase el símbolo del cinto (Jer. 13:1-7 comparado con los versículos 811) ; de la compra del campo de Jananeel (Jer. 32:6 comparado con los vers. 13-15) ; del aparejo de partida (Eze. 12 :3-7 comparado con los vers. 8-12) ; de la plomada (Amós 7 :7, 8) ; de los cuatro cuernos (Zac. 1:18-21) ; y otras muchas transacciones simbólicas que el estudiante hallará a menudo en la Biblia.
Pero algunas veces se presenta el símbolo sin que se dé explicación alguna, o simplemente con alguna oscura nota sobre su significado. E1 profeta Amós tiene una visión de langostas, y después del fuego devorador, sin que se dé más que una ligera explicación sobre que denota grandes calamidades que el Señor evitará, en su misericordia, por causa de las oraciones (Amós 7:1-6). En este pasaje la naturaleza de los símbolos en relación con la conocida situación del pueblo de Israel, demuestra que ellos representan que la nación sufriría una desolación general de parte de los enemigos de fuera. E1 profeta Ezequiel no dá ninguna interpretación a su visión del Señor entronado en su gloria en el firmamento, sobre el carro tirado por cuatro querubines y con cuatro ruedas vivientes llenas de ojos, en medio de todo lo cual se levantaba una luz brillante (caps. 1-10). Por medio de un estudio cuidadoso de estas magníficas imágenes, podemos inferir con probabilidad que los querubines con sus ruedas, moviéndose a todos lados con la rapidez del relámpago, denota todas las agencias a instrumentalidades por medio de las cuales Dios administra su gobierno sobre todo el mundo, agencias a instrumentalidades que están completamente bajo su dirección, y que ejecutan con certeza inenarrable todos sus altos propósitos. Los cuatro rostros de los querubines además, que responden a las cuatro divisiones generales entre los componentes del pueblo hebreo, parecen representar la plenitud de sus dones. E1 significado de la visión de Ezequiel de la nueva Jerusalén, con el templo y el altar, es un asunto que más propiamente debe ser estudiado, en relación con el tema de las profecías. Algunos de los símbolos del libro de Zacarías aparecen admirablemente interpretados en el mismo libro, como, por ejemplo, el símbolo de los dos olivos (4 :1-10). De otros no se da más que una vislumbre de su interpretación, y esto en una forma bastante enigmática; así que su interpretación es causa de gran dificultad a incertidumbre. Como ejemplos podernos referirnos al símbolo de la medida (Zac. 5:5-11) ; al de los cuatro carros que salían de entre los montes de metal, tirados por caballos de distintos colores (Zac. 6 :1-9) ; el de los dos cayados, Suavidad y Ataduras, con los que se manda al profeta, en visión, "que apaciente a las ovejas de las matanzas," y los que después ha de romper (Zac. 11:4-14). Para la comprensión de todos los detalles de estos difíciles símbolos, el lector debe recurrir a los comentarios, Nuestros límites no nos permiten señalar aquí los principios generales sobre los que debe basarse el expositor al hacer su interpretación.
9.-Hay otra clase de símbolos que podemos llamar numéricos: siete es el bien conocido número que simboliza totalidad; cuatro es el símbolo de universalidad; dote el número que representa al pueblo de Dios. A esta clase pertenecen también aquellos pasajes en que la palabra día se usa para significar un año, o un período indefinido de tiempo. Uno de los mejores ejemplos es la profecía de Daniel de las setenta semanas que habían de preceder a la muerte del Mesías ( 9 :24-27 ) , cuyos detalles el lector debe estudiar en un comentario. Sobre el mismo principio debemos interpretar, probablemente, la frase " tiempo, y tiempos y el medio de un tiempo" (Daniel 7:25), esto es, tres años y medio; las "cuarenta y dos semanas" ( Rev. 11:2 ; 13 :5 ) ; y los "mil doscientos y setenta días" (Rev. 11:3 ; 12:6. Compárese Ezequiel 4:4-8 donde un día es usado expresamente para simbolizar un año.


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SEGUNDA DIVISIÓN
LA INTERPRETACIÓN VISTA DESDE EL LADO DIVINO
CAPITULO IV
LA UNIDAD DE LA REVELACIÓN
1. "Conocidas son de Dios todas sus obras desde el principio del mundo," y por lo tanto ellas constituyen un todo consistente. El recibir las Escrituras como una Revelación de Dios es reconocer que ellas poseen una completa y esencial unidad en todos sus panes. Todo aquel que hable tímida y vacilantemente de la armonía esencial que existe entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, o bien se niega a reconocer que ambos fueron dados por inspiración divina, o conoce esta gran verdad fundamental de una manera may confusa a imperfecta. Si Dios ha hablado por conducto de Moisés y los profetas, lo mismo que por medio de Cristo y los Apóstoles, es en vano alegar que existe contradicción entre ambos Testamentos, sea en su doctrina o en su espíritu. Es tan absolutamente cierto que Cristo y los Apóstoles basaron sus enseñanzas en el Antiguo Testamento, que negar su divinidad es negar la del Nuevo Testamento también.
2.-Pero la unidad de la Revelación, lo mismo que la que existe en todas las obras de Dios, es unidad en medio de diversidad--diversidad en sus panes contemporáneos, pero principalmente en su progreso. De esto tenemos innumerables ilustraciones. La historia de una planta de trigo, desde que la semilla es echada en el surco hasta la hora de la siega, time perfecta unidad de plan. Mas ¡Qué diferentes en. su forma externa son la suave hoja, el verde tallo, el maduro grano! E1 año forma un todo consistente; pero ¿puede algo ser más desemejante en la forma, que la primavera y el otoño? Sin embargo, nadie piensa en buscar falta de armonía entre las fragantes flores del primero y los maduros frutos del segundo. E1 camino de la siega va a través de las flores. Los geólogos nos hablan macho de las variadas condiciones por que ha atravesado nuestro planeta, las diversas formas de vida vegetal y animal que corresponden a cada una de estas variadas condiciones. Sin embargo, en medio de esta inmensa diversidad en la forma externa, ellos reconocen desde el principio a1 fin, una unidad fundamental de plan. Podemos, por lo tanto, inferir con toda razón que si Dios hubiera de hacer una revelación de sí mismo a los hombres, esta revelación había de tener, no unidad, sino diversidad en la forma externa, especialmente diversidad de progreso o desarrollo. El hecho de que la revelación contenida en is Biblia tenga semejante diversidad es una prueba de su divinidad.
3.-Podemos considerar esta unidad en diversidad en lo que respecta a la forma del reino de Dios. Desde Adán a Abraham Dios administró los asuntos de la familia humana, en su totalidad, sin ninguna organización visible de una iglesia distinta del mundo en general. Con el comienzo de la dispensación mosaica Dios reunió su pueblo en la forma de estado, de cuyo estado él era la cabeza suprema y el legislador, a la vez que todos los gobernantes ejercían bajo su dirección las funciones de sus empleos civiles, incluso el manejo de la espada. Cuando Cristo vino separó la iglesia del estado, y le dio su presente organización espiritual y universal. En toda esta diversidad de forma externa, se reconoce fácilmente el progreso de un gran todo consistente.
4.-Ahora podemos volver al principio y considerar la diversidad en la forma del servicio público. La sencilla ofrenda de Abel, quien "trajo de los primogénitos de sus ovejas y de los sebos de ellas;" el altar de los patriarcas; el brillante ceremonial de la economía mosaica, con su sacerdocio y sacrificios; "el servicio de canto en la casa del Señor," agregado por David; el servicio de la sinagoga en tiempos más recientes; y finalmente, el sacerdocio espiritual de los creyentes bajo la dispensación del Nuevo Testamento, sacerdocio cuyo oficio es "ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios, por medio de Jesucristo" (la. Ped. 2:3)-y demostrar que a través de toda esta variedad de formas externas, la esencia del servicio de Dios ha sido siempre la misma, de manera tal que el ejemplo de los primitivos creyentes es un buen modelo para nuestra imitación. Heb. cap. 11.
5.-Podemos demostrar, además, que la misma diversidad se encuentra también en la foma de trabajo que fue dado a los siervos de Dios en las diferentes edades. La obra asignada a Noé no fue la misma que se le asignó a Abraham; ni la de Abraham la misma de Moisés; ni la de Moisés fue la de David; ni la de David fue la de Isaías, Jeremías o Ezequiel; así como ninguno de los creyentes del Antiguo Testamento recibió la gran comisión: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. " Ellos no podían haber recibido semejante comisión, porque el camino aún no había sido preparado. Abraham había de it a la tierra de la promesa, "como en tierra extraña, morando en tiendas con Isaac y Jacob" (Heb. 11 :9); Moisés había de sacar a Israel de Egipto, y ser el mediador de Dios con respecto a la ley dada en Sinaí; Josué había de tomar posesión de la tierra de la promesa, y David había de sostener esta posesión, espada en mano; los profetas habían de predecir las glorias futuras del reino de Cristo, y a los apóstoles fue reservado el predicar este reino. Pero en el plan divino esta diversidad de servicios constituye un todo consistente y harmónico.
6.-La misma unidad en medio de diversidad pertenece al espíritu de lo Revelación. Por no comprender completamente el carácter de Dios, Marción dividió la perfección divina en dos partes, consistente la una de la justicia, que atribuyó al "Demiurge" del Antiguo Testamento, y la otra en la bondad como atributo supremo de Dios en el Nuevo Testamento. Pero dejó de comprender que el carácter de Dios es por igual infinito en ambos aspectos; que su justicia es una justicia de infinita bondad y su bondad una bondad de infinita justicia. De aquí que presentara dos caricaturas de la deidad, en oposición una de otra, la una sacada del Antiguo Testamento y la otra del Nuevo; error que ha tenido muchos imitadores en tiempos modernos. Para -ser la armonía de espíritu que prevalece en todas las Escrituras, desde el principio al fin, con respecto al carácter divino, debiéramos estudiar completamente, y no en parte, sus representaciones. Es verdad que el Antiguo Testamento presenta a Dios como infinito en santidad a inflexiblemente justo; pero también lo presenta como "Jehová Dios compasivo y clemente, lento en iras y grande en misericordias y en fidelidad; que usa de misericordia hasta la milésima generación; que perdona la iniquidad, la trasgresión y el pecado" (Exo. 34:6, 7). Es cierto que el convenio de Dios bajo el Antiguo Testamento estaba restringido a una sola nación; pero esto era simplemente preparatorio a la dispensación universal de gracia-como el general que toma una fuerte posición con el propósito de conquistar toda la región. Es verdad por el otro lado, que el Nuevo Testamento es, en un sentido peculiar, una revelación de la misericordia de Dios por Jesucristo; pero es una misericordia discerniente por medio de la cual la profunda santidad y justicia de Dios resplandecen con infinita brillantez. Es una misericordia que no se demuestra a expensas de la justicia, sino en perfecta armonía con ella; una misericordia austeramente restringida a todos aquellos que cumplen con las condiciones sobre que es otorgada. E1 Evangelio es un plan de salvación, no de condenación; "porque Dios no envió a su Hijo al mundo para que condene al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él" (Juan 3:17). Sin embargo, los que le rechazan reciben la condenación, porque el Salvador inmediatamente agrega (ver. 18) : "El que cree en el Hijo no es condenado; pero el que no cree ya es condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. " Es en el Nuevo Testamento, y no en el Antiguo, donde encontramos las más pavorosas declaraciones de la ira con que Dios mirará a los finalmente impenitentes, procediendo algunas de estas declaraciones de los mismos labios del compasivo Salvador: " El Señor Jesús descenderá del cielo con sus poderosos ángeles, en llamas de fuego, tomando venganza de los que no conocen a Dios, ni obedecen el Evangelio de nuestro Señor Jesús: los cuales sufrirán el castigo de eterna perdición, procedente de la presencia de Dios y de la gloria de su poder" (2a. Tes. 1:7-9). "Aquel que no cree al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él" (Juan 3:36). "Y estos irán al suplicio eterno; pero los justos a la vida eterna" (Mat. 25 :46) .
7.-La misma armonía de espíritu prevalece en ambos Testamentos en lo que se refiere al camino de la salvación. Acerca de este importantísimo asunto las enseñanzas del Nuevo Testamento son más completas que las del Antiguo, pero jamás se hallan en contradicción con ellas. E1 Antiguo Testamento enseña que los hombres son salvos, no por los méritos de sus buenas obras, sino por la misericordia de Dios; el Nuevo Testamento agrega una gloriosa revelación con respecto a la base de esta misericordia en Cristo Jesús. Para demostrar claramente la realidad de esta armonía, tomemos un pasaje del Nuevo Testamento que encierre la sustancia del camino de la salvación, y comparémoslo con las declaraciones del Antiguo Testamento. El siguiente pasaje será muy apropiado: "No a causa de obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino conforme a su misericordia él nos salvó, por medio del lavamiento de la regeneración y la re novación del Espíritu Santo." Tito 3:5.
No a causa de obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino conforme a su misericordia él nos salvo. "No por ser vosotros más numerosos que todos los pueblos, os ha amado Jehová y os ha escogido (porque vosotros erais el mas pequeño de todos los pueblos); sino por el amor de Jehová hacia vosotros, y por guardar el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó Jehová con mano fuerte y os redimió de la casa de servidumbre, librándoos de mano de Faraón rey de Egipto" (Deut. 7:7, 8). "Por causa de lo hombre lo harás así oh Jehová, y perdonarás mi iniquidad, porque es grande" (Sal.25:11). "Apiádate de mí, oh Dios, conforme a lo misericordia; conforme a la muchedumbre de tus piedades, bona mis transgresiones" (Sal. 51:1). "No por vuestra causa voy a hacer esto, oh casa de Israel, sino por mi Santo hombre que vosotros habéis profanado entre las naciones adonde habéis ido" (Eze. 36:22). "No presentamos nuestros ruegos ante lo rostro a causa de nuestra justicia, sino a causa de tus grandes misericordias" (Dan. 9:18).
Por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo. He aquí lo quieres la verdad en lo íntimo; por lo tanto en lo recóndito de mi corazón hazme conocer la sabiduría. ¡Purifícame con hisopo, y seré limpio, lávame y quedaré más blanco que la nieve! ¡Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí! ¡No me arrojes de lo presencia y no me quites lo Santo Espíritu!" (Sal. 51:6, 7, 10, 11); "Pondré mi ley en sus entrañas, y en su corazón la escribiré; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo" (Jer. 31:33); "Luego rociaré sobre vosotros agua limpia y seréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. También os daré un nuevo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Pondré también mi espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis leyes y las pongáis por obra" (Eze. 36:25-27).
8.-El carácter austero de la dispensación mosaica es francamente aceptado. Como dispensación preparatoria, la severidad le correspondía muy propiamente. "La ley," dice Pablo, "ha sido nuestro ayo para traernos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe" (Gal. 3:24). Su oficio era educar la conciencia humana a tal extremo que estuviera preparada para recibir más completa revelación de la misericordia de Dios en Cristo. Podemos conceder que la justicia de Dios time un lugar prominente en el Antiguo Testamento y su gracia en el Nuevo; pero nunca debemos olvidar que ninguna de estas dos partes de la Revelación divina es completa por sí. Solamente cuando las consideramos en su interconexión, como partes de un gran todo, podemos comprender la unidad y armonía de espíritu que prevalece en toda ella.
De la unidad de la revelación pueden sacarse algunas inferencias de carácter muy práctico, especialmente en lo que se refiere a la interpretación del Antiguo Testamento.
9.- Cada comunicación de Dios al hombre debe ser perfecta en su lugar y medida. Porque ha procedido de la mente infinita de Dios que estableció desde el principio todo el plan de la salvación, y quien, cuando hizo la primera revelación de este plan, conocía lo que había de seguir a hizo y dijo, de la manera más perfecta, lo que era más propio que hiciera y dijera. Las revelaciones del Espíritu Santo admiten, por lo tanto, un estupendo desarrollo, pero ninguna rectificación o mejoramiento.
La primera de estas revelaciones contiene el germen de lo que había de seguir, sin mezcla o falsedad. Hay en ellas una retención de la completa luz que estaba reservada a las edades futuras, pero sin mezcla de error-sin tener nada que, bien interpretado, requiera una retractación. Por esta razón las primitivas revelaciones de Dios conservan para nosotros, que vivimos tantos siglos después, su prístina frescura y poder. Tomad, por ejemplo, la primitiva gran profecía: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre lo simiente y su simiente, ella lo herirá en la cabeza y tú le herirás en el calcañal" (Gen. 3:15). No podemos encontrar palabras que de una manera más perfecta describan el conflicto existente entre el reino de Dios y el de Satán. ¿Qué son estas palabras sino la condensación a una sola oración de toda la historia de la redención-un rayo de luz del tercer cielo que expone el destino del hombre desde Edén hasta que suene la trompeta del arcángel? Y lo mismo sucede con las más recientes profecías acerca de Cristo y su reino. Y si esto resulta cierto con respecto a las revelaciones del Antiguo Testamento, también lo es con referencia a sus instituciones. En su lugar, y dado el fin que se proponían realizar, eran todas perfectas; eran las mejores instituciones que podían existir bajo aquellas circunstancias. Como fundamento de todos nuestros razonamientos acerca de las instituciones del Antiguo Testamento, debe encontrarse el axioma siguiente: "En cuanto a Dios, sus caminos son perfectos."
10.-Las postreras revelaciones deben ser tomadas como verdaderas exponentes de las primeras. Con esto queremos decir que el Espíritu Santo es el mejor y más apropiado expositor de sus comunicaciones a los hombres. Desde el momento en que, como hemos visto, las primeras comunicaciones fueron hechas mirando a lo que había de venir, las subsecuentes revelaciones no deben ser consideradas como una masa de materiales extraños y heterogéneos agregados a las profecías originales, sino como la verdadera expansión de las primitivas profecías. Por ejemplo, la promesa hecha a Abraham: "V serán bendecidas en lo simiente todas las naciones de la tierra" (Gen. 22:18), no es tanto una nueva promesa como la explanación de la promesa original: "Ella lo herirá en la cabeza." Una mayor explanación de esta promesa la tenemos en las palabras de Natán a David "Tu casa y lo reino serán eternamente estables delante de ti; lo trono será innoble para siempre'' (2a. Sam. 7 :16); y en toda la brillante cadena de profecías en que se predice la gloria y dominio universal del reino del Mesías, hasta el día en que Gabriel anunció a María: "Será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará en la casa de Jacob eternamente; y de su reino no habrá fin" (Lúc. 1:32, 33).
Desde el momento en que la manifestación de Dios en la carne es el punto culminante de la revelación, se sigue que el Señor Jesús y sus apóstoles, a quienes él autoritativamente comisionó para desarrollar el Evangelio, deben ser, en un sentido especial, los expositores del Antiguo Testamento y de cuyas interpretaciones no hay apelación alguna cuando han sido bien comprendidas. El esfuerzo de algunas personas en hacer distinción entre la autoridad de Cristo y la de los apóstoles es completamente nulo. Así como es cierto que el Señor no podía estar en error, también lo es que él no hubiera mandado a sus apóstoles a predicar y enseñar a todas las naciones acerca de él y sus doctrinas, ni les hubiera dado el sello de su comisión, al darles poderes milagrosos, si ellos habían de continuar siendo esclavos de los prejuicios y errores de aquella época.
Muy temprano en su ministerio el Señor eligió doce apóstoles "para que estuviesen con él desde el principio, y para enviarles a predicar; y para tener autoridad de sanar enfermedades, y de echar fuera demonios" (Mar. 3:14, 15). En este corto pasaje tenemos todas las marcas distintivas de un apóstol. El apóstol era elegido para que pudiese estar con Cristo desde el principio y ser así, ante el pueblo, un testigo ocular de toda la vida pública del Maestro. Cuando se hizo necesario elegir un apóstol en lugar de Júdas, Pedro puso especial énfasis en esta cualidad: "Es pues necesario que de estos hombres que nos han acompañado todo el tiempo que el Señor Jesús entró y salió con nosotros (comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue tomado arriba de entre nosotros), uno de estos mismos sea hecho testigo, juntamente con nosotros, de su resurrección" (Act. 1:21, 22). En el apostolado de Pablo es el único caso en que se pasó por alto esta condición, y esto por haber tenido una directa y especial revelación de Jesucristo. Gal. 1:11, 12. El apóstol, además, era el que recibía la comisi0n de predicar directamente del Señor, condición en que Pablo hace especial hincapié en su propia defensa. "Pablo, apóstol (no de parte de los hombres, ni por medio de hombre alguno, sino por me-dio de Jesucristo, y de Dios el Padre, que le resucitó de entre los muertos) " Gal. 1:1. El apóstol, también, era el que recibía directamente de Cristo el poder de efectuar milagros. Este era el sello, ante el mundo, de su apostolado. En los tres particulares de que hemos hablado, los apóstoles sostenían con Cristo la relación más estrecha que era posible sostener, y por causa de esta relación se distinguían de los otros hombres. ¿Tenemos evidencia de que los apóstoles estaban divinamente calificados, por medio del ingerimiento del Espíritu Santo, para predicar y relatar los hechos y doctrinas del Evangelio, sin mezcla de error?
Creemos que tenían semejante calificación, en primer lugar, por la misma necesidad del caso. Aunque el Señor terminó la obra que el Padre le había encomendado hacer en el mundo, no terminó la revelación del Evangelio. Antes al contrario, dijo a sus discípulos poco antes de su crucifixión: " Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero no podéis sufrirlas (llevarlas) ahora. Mas cuando viniere Aquel, el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad" (Juan 16:12, 13). Veamos algunas de estas cosas que fueron reservadas para futura revelación. La naturaleza puramente espiritual del reino de Cristo no fue comprendida por los apóstoles hasta después del día de Pentecostés, porque sabemos que preguntaban poco antes de la ascensión del Señor: "¿Señor, restituirás en este tiempo el reino de Israel?" pregunta a que él no respondió, sino que los remitió a la promesa del don del Espíritu Santo (Act. 1:6-8). Otra de las cosas que ellos no podían sufrir era la abolición, por el sacrificio expiatorio de Cristo, de la ley mosaica, y con ella, de la pared divisoria existente entre los judíos y los gentiles. Esta gran verdad estaba reservada a ser revelada prácticamente en el progreso del Evangelio, como se ve en el libro de Actos, y doctrinalmente en las epístolas de Pablo. Y qué hermosa presentación tenemos en las epístolas apostólicas del significado de la muerte de Cristo en el Calvario, y- en conexión con ella, de la doctrina (le la justificación por la fe-fe no solamente en Cristo, sino en Cristo crucificado ¡Antes de la muerte de Cristo los discípulos tenían fe en su persona; pero no podían tener fe en su crucifixión por los pecados del mundo, hasta después de su resurrección y exaltación a la diestra de Dios. Estas verdades que arriba hemos mencionado-por no hacer referencia a otras, como por ejemplo, lo que Pablo dice de la resurrección en la. Cor. 15 y 1a. Tes. 4:13-18-entran en la sustancia del Evangelio. En verdad ellas forman parte integrante del Evangelio. ¿Podemos suponer que el Señor comenzara la revelación de su Evangelio con su infinita sabiduría, y que luego la abandonase para que fuera terminada por la falible sabiduría de los hombres? Si Agustín y Jerónimo en el último período del imperio romano, si Abelardo y Bernardo en la Edad Media, si Lutero y Calvino en la era de la Reformación, si Wesley y Edwards en tiempos más contemporáneos, han cometido errores, el daño que han ocasionado es relativamente pequeño; porque bajo la suposición de que los apóstoles fueron preparados por el Espíritu Santo para enseñar y escribir sin error, en sus escritos tenemos una norma infalible para juzgar los escritos más recientes de hombres no inspirados. Pero si los apóstoles que el mismo Señor eligió para que terminaran la obra que él había comenzado, y a quienes dotó de poderes milagrosos, como sello de su comisión, hubieran sido dejados sin una segura garantía contra el error, entonces no habría una norma de verdad a la que la Iglesia pudiera apelar en siglos subsecuentes. Nadie que crea que Jesús es el Hijo de Dios y que vino al mundo a hacer a los hombres una perfecta revelación del camino de la vida, puede admitir una suposición tan absurda.
En segundo lugar, tenemos las promesas directas de Cristo a sus apóstoles de que él los habilitaría para su obra, por medio del don del Espíritu Santo "Pero cuando os entregaren, no os afanéis sobre cómo o qué habéis de decir; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros" (Mat. 10 :19, 20) . "Cuando os llevaren pues, ante los tribunales, para entregaros, no os afanéis de antemano acerca de lo que habéis de decir; mas lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo" (Mar. 13:11). "Y cuando os trajeren ante las sinagogas y los magistrados y las autoridades, no tengáis cuidado de como o de que hayáis de responder, o hayáis de decir: porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella misma hora lo que conviene decir" (Lúc. 12:11, 12). "Fijad pues en vuestros corazones que no habéis de premeditar lo que debéis responder: porque yo os daré boca y sabiduría que todos vuestros adversarios no podrán contrarrestar ni contradecir" (Lúc. 21:14, 15). Las anteriores promesas son perfectamente explícitas; y aunque ellas se refieren principalmente a emergencias particulares en que los apóstoles sentirían la necesidad de divina guía, son aplicables, por su espíritu a todas las emergencias. No podemos leerlas sin dejar de comprender que contienen la promesa hecha a los apóstoles de que siempre se les ayudaría y guiaría en la obra que les fue encomendada. Si ellos habían sido habilitados para poder defender el Evangelio, sin error, ante sus semejantes -"os daré boca y sabiduría que todos vuestros adversarios no podrán contrarrestar ni contradecir "habían también de relatar los hechos del Evangelio, y desarrollar sus doctrinas en las epístolas que escribieran.
Las promesas que aparecen en el Evangelio de Juan son de un carácter más general y comprensivo Será suficiente que mencionemos dos solamente: "Estas cosas os he dicho, estando aun presente con vosotros. Alas el Consolador, es decir el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo cuanto os he dicho " (14 :25, 26) . " Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero no podéis sufrirlas ahora. Mas cuando viniere Aquel, el Espíritu de verdad, él os guiará al conocimiento de toda verdad; porque no hablará de sí mismo, sino de todo cuanto oyere hablará; y os anunciará las cosas que han de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío y os lo anunciará. Todo cuanto tiene el Padre mío es; por tanto os dije que tomará de lo mío y os lo anunciará" (16:12-15). En el primero de estos pasajes la promesa es que el Espíritu Santo traerá a la recordación de los apóstoles y desarrollará en su entendimiento todas las enseñanzas personales de Cristo; en forma tal que ellos habían de tener una más perfecta comprensión de su significado de la que pudieron tener mientras su Señor estuvo con ellos. La segunda promesa aparece con la introducción (le que el Salvador tenía aún muchas cosas que decir a los apóstoles que ellos entonces no podían sufrir o comprender. Por supuesto la revelación de estas cosas estaba reservada al ministerio del Espíritu, como él dice inmediatamente: "Mas cuando viniere Aquel, el Espíritu de verdad, el os guiará al conocimiento de toda verdad." El Espíritu glorificaría a Cristo porque había de tomar las cosas de Cristo, y las había de revelar a los apóstoles. Pero, ¿cuáles son las cosas de Cristo? "Todo lo que el Padre tiene," porque el Padre ha entregado todas las cosas en manos del Hijo. Juan 13:3. Entre "todas las cosas" están incluidos los consejos del Padre acerca del camino de la salvación por medio del Hijo. Estos son dados al Hijo y el Espíritu Santo los tomará y revelará a la Iglesia, por medio de los apóstoles, hasta donde los necesite la Iglesia. En estas maravillosas palabras tenemos una prueba de la deidad de Cristo y una completa garantía de que los apóstoles tendrían una guía a iluminación sobrenaturales en la obra que se les encomendaba-toda la guía a iluminación que ellos necesitaran, a fin de que pudieran estar en condiciones de terminar la obra de revelación del Evangelio que Cristo había comenzado, y esto sin mezcla de error.
A menudo se pregunta: ¿Fueron estas promesas hechas a los apóstoles solamente, o por su mediación a la Iglesia en general? La respuesta es bien sencilla: Ellas fueron hechas primeramente y en un sentido especial a los apóstoles; porque se referían a una obra especial que les había sido encomendada y que requería, para su ejecución, divina iluminación y gula. También fueron hechas, en un sentido importante, a la Iglesia en general; desde el momento en que todos los creyentes disfrutan, por medio de la enseñanza de los apóstoles, el beneficio de estas revelaciones del Espíritu Santo. No fueron hechas, sin embargo, a los creyentes personalmente; sino, de una vez para siempre, a la Iglesia por medio de los apóstoles. Se hace el don del Espíritu Santo a los creyentes personalmente: por medio de su poder iluminador y santificador ellos tienen la ayuda y guía que puedan necesitar. Pero ellos no han sido llamados, como los apóstoles, a poner los fundamentos de la le cristiana, y no han recibido, por lo tanto, promesa alguna de nuevas revelaciones del Espíritu acerca de ser puestos a cubierto del error, así como no han sido investidos de dones milagrosos.
Estamos ahora en condiciones de considerar, en tercer lugar, las enseñanzas de los mismos apóstoles acerca de que ellos hablaban y escribían con autoridad divina. Aunque sus palabras, como hombres, eran de muy poca importancia, estas mismas palabras, cuando son consideradas en conexión con la relación de los apóstoles hacia Cristo, con la obra que les fue encomendada y con las promesas que se les hizo, tienen la más grande importancia. Su costumbre no era alardear de su autoridad sobrenatural; sin embargo, cuando para ello se les presenta ocasión de tratar de este asunto, o cuando los falsos maestros se les oponían, hablaban de su poder de una manera clara y terminante. Por ejemplo, el apóstol Pablo, escribiendo a los Corintios, dice: "Y nosotros hemos recibido no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios; para que conozcamos lo que Dios nos ha dado. Lo cual también hablamos no con palabras que enseña la humana sabiduría, sino en la que enseña el Espíritu Santo, acomodando lo espiritual a lo espiritual" (1a. Cor. 2:12, 13); y escribiendo a los Tesalonicenses acerca de la resurrección: "Porque os decimos esto en palabra del Señor, que nosotros que vivimos, que hemos quedado hasta la venida del Señor, no seremos delanteros a los que durmieron ya" (1a. Tes. 4:15). Y otra vez escribe a los Gálatas, entre quienes su apostolado había sido puesto en duda: "Empero, os hago saber, hermanos, que el Evangelio que os ha sido anunciado por mí, no es según hombre; porque ni lo recibí de hombre, ni tampoco me fue enseñado sino por revelación de Jesucristo" (Gal. 1:11, 12) . Este lenguaje es suficientemente explícito, y solamente podía ser usado por una persona que era consciente de haber sido habilitado divinamente para enseñar el Evangelio sin error. Por eso en esta misma epístola él opone su autoridad apostólica a la autoridad de estos falsos maestros: "He aquí, yo Pablo os digo: que si os circuncidareis Cristo no os aprovechará nada" (Gal. 5:2). En la memorable carta escrita por los apóstoles y ancianos a la iglesia entre los gentiles (Act. 15:23-29), ellos dicen: "Porque ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros, no imponeros otra carga alguna que estas cosas necesarias." "Al Espíritu Santo y a nosotros" puede solamente significar "a nosotros bajo la guía del Espíritu Santo." Además de estas aserciones tan explícitas hay un tono de autoridad en todos los escritos apostólicos, que sólo puede ser explicado con el hecho de que ellos en realidad hablaban con autoridad divina. Los apóstoles presentan las más grandes verdades y hacen las más profundas revelaciones acerca del futuro, como hombres que tienen derecho a que implícitamente se les crea y obedezca. Por ejemplo, en la discusión que Pablo hace de la resurrección (1a. Cor. 15), donde anuncia verdades que trascienden la razón humana, hay una gran demostración de autoridad: " He aquí", dice, "yo os enseño un gran misterio; no todos dormiremos, pero todos seremos transformados. " (ver. 51.) Y dice esto como quien tiene la absoluta seguridad de que habla de parte de Dios. Encontramos el mismo tono de certeza en todas las observaciones que Juan hace en su Evangelio y en sus epístolas; y también en los otros escritos apostólicos.
En el segundo grado de relación con Cristo se hallan hombres que, como Marcos y Lucas, no eran apóstoles, pero que fueron compañeros de los apóstoles, y sus asociados en la obra de la predicación del Evangelio. No estamos autorizados para colocarlos en la misma línea que a los apóstoles; sin embargo, tuvieron el don del Espíritu Santo, que fue siempre dado en conexión con la imposición de manos de los apóstoles. Y si a esto agregamos que su relación con los apóstoles era de una naturaleza tan íntima que ellos no pudieron escribir nada sin su conocimiento y aprobación, tendremos que sus escritos tienen toda la autoridad apostólica. La íntima relación de Lucas y Pablo es bien conocida; y tenemos razones suficientes para creer que estaba con él cuando escribió tanto el Evangelio como el libro de los Actos. La íntima relación de Marcos con Pedro está bien demostrada por el unánime testimonio de las iglesias primitivas y es confirmada aún más por el examen de las peculiaridades de su Evangelio. Está en perfecta armonía con la posición de estos dos evangelistas el carácter de sus escritos. Ellos jamás asumen el oficio de maestros independientes, sino que se concretan a un cuidadoso relato de las palabras y obras de Cristo y sus apóstoles.
11.-La extensión de significado de una revelación dada debe ser la que el Espíritu se propuso que tuviera. No ha de ser limitada, por lo tanto, por la idea de aquellos a quienes originalmente fue hecha. Las primeras profecías fueron hechas, en muchos casos por lo menos, de acuerdo, con el subsiguiente desarrollo de su significado. Hasta que Dios no efectúe este desarrollo, ya sea por medio de otras profecías o indirectamente por el curso de su providencia, la idea que el hombre time de su significado, aunque puede ser verdadera hasta cierto extremo, siempre ha de ser inadecuada. Para citar un sólo ejemplo de una de las profecías del Antiguo Testamento: "Jehová quiso quebrantarle; le ha afligido; cuando hicieres su v ida ofrenda por el pecado, Ver, linaje, prolongará sus días, y el placer de Jehová prosperará en sus manos" (Isa. 53:10, V.M.). Nadie mantendrá que los judíos antes de la venida del Señor (sin contar sus prejuicios carnales) podían tener una verdadera comprensión del profundo significado de este pasaje, significación que es nuestro privilegio comprender. Este significado estaba comprendido en la promesa desde el principio, pero sin haber sido desarrollado. De acuerdo con esto los profetas "buscaron a inquirieron diligentemente" acerca de la significación de sus dichos y el tiempo en que habían de tener cumplimiento. 1a. Ped. 1:11. Los que niegan la realidad de la inspiración profética, para ser consistentes consigo mismos, tienen que negar también, necesariamente, el principio que hemos presentado aquí. Pero si la revelación es una verdadera comunicación de Dios a los hombres, es muy razonable creer que ella había de contener, desde el principio, los gérmenes de grandes acontecimientos de realización futura, realización que, en la historia había de ser, en unión de otras revelaciones de Dios, su verdadero expositor.
12.-Las declaraciones oscuras de las Escrituras han de ser interpretadas de acuerdo con las más claras. Un solo pasaje de la Palabra de Dios en algunas ocasiones nos da una vislumbre de alguna gran verdad que no es enseñada en ninguna otra parte de las Escrituras. De esto tenemos un admirable ejemplo en lo que dice el apóstol con respecto a que Cristo entregará el reino al Padre a la terminación de la obra de la redención. 1a. Cor. 24-28. Pero ninguna gran verdad que se relacione con el camino ale la salvación es enseñada oscuramente en la Biblia. Cada una de estas verdades aparece enseñada en todo el tenor de la Revelación, y brilla tan claramente en sus páginas que ningún lector cuidadoso y sincero puede dejar de comprender su significado. Por lo tanto, si encontramos en la Biblia pasajes oscuros y difíciles, ellos han de ser interpretados, no en contradicción con lo que se encuentra clara y completamente enseñado, sino de acuerdo con ello. I' con esto queremos decir que, en vez de usar lo que es oscuro para entenebrecer lo que es claro, debemos, por el contrarío, ilustrar lo que es oscuro por lo que es claro.
Las Escrituras enseñan con toda claridad, por templo, que Cristo es el único fundamento en que la Iglesia puede descansar. Isa. 28:16; 1a. Cor. 3: 11; Efes. 2:20; la. Ped. 2:6. Verdaderamente este es un oficio para cuya ejecución se requiere aquella omnipotencia, y aquel poder supremo en la tierra que expresamente se dice que posee el Salvador. Mat. 11:27; 28 :18; Juan 5 :19-30; 17 :2; 1a. Cor. 15 :24-28; Efes. 1:20-23; Filip. 2 :9-11; Col. 1:15-19; Heb. 1:3. Cuando nuestro Señor dice a Pedro "Tú eres Pedro (es decir, piedra, según el use que (-le la palabra se hace en el original), y sobre esta roca edificaré mi Iglesia" (Mat. 16:18), entender que aquí se hace referencia a Pedro, o a alguno de los pretendidos sucesores de Pedro, como roca, en cualquier otro sentido que el de ser instrumento en las manos de Cristo para el establecimiento de su Iglesia, es un absurdo y una blasfemia.
Además: Cristo da a Pedro las llaves del reino de los cielos con poder de atar y desatar (Mat. 16: 19) , y en otro lugar este poder es conferido a todos los apóstoles (Mat. 18:18). Pensar que Pedro y sus asociados en el apostolado tenían las llaves del reino de los cielos en el mismo sentido en que Cristo las tiene (Rev. 3 :7) , o decir que ellos tenían poder autoritativo para admitir a sus semejantes pecadores en el cielo, o para excluirlos de él, es contrario a todo el tenor del Nuevo Testamento que dondequiera representa a Cristo como el Supremo Juez de cuyo fallo depende el destino de cada hijo de Adán (Mat. 7 :21, 22; 16 :27; 25 :31-46; Juan 17 :2; Act. 17 :31; 2a. Cor. 5 :10) . Las palabras de Cristo acerca de las llaves deben entenderse en el sentido de que significan autoridad especial que él dio a sus apóstoles, como maestros inspirados y guías de la Iglesia primitiva, para arreglar todas las cosas que a ella se refiriese. Un buen ejemplo del ejercicio de este poder lo tenemos en las decisiones tomadas con respecto a los conversos gentiles. Act. 11:1-18; 15 a-19. En este sentido, el don de las llaves cesó con el don de la inspiración. Pero si, como creen algunos, estas palabras tienen referencia al común poder que Cristo dio a sus iglesias para resolver sus asuntos, administrar disciplina y admitir y excluir de su comunión, ese poder continúa en iglesias y es válido siempre que sea usado de acuerdo con la Palabra de Dios.
Así también han de ser interpretadas las palabras de Cristo que menciona el apóstol Juan : "Y habiendo dicho esto, sopló sobre ellos, y les dice Percibid el Espíritu ! A los que perdonareis los pecados, perdonados le son; y a los que se los retuviereis, les son retenidos" (20:22, 23). El perdón de los pecados es una prerrogativa de Dios, el ejercicio de la cual implica omnisciencia, así como autoridad suprema en los cielos y en la tierra. La prerrogativa de perdonar y retener los pecados de los hombres que se confiere a los apóstoles es una parte del poder general de atar y desatar que ya lea sido mencionado; y era ejercido en la esfera de la Iglesia visible en la tierra.. En lo que respecta al perdón actual de los pecados y la consecuente admisión del espíritu a comunión con Dios aquí y en la vide eterna, los ministros de Dios no pueden hacer otra cosa que presentar los términos de la salvación tal como son presentados en el Evangelio.
El mismo principio es aplicable a todos los pasajes que contienen "cosas difíciles de comprender." El "iletrado e inconstante" los desvirtúa sacándolos de su conexión y poniéndolos en contradicción con el tenor general de la Palabra Dios. Pero el buen estudiante de las Escrituras nunca use lo que es difícil en la Revelación para oscurecer lo que es claro. Por el contrario, trata de ilustrar lo que es oscuro con lo que brilla con luz clara y brillante.
13.-Como un fin apropiado a esta parte de nuestro asunto, hacemos aquí algunas sugestiones acerca de la analogía de la f e. "Podemos definirla como aquella regla general de doctrina que es deducida, no de dos o tres pasajes paralelos, sino de la armonía de todas las partes de las Escrituras que tratan de los puntos fundamentales de fe y práctica. " Horne, Int. vol. I. p. 269. La analogía de la fe está basada en dos principios fundamentales: primero, que "todas las Escrituras han sido dadas por inspiración divina," y constituyen, por lo tanto, un todo consistente, ninguna de cuyas partes puede ser interpretada en contradicción con el resto; segundo, que las verdades a que la Palabra de Dios da la mayor prominencia, y que inculca en la más grande variedad de formas, han de ser las de mayor importancia. Así comprendida, la analogía de la fe es una guía segura para la comprensión del significado del Libro Inspirado. El que la siga ha de estudiar toda la Palabra de Dios inteligentemente y en oración, y no ciertas partes especiales de ella solamente; puesto que es de toda la Biblia de donde tomamos el sistema de Revelación Divina en su justa y completa proporción. "Si vamos a las Escrituras con opiniones preconcebidas y nos sentimos más deseosos de dar al texto el sentido que coincide con nuestras opiniones, más bien que el que coincide con la verdad, entonces se convierte en la analogía de nuestra fe, y no en la analogía de todo el sistema," Horne ubi supra. En esta sustitución de la "analogía de nuestra fe" por la analogía de las Escrituras se halla el fundamento de toda controversia sectaria.
Además, el que sigue la verdadera analogía de la fe, no permitirá que ninguna doctrina que pertenezca al tenor de la Revelación Divina sea debilitada o echada a un lado en interés de otra doctrina también bíblica.
Las Escrituras enseñan, con gran frecuencia y claridad, por ejemplo, que los hombres son salvados, no por el mérito de sus obras, sino simplemente por la libre gracia de Dios por medio de la Se en Cristo. También enseñan con igual frecuencia y claridad, que sin arrepentimiento y obediencia a la ley divina, no hay salvación. Estas dos declaraciones no son contradictorias, sino que se suplementan mutuamente; porque simplemente presentan dos lados del mismo plan de salvación. Sin embargo, pudiera suceder que a algún estudiante bíblico le fuera imposible conciliar, de una manera lógica, dos declaraciones como las siguientes: "Concluimos pues que el hombre es justificado por fe, aparte de las obras legales" Rom. 3:28); "No todo aquel que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino el que hiciese la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mat. 7 :21) . ¿Qué hemos, pues, de aconsejarle que haga? Es bien claro que su primer deber es recibir y sostener ambas doctrinas. Después puede tratar de reconciliarlas de una manera lógica; pero si fracasa en esta obra, no debe negar una doctrina, o desmeritar su importancia, en interés de la otra. El mismo principio es aplicable a otras muchas dificultades doctrinales, cuya enumeración no es necesario que hagamos aquí.
Finalmente, un verdadero respeto a la analogía de la fe hará que nuestro sistema de creencia y práctica sea completa, y bien proporcionada en todas sus partes. Cada declaración de la Palabra de Dios ha de ser recibida en espíritu de reverencia y obediencia. Pero por cuanto que las Escrituras insisten más en unas doctrinas que en otras, lo justo es que, en este respecto, aceptemos la guía del Espíritu Santo. El anhelo de todo fiel creyente debe ser dar a cada doctrina y precepto de la Revelación el lugar y la prominencia que se le asigna en la Biblia. Y sobre todo, ha de tener especial cuidado en evitar que los pasajes oscuros y dudosos de las Escrituras sean interpretados en forma tal que vengan a contradecir las más claras enseñanzas de la Palabra Inspirada.
El estudio práctico de la Biblia, esto es, su estudio como "útil para enseñanza, para reprensión, para corrección, para instrucción en justicia," se resume en una gran parte a la comparación de una Escritura con otra Escritura, y especialmente a la comparación de paralelismos doctrinales. Todo lo que la Biblia enseña desde el Génesis hasta Revelación con respecto a la personalidad y atributos de Dios, su gobierno providencial, la persona y oficios ale Cristo y el camino de la salvación por él, el destino final de los justos y de los injustos, todo debiera ser diligentemente comparado, a fin de que del todo podamos obtener un más completo y bien proporcionado sistema de fe y práctica, según se encuentra contenido en las páginas de la Inspiración. Mientras dejemos de hacer semejante cosa, nuestra concepción de la verdad divina será defectuosa y desproporcionada. La solemne amenaza que se hace con respecto al último libro de la Biblia es también aplicable a toda la Revelación: "Si alguno pus adición a estas cosas, Dios pondrá sobre él las plagas que están escritas en este libro: y si al,,uno quitase de las palabras de esta profecía, quitará Dios su parte del libro de la vida, y de la ciudad santa y (le las cosas que están escritas en este libro. Rev. 22:18, 19.

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CAPITULO V
TIPOS BÍBLICOS
1.-El mundo material está lleno de analogías propias para ilustrar las cosas espirituales. Ningún maestro jamás sacó tantos y tan variados ejemplos de esta mina inagotable, como el Salvador. Compara a sus discípulos a la sal de la tierra, a la luz del mundo, a una ciudad asentada sobre una montaña. De los pájaros que Dios alimenta y los lirios que Dios viste, enseña cuán falto de razón es estar en ansiedad de las cosas terrenales. El reino de los cielos es semejante a la semilla que es sembrada en diferentes terrenos, a un campo en que crecen juntos el trigo y la cizaña, y a la simiente que crece sin que el que la sembró sepa cómo. Es también semejante a la red echada en la mar, a la semilla de mostaza, y a la levadura que fue escondida en tres partes iguales. Cuando el Señor comenzaba a enseñar toda la naturaleza se presentaba a su vista, lista para darle argumentos e ilustraciones; y muy bien podía hacer esto, por cuanto que el Dios de la naturaleza es el mismo Dios de la Revelación. El mundo de actividad secular abunda también en analogías semejantes, analogías sobre las cuales se basan otra clase de parábolas del Señor; como la de la viña entregada en manos de labradores, los siervos a que se les entregó diferentes clases de talento, las diez vírgenes, el amigo importuno, el juez injusto, el mayordomo infiel, el hijo pródigo, y otras más que no es necesario enumerar. Esta clase de analogías, sin embargo, no constituyen tipos propiamente. Los tipos se basan en analogías, pero no consisten en analogías simplemente.
2.-En la historia del pueblo de Dios, además, tanto como en la del mundo que él gobierna en relación con ese pueblo, el presente continuamente está señalando a algo más grande en el futuro. Esto tiene que ser así, porque la cadena de acontecimientos de su historia constituye, en el plan de Dios, no serias faltas de conexión, ni un confuso montón de incidentes, semejante a un montón de piedras que han sido arrojadas allí sin orden ni designio, sino un todo bien ordenado. Es como un edificio en el cual las piezas que ya han sido colocadas indican lo que ha de hacerse después. Es como el desarrollo de una planta, en la cual la "hoja" es una prefiguración de "la espiga," y la espiga del "grano que viene en ella." El primer crimen, cuando Caín se levantó contra Abel su hermano, y le mató," "porque sus obras eran malas y las de su hermano Abel buenas," fue el comienzo del gran conflicto entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente-el precursor del gran conflicto tenido en Egipto entre Faraón, por parte del diablo, y el pueblo elegido, por parte de la simiente de la mujer. Este conflicto en Egipto, a su vez, prefigura la todavía mayor contienda entre la verdad y el error en Canaán--- contienda que continuó por tantos siglos, y en la cual tomar un parte, por ambos lados, tantos reyes y hombres poderosos; y la que, a su vez, dio lugar al grandísimo conflicto entre el reino de Cristo y el de Satán, conflicto que comenzó en el día de Pentecostés v que todavía subsiste. Esta continua prefiguración del futuro por el presente, es esencialmente de naturaleza típica, sin embargo, no constituye, por sí misma, lo que nosotros entendemos por tipo en el sentido general de la palabra.
3.-El tipo es un símbolo ordenado por Dios para bosquejar algo más elevado en el futuro, a lo que se llama antetipo. Esta definición incluye tres particulares: (1) El tipo ha de ser un verdadero bosquejo de la cosa tipificada, aunque por la misma naturaleza del caso, el bosquejo tiene que ser, necesariamente, inadecuado-una sombra solamente del antetipo, y no su sustancia, Así, el cordero pascual fue un tipo de Cristo, aunque el antetipo es infinitamente más importante que el tipo. (2) El símbolo ha de ser de ordenanza divina, y como tal designado por Dios para representar al antetipo. Debemos recordar cuidadosamente, no obstante, que dado la misma naturaleza del caso, la intención divina no puede ser claramente expresada cuando el tipo es instituido. El cordero pascual tipifica "el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo"; pero no fue hasta siglos después de la institución de la pascua que Dios comenzó a anunciar, por medio de los profetas, el próximo sacrificio del gran Antetipo ( Isa. 53; Zac. 13:7 ) , y la gran importancia del tipo sólo fue revelada cuando el sacrificio de "Cristo nuestra pascua" se llevó a cabo en el Calvario. (3) Desde el momento en que el tipo es "la sombra de las buenas cosas que han de venir," se sigue que el Antetipo pertenece al futuro. Un simple símbolo puede pertenecer al presente o al inmediato futuro; puede representar algo que existe ahora, o que pronto ha de existir, con respecto al cual el secreto no es necesario. -Así vemos que los escritores sagrados explican libremente el significado de los símbolos que emplean ( Núm. 17; Josué 4 :1-7; 1 a. Sam. 7:12; 10:1), y el mismo símbolo de la unción aparece en otros lugares (1a. Rey. 11:29-39; 22:11), donde un falso profeta usa un símbolo (Isa. 20; Jer. 1:11-14; 13 :1-11; Ezeq. 3; Amós 7 :1-9; 8:1-9; Zac. 1:8-11, etc. ) . El verdadero tipo, por el contrario, reconocido desde el tiempo de su institución, mira hacia el distante futuro. La gran realidad que prefigura puede ser considerada por los profetas "como en un espejo oscuramente"; pero sólo el aparecimiento del antetipo puede darnos una perfecta explicación de su significado.
Los tipos del Antiguo Testamento han sido clasificados de diversas maneras; pero nosotros nos proponemos estudiarlos bajo don divisiones solamente, a saber: tipos históricos y tipos rituales. 
I.- TIP0S HISTORICOS.
4.-La extravagancia de una clase de expositores bíblicos en convertir la historia del Antiguo Testamento en alegoría típica de las personas y acontecimientos de la dispensación evangélica, ha producido una gran reacción, llevando a algunos a negar completamente la existencia de tipos históricos. Pero esto es it a uno de los extremos del error. Nadie que reconozca a los escritores del Nuevo Testamento como los verdaderos expositores del significado del Antiguo, puede consistentemente negar la existencia de semejantes tipos en el Antiguo Testamento, porque epos interpretan porciones de su historia de una manera típica. Pero es de la mayor importancia que entendamos, con respecto a esa historia, que ella tiene en sí misma, una verdadera y propia significación, aparte de su importancia típica. No es alegoría que tomada literalmente no time sustancia; no es mero tipo como los ritos de la ley mosaica, el significado del cual se halla completamente exhausto en su oficio de prefigurar al antetipo; sino que es verdadera historia, útil pare los hombres de aquel día, que llena su oficio en el plan de la providencia de Dios, y que contiene, cuando la miramos como simple historia, grandes lecciones que enseñar. La llamamos historia típica por que, siguiendo la guía de los escritores del Nuevo Testamento, non vemos obligados a considerarla como ordenada por la providencia de Dios pare prefigurar algo más elevado en la dispensación cristiana.
Ningún lector cuidadoso del Nuevo Testamento puede dudar por un momento que el reino de David tipificaba el reino de Dios. Hay, en verdad, un sentido muy importante en el que el reino de David era idéntico al reino de Cristo; porque su elemento principal era la congregación de Dios, fundada en el convenio con Abraham y que es en todas las edades una a indivisible. (Rom. 11:17-24; Gal. 3:14-18; Efes. 2:20). Pero ahora hablamos del reino de David en su forma externa, que era temporal y tipificaba algo superior. En este sentido es manifiesto que Dios lo instituyó pare prefigurar el del Mesías. El gobierno de David prefiguraba el más elevado gobierno del Redentor; son conflictos con los enemigos del pueblo de Dios y su final victoria, los conflictos y victorias de Cristo. Lo mismo sucedió con Salomón, y en un sentido con todos los reyes de la familia de David, en tanto que fueron fieles a su oficio de guías elegidos del pueblo de Dios. Si rechazamos este principio, la opinión que el Nuevo Testamento time de un gran número de los salmos –los llamados mesiánicos- es completamente visionaria.
Pero ni el reino de David ni su gobierno en él fueron tipos meramente. La nación que el gobernó fue una realidad histórica, un verdadero poder entre las otras naciones de la tierra. Su reinado también con sus conflictos y triunfos, pertenecen a la verdadera historia; él libertó al pueblo de su época del poder de sus enemigos; y cuando estudiamos ese reino, sin hacer referencia a su carácter típico, aun entonces vemos que time grandes lecciones para todas las edades.
Las declaraciones de las Escrituras con respecto a la naturaleza típica del oficio profético no son tan numerosas ni tan decisivas como las que se refieren al oficio real; sin embargo, en el libro de Deuteronomio hay un admirable pasaje que nos permite inferir legítimamente que semejante oficio era típico de Cristo. Cuando Dios habló directamente al pueblo de Israel de entre las nubes y el fuego de Sinaí, no pudiendo el pueblo resistir esta manera de comunicación, pidió a Dios que en adelante se dirigiera a ellos por medio del ministerio de Moisés: "Habla tú con nosotros que nosotros oiremos; nunca hable Dios con nosotros no sea que muramos" (Exo. 20:19). Con respecto a esta petición Dios dijo a Moisés: "Acertaron bien en lo que han dicho: Profeta les he de levantar, de en medio de sus hermanos, semejante a tí; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo cuanto yo le mandare. Y sucederá que el hombre que no obedeciere a mis palabras que él hablará en mi nombre, yo mismo le pediré cuenta de ello" (Deut. 18:17-19). Los puntos esenciales de esta promesa son: que el profeta prometido había de ser semejante a Moisés, es decir, un profeta cuyas palabras habían de estar investidas de suprema autoridad; y, especialmente, que había de ser levantado de entre sus hermanos, y había de ser, por consiguiente, hombre como ellos. La promesa time manifiestamente el propósito de llenar las necesidades del pueblo elegido desde aquel día en adelante. Sin embargo, el gran y profeta en quien tuvo cumplimiento esta promesa, 0o apareció hasta que hubieron pasado quince siglos o más. Mientras tanto la promesa fue cumplida al pueblo elegido de una manera típica por medio de la sucesión de profetas, quienes hablaron en nombre de Dios, y que eran hombres como sus hermanos a quienes eran enviados. En estos dos particulares esenciales, el oficio profético prefiguraba a Cristo, el gran Antetipo.
El Antiguo Testamento no sólo contiene típicos órdenes de hombres, sino también transacciones típicas; esto es, transacciones que, a la vez que tenían su propia significación como parte de la historia del pueblo de Dios, fueron ordenadas por el Altísimo para señalar con gran claridad las más elevadas verdades del reino de Cristo. A esta clase de transacciones pertenece la llevada a echo entre Melquisedec y Abraham, relatada en el capítulo catorce de Génesis. Considerado en sí mismo, el sacerdocio de Melquisedec pertenece a la clase de los tipos rituales. Pero en sus relaciones con Abraham hay una acumulación de circunstancias históricas, arregladas por providencia de Dios para señalar al más elevado sacerdocio de Cristo. (1) Melquisedec unía en su persona los oficios real y sacerdotal, como sucede con el Mesías. En el Salmo 110 es de igual manera, un rey investido por Dios con soberanía, universal, a quien se hace la siguiente declaración
"Juró Jehová, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec." (2) En su dignidad oficial él era superior a Abraham, y superior, por consecuencia, a todos los descendientes naturales de Abraham; porque Abraham le pagó tributos, y recibió de él la bendición sacerdotal (Gen. 14:19,20); "Mas sin disputa alguna, el menor es bendecido del mayor" (Heb. 7:7). (3)Su sacerdocio era sin limitación, y tenía, consecuentemente, el atributo de universalidad. En su ejercicio no estaba restringido a la nacionalidad, porque Abraham no era de su pueblo. (4) El no pertenecía a la clase de sacerdotes que trasmitían su oficio de padre a hijo. No tenía, hasta donde podamos saberlo, predecesores, y no tuvo sucesor en su sacerdocio. El autor de la epístola a los Hebreos lo presenta como quien es "sin padre, sin madre, sin genealogía, no teniendo ni principio de días, ni fin de vida, mas hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre" (Heb. 7:3). En la interpretación de este difícil pasaje, debemos comenzar por el principio axiomático de que Melquisedec era un ser humano. El no pudo ser, como creen algunas personas, el mismo Hijo de Dios; porque ¿cómo podía el Hijo de Dios ser ''hecho semejante al Hijo de Dios?" Tampoco podía ser ángel, porque los ángeles no participan de la naturaleza humana, y no podía, por esta causa, tipificar al que vino en naturaleza humana a libertar a los que son "participantes de carne y sangre" (Heb. 2:14-18; 4:15; 5:1,2) . Y si fue un hombre verdadero, entonces era "sin padre, sin madre, sin genealogía," no en un sentido absoluto, sino con referencia a su sacerdocio. Fue un sacerdote cuya genealogía natural no se menciona, porque su sacerdocio no estaba restringido, como el de los sacerdotes levitas, a una línea particular de descendencia. Recibió su sacerdocio de Dios, sin predecesores ni sucesores. Las palabras que siguen ("no teniendo principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece para siempre"), son más difíciles de interpretar. Es seguro, sin embargo, que ellas no pueden ser entendidas absolutamente. Estas palabras son comúnmente interpretadas por el mismo principio que las anteriores, a saber: que al omitir del relato inspirado toda limitación de la vida de Melquisedec, así como de su descendencia, fue el propósito de Dios prefigurar la naturaleza no limitada del sacerdocio de Cristo; que el apóstol describe a Melquisedec, el tipo, en términos que solamente son verdaderos, en su significado más profundo, tratándose de Cristo, el Antetipo. Los que admitiendo que Melquisedec era un ser humano, no están satisfechos con esta interpretación, hen de dejar las palabras del apóstol sumidas en el misterio.
Pero cualquiera que sea la oscuridad en que aparecen envueltos los datos que tenemos acerca de Melquisedec, estos datos afirman absolutamente la naturaleza típica de su sacerdocio, pare diferenciarlo de la naturaleza del sacerdocio levita. El era un tipo de Cristo no sólo como sacerdote, sino también en el carácter peculiar de su sacerdocio. Unió a su sacerdocio el oficio real; fue superior en dignidad a Abraham y a los sacerdotes levitas; y su sacerdocio tenía el atributo de universalidad. En él tenemos, por lo tanto, un ejemplo indudable de tipo histórico.
No sin razón ha silo considerada la libertad del pueblo escogido de la esclavitud de Egipto, su viaje a través de los desiertos de Arabia, bajo la dirección de Dios, y su situación en la tierra de Canaán, como típica de la redención, guía y salvación que se recibe por Cristo. Desde los mas primitivos tiempos de la Iglesia Cristiana esta maravillosa historia ha sido el manantial inagotable de analogías pare la ilustración de la experiencia cristiana, En su peregrinación por este valle de lágrimas, el creyente vuelve instintivamente su vista a esta historia pare encontrar en ella instrucción y aliento. La poderosa interposición de Dios cuando los israelitas estaban "aún sin fuerza" en su esclavitud; la protección que les dio por la sangre del cordero pascual, rociada en los frentes de las cases, cuando pasó por Egipto el ángel exterminador; la apertura de un camino por en medio del mar Rojo cuando no había memo humano de escape; el viaje por el desierto; lo columna de nube por el día y de fuego por la noche pare guiarlos; el agua que brotó de la coca pare apagar su sed; el maná que descendía del cielo en cede mañana pare alimentarlos; la estricta discipline de Dios en contra de su falta de fe, su desobediencia y extravagancia; la final preparación pare la conquista de Canaán, y el éxito obtenido en esta conquista-toda esta serie de acontecimientos se adapta maravillosamente pare ilustrar el curso de la experiencia cristiana. ¿Quién se atreve a decir que Dios no lo ordenó todo a este fin? No creemos que todo ello sea meramente un tipo; creemos que es una verdadera historia muy útil pare los hombres de aquella época-una verdadera liberación terrenal, una guía, una alimentación en el desierto, una conducción a la posesión de una verdadera habitación terrenal. Pero decimos que es tina verdadera historia ordenada por Dios en tal forma que pudiera tipificar la peregrinación del creyente a la Canaán celestial. Es indudable que el autor de la epístola a los Hebreos consideró este descanso del pueblo elegido en la tierra de Canaán como un tipo del descanso en el cielo (Heb. 3:7-4:11). Y si esta parte de la historia era típica, es razonable inferir que toda lo era. Pertenece a la naturaleza del tipo, por un lado, que no exponga completamente aquello que ha de ser su antetipo; y por el otro lado, que el tipo tenga algunas earacterísticas que no correspondan al antetipo. El sacerdocio de los hijos de Aarón tipificó el sacerdocio de Cristo, como veremos, de una manera inadecuada; mientras que el pecado que era natural en los sacerdotes descendientes de Aarón, no solamente no corresponde al carácter del Antetipo, sino que era una contradicción de él. Lo mismo sucede con los tipos históricos que hemos considerado: representan al Antetipo de una manera inadecuada y solamente en algunos respectos.
II.-TIPOS RITUALES.
5.-Los sacrificios eran la parte más importante del ritual judáico. Pero los sacrificios implican la existencia de una persona que los ofrezca, de un Dios personal a quien son ofrecidos, y un sacerdocio por medio del cual se ofrecen. En los tiempos primitivos del mundo los hombres ofrecían sacrificios en su propio beneficio y el de su casa, cualquiera que fuese el lugar en que se hallaran. Gen. 4:4; 8:20; 12:7,8; 31:54; 33:20; 35:1,7; 4:61; Job 1:15; 42 :8. Pero al establecimiento de la economía mosaica, el oficio sacerdotal fue restringido a la familia de Aarón. Desde entonces todo el que deseaba ofrecer sacrificios tenía que ofrecerlos por mediación de los sacerdotes de la descendencia de Aarón. Era una parte de la naturaleza de la economía mosaica que Dios tuviese una morada visible entre los israelitas. En las instrucciones dadas para la fabricación del tabernáculo, se dice: "Y me liarán un santuario para que yo habite en medio de ellos" (Exo. 25:8). El santuario material, por consiguiente, era la morada visible de Dios, el lugar donde él se manifestaba a su pueblo y recibía su adoración, de acuerdo con los ritos establecidos por Cl mismo; siendo todo en ese santuario, como veremos, típico de cosas más elevadas que pertenecen a la redención que se obtiene por Cristo. Y como que este santuario era la morada elegida de Dios, se sigue, como consecuencia necesaria, que después de su erección todos los sacrificios habían de ser traídos su altar, para ser presentados allí a Dios por medio de los sacerdotes elegidos por el.
6.-El tabernáculo mosaico era movible y de estructura muy sencilla en su plan. La armazón de tres de sus lados consistía de tablas verticales, o más bien vigas (porque de acuerdo con la unánime opinión de los rabinos judíos, eran de un codo de grueso), puestos unos al lado del otro, y sostenidos en esa posición por barras transversales que pasaban por unos anillos de oro. Así estaba formado el recinto que era de diez codos de alto, treinta de largo, de Este a Oeste, y diez de ancho; e1 extremo Este, que era el frente, tenía solamente un velo suspendido de cinco pilares de Sitim. Sobre las paredes así formadas de este recinto, y colgando por ambos lados, se había extendido una rica cubierta formada por once cortinas unidas, de "lino fino, azul, púrpura y escarlata con querubines de precioso trabajo." Sobre esta había otra cubierta formada por diez cortinas de pelo fino de cabra, unidas entre sí, y arriba de ésta otras dos colgaduras, siendo la primera de pieles de carnero teñidas de rojo, y la superior de pieles de tejones. Al rededor del tabernáculo había un atrio de cien codos de largo por cincuenta de ancho, cerrado por cortinas de lino fino sostenidas por cinco pilares de cinco codos de alto. El interior del tabernáculo estaba dividido en dos panes, por un velo que pendía de cuatro pilastras: el santuario interior, o santo santísimo de diez codos cuadrados; y el santuario exterior, o lugar santo de veinte codos de largo por diez de ancho.
En un sentido más general, se llamaba tabernáculo a toda la estructura movible que se hallaba dentro del atrio. Pero en un sentido más restringido, la rica corona interior se distinguía en la descripción mosaica como " el tabernáculo," mientras que el recinto cubierto por la corona de piel de cabras se llamaba "la tienda" (Exo. 26:1-30; 36; 8, 14, 19) . El verdadero significado de la palabra que aparece traducida lo tejones en nuestras versiones comunes, es incierto. Algunos eruditos creen que aquí se hace referencia a la foca.
7.-Hemos visto que el tabernáculo era la morada visible de Dios. Pero el palacio de un rey time sus cámaras de audiencia, donde recibe a sus súbditos y oye sus peticiones. De igual manera el tabernáculo mosaico, y después el templo, tenía su "santo santísimo" y su "lugar santo", siendo el primero, en cierto sentido especial, la habitación del Dios de Israel. E1 tabernáculo con sus muebles, su sacerdocio, sus servicios, se dice en el Nuevo Testamento que era "una sombra de los bienes venideros" (Heb. 10:1) . A menos que comprendamos su carácter típico, no podremos tener una verdadera comprensión de su significado.
8.-Al estudiar las verdades que enseña el tabernáculo mosaico, debemos comenzar por los materiales usados en su construcción. En esto debemos notar dos cosas: su preciosidad y la gradación observada en este respecto.
(1) Su preciosidad. Todos los materiales eran de la clase más costosa y durable-oro, plata, lino fino teñido de púrpura y escarlata, madera de acacia (sitim en algunas versiones), el bronce que era usado solamente en la parte exterior. Es obvio que esto representa la gloria y excelencia del servicio de Dios, y la correspondiente obligación, por parte de los adoradores, de dar a Dios lo mejor de lo que tienen.
(2) La graduación en la preciosidad de los materiales tenía referencia al santuario interior, donde, como más adelante veremos, Dios moraba entre dos querubines que daban sombra al lugar propiciatorio. El orden de gradación era el siguiente: Mientras más cerca de la morada de Dios, mayor la gloria; y de aquí que, para significar esta gloria, se usaran los materiales más preciosos. De acuerdo con ésto, el propiciatorio donde Dios moraba entre querubines, era de oro puro. Toda la obra de madera del tabernáculo y sus muebles, estaba cubierta de oro. La cubierta interior del tabernáculo, así como el velo que se hallaba suspendido delante del arca y que separaba el lugar santo del santísimo, era de "lino fino, jacinto, púrpura y escarlata, con querubines de labor primorosa." El velo exterior, a la entrada del santuario externo era de los mismos materiales, pero sin los querubines; mientras que las cortinas del atrio eran hechas semejantemente de lino fino suspendidas de pilares de acacia, no recamados de oro. Las anillas que en los pilares sostenían las transversales del interior, eran de plata; pero las del exterior y los pilares del atrio eran de bronce.
9.-Pasando ahora a la distribución del tabernáculo, naturalmente comenzamos por el santuario interior. En él, entre las alas de los querubines que daban sombra al lugar propiciatorio, o tapa del área, estaba el Shekinah, o morada visible de Jehová. En el área, debajo de la mesa de propiciación, estaban colocadas, por instrucción divina, las dos tablas de la ley-. Exo. 25:16 comparado con 1a. Rey. 8:9. Este era su lugar apropiado. Ellas emblematizaban la gran verdad de que Dios es el fundamento de la ley, y que todos los que se alleguen a el deben hacerlo en espíritu de verdadera obediencia.
Sabemos que la morada de Dios estaba entre los querubines, porque en las direcciones dadas originalmente para la construcción del área, se dice: "Y colocarás el propiciatorio sobre el área por la parte de encima; y dentro del área pondrás las tablas del testimonio que yo lo voy a dar. Y allí tendré entrevistas contigo a tiempos señalados, y hablaré contigo desde encima del propiciatorio, de en medio de los dos querubines (que están sobre el área del testimonio), respecto de todo lo que lo ordenaré en cuanto a los hijos de Israel" (Exo. 25:21,22). De acuerdo con estas palabras, Dios repetidamente proirieti0 que él se mostraría a Moisés en el área del Testimonio (Exo. 30 :36; Lev. 16 :2; Núm. 17:4); y después de la dedicación del tabernáculo y su altar, se dice que "cuando Moisés entro en el tabernáculo para hablar con el Señor, oyó una Voz que le hablaba desde encima del Propiciatorio, que estaba sobre el arca del Testimonio, de entre los dos querubines; la cual Voz hablaba con él" (Núm. 7:89). Así que a Jehová se le describe en el Antiguo Testamento como el que mora entre los querubines (1a. Sam. 4:4; 2a. Sam. 6:2; 2a. Rey. 19:15; Sal. 80:1; 99:1; Isa. 37:16) .
10.-En el santuario exterior, delante del velo que lo separaba del santo santísimo, en el lado Sur, estaba el candelabro de oro, con sus siete lámparas que ardían continuamente delante del Señor (Exo. 27:20; 40:24,25; Ley. 24:25) , y en el lado Norte la mesa de los panes de la propiciación, cuyas doce tortas eran removidas semanalmente (Exo. 25:30; 40:22,23; Lev. 24:5-9) . Todas estas cosas testifican la. luz y la vida que vienen de la presencia de Dios por medio de las ordenanzas elegidas por el; y desde el momento que el fin de estas ordenanzas es Jesucristo, ellas lo prefiguraban como la Luz del mundo y el Pan de vida (Juan 8:12; 12:46; 6:25-48; y especialmente Juan 1:4. Entre el candelabro de oro y la mesa de la propiciación, enfrente del arca y separado de ella por el velo interior, estaba el altar de oro del incienso, sobre el cual los sacerdotes quemaban grato incienso delante del Señor todas las mañanas y tardes (Exo. 30:6-8; 40:26,27), cosa con que se simbolizaba la intercesión de Cristo, intercesión por la que las oraciones de los santos son aceptables a Dios.
En el libro de Revelaciones se representa a un ángel ofreciendo sobre este altar de oro mucho incienso junto con las oraciones de los santos. "Y el humo del incienso, añadido a la oración de los santos, subió de la mano del ángel, en la presencia de Dios" (Rev. 8:3,4). Este pasaje parece garantizar la interpretación que arriba hemos dado a este símbolo; no que el pueblo elegido de la antigüedad comprendiera completamente su significado, ni el de los otros tipos simbólicos, sino que tal era la mente del Espíritu, según había de ser manifestado en su oportunidad.
Hay una opinión con respecto al ceremonial mosaico que lo convierte simplemente en una representación. escénica de la corte de un rey; en la cual el tabernáculo representa el palacio real, el incienso el homenaje que se rinde al monarca, (comparece con Dan. 2:46), los sacrificios el pan de la Propiciación, y los otros sacrificios incruentas, a la provisión hecha para su mesa, los sacerdotes a sus sirvientes, etc.; por lo cual todo se reduce a la idea del servicio que se rinde a Jehová como monarca nacional, excluyendo las representaciones típicas de la provisión que Dios ha hecho para las necesidades espirituales del hombre. Esta representación escénica del ritual mosaico, es tanto superficial como falsa. Es verdad que en el ritual se rinde servicio a Dios; pero es un servicio que tipifica la provisión que Dios hace para las necesidades del hombre como ser caído -luz para su inteligencia entenebrecida, vida para su naturaleza espiritual muerta en transgresiones y pecado, y reconciliación con Dios por la sangre de Cristo, Esta es la continua interpretación que se dá en el Nuevo Testamento a. las ordenanzas carnales del Antiguo.
11.-En el atrio, delante del tabernáculo estaba el altar de bronce con. su Jofaina. En él corría, de edad en edad, la sangre de los sacrificios-un cordero cada mañana y tarde, y en el día de sábado dos corderos en la mañana y dos en la tarde, y además todos los sacrificios públicos relacionados con las fiestas nacionales y los sacrificios privados de los individuos. El Nuevo Testamento nos enseña que los sacerdotes levíticos que ministraban en el altar judaico tipificaban a Cristo, nuestro gran sumo sacerdote. En el salmo 110 que el mismo Salvador cita como escrito por David, "en espíritu" y que se refiere a él (Mat. 22:41-45; Mar. 12:15-17) , se representa al Mesías como uniendo en sí los oficios real y sacerdotal. En Zacarías (6:9-14) hay una admirable transacción simbólica que contiene la misma representación. Se manda al profeta, en presencia de testigos competentes: "Tomarás plata y oro, y harás coronas, y ponerlas has en la cabeza de Josué (la palabra hebrea corresponde a la griega Jesús que es la que aparece en este pasaje de la Septuaginta) hijo de Josedec, el sumo sacerdote." En su oficio de sumo sacerdote, Josué tipifica a Cristo, nuestro Gran Sumo Sacerdote. Por el acto simbólico de la coronación de Josué se tipifica el oficio real de Cristo en su unión con su oficio sacerdotal. De aquí que se mandara al profeta a añadir: "Así dice Jehová de los ejércitos; Mirad al hombre cuyo, nombre es EL Vástago" (compárese con cap. 3:8 e Isa. 11:1; Jer. 23 :4-6; 33 :15,16); " de su propio tocón brotará; y edificará el templo de Jehová; sí, edificará el templo de Jehová, y llevará sobre sí la gloria; y se sentará y reinará sobre su trono; y el consejo de la paz estará entre los dos." De acuerdo con estas interpretaciones, una gran parte de la epístola a los Hebreos se ocupa de la discusión del oficio sacerdotal del Señor, en el cual, sin contradicción alguna, el es presentado como el gran Antetipo tanto de Melquisedec como de los sacerdotes levitas.
12.-Si los sacerdotes levíticos tipificaban a Cristo, se sigue que los sacrificios que ellos ofrecían eran también típicos del sacrificio de Cristo por los pecados del mundo. Así que la epístola a los Hebreos arguye: "Todo sumo sacerdote está constituido para ofrecer dones y también sacrificios; por lo cual es necesario que este Sacerdote también haya tenido algo que ofrecer" (8:3). Los sacerdotes levíticos estaban "ministrando día por día, ofreciendo muchas veces unos mismos sacrificios, que no pueden nunca quitar los pecados" (10:11). Sus ofrendas eran solamente típicas de expiación, y tenían, por consiguiente, que ser continuamente repetidas hasta que apareciera el Antetipo. Pero Cristo ofreció su propia sangre en el Calvario, por lo cual obtuvo cierna redención para nosotros, así que su sacrificio no tiene que ser repetido. El fue "ofrecido una vez para llevar los pecados del mundo"; y por medio de "una ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que son santificados" (9:11-14, 25,26; 10:10-14).
Pero esta doctrina con respecto al carácter típico de los sacrificios levíticos no se halla restringida en el Nuevo Testamento a la epístola de los Hebreos solamente, sino que aparece claramente en todo él. Juan el Bautista, el precursor del Mesías, le presentó como "el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Juan 1:29). Estas palabras encierran la idea de un sacrificio propiciatorio, o lo que es lo mismo, un sacrificio expiatorio; puesto que por medio de la expiación de nuestros pecados Cristo hace propiciación para con el Padre. Llevando el pecado del mundo Cristo lo expía, y así lo quita del mundo. Así que el es "la propiciación por nuestros pecados, y no sólo los nuestros, sino también por 104 de todo el mundo" (1a. Juan 2:2).
E1 mismo Salvador anunció su propósito de morir por los pecados del pueblo: "Yo doy mi vida por las ovejas." "Por esto el Padre me ama, por cuanto que pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla y poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre" (Juan 10:15, 17,18). Y a fin de que nadie pudiera creer que él moría como mártir, dice siempre que "el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos "-más literalmente,-" en rescate en lugar de muchos" (Mat. 20:28; Mar. 10:45), pasaje en que se afirma implícitamente el carácter vicario y de sacrificio de la muerte de Cristo.
Pero el carácter vicario y de sacrificio de la muerte de Cristo fue más comprendido después d: su resurrección. Hemos visto la opinión que de ella se time en la epístola a los Hebreos; y con esta opinión están conformes los otros escritores del Nuevo Testamento. Jesucristo es el gran paciente preanunciado en el capítulo 53 de Isaías, que "fue traspasado por nuestras rebeliones, quebrantado por nuestros pecados, "el castigo de nuestra paz cayó sobre él, y por sus llagas nosotros sanamos"; sobre quien el Señor "cargó la iniquidad de todos nosotros"; quien "como oveja fue conducido al matadero, y como es muda la oveja delante de los que la trasquilan, así él no abrió su boca"; cuya vida Dios hizo "una ofrenda por el pecado"; y quien fue "contado con los transgresores," y "llevó los pecados de muchos y por los transgresores intercedió. " (1a. Ped. 2:80, 25; Act. 8:32-35; Mar. 5 :28; Lúc. 22 :37 ) . El "padeció por los pecados una vez tiara siempre, el justo por los injustos, a fin de traernos a Dios" (la. Ped. 3:18). Nos ha redimido para con Dios por su sangre (Rev. 5:9); "por amor ha lavado nuestros pecados en su misma sangre" (Rev. 1:5); y sus redimidos "han lavado sus ropas, y las emblanquecieron en la sangre del Cordero" (Rev. 7:14).
El citar las declaraciones del apóstol Pablo sobre este gran tema sería una labor prolija y superflua. No es por el ejemplo o por las enseñanzas de Cristo que tenemos " redención, la remisión de pecados, "sino por medio de su sangre. Efes. 1:7. "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, cuando fue hecho maldición por nosotros" (Gal. 3:13), palabras que enseñan, de la manera más explícita que le es posible al lenguaje humano, que Cristo nos liberto de la penalidad de la ley divina, que es su maldición, llevando la maldición para nuestro bien. Esta obra la realizó cuando fue colgado en el árbol de la cruz. Su muerte en la cruz, por lo tanto, fue vicaria, una muerte en nuestro lugar; y propiciatoria, porque en vista de ella Dios nos libertó de la maldición de la ley. Esto es lo que se quiere dar a entender con las palabras "sacrificio propiciatorio. Finalmente, y para destruir toda idea de que la eficacia de la muerte de Cristo estriba simplemente en su influencia moral sobre el corazón humano, el apóstol enseña que Dios ha puesto a Jesucristo como propiciación por medio de la fe en su nombre, para manifestación de justicia "para que él sea justo y el justificador de aquel que tiene fe en Jesús." Rom. 3:25, 26.
Cada palabra de este profundo pasaje merece una seria consideración. A continuación damos al lado de la versión de Cipriano de Valera, la traducción de la Versión Moderna de este pasaje que parece ser algo más correcta.
 "Al cual Dios ha propuesto por aplacamiento por la fe en su sangre, par a manifestación de su justicia por la remisión de los pecados en la paciencia de Dios; para manifestación de su justicia en este tiempo; para que él sea justo y el justificador del que cree en Jesús. "
"A quien Dios ha propuesto como sacrificio expiatorio, por medio de la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, a causa de los pecados cometidos anteriormente, en la paciencia de Dios; y para manifestación de su justicia en el tiempo actual; para que él sea justo, y el justificador de aquel que tiene fe en Jesús. "
De estas palabras aprendemos: (1) Que Dios públicamente ha propuesto a Cristo como sacrificio expiatorio. La siguiente paráfrasis presenta la probable relación de la primera cláusula: "A quien, por medio de su sangre, ha propuesto como propiciación por medio de la fe." Pero aun cuando tomemos las palabras en la forma en que aparecen en nuestras versiones comunes, aun así la propiciación es por medio de la sangre de Cristo, resultando, por consiguiente, un sacrificio propiciatorio o expiatorio. (2) Que la apropiación, por parte del pecador, de esta propiciación, es bajo la condición de fe personal. El sacrificio expiatorio de Cristo no justifica, en y por sí, a ningún hombre; sino que presenta la base para que los hombres puedan ser justificados, mediante la fe en Cristo. (3) Que por medio del sacrificio propiciatorio de Cristo Dios hace una pública manifestación de su justicia, demostrando su misericordia hacia los pecadores. La frase "la justicia de Dios," puede significar, en el use que de ella hace Pablo, la justicia –justificación- que Dios da por medio de la fe. Pero en unión de las palabras que siguen: "para que él sea justo y el justificador del que cree en Jesús," sólo puede significar la justicia como un atributo de Dios, su justicia pública, es decir, su justicia como Legislador y Gobernador del mundo. (4) Que el sacrificio propiciatorio de Cristo era necesario a fin de que Dios pudiese demostrar su misericordia hacia los pecadores, de manera consistente con su justicia. Porque cuando el apóstol dice: "para que Dios pueda ser justo y el justificador del que cree en Jesús," estas palabras implican necesariamente que sin este sacrificio, él no hubiera sido justo al justificar a los pecadores. La propiciación de Cristo no era necesaria para hacer a Dios más misericordioso en su naturaleza, porque en este respecto él es inmutable, "el mismo ayer, hoy y para siempre." Pero abre un camino por el cual Dios puede demostrar su misericordia consistentemente con su justicia y la santidad de la ley. Cuando tratamos de averiguar la naturaleza interior de la expiación, tropezamos con misterios, algunos de los cuales trascienden la comprensión de la inteligencia humana, Pero podemos comprender y creer en el testimonio de Dios, la verdad central del Evangelio, que Cristo se ofreció a sí mismo al Padre para llevar en su naturaleza humana la maldición de la ley divina, para el bien de los pecadores; y que Dios aceptó la ofrenda propiciatoria como una satisfacción a la ley y a la justicia, en tai sentido que él puede perdonar a todos los que creen en Jesús, sin que esto implique un deshonor para él o una injuria a su gobierno moral.
( 3 ) -Hemos considerado a Cristo como el gran Antetipo de los sacerdotes levíticos. Volvamos atrás ahora y consideremos las características de los tipos, comenzando con el sacerdocio.
(1) Lo primero en que los sacerdotes levíticos tipificaban a Cristo era en su posesión de una naturaleza humana, semejante a las de aquellos en cuyo beneficio actuaban. "Porque tanto el que santifica (Cristo), como los que son santificados (los creyentes), de una misma naturaleza son; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos" (Heb. 2:11); "así que, por cuanto los hijos participan en común de carne y sangre, él también de la misma manera tomó parte en ellas" (Ver. 14); y más adelante: ''Por lo cual convenía que en todo fuese semejante a sus hermanos, a fin de que fuese un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel, en lo perteneciente a Dios, para hacer propiciación por los pecados del pueblo. Pues por lo mismo que él ha padecido, siendo tentado, puede también socorrer a los que son tentados" (vers. 17 y 18 comparados con 4:15). De acuerdo con ésto, los sacerdotes que tipificaban a Cristo eran elegidos de entre los hombres, y no ángeles; y "que pueda ser indulgente con los ignorantes y los errados, porque él también está rodeado Y de flaquezas" (Heb. 5:1,2.)
(2) Los sacerdotes levíticos además, eran elegidos a su oficio por el mismo Dios. "Y nadie toma para sí esta honra, sino cuando haya sido llamado de Dios, así como lo fue Aarón. De manera que ni aun Cristo se glorificó a sí mismo, para llegar a ser Sumo Sacerdote, sino Aquel que le dijo: ¡Tú eres mi Hijo, yo lo he engendrado hoy ! ¡ Tú eres Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec" (Heb. 5:4-6) .
(3) Los sacerdotes levíticos eran mediadores entre Dios y los hombres. Después del establecimiento del sacerdocio, ningún israelita o peregrino en su tierra podía llegarse a Dios, con sacrificios y oblaciones, en su propio nombre y ser su propio sacerdote. Había de llegarse a Dios por medio de los sacerdotes elegidos por él -un hermoso tipo de la gran verdad anunciada por Cristo : "Yo soy el camino, la verdad, y la vide; nadie viene al Padre sino por mí" (Juan 14:6).
(4) Finalmente, los sacerdotes levíticos no solamente eran mediadores entre Dios y los hombres, sino mediadores por medio de sacrificios expiatorios. A ellos se les había ordenado, "ofrecer dones y también sacrificios por el pecado" (Heb. 5:1; 8:3).
"Por lo cual," agrega el escritor inspirado, "es necesario que éste (Cristo) , también tuviese algo que ofrecer (Heb. 8:3). Ellos ofrecían la sangre de toros y machos de cabrío, que hacían expiación sólo de una manera típica; él (Cristo) ofreció a Dios su propia sangre como una verdadera propiciación por los pecados. Heb. 7:27; 9:12-28; 10:10-14.
Los puntos de desemejanza entre los sacerdotes levíticos y Cristo, según aparecen en la epístola a los Hebreos, sirven todos pare ilustrar la dignidad v eficacia del Sacerdocio del Salvador. Los sacerdotes levíticos eras hombres pecadores, y como tales tenían que ofrecer sacrificios primero por sus propios pecados (Heb. 5:3); pero él es "santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores, y hecho más excelso que los cielos" (7:26). Aquellos eras muchos "porque a cause de la muerte, no les era permitido continuar"; "mas éste, por cuanto continúa para siempre, time su sacerdocio intransmisible" (7:23, 24). Las ofrendas de los sacerdotes levíticos no podían quitar el pecado; porque había solamente típicas de la expiación, y habían de ser, consecuentemente, repetidas muchas veces. Pero Cristo por su sacrificio "ha perfeccionado pare siempre a los que son santificados"-los ha perfeccionado con respecto a la expiación del pecado, que es el fundamento en que descansa la obra de la santificación personal (Heb. 10:11,22).
La mediación entre Dios y los hombres, por medio del sacrificio expiatorio, constituye la idea central del sacerdocio. Los sacerdotes levíticos hacían intercesión por los hombres, al quemar el grato incienso (véase el No. 8 más arriba), y al presentar a Dios sus ofrendas incruentas, pero todo esto se hacía por medio de la sangre de la expiación. Vemos, pues, cuán falsa y engañosa es la idea de que puede haber verdaderos sacerdotes mediadores bajo la dispensación del Nuevo Testamento. Cristo apareció una vez para siempre "para quitar el pecado por el sacrificio de sí mismo" (Heb. 9:25-28; 10:10-12) , y desde entonces no se necesitan más sacrificios, ni tampoco pueden ser ofrecidos legalmente. Cristo también abrió para todos los creyentes un camino de acceso a Dios, por medio del cual podemos ir confiadamente al trono de la gracia, sin necesidad de mediadores humanos (Heb. 10:18-22) . Los creyentes, como un solo cuerpo, son "un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios, por medio de Jesucristo" (1a. Ped. 2:5). Ellos se presentan a Dios "un sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios" (Rom. 12:1). Presentan a Dios "de continuo, sacrificios de alabanza, es decir, el fruto de labios que confiesan su nombre " (Heb. 13:15). Estos sacrificios espirituales ofrecidos por los creyentes por medio de Cristo, su glorificado Sumo Sacerdote, son los únicos sacrificios de que tiene conocimiento la Iglesia del Nuevo Testamento.
Con respecto a las vestiduras del Sumo Sacerdote, que fueron hechas bajo la dirección divina, no podemos hablar aquí detalladamente. Basta que digamos que ellas representaban, en general, la dignidad y excelencia de su oficio, como mediador divinamente elegido, entre Dios y su pueblo escogido. La plancha de oro con la inscripción "Santidad a Jehová" es su propio intérprete. Los doce nombres de las tribus de Israel, grabados en dos piedras preciosas, los mismos nombres grabados en doce piedras preciosas, y que llevaba sobre su pecho según ministraba delante del Señor, tipifican hermosamente a Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, que lleva a su pueblo sobre sus hombros con su todo poder, y eficacia de su expiación, y sobre su corazón por su sempiterno amor.
14.-De los sacerdotes típicos pasamos naturalmente a la consideración de los sacrificios típicos que ellos ofrecían. Al abandonar Noé el arca, Dios prohibió que se comiera sangre por causa de que la sangre es la vida del animal (Gen. 9:4). La razón de esta prohibición se presenta en un pasaje de la ley mosaica que claramente indica la naturaleza y designio de las ofrendas sangrientas: "Así mismo respecto de cualquier hombre de la casa de Israel, o de los extranjeros que moran en medio de vosotros, que comiere cualquier clase de sangre, yo pondré mi rostro contra aquella persona que comiere sangre, y la cortaré de en medio de su pueblo; porque la vida de la carne en la sangre está, la cual os he dado para hacer expiación en el altar por vuestras almas; porque es la sangre la que hace expiación" (Lev. 17:10,11) . De aquí que los sacerdotes rociaran la sangre del sacrificio como signo de expiación; rito que consideramos más adelante con mayor particularidad (No. 15). La razón por qué la sangre hace expiación es que "la vida de la carne es la sangre. "La idea bíblica del sacrificio, por lo tanto, es la ofrenda a Dios de una vida por otra que ha sido inutilizada por el pecado-la vida del animal inocente por la vida del culpable que hace la ofrenda. Esta idea de la naturaleza vicaria y propiciatoria de los sacrificios se encuentra presentada con hermosa simplicidad y claridad en el libro de Job: "Y sucedía que mientras pasaban en turno los días del convite, Job enviaba por ellos, y los sacrificaba; y por las mañanas, madrugando, ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos; porque decía Job: quizás hayan pecado mis hijos y renegado de Dios en sus corazones" (1:5) . Y más adelante: "Y aconteció que después que hubo hablado Jehová estas palabras a Job, dijo Jehová a Elifaz, temanita: arde mi ira contra tí y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado respecto de mí lo que es propio, como mi siervo Job. Ahora pues, tomaos siete novillos y siete carneros, a id a mi siervo Job, y ofreced holocausto por vosotros; y mi siervo Job orará por vosotros (pues a él miraré con favor), a fin de que no haga yo con vosotros conforme a vuestra insensatez" (42:7,8). Los sacrificios de la ley mosaica eran de varias clases, implicando distintas ideas; pero todos ellos tenían como base la idea fundamental de la propiciación por medio de la sangre. De aquí que el autor de la epístola a los Hebreos, comentando el pasaje de Exo. 24:4-8, dice: "Y según la ley, casi todas las cosas son purificadas con sangre; y sin derramamiento de sangre no hay remisión" (Heb. 9:22). La única excepción que se hace a este respecto era en el caso del pobre "cuyos recursos no alcanzaban para traer dos tórtolas o dos palomitos"; a quien se le permitía traer "la décima parte de un efa de flor de harina para ofrenda por el pecado" (Lev. 5:11) , de acuerdo con el principio de que Dios "quiere misericordia y no sacrificio."
En el ceremonial judío no debe buscarse una clasificación ordenada de los sacrificios. Los holocaustos, por ejemplo, que se mencionan en el libro de Job, tenían el valor de verdaderas ofrendas por el pecado (Job 1:5; 42:8). La clasificación del libro de Levítico consiste en holocaustos, ofrendas por el pecado, sacrificio por las paces y expiación por las culpas. Pero más convenientemente pueden ser considerados en el orden de su presentación, cuando dos o más de ellos eran ofrecidos en la misma ocasión, como cuando Aaron y sus hijos fueron consagrados al sacerdocio, y el pueblo santificado en conexión con este acontecimiento (Lev, cap. 8 y 9), en las ofrendas del gran día de expiación ( Lev. 16 ) .
En estos casos la ofrenda por el pecado tuvo el primer lugar; porque esta ofrenda, como su nombre lo indica, era completamente expiatoria y propiciatoria, y por ella el que la ofrecía recibía el perdón y el favor divinos. La ofrenda por el pecado tenía referencia: (1) Al pecado general, como cuando Aarón y sus hijos fueron consagrados y el pueblo santificado, y cuando en el día anual de la expiación, ésta se hacía por los pecados del pueblo durante el año que acababa de pasar. (2) Para especificar ofensas (Lev. caps. 4 y 5). La diferencia existente entre la ofrenda por el pecado y la expiación por las culpas, es muy difícil de determinar. Ambas eran por igual expiatorias; siendo, por consiguiente, subdivisiones de la misma clase de ofrendas. Una comparación de los pasajes en que se prescriben las expiaciones por las culpas (Lev. 5:1; 6:1-7; Núm. 5:6-8), parece indicar que ellas pertenecían especialmente a las culpas por las cuales debía hacerse la debida restitución.
Sigue en el orden de los sacrificios, aunque es el primero en dignidad, el holocausto, llamado también ofrenda encendida (Heb. Kalil), la marca característica del cual era que la ofrenda había de ser consumida por el fuego (Lev. 1). Es generalmente admitido que este sacrificio era un símbolo de totalidad; pero en cuanto al respecto en que era símbolo de totalidad, hay diversidad de opiniones. Algunos eruditos creen que se refiere a la totalidad de la misma ofrenda, como la forma de sacrificio que abraza en sí a todos los otros sacrificios (Rosenmüller sobre Deut. 33:10); o, como la más perfecta ofrenda, por cuanto que ella exhibe la idea de la ofrenda en toda generalidad y totalidad, y por esto concentra en sí misma toda la adoración. Pero no podemos separar en la intención de Dios, la totalidad de la forma del estado de la mente del que hace la ofrenda. El sacrificio encendido era, en verdad, en su forma externa, el más perfecto de todos los sacrificios, por cuya razón se excluían de él víctimas hembras, consideradas como relativamente inferiores a las del otro sexo. Pero por causa de ésta, la totalidad y generalidad, ella significaba la total consagración. a Dios del que, hacía la ofrenda. Debemos recordar cuidadosamente, sin embargo, que esta consagración había de ser hecha por medio de la sangre de la expiación, para indicar lo cual, la sangre del sacrificio encendido era rociada por el sacerdote "alrededor sobre el altar"; o, cuando se trataba de un pájaro cuya cantidad de sangre era muy poca para ser rociada, le exprimía la sangre sobre las paredes del altar.
La ofrenda por las peces  más literalmente ofrenda por la rendición, es decir, ofrenda en la cual el que la hacía rendía a Dios los tributos de alabanza y acción de gracias que le correspondían), era, en todas sus subdivisiones-ofrenda de gracias, ofrenda votiva, ofrenda voluntaria -una ofrenda eucarística. De aquí su carácter social. Después del rociamiento de la sangre, la quemazón de las partes prescritas sobre el altar y la asignación de la parta que correspondía al sacerdote, el que la ofrecía, junto con sus amigos, hacían fiestas llenos de regocijo, delante del Señor, comiendo la parta que hubiese quedado (Lev. cap. 3 comparado con cap. 7:11-18 ) . A1 tratarse de la ofrenda de monarcas, como David y Salomón, toda la nación hacía fiesta (2a. Sam. 6 :17-19; 1a. Rey. 8:62-66). De esta manera es hermosamente representado el Mesías, el gran Rey de todas las naciones, como pagando su ofrenda de paces a Dios por la libertad que le fue dada de sus enemigos, y como llamando a todas las naciones a las fiestas del sacrificio: "Mi alabanza será de tí en la grande congregación: pagaré mis votos a presencia de los que lo temen. De mi sacrificio comerán los humildes, y se hartarán: alabarán a Jehová los que le buscan; vivirá vuestro corazón para siempre. Se acordarán y se volverán a Jehová todos los términos de la tierra" (Sal. 22:25-31). El sacrificio de las paces se hacía naturalmente después de la ofrenda encendida, como ésta seguía a la ofrenda por los pecados en la santificación de la congregación israelita (Lev. 9:15-18). Significaba alegre comunión con Dios en acción de gracias y alabanza; pero esto también por medio de la sangre de la víctima, rociada sobre el altar como signo de expiación (Lev. cap. 3). En estas tres clases de sacrificios se nos presenta típicamente, primero, la expiación que restaura al hombre al favor divino; luego, propia consagración; luego, santa comunión en acción de gracias y alabanza -todas tres cosas por el derramamiento de la sangre de Cristo, el gran Antetipo de los sacerdotes y sacrificios levíticos.
El carácter de sacrificio de la pascua se ve de las direcciones dadas en su institución, de que la sangre del cordero fuese rociada en los dinteles y postes de las casas donde era comido, como señal de protección para los primogénitos, cuando pasara el ángel exterminador (Ego. 12:22,23); y la ordenanza establecida después, que requería que el cordero fuera degollado en el santuario (Deut. 16:1-8), y su sangre rociada sobre el altar (2a. Crón. 30:16; 35:11). En su naturaleza se parecía mucho a la ofrenda de paces. Era una alegre fiesta conmemorativa de la libertad del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto; prefigurando así la más elevada redención del pueblo de Dios de la esclavitud del pecado. Así como la sangre del cordero pascual, rociada sobre las puertas de las casas protegía a los primogénitos que dentro estaban, de la destrucción del ángel, así también la sangre de Cristo protege a todos aquellos que, por fe, reciben el poder expiatorio para librarse de la ira que vendrá. Como los israelitas hacían grandes fiestas al participar de la carne del cordero pascual, así también se regocija la Iglesia, alimentada por la fe en el gran Antetipo Cordero de Dios, que es la verdadera Pascua sacrificada por nosotros (1a. Cor. 5:7).
En la antigua dispensación había otros sacrificios de un carácter especial, como aquellos por medio de los cuales se tipificaba el convenio hecho entre Dios y su pueblo (Exo. 24:3-8); el carnero de las consagraciones, cuando Aaron y sus hijos fueron introducidos en el sacerdocio (Lev. 8:22-30); el sacrificio y otros ritos relacionados con la purificación del leproso (Ley. 14:1-32); el sacrificio de la novilla roja de que se preparaban las cenizas de la purificación (Núm. 19); el sacrificio de la novilla en el caso de aparecer un hombre muerto sin que se supiera quien lo mató (Deut. 21:1-9) . De todos estos sacrificios sólo es necesario que digamos aquí que, cualquiera que fuesen las otras ideas tipificadas por ellos, la de la expiación por medio de la sangre ocupaba un importantísimo lugar en ellos.
La ley requería que todas las víctimas para los sacrificios fuesen sin mancha, no sólo porque ofrecer a Dios víctimas imperfectas hubiera sido una ofensa a su Majestad (Mat. 1:8, 13, 14), sino principalmente, porque una víctima perfecta podía tipificar mejor al Cordero de Dios "sin defecto e inmaculado", que fue ofrecido en el Calvario como la propiciación de los pecados de todo el mundo (1a. Ped. 1:19, 20).
De las ofrendas incruentas (oblaciones, llamadas también ofrendas vegetales en nuestras versiones), algunas eran suplementarias a los sacrificios, siendo necesarias para completarlas. A esta clase pertenecían la sal, que, como símbolo de pureza y amistad, era prescrita para todas las ofrendas vegetales (Lev. 2:13), y que podía ser ofrecida junto con los sacrificios (Exo. 43:24 comparado con Mar. 9:49). Lo mismo sucedía con la harina, el vino y el aceite, que eran ofrecidos con los sacrificios diarios (Ezo. 29: 40), y en otros casos especiales (Lev. 8:26; 9:17; 14:10, etc.). Otras oblaciones, como aquellas de que se nos habla en el capítulo segundo de Levítico, eran presentadas separadamente, como expresión de amor, gratitud y devoción a Dios por parte de los que las hacían. Después que una parte de ellas era quemada en el altar, junto con el incienso, el resto era enviado a Aarón y a sus hijos como la parte que les correspondía.
Los sacerdotes también recibían partes específicas de estas ofrendas vegetales del pueblo, así como de las ofrendas por las culpas y las ofrendas por el pecado, cuya sangre no podía llevarse al santuario. Véase Lev. 6:24-7:34.
15.-Con respecto a las transacciones típicas relacionadas con el ofrecimiento de los sacrificios y de las oblaciones, debemos notar los siguientes particulares:
(1) En todos los casos el que los ofrecía ponía las manos sobre la cabeza de las víctimas. Podemos inferir el significado de este acto de la primera mención que de él se hace en el ceremonial levítico
"Luego pondrá la mano sobre la cabeza del holocausto; y será acepto en favor suyo, para hacer su expiación" (Lev. 1:4). Este acto, pues, solemnizaba la dedicación de la víctima a Jehová con el fin propuesto. Al poner las manos sobre la cabeza de la víctima, el que la ofrecía la presentaba a Dios como su ofrenda para hacer expiación por su alma, y Dios la aceptaba como tal. Por la misma naturaleza de la ofrenda, este acto de presentación implicaba el reconocimiento de pecado que necesitaba expiación; pero no había ninguna transferencia formal de sus pecados a la víctima, como en el caso del macho cabrío que se dejaba it al desierto (Ley. cap. 16).
(2) El movimiento y alzamiento de las ofrendas eran atribuciones del sacerdote exclusivamente. Ambos eran manifiestamente actos de presentación y dedicación a Dios. Por ejemplo: el bollo de pan, la torta de pan de aceite, el ácimo, empleados cuando la consagración de Aarón, fueron puestos primero en sus manos para que los meciera delante del Señor, y quemados después por Moisés en el altar del holocausto ( Exo. 29:23-25 ) . Lo mismo sucedió con el pecho del carnero de las consagraciones, que fue mecido, y la pierna alzada, antes de ser comidos por Aarón y sus hijos (Exo. 29:26-28); el cordero ofrecido por el leproso que había sido sanado, con su acompañante oblación, era mecido delante del Señor antes de ser degollado (Lev. 14:12 sig. ) .
De acuerdo con los rabinos, el mecer la ofrenda consistía de un movimiento hacia delante y hacia atrás. Algunos eruditos creen que consistía también en un movimiento lateral de derecha a izquierda y viceversa. E1 alzamiento consistía en un movimiento hacia arriba y hacia abajo. La base de la distinción de estas dos formas de presentación a Jehová es incierta; sabemos solamente que la ceremonia de mecer las ofrendas se practicaba únicamente en ciertos casos. Así que el pecho de los animales presentados como ofrendas de paces, eran siempre mecidos, y la pierna derecha alzada, antes de que fuesen dados a los sacerdotes para su posesión (Lev. 7:28-34).
(3) El rociamiento de la sangre de las víctimas era una parte muy importante de la ceremonia, porque por ella se simbolizaba la expiación. Estaba restringida, por lo tanto, al sacerdote que era el mediador entre Dios y los hombres. El rociamiento por siete veces de la sangre que se llevaba al santuario (Lev. 4:6,17; 16:14,19), y en otros casos dados (Lev. 8:11; 14:7,21) , denotaba la perfección de la expiación, ya que el número siete es un bien conocido símbolo de perfección. De aquí que el Nuevo Testamento hermosamente representa a los creyentes como purificados del pecado por el rociamiento de la sangre de Cristo, el gran Antetipo de los sacrificios mosaicos (Heb. 9:13,14; 10:22; 12:24; 1a. Ped. 1:2).
Semejante al rito del rociamiento de la sangre era la aplicación de la sangre de la víctima a los cuernos del altar, y a las personas que las ofrecían. (Ego. 29:12,20; Lev. 4:7,18 25,30; 8:15, 24; 14:14) .
(4) La quemazón de la ofrenda, o de ciertas partes específicas de ella, cuyo olor ascendía al cielo, era una expresión natural de dedicación a Dios (compárese Gen. 8:21; Lev. 1:9, etc.).
16.-Hemos visto la importancia típica de los muebles del tabernáculo (Nos. 8 y 9 arriba). Que el tabernáculo en sí, considerado generalmente, tenía también un significado típico es admitido por todos los que creen en la Revelación. Pero cuando llegamos a la consideración de los detalles, nos encontramos con diversidad de opiniones, las cuales no podemos estudiar aquí. Haremos referencia solamente a los siguientes particulares
(1) El tabernáculo mosaico, como hemos visto, era la morada visible de Dios en la tierra. Como tal demostraba su presencia y gloria reales, primero en la Iglesia de los redimidos en la tierra, por medio de Cristo; y segundo, en la Iglesia glorificada en los cielos. Algunas personas creen que el santuario exterior, con su altar a incienso, su candelabro de oro, y su mesa de panes de la propiciación, tipificaba la presencia de Dios con su Iglesia militante, por medio de sus ordenanzas divinamente elegidas; y el santuario interno su presencia con la Iglesia triunfante en los cielos.
(2) Bajo la economía mosaica, el pueblo no podía entrar en ninguno de estos dos santuarios. Ellos podían allegarse a Dios solamente por la mediación de los sacerdotes. Los sacerdotes entraban diariamente en el santuario exterior a quemar el incienso y a cumplir con los otros servicios de ritual; pero al sumo sacerdote le era permitido entrar en el lugar santísimo, una vez al año, con la sangre de la ofrenda por el pecado. Esto significaba que, bajo la antigua dispensación, el camino por el cual los pecadores pudieran llegarse a Dios aún no había sido manifestado. Con respecto al santo santísimo, se dice expresamente en el Libro Inspirado: "Pero en el segundo, el sumo sacerdote solo, una vez al año; y- eso no sin sangre, la cual ofrecía por sí mismo, y por los pecados del pueblo; dando a entender esto el Espíritu Santo, que no se había hecho potente todavía la entrada del verdadero santuario, mientras estuviese aun en pie el primer tabernáculo" (Heb. 9:7,8). De acuerdo con esto se nos informa que cuando Cristo clamó a gran voz en la Cruz, "Consumado es," y dió el espíritu, "el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo " (Mat. 27:50, 51; Mar. 15:37,38; Lúc. 23:45, 46). Con esto se significaba que ahora el camino de acceso a Dios estaba abierto a todos los creyentes por la sangre de Cristo; así que ellos constituyen un sacerdocio espiritual, a fin de que puedan "ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo" (Heb. 7:25; 10:19,20; 1a. Ped. 2:5,9; Rev. 1:6) .
(3) El carácter típico del tabernáculo se ve hermosamente en las ceremonias del gran día de expiación (Lev. 16). Después de ofrecer el sumo sacerdote ofrenda por los propios pecados, y rociado la sangre de esta ofrenda en el santuario interior, sobre y delante del Propiciatorio por siete veces, traía los dos machos cabrios que habían sido elegidos para la expiación del pueblo, uno como ofrenda por el pecado y el otro vivo, el oficio de cada uno de los cuales era determinado por medio de suertes. Después de degollado el macho de cabrío que había de servir de ofrenda por el pecado, se tenía que llevar la sangre al santuario y rociarla también siete veces sobre y delante del Propiciatorio para hacer "expiación por el santuario, a cause de las impurezas de los hijos de Israel y de sus transgresiones con motivo de sus pecados" (ver. 16). Entonces el macho de cabrío vivo era traído: "Y pondrá Aarón entre ambas manos sobre la cabeza del macho de cabrío, y le enviará al desierto por manos de un hombre idóneo. Y el macho de cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra desierta; y así dejará ir al macho de cabrío por el desierto" (vers. 21, 22). Por esta doble ceremonia se significaba: primero, que Cristo expiaría nuestros pecados con su sangre; y segundo, que por medio de esta expiación él llevaría nuestros pecados sobre sí mismo, y así los removería de nosotros. El sumo sacerdote judío entraba una vez al año en el tabernáculo terrenal, a la presencia de Dios, con la sangre de la ofrenda del pecado, para rociarla delante del Propiciatorio; pero Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, ha entrado "por medio del mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos" al mismo cielo, para presentar su propia sangre ante el trono de Dios como una perfecta propiciación por nuestros pecados (Heb. 9:11, 12,24).
La notable ceremonia relacionada con el macho de cabrío que se dejaba ir al desierto en el gran día de la expiación (Lev. 16), nunca ha de ser interpretada separadamente, sino en conexión con el otro macho de cabrío que se degollaba como ofrenda por el pecado, y cuya sangre era llevada adentro del velo del lugar santísimo. Lo inadecuado del tipo hizo necesario que fueran usados dos machos cabríos en este servicio, uno para representar la expiación de los pecados del pueblo por el rociamiento de la sangre; y el otro, la obra vicaria de tomar sobre sí y llevar consigo sus pecados. Cualquiera que lean las dificultades que existen para la interpretación de la palabra hebrea Azazel (macho de cabrío enviado, según algunos autores), el significado típico de esta transacción es bien claro, y time su cumplimiento E n Cristo, quien expió y llevó los pecados del mundo.
En el caso de los sacrificios más solemnes-las ofrendas por los pecados del Sumo Sacerdote y del pueblo (Lev. 4:1-21; 6)-la sangre expiatoria era llevada dentro del santuario y presentada ante Dios. Pero la víctima era siempre degollada fuera del santuario; y cuando su sangre había ya sido introducida en el santuario, su cuerpo, que típicamente llevaba la condenación de la ley violada, era quemado fuera del campamento. En correspondencia con esto, el autor de la epístola a los Hebreos nos recuerda que "Jesús también, para santificar al pueblo de Dios, con su propia sangre, padeció fuera de la puerta" (Heb. 13:11,12). El "sufrió fuera de la puerta" en un doble sentido: como un malhechor condenado, fue echado fuera de la santa ciudad, que corresponde al Antiguo campamento israelita, y allí expió sobre la cruz los pecados del mundo; pero también "sufrió fuera de la puerta" de la verdadera ciudad santa, la Jerusalén celeste que el abandonó para mora y entre los hombres y morir por su redención; y habiendo terminado esta obra, fue "por su propia sangre" al lugar santísimo celestial, a hacer allí intercesión por nosotros.
El carácter sagrado y digno de estas solemnes ofrendas por el pecado exigía que la carne de las víctimas fuese quemada en lugar limpio; pero puesto que era carne típicamente estaba cargada con la maldición de pecado, era llevada fuera del campamento donde Dios tenía su morada visible, y allí consumida, en el lugar donde se echaban las cenizas de todos los sacrificios cruentos (Lev. 4:11, 12,21; 16:27). Además, al hombre que ejecutaba el servicio de quemar la ofrenda por el pecado en el día de la expiación, hallándose típicamente inmundo por su contacto con la ofrenda, se le exigía que lavara sus ropas y bañara su cuerpo antes de entrar en el campamento (Lev. 16:18). En el taro del macho de cabrío enviado, "el desierto," el "lugar deshabitado," correspondía al lugar fuera del campamento en que quemaba la ofrenda por el pecado; y el hombre que lo conducía, semejantemente, tenía que lavar sus ropas y bañar su cuerpo, antes de entrar en el campamento ( Lev. 16:26 ) .
17.-Las distinciones entre limpio a inmundo con respecto a los comestibles y otros objetos varios, tenían también sus significados típicos. Que las regulaciones acerca de estas cosas tenían por objeto promover la pureza personal y la salud, es indudable; sin embargo, no hemos de considerarlas simplemente como un código sanitario. Ellas se dirigían al hombre interior. Por medio de estas distinciones físicas entre limpio a impuro, Dios educo a su pueblo a comprender la diferencia existente entre pureza a impureza moral.
La opinión levítica con respecto a toda clase de enfermedades corporales, es por demás profunda y fundamental. Todo ello se atribuye al pecado como causa. El que padecía lepra, y otras varias enfermedades (Ley. caps. 12-15) no era considerado como mas pecador que los otros hombres (Luc. 13:1-5), sino simplemente como quien sufría en su carácter de pecador. De aquí la impureza ceremonial de algunas de estas personas, y que se les exigiera ofrendas expiatorias en el taro de ser restaurados a la salud.
***

CAPITULO VI.
INTERPRETACIÓN DE LAS PROFECÍAS.

1. —La idea bíblica de la profecía es completamen­te distinta de lo que entendemos por previsión o presentimiento humano. Según la Biblia una pro­fecía es la revelación hecha por el Espíritu Santo res­pecto al futuro, siempre en interés del reino de Dios. No entra en el plan de la profecía el satis­facer la vana curiosidad con respecto a "los tiem­pos y razones que el Padre ha guardado en su mis­ma potestad" (Act. 1:7). "Conforta, conforta, a mi pueblo, dice vuestro Dios"—he ahí la nota prin­cipal de la profecía; en su forma se halla cuidadosa­mente adaptada a este fin. Sus anuncios del futuro se encuentran entreligados con exhortaciones y ad­moniciones, alientos y avisos, promesas y amenazas. Esto constituye, realmente, una gran parte de los escritos profetices que han llegado hasta nosotros. El asunto de la interpretación de las profecías puede ser considerado muy convenientemente bajo los si­guientes aspectos: profecías que se refieren al fu­turo inmediato; profecías que se refieren a los últi­mos días; la cuestión de doble sentido; la cuestión del significado literal y figurado.

I. —PROFECÍAS QUE SE REFIEREN AL FUTUEO
INMEDIATO.

2. —La Biblia contiene muchas profecías que se refieren a un futuro relativamente inmediato. Las profecías de esta clase son todas específicas en su carácter, y tienen todas, un solo cumplimiento ca­bal. Ejemplos: La predicción a Noé del cercano diluvio; y a Abraham de la esclavitud de su pos­teridad en tierra extraña; la interpretación de los sueños de Faraón sobre el hambre que había de azotar a Egipto; el anuncio de José de que Israel sería libertado de Egipto; la señal dada a Moisés de que Dios le había enviado: "cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, serviréis a Dios en este monte" (Exo. 3:12); la amenaza del juicio que había de venir sobre la casa de Eli, junto con la señal que lo acompañaría (la. Sam. 2:34); el aviso que recibió David por medio de Urim y Tumín de la llegada de Saúl con el propósito de destruirlo (la. Samuel 2: 9-12); la predicción de que Josias profanaría el altar de Jeroboam en Betel, con los huesos de hom­bres (la. Rey. 13:2); etc. Pequeños acontecimien­tos, no importantes en sí, algunas veces entran en la esfera de la revelación profética, pero siempre en relación con y subordinados a transacciones impor­tantes que afectaban los intereses del pueblo de Dios. Así, cuando Samuel ungió a Saúl como futuro rey de Israel, le predijo todos los incidentes de su viaje de regreso a su casa (la. Sam. 10:2-7). Pero esto sucedió a fin de que Saúl se convenciera del oficio profético de Samuel, y consecuentemente de que Dios aprobaría su unción. Frecuentemente se predicen acontecimientos del inmediato futuro como prueba de que habían de tener efectividad otras pro­fecías en un futuro más lejano. De esta manera, la muerte de los dos hijos de Eli en un solo día ha­bía de ser la demostración del cumplimiento de todos los otros males con que había sido amenazada su casa. Puede llegarse al mismo fin por medio de una señal milagrosa (la. Rey. 13:3; 2a. Rey. 21:9, 11). Las profecías de la clase que ahora conside­ramos, generalmente son muy claras y sencillas, y la forma en que se han cumplido es un buen intér­prete en cuanto a su significado.

II.__PEOFECIAS QUE SE EEPIEEEN A LOS
ÚLTIMOS DÍAS.
3.—En el uso del Antiguo Testamento, la fra­se "últimos días" o "los postreros días" ("postre­ros años" en Eze. 38:8), denota no solamente el futuro distante, sino ese futuro incluyendo el reino del Mesías, reino que se extiende hasta la consuma­ción de todas las cosas (Gen. 49:1; Núm. 24:14; Deut. 4:30; 31:29; Isa. 2:2; Jer. 23:20; 30:24; 48: 39; Eze. 38:16; Dan. 10:14; Oseas 3:5; Miq. 4:1). No hemos de considerar estos "últimos días," sin embargo, como totalmente separados de las edades precedentes. En el plan de Dios la historia del mun­do constituye un todo harmónico, las partes del cual están íntimamente conectadas. Por esto las profecías que se refieren a los últimos días incluyen, más o menos distintamente, los acontecimientos que las pre­cedieron y que les prepararon el camino. En seme­jantes profecías no hemos de buscar la mención total de los detalles. Ellas dan, como regla general, unos pocos detalles de los conflictos del pueblo de Dios con sus enemigos, y su triunfo final. En las profecías en que se mencionan los incidentes más minuciosos (Sal. 22:18; 69:21; Zac 9:9; 11:13), se hace tal cosa con el propósito aparente de presentar al Mesías a las generaciones futuras como su tema principal (Véase más adelante, el No. 9).
Las profecías que se refieren a los días del Me­sías aparecen de una manera más indefinida, por ejemplo: "He aquí vienen los días" (Jer. 23:5; 31: 31, etc.); "Y acontecerá después de esto" (Joel 2: 28); "En aquel día" (Isa. 4:2; Jer. 30:8; Eze. 39:11; Amos 9:11, etc.); o aparecen indicadas por sus con­tenidos, como Isa. caps. 40-46.
Estas profecías están divididas naturalmente en dos clases: aquellas en que se indica claramente la sucesión de acontecimientos, y las que solamente dan detalles generales sobre el futuro, sin ningún orden de sucesión.
4.—A la primera clase, que es la menos numerosa, pertenecen especialmente ciertas profecías de Daniel. Las cuatro grandes monarquías, por ejemplo, que habían de gobernar la tierra, son simbolizadas pri­meramente por una gran imagen (Dan. 2), después por cuatro bestias que se levantan del mar (cap. 7). De estas monarquías, la cuarta, representada por piernas de hierro y pies de hierro y barro (2:33), y por la cuarta bestia con sus diez cuernos (7:7), per­tenece en parte a los últimos días del Mesías.
El cuarto reino, representado por las "piernas de hierro y pies de hierro y barro," es al principio "fuerte como hierro" (2:40); después es "en parte fuerte y en parte débil" (2.42); y es además la última gran monarquía que oprime al mundo. Todas estas características señalan al imperio romano, pri­mero en su forma pagana, y después en su forma papal. Por la naturaleza del símbolo, el profeta ve toda la imagen parada hasta que es atacada por sus pies de hierro y barro. Esto no quiere decir que las cuatro monarquías fueran contemporáneas, sino que ellas constituyen un gran sistema de opresión, en el cual el poder pasa sucesivamente de la cabeza a los pies. En los pies era donde la piedra había de he­rirla, porque es en ésta, su última forma, que el reino establecido por el Dios del ciclo la encontraría y destruiría. Los dedos de los pies, de hierro y ba­rro, representan los reinos que habían de nacer del imperio romano, entremezclados con las naciones del Norte. Estos reinos no podían unirse nunca en un todo compacto, como tampoco pudo el imperio ro­mano; sin embargo habían de constituir una conti­nuación de él en su forma dividida.
Que la cuarta bestia (7:7-14, 19-28) representa el mismo imperio romano se ve claramente de las siguientes consideraciones: (1) Tanto en este pasaje como en el capítulo segundo se representa a cuatro grandes monarquías, de las que las tres primeras se da por cierto que fueron universales; y es, por con­siguiente, razonable creer que la cuarta fuera tam­bién un imperio universal; y este imperio no puede ser otro que el romano. (2) La cuarta bestia apa­rece como la más fuerte y terrible de todas, lo cual no puede ser aplicado sino al poder romano. (3) Todas sus características corresponden con las del imperio romano, y es imposible hacer que correspon­dan con ningún otro poder. Los que creen que el pequeño cuerno de la cuarta bestia representa a Antioco Epífano, deben considerar que la cuarta bes­tia representa la monarquía Asiría, o quizás Asiría y Egipto. Pero éstas corresponden a la tercera bes­tia. Ellas son dos de las cuatro divisiones en que fue roto el imperio de Epifano, y que han sido ya re­presentadas por las cuatro cabezas y cuatro alas del leopardo. (4) Después de esta bestia no viene nin­guna que represente un poder perseguidor. Su do­minio es al fin destruido por el del Mesías, quien toma el reino para siempre. Esto sólo puede apli­carse al imperio romano, según ha sido perpetuado en su forma papal en los diez cuernos que corres­ponden a los diez dedos de los pies de la imagen (2:41-43). Todas las características del cuerno pe­queño corresponden a las del poder papal; y con­siderando la gran influencia que este poder ha ejer­cido, y que aún ejerce, sobre la Iglesia de Dios, naturalmente hemos de creer que él había de ser in­cluido en una consideración como ésta de la historia del mundo.
Las profecías del libro de Revelación referentes al gran dragón rojo—Roma pagana (cap. 12), las dos bestias que llegaron a obtener su asiento y su poder (cap. 13) y (lo que es idéntico a las dos bestias) la mujer sentada sobre una bestia de color escarlata (cap. 17) —están tan íntimamente relacionadas con el cuarto reino de que habla Daniel, que cualquiera que sea la opinión que tengamos de este reino, he­mos de tenerla también de estas profecías. En estos símbolos proféticos tenemos también todas las carac­terísticas de la Roma pagana tal como se encuentra constituida en la Roma papal. A la clase de profe­cías que estudiamos ahora pertenecen, así mismo, de acuerdo con el más probable principio de interpreta­ción, aquellas que se refieren a los siete sellos, las siete trompetas incluidas en el último sello, y las siete redomas de la última trompeta (Rev. 6:1 sig.); porque en éstas aparece claramente el orden de su­cesión.
Los números en los libros de Daniel y Revelación, particularmente el "un tiempo, y dos tiempos, y la mitad de un tiempo"—tres años y medio—duran­te cuyo período el pequeño cuerno tendrá el dominio (Dan. 7:25), y, lo que es equivalente a este número, los "cuarenta y dos meses," durante cuyo tiempo los gentiles hollarían la ciudad santa (Rev. 11:2), y la bestia que había de suceder al dragón en el poder (Rev. 13:5); o en días, los mil doscientos sesenta días de los dos testigos (Rev. 11:3), y la huida de la mujer al desierto (Rev. 12:6), han dado materia, por muchos siglos, para curiosas especulaciones y computaciones, sobre la suposición de que un día, en estas profecías, equivalía a un año (véase cap. 3 No. 9); pero hasta el presente la historia no ha verificado, en cuanto al tiempo, la veracidad de las interpretaciones que se han dado a estas profecías. "i fácilmente pudo haberse anticipado el fracaso de esas computaciones. Parece ser el plan de Dios co­rrer un velo sobre las fechas de las profecías, en forma tal que su lugar en la tabla cronológica del mundo no puede ser señalado con certeza de ante­mano. Tanto el tiempo desde donde debe empezarse a contar, como el simbolismo de las fechas, como el lugar que ellas ocupan en relación con otras profe­cías, permanecen envueltos en oscuridad. La expe­riencia de los que han estudiado estas computacio­nes profundamente, enseña, no que debemos aban­donar los estudios de esta naturaleza, sino que no debemos hacerlos en espíritu dogmático y confiado, como si hubiésemos sido admitidos al consejo del cielo, y conocido allí exactamente el día y la hora en que el trono papal ha de caer, o de la reaparición de nuestro Señor; porque semejante cosa más que señal de sabiduría, sería señal de debilidad y locura. 5. —En la segunda y más numerosa clase de pro­fecías que se refieren a los últimos días, el elemento tiempo, la sucesión del tiempo, es completamente ignorado, o indicado de una manera muy vaga 7 ge­neral.
Son casi innumerables los ejemplos de profecías de esta clase. Uno muy admirable se encuentra en el cuarto capítulo de Isaías, visto en conexión del precedente contexto. La posición del profeta está de acuerdo con su época; escribe en un tiempo en que grandes calamidades se hallan suspendidas sobre las cabezas de sus compatriotas. Empieza con el anuncio de estas calamidades: "Porque he aquí que el Señor, Jehová de los ejércitos, va a quitar a Jerusalén y a Judá toda suerte de sostén, todo sustento de pan y todo sustento de agua; el héroe y el hom­bre de guerra, el juez y el profeta, el adivino y el anciano; el capitán de cuarenta y el hombre res­petable; el consejero también, y el perito artífice, y el hábil encantador" (3:1-3). Así prosigue, en términos que deben ser aplicados principalmente a la cautividad de Babilonia, hasta el fin del capítulo tercero que termina con la siguiente denunciación: "Tus hombres caerán a espada, y tu potencia en la batalla; y las puertas de Sión se lamentarán, y se vestirán de luto; y ella, desolada, se sentará en tie­rra" (3:25-26). Para completar este cuadro de desolación, agrega al comienzo del capítulo cuarto: "Y siete mujeres echarán mano de un solo hombre, en aquel día diciendo: Nuestro propio pan comere­mos, y de ropa nuestra nos vestiremos; tan sólo seamos llamadas de tu nombre; quita tu nuestro oprobio." El significado obvio de este último pasa­je es, que la inmensa mayoría de los hombres pere­cerán en la guerra, en tal manera que las mujeres no encontrarán maridos. Siete de ellas, pues, piden a un hombre el privilegio de ser llamadas sus es­posas, ofreciendo no exigirle los beneficios de seme­jante relación. Hasta este extremo va el profeta en sus amenazas. Pero después, con la sencilla fórmu­la, "en aquel día", hay una transición a la pro­mesa, promesa de tal carácter que ella ha de cubrir todo el futuro período del reino del Mesías: "En aquel día el Vástago de Jehová será espléndido y glo­rioso, y el fruto de la tierra excelente y hermoso, para los escapados de Israel" (4:2); y continúa a describir la gloria de los últimos días, "cuando hu­biere lavado el Señor la inmundicia de las hijas de Sión, y hubiere limpiado los homicidios de Jerusalén de en medio de ella, con espíritu de juicio y espíritu de ardimiento. Y creará Jehová sobre toda la extensión del monte de Sión, y sobre las asam­bleas, una nube y un humo de día, y de noche el resplandor de un fuego que eche llamas; porque so­bre toda la gloria  habrá  una cubierta"   (4:4-5). Aquí tenemos, hasta cierto extremo, el indicio del tiempo, pero de una manera muy indefinida.   No se da ninguna fecha fija para el cumplimiento de esta profecía, ni tampoco un orden cronológico exacto de sucesión. El profeta comienza con los males que amenazan a sus compatriotas; termina con la completa gloria del reino del Mesías, sin hacer indicación alguna con respecto al tiempo que ha de mediar en­tre ambas cosas.
Encontramos otro buen ejemplo  en el capítulo decimoprimero de Isaías, en conexión con el precedente con­texto. El capítulo diez de Isaías contiene un relato del progreso de los monarcas asirios a  través de Judea y termina con un relato figurado de su derro­ta: "He aquí que el Señor, Jehová de los ejércitos, desgajará el ramaje con potencia aterradora; y los árboles de elevada estatura serán cortados, y los altos serán humillados. Y talará las espesuras del bosque con hierro; y este Líbano por mano de un poderoso caerá" (10:33, 34). Inmediatamente des­pués de esta predicción, y con referencia al ramaje asirio y la espesura del Líbano—Senaquerib y su ejército—que han sido talados, sigue una profecía del advenimiento del Mesías: "Y saldrá un Retoño del tocón de Isaí y un renuevo brotará de sus raí­ces" (11:1). El profeta representa estos dos acon­tecimientos—la caída de Asiria y la venida del Me­sías—como si estuviesen tan íntimamente conectados, que el segundo fuera la natural continuación del pri­mero, pasando en silencio los siglos que habían de mediar entre uno y otro. Representa, además, el reino del Mesías como un reino de continuo pro­greso  victorioso,   "hasta   que  toda  la  tierra   esté llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren la mar," sin detenerse a señalar ningún pe­ríodo intermedio de tinieblas y depresión.
Encontramos un tercer ejemplo de esta clase de profecías en los capítulos 59 y 60 de Isaías. El primero de estos dos capítulos hace la descripción, en líneas muy tenues, de los pecados del pueblo elegido de Dios (1-15), y de la interposición de Dios, en terrible majestad para defender su propia causa (16-21). Inmediatamente después sigue, en el capí­tulo 60, una visión de la gloria de los postreros días, sin paralelo en el Antiguo Testamento en cuanto a su hermosura; visión que se extiende hasta el com­pleto establecimiento de la era milenaria. Pero, ¿cuándo tendrán efectividad estas cosas? ¿Hasta cuándo durará la presente era de iniquidad? Y cuando Jehová aparezca para salvar la causa de la verdad y de la justicia, ¿lo hará por medio de una sola, o de muchas interposiciones? Si es por medio de una serie de interposiciones, ¿qué lapsos de tiem­po las separarán, y cuántas escenas oscuras habrá entre una y otra? ¿Cuándo aparecerá el prometido Mesías, y cuánto tiempo estará en progreso su obra, antes de que llegue aquel momento feliz en que "el sol no se pondrá más, ni la luna se oscurecerá, porque el Señor alumbrará eternamente y los días del pesar habrán pasado?" (Isa. 10:20.) Sobre to­dos estos asuntos que se relacionan con el tiempo, las Escrituras guardan un majestuoso silencio. Es cierto que la última promesa es: "Yo, Jehová, me apresuraré a hacer esto a su tiempo"; pero para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. Antes de que llegue el tiempo de la consumación del plan de Dios de rescatar este mundo apóstata del dominio de Satanás, ¡Cuántos siglos con sus acontecimientos pueden pasar, y cuántos y qué fieros ataques del enemigo del pueblo de Dios, obliga­rán a este pueblo sufrido a exclamar: "Oh, Dios, hasta cuándo!
Toda la profecía de Joel pertenece a la clase que ahora estudiamos. Comienza con el anuncio de ma­les inminentes, y termina con el conflicto y triunfo de los últimos días: '' ¡Multitudes, multitudes, en el valle de Decisión! porque cercano está el día de Jehová en el Valle de Decisión. El sol y la luna se entenebrecen, y las estrellas retraen su esplendor. Jehová también rugirá desde Sión, y desde Jerusalén hará resonar su voz; y se estremecerán los cielos y la tierra; pero Jehová será refugio para su pueblo, y fortaleza para los hijos de Israel. En­tonces conoceréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que habito en Sión, mi santo monte; y Jerusalén será santa; y los extraños no pasarán más por ella" (3:14-17).
Pudiéramos citar otros ejemplos, de muchas pro­fecías, pero los que aquí hemos presentado son su­ficientes.
6. —Pero no debemos inferir de esta ausencia de fechas y de sucesión exacta de acontecimientos, que el vislumbre que el profeta da del futuro sea con­fuso. Las fechas y sucesiones de acontecimientos pertenecen más bien a la maquinaria externa del gobierno providencial de Dios. Ellos son, por así decirlo, las ruedas, los ejes, y las barras que conectan los diferentes acontecimientos. Pero el perpetuo po­der viviente que mora en la Iglesia está por encima del tiempo y de las sucesiones de acontecimientos. Este poder es la garantía de su triunfo final, y de él se ocupan los profetas principalmente. Ellos se fi­jan profundamente en el progreso del reino de Dios, y presentan a nuestra consideración la indes­tructible vida y el poder divino que animan este reino, y que continuamente le hacen progresar hasta que llegue a su final destino—victoria completa y eterna sobre todos los poderes de las tinieblas. Si examinamos cuidadosamente la manera en que los profetas del Antiguo Testamento representan el fu­turo del reino de los cielos, encontraremos que tiene su fundamento en la unidad del plan de redención, el fin hacia el cual tiende, los indicios de ese fin que está en continuo progreso, y el hecho de que el fin en sí es el principal objeto de interés en la visión profética.
(1) La unidad del plan de la redención no consiste en los tiempos y las razones, sino en la más elevada relación de causa y efecto que, bajo la pre­sencia y agencia sobrenaturales de Dios, lo une en un todo compacto y harmónico. Esto puede ser comparado a la unidad de un tejido, en el cual cada hebra de hilo del urdimbre se extiende del principio al fin, y cada hebra de hilo de la trama de un lado a otro; por forma tal que cada parte de la textura está conectada con las otras partes. Así en el plan de la salvación, acontecimientos, que tuvie­ron efectividad en el intervalo de millares de años y en regiones reparadas por miles de leguas, se ha­llan tan íntimamente relacionados como si hubiesen sucedido en el mismo año y en el mismo país. Y desde el momento en que están así conectados en el plan de Dios, es muy natural que los profetas los presenten en la misma forma, pasando por alto, qui­zás, muchos siglos; porque lo que el espíritu de ins­piración trae a consideración, naturalmente, son los puntos esenciales de la futura historia de la Iglesia, las grandes crisis en el progreso de su desenvolvi­miento. Las profecías que se refieren a los últimos tiempos no forman un mapa en el cual se señala, en manera alguna, la distancia que hay de un lugar a otro, con sus montañas, ríos y pueblos; sino más bien una vista anticipada que exhibe solamente los rasgos principales de la región que se encuentra ante el viajero. Este viajero ve allá, a lo lejos, en el hori­zonte, grandes montañas que se elevan una detrás de la otra, y que están bañadas por la pura luz del cielo, sin poder considerar, y mucho menos medir, la anchura de los valles que las separan. Es más: las montañas que están más separadas entre sí, pue­den parecerle, a causa de la gran distancia, una sola montaña.
(2) El plan de redención no sólo tiene unidad, sino también progreso continuo hacia un gran fin. Puede ser comparado a un río majestuoso, alimen­tado por millares de manantiales, que no se detiene un momento en su carrera hacia el mar. Su curso no es siempre recto, pero sí continúo; su co­rriente no es siempre rápida, porque no es siempre obstruida. Algunas veces, como el Arar descrito por César, se desliza por las planicies, tan majestuosa y silenciosamente, que la vista no puede comprender perfectamente su dirección; después se despeña, co­mo otro Niágara, rugiendo, hirviendo, espumeante, estremeciendo la misma tierra con sus cataratas. Pero tiene en las llanas praderas el mismo poder que manifiesta en el salto sobre el precipicio. El retener su corriente en un solo lugar es completamente im­posible. Dejad que cualquier número de Titanes fabriquen una pared en la pradera, de cualquier al­tura, y la corriente, cada una de cuyas partículas es impulsada hacia adelante por un poder interno, tranquilamente se elevará sobre este vano sostén, y luego comenzará a mugir. Desde el principio el tiempo de Dios—este río que corre lleno de agua— se dirige continuamente hacia su gran fin, y desde el momento que cada acontecimiento de su provi­dencia contribuye a su progreso, ¿Por qué hemos de maravillarnos si encontramos en las profecías que acontecimientos separados por siglos aparecen inmediatamente conectados como causa y efecto? Ya sea que el profeta prediga la derrota del ejér­cito de Senaquerib, o la próxima desolación de Jerusalén por los ejércitos caldeos; él conecta estas calamidades inmediatamente con el advenimiento de Cristo, porque este es el gran fin al cual mira. Los juicios desoladores preparan el camino para que ven­ga el Rey de gloria. Después de una tormenta de truenos y relámpagos, viene la serena luz, "como la luz de la mañana, cuando se levanta el sol, como una mañana sin nubes; como la tierna hierba brota de la tierra al beso de los rayos solares, después de la lluvia." (2a. Sam. 23:4.) La mente del vate inspirado se adelanta hacia el fin glorioso del juicio de Dios, sin detenerse a darnos detalles de lo que no es necesario que sepamos, a saber: las distancias cro­nológicas a ese fin.
(3) El progreso del reino de Dios nos indica continuamente el fin hacia el cual tiende. La pri­mera gran interposición de Dios en favor de Israel, contenía en sí la promesa de la ayuda necesaria para el futuro, y en ella la promesa de una final victoria en el futuro; porque salvar a su pueblo era la manifestación del absoluto poder de Dios, y el ab­soluto propósito de Dios era salvarlo. La completa idea de esta intervención se halla contenida en las últimas palabras del cántico de ese pueblo en las márgenes del Mar Rojo: "Jehová reinará para siem­pre jamás." Lo que sucedió con la liberación de este pueblo había de ser verdad también con res­pecto a todas las otras liberaciones. En cada una de ellas separadamente y en todas ellas colectiva­mente, se encuentra la promesa: "No temas, oh, gu­sanillo Jacob, y vosotros, los hombres de Israel; yo soy tu ayudador, dice Jehová; y tu Redentor es el Santo de Israel. He aquí yo haré que seas un trillo cortante nuevo, armado de dientes. Trillarás las montañas y las desmenuzarás, y reducirás, como a tamo, los collados. Los aventarás y el viento se los llevará, y el torbellino los esparcirá: pero tú te regocijarás en Jehová, y gloriarás en el Santo de Israel" (Isa. 41:14-16).
Además, los castigos que Dios infligió a su pue­blo elegido, durante toda la ascendencia temporal de sus enemigos sobre ellos, indicaban, de igual ma­nera, el triunfo final de la causa de la justicia y la verdad. Cualquiera que fuera la intensidad de es­tos castigos, siempre fueron de tal manera ordenados que el pueblo de Dios nunca fue destruido, sino pu­rificado siempre por su poder, y así se preparó el camino para su futura grandeza. El ojo divinamen­te iluminado del profeta discernió perfectamente es­ta tendencia purificadera. Por lo tanto, no es de extrañar que él conectara con estos castigos presentes gloriosas promesas con respecto al futuro. La des­trucción del ejército de Senaquerib por el ángel des­tructor, y la de Jerusalén por el ejército caldeo—el primero, acontecimiento tan regocijante en su forma externa, y tan triste el segundo—fueron ambos, para la visión profética, partes de la misma preparación por medio de la cual Dios estaba llevando a su pue­blo a la gloria y bendición futuras. Por lo tanto, él los une con brillantes visiones del futuro, sin de­tenerse a mencionar los acontecimientos de los siglos intermedios, respecto a la duración de los cuales no se le había mandado hablar.
(4) El fin mismo, hacia el cual tiende el plan de redención, es el principal asunto de interés en la re­presentación profética. Alimentar la fe y la confian­za de la Iglesia, darle vigor en sus presentes lu­chas, por medio de la promesa de la final victoria— éste, y no satisfacer la vana curiosidad con respecto a las fechas fijas de "los tiempos y las sazones," es el designio principal de la profecía. Pero, por su­puesto, no negamos que tenga otros fines subordina­dos. Las profecías demandan para sí el atributo de omnisciencia, y su cumplimiento es, para aque­llos que viven después de ella, una prueba de validez para sus demandas. Pero el estar absortos de ante­mano en cálculos respecto a sus fechas, es elevar lo subordinado y circunstancial de las profecías, sobre lo "que es esencial en ellas. El brillante fin del pre­sente conflicto con el poder de las tinieblas es lo que la visión profética está presentando continua­mente a nuestra consideración para nuestro aliento y regocijo. Para los que aman a Dios este es el punto de mayor interés; y por esta causa los profe­tas lo hacen el asunto más culminante, dando un lugar muy secundario al número exacto de años que han de pasar antes de su final consumación. Algu­nas crisis en la historia de la Iglesia aparecen indi­cadas tan claramente, que los que pueden discernir "las señales de los tiempos" pueden comprender de antemano que están cercanas. La general expectación del advenimiento del Mesías en el tiempo en que él vino, tenía su fundamento en la comparación de las profecías con las condiciones por que atravesa­ba el pueblo elegido. La presente universal creencia entre los cristianos de que se acerca el tiempo de la derrota de la triple liga de Satán, los malos reyes y los malos sacerdotes, indudablemente descansa en el mismo firme fundamento. Pero más allá de ésta río podemos ir. No podemos decir qué sucederá en tal año del siglo presente, ni aun si tendrá lugar en este siglo de acuerdo con el verdadero espíritu de las profecías. Nos es suficiente saber que "& su tiempo sucederá"—que la victoria es cierta, y que cada creyente, desde Abel hasta el día en que sue­ne la final trompeta, tendrá su parte en esta vic­toria.

III. —LA CUESTIÓN DE DOBLE SENTIDO.

7.—El llamado doble sentido de las Escrituras, es­pecialmente de las profecías, acerca del cual ha ha­bido tanta discusión entre los escritores bíblicos, de­be ser distinguido del doble sentido de la alegoría pura, cosa que es generalmente aceptado. En la alegoría, el primer sentido, o sentido literal, es sólo la envoltura del sentido más elevado que tiene y que es el que posee verdadera importancia. Para que podamos tener un buen ejemplo de doble sentido, el sentido literal obvio ha de tener su propia signifi­cación, aparte del sentido más elevado, y este sentido más elevado ha de haber sido ideado por el Espíritu de la inspiración. La pregunta que ahora debemos hacernos es la siguiente: ¿Ocurren ejemplos de este doble sentido en las Escrituras?
A fin de evitar la logomaquia que puede ocurrir por el uso de la misma frase en diferentes sentidos, preferimos las expresiones sentido literal y sentido típico.
8.—Como ya se ha dicho (cap. 5, No. 4), en el Antiguo Testamento encontramos tipos históricos; y estos tienen un doble sentido. El sacerdocio de Melquisedec y la transacción que tuvo efecto entre él y Abraham, fueron realidades históricas que tu­vieron su propósito y significado. Sin embargo, la Palabra Inspirada nos enseña que las circunstancias conectadas con el sacerdocio de Melquisedec y su en­cuentro con Abraham, fueron propuestas por Dios para prefigurar el más elevado sacerdocio del gran Antetipo de Melquisedee. El trajo pan y vino, los mismos símbolos que después habían de representar a Cristo crucificado como nuestra comida y bebida es­piritual, y que había de bendecir a los que tenían la promesa, y recibir dones de todos (Gen. 14:18-20), ejerciendo así las prerrogativas de uno que es superior a Abraham, y consecuentemente superior a toda su posteridad (Heb. 7:4-10). En la intención del Es­píritu Santo, el más elevado significado típico se encuentra en esta transacción desde el principio, pero no fue revelado a los discípulos hasta que la dispensación de Cristo hubo comenzado. Así tam­bién el descanso del pueblo elegido en la tierra de Canaán es representado en el Nuevo Testamento co­mo típico del verdadero descanso celestial (Heb. 4: 7-11). Pudiéramos citar otros ejemplos, pero éstos bastarán para ilustrar el principio que ahora consi­deramos.
9.—Los mejores ejemplos que tenemos del caso en que el significado literal oculta el significado típico, los encontramos en los llamados Salmos Mesiánicos, ana parte de los cuales describen las victorias y el dominio universal de un poderoso Rey a quien Jehová ha puesto sobre Sión para gobernar para siem­pre (Salmos 2, 45, 72, 110, etc.); en otra parte pre­sentan las aflicciones de su poderoso Paciente y su subsiguiente liberación de ellas, liberación que tiene como resultado la conversión de todas las naciones a Jehová (Salmos 22, 40, 69, 109, etc.). Que Salmos como el 2, el 72, el 22, el 40, y el 69 (para no men­cionar otros), tienen en verdad referencia a la per­sona y obra de Cristo, no puede ser negado sin im­putar error o fraude a los escritores del Nuevo Tes­tamento. Es más: el mismo Salvador dijo, después de su resurrección: "Estas son las mismas pala­bras que os hablé, estando aún con vosotros, que era necesario que se cumpliese todo lo que está es­crito de mí en la ley de Moisés, y en los Profetas, y en los Salmos" (Luc. 24:44); de donde aprende­mos que era la costumbre de nuestro Señor hacer referencia a los Salmos por contener profecías acerca de su persona. Si los Salmos, cuando son legítima­mente interpretados, no contienen semejantes profe­cías, entonces, cuando los escritores del Nuevo Testamento los citaban como Salmos que se referían a Cristo, o bien creerían que estaban haciendo una buena aplicación de ellos, de acuerdo con la mente del Santo Espíritu, o simplemente los usaban para ga­rantizar lo que sabían que eran prejuicios sin fun­damento de aquella época. Según la primera supo­sición, ellos estaban en error; según la segunda, eran responsables de fraude, de no ser cierto que estos Salmos eran mesiánicos. Este es el deshonor que los principios modernos de racionalismo tratan de arro­jar sobre la Palabra de Dios. En la interpretación de estos Salmos debemos, por consiguiente, tener como verdad fundamental, que ellos contienen ver­daderas referencias a Cristo. Lo único que nos que­da que averiguar, entonces, es si esos Salmos hacen referencia a cosas secundarias también.
(1) Una clase de intérpretes creen que estos Salmos se refieren exclusivamente a Cristo; esto es, dan por sentado que los escritores de estos Salmos hablan de Cristo con exclusión de toda otra cosa o persona. Hay Salmos—el 110 por ejemplo—que pue­den ser muy bien explicados de esta manera. Las primeras palabras del Salmo—"El Señor dijo a mi. Señor"—parecen excluir a David como sujeto; y además, es difícil comprender en qué sentido David pudiera hablar de sí mismo como elegido por jura­mento divino "sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec" (ver. 4). Pero al tratar de aplicar este principio a todos los Salmos Mesiánicos, encon­traríamos muy serias dificultades. Algunos de estos Salmos tienen alusiones históricas de un carácter tan marcadamente circunstancial, que es muy difícil creer que el escritor no tuviera en mente su propia situación personal. Además, en algunos de ellos el escritor hace a Dios confesión de sus pecados. Sal. 40:12; 69:5.
Los que aplican estos Salmos exclusivamente a Cristo, suponen que estas confesiones tienen un ca­rácter vicario, según lo cual el Mesías toma el lugar del pecador, porque "Jehová cargó sobre él la ini­quidad de todos nosotros" (Isa. 53:6). Pero la for­ma en que se hacen estas confesiones impide seme­jante interpretación. Cuando el Salmista dice: "¡Oh Dios, tú sabes mi insensatez, y mis pecados no te son ocultos!", no podemos creer que semejante lenguaje se refiera a ninguna otra cosa que al pecado per­sonal. Es cierto que el Mesías llevó nuestras ini­quidades, y que Dios "hizo pecado por nosotros al que no conoció pecado"; pero el Salvador en ningún lado habla, ni podía hablar, de "mis iniquidades," "mi insensatez," "mis pecados."
(2) Según la opinión de otra clase de intérpre­tes, el sujeto de estos Salmos, principalmente de aquellos que presentan al Mesías como Paciente, es un personaje ideal, a saber: la congregación de los justos considerada aparte de Cristo, pero en Cristo que es su cabeza; o lo que es lo mismo, Cristo considerado, no en su simple personalidad aparte de la Iglesia, sino Cristo en relación con la Iglesia que es su cuerpo. El contenido de estos Salmos, por con­siguiente, es aplicado, de acuerdo con su naturaleza, a los creyentes que son miembros de este cuerpo, o a Cristo en un sentido más amplio y a los creyentes en un sentido más subordinado. A favor de esta teo­ría pudiera decirse mucho; pero ella también tropieza con la misma dificultad que hemos mencionado: que no podemos leer bien estos Salmos, con sus marcadas alusiones históricas, sin la convicción de que el autor tenía en mente, no de una manera indirecta, sino directamente, su propia situación personal.
(3) Hay una tercera teoría, que es quizás la más aceptable, que pudiera ser llamada la teoría típica, teoría que fue sostenida, como es bien sabido, por Meláncton, Calvino, y otros expositores más moder­nos. Esta teoría se basa en el bien establecido prin­cipio de que David (y sus descendientes que le su­cedieron en el trono, hasta donde fueron fieles a su oficio) era un tipo divinamente establecido del Me­sías, no sólo bajo su carácter de gobernante en el reino de Dios, sino también en los acontecimientos de su historia; que los Salmos de que hablamos, ya describan su poder victorioso, ya su profundo sufri­miento por causa de sus enemigos, tenían un verda­dero origen histórico; que EU primera y más inme­diata referencia era la propia situación del escritor y los acontecimientos en que tomó parte; pero que bajo la guía del Espíritu Santo, fue llevado más allá de su propia personalidad, a descubrir el oficio y la historia del Mesías; que consecuentemente estos Salmos tienen su cumplimiento, de una manera se­cundaria, en David el tipo (el Sal. 72 en Salomón), y su más perfecto cumplimiento en Cristo, el Ante­tipo.
El Salmo segundo, por ejemplo, que describe la vana conspiración de los gobernantes gentiles contra el Ungido del Señor, y el propósito de Dios de dar a éste por posesión hasta los confines de la tierra, puede haber tenido su ocasión de la liga de las na­ciones gentiles contra David. En el victorioso poder que Dios dio a David tenía este tipo su cumplimiento secundario; y esta era, por así decirlo, la primera gavilla de la siega de victorias que había de seguir. Era la señal y promesa del cumplimiento del Salmo en Cristo, en quien solamente la promesa hecha a David: "Y tu casa y tu reino serán eternamente estables delante de ti: tu trono será inmóvil para siempre" (2a. Sam. 7:16), podía tener su perfecto cumplimiento. Luc. 1:32, 33.
La segunda clase de Salmos, de la cual el 22 es un bien conocido ejemplo, pueden haber tenido, de igual manera, un verdadero origen histórico. Cuan­do el Salmista comienza con la exclamación: "Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?", él puede haber querido hacer referencia a su tristísima condición. Pero desde el momento en que fue ele­gido, directamente, cabeza de la serie de Reyes que terminaría con Cristo, y era, por esta razón, en su oficio, un tipo de Cristo, Dios ordenó de tal manera las circunstancias de su vida, que pudieran prefigu­rar los sufrimientos y final victoria del Mesías. Escribiendo bajo la dirección del Espíritu Santo, fue guiado, por medio de estas circunstancias, a decir mu­chas cosas que podían ser aplicadas a él en un sen­tido secundario y a menudo figurado, pero cuyo pro­pósito principal era tener su perfecto cumplimiento en Cristo, su Antetipo. (Sal. 22:1, 7, 8, 14, 15, 16, 18; 40:6-10; 69:4, 7-9, 21; 109:1-20), y cuyas cir­cunstancias señalaban a Cristo como el principal su­jeto de las profecías.
Es muy difícil determinar hasta qué punto el sal­mista  comprendió la  referencia de sus palabras  a Cristo. Con respecto al Salmo 16 el apóstol Pedro nos dice que "siendo él profeta, y conociendo que con juramento le había jurado Dios, que del fruto de sus lomos, se sentaría UNO sobre su trono; él, previendo esto, habló respecto de la resurrección del Mesías, que él no hubiese de ser dejado entre los muertos, ni su cuerpo hubiese de ver corrupción" (Act. 2:30, 31) ; de donde inferimos que al escribir este Salmo, David era consciente de que sus palabras se referían principalmente a Cristo.    El espíritu de las citas que se hacen en el Nuevo Testamento de los Salmos, indica que David tenía una más profunda percepción de que el significado de sus palabras era profetice, de lo que están dispuestos a admitir mu­chos expositores modernos.   Pero sea esto como fue­se, el Espíritu de la inspiración tenía en mente que estos Salmos tuviesen su cumplimiento en Cristo; y su intención, según nos es revelada claramente en el Nuevo  Testamento,   es  nuestra regla   de   interpre­tación.
El cumplimiento progresivo de las profecías es di­ferente del sentido literal y figurado, aunque en principio está estrechamente relacionado con él; y es de gran aplicación en la interpretación de las pro­fecías que se refieren a los últimos días. Por cum­plimiento progresivo de las profecías se da a enten­der un cumplimiento profético que no tiene efecto en una sola era, o en una simple crisis de la historia de la Iglesia, sino que tiene efectividad sucesiva­mente, de era en era; un cumplimiento repetido qui­zás muchas veces, y que termina solamente con la final consumación del reino del Mesías. Un ejemplo innegable de esta clase de profecías lo encontramos en el mensaje que Dios dio a su pueblo elegido por medio de Isaías: "Anda y di a este pueblo: oyendo oiréis, mas no entenderéis; y viendo veréis, mas no percibiréis," etc., con la amenaza de la desolación que había de venir (Isa. 6:9-13). Esta profecía tu­vo un verdadero cumplimiento en el pueblo judío an­tes de la cautividad babilónica. Por causa de la ce­guera de su mente y oscuridad de su corazón, fueron entregados en poder de Nabucodonosor, quien asoló su tierra, destruyó su ciudad y su templo y llevó el pueblo al cautiverio. Pero esta profecía tuvo, en sus dos partes, un más terrible cumplimiento en la ge­neración de judíos que rechazó y crucificó al Señor, y que fue destruida, junto con su ciudad y templo, por los ejércitos romanos (Mat. 13:14, 15; Mar. 4:12; Luc. 8:10; Juan 12:39-41; Act. 28:25-27; Rom. 11:8); y su cumplimiento está aún en progreso. La profecía de Joel sobre la venida del Espíritu Santo en los últimos días, sobre toda carne, con los juicios que la habían de acompañar (2:28-32), y la predicción de Amos del levantamiento del tabernácu­lo caído de David (9:11, 12), tienen ambas su cum­plimiento inicial en la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés y los triunfos del Evangelio que le siguieron (Act. 2:16-21; 15:16, 17). Pero las ben­diciones que ellos prometieron no terminaron en la edad apostólica. La Iglesia ha tenido ricas recep­ciones de ellas, pero las más ricas le están reser­vadas para el futuro de gloria milenial. Una gran parte de las profecías del Antiguo Testamento indi­can, en su misma estructura, que no se ha de enten­der que ellas se contraen a acontecimientos particu­lares, sino al desarrollo del reino de Dios, de edad en edad. El lector puede tomar como ejemplo, de en­tre otros muchos que pudiéramos citar, la predicción de Isaías y Miqueas con respecto al establecimiento de la casa del Señor en los últimos días, en la cús­pide de las montañas, y la paz universal que se se­guirá (Isa. 2:2-4; Miq. 4:1-4). El particularismo que trata de hacer que cada profecía se haya cum­plido en algún acontecimiento particular de la histo­ria, puede cometer grandes errores en la interpreta­ción de las Escrituras.

IV. —LA CUESTIÓN DE SENTIDO LITEEAL Y
FIGURADO.

11. —Sobre este asunto los expositores están muy divididos, como es bien sabido; una clase de ellos adopta, hasta donde le es posible, el sentido literal de los anuncios profetices, y la otra emplea libre­mente el principio de interpretación figurada. Los límites del presente trabajo no nos permiten discutir ampliamente las pretensiones de cada una .de estas escuelas de interpretación. Lo único que podemos hacer es indicar algunos sanos principios a este res­pecto, que pueden ser útiles al estudiante bíblico en su interpretación de las profecías.
12.—Comenzamos llamando la atención al uso re­presentativo que los profetas del Antiguo Testamento hacen de los acontecimientos de la historia pasada de Israel; esto es, su costumbre de representar el fu­turo por medio del conjunto de imágenes de esa his­toria. Cuando Israel peregrinó de Egipto a la Pa­lestina, a través del desierto de Arabia, Dios secó el mar Egipcio ante su presencia, los guió con la nube de humo y fuego, los alimentó con el maná, hizo brotar manantiales de las peñas para apagar su sed, y finalmente dividió las aguas del Jordán haciéndo­les, a través de él, un paso hacia la tierra prometida. Esta historia primitiva de Israel proporciona a los profetas que vivieron en siglos posteriores, un rico te­soro de imágenes que sería absurdo interpretar en sentido literal.
Así Isaías, hablando de la futura reunión de los desterrados de Israel y de los dispersos de Judá, tra­gándolos de los cuatro extremos de la tierra (11:11, 12), dice: "Jehová destruirá completamente la len­gua del mar de Egipto; levantará su mano sobre el río Eufrates, con su viento tempestuoso, e hiriéndolo, lo partirá en siete arroyos, y hará que su pueblo lo pase a pie enjuto" (ver. 15). Suponer que el pro­feta predice una repetición literal de los milagros realizados en el mar Rojo y en el Jordán, es tanto innecesario como improbable. El verdadero signifi­cado de estas palabras es: que Dios removerá todos los obstáculos que se opongan a la vuelta de su pue­blo a su tierra natal, como originalmente removió los obstáculos que impedían su entrada en ella. Es­ta es realmente la verdadera idea de las siguientes palabras: "Habrá un camino real para los restos de su pueblo, para los que quedaren, desde la Asiria, así como lo hubo para Israel, en aquel día en que salió de la tierra de Egipto" (ver. 16).
Además, el profeta predice que en la gloria del último día "creará Jehová sobre toda la ex­tensión del monte de Sión, y sobre las asambleas, una nube y un humo de día, y de noche un resplandor de un fuego que eche llamas; por­que sobre toda la gloria había una cubierta" (Isa. 4:5). En estas palabras, "se hace referencia figurada a la columna de nube y la columna de fuego en las cuales el Señor fue delante de los Israelitas en el desierto, y a la gloria que permanecía sobre el tabernáculo." (Henderson). Dios dará a la Iglesia en los últimos días, aquello que significaban las co­lumnas de humo y fuego, su gloriosa presencia y pro­tección. No hemos de esperar una repetición literal del milagro.
Aun más: Dios promete a su pueblo cansado, en su peregrinación a Sión, que "reventarán aguas en el desierto, y arroyos en el yelmo" (Isa. 35:6, etc.), con alusión innegable a la provisión milagrosa de agua que se hizo para Israel en su viaje a la tierra de Canaán. El agua que aquí se promete es el agua de vida, y no fuentes literales en el desierto. Sobre el mismo principio debemos interpretar el río que brota en el templo, y que corre hacia el Este, al Mar Muerto, aumentando en su anchura y pro­fundidad a medida que corre, y que da vida a to­do lo que está bajo su influencia. (Eze. 47:1-12, compárese Sal. 46:4; Joel 3:8; Zac. 14:8).
13. —Los profetas hacen el mismo uso representati­vo de las instituciones de la economía mosaica. Uno de sus oficios era predecir la extensión de la verda­dera religión sobre toda la tierra; la conversión de todas las naciones a la fe del pueblo elegido, y su paciente sujeción a Jehová, que gobernaría sobre Sión. ¿En qué forma había esto de tener efectividad mientras durase la teocracia en todo su poder? La revelación del propósito de Dios de abolir esta teo­cracia en beneficio de una dispensación más simple y espiritual, en la cual no hubiese distinción entre los judíos y los gentiles, hubiera sido un acto prema­turo. Semejante revelación hubiera sido causa, hasta donde podemos juzgar, de muchos errores y equi­vocaciones; y había de tener, como resultado, el me­nospreciar la economía entonces existente, antes de que el mundo estuviese preparado a recibir algo me­jor. Por consiguiente, Dios permitió a sus profetas predecir las glorias de los últimos días—días en que todas las naciones han de venir al conocimiento y obe­diencia de la verdad—bajo la forma de la dispensa­ción judaica, con su templo, sacrificios y solemnes fiestas.
Un hermoso ejemplo de esto es el brillante cuadro que hacen los dos profetas contemporáneos: "Mas sucederá que en los postreros días el monte de la casa de Jehová será establecido sobre los collados; y como ríos fluirán a él los pueblos. Pues caminarán muchas naciones diciendo: Venid y subamos al monte de Jehová, y a la casa del Dios de Jacob, y él nos enseñará en cuanto a sus caminos, y nosotros anda­remos en este sendero; porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y juzgará entre muchos pueblos, y reprenderá a fuertes nacio­nes, hasta en tierras lejanas; y ellas forjarán sus espadas en rejas de arados, y sus lanzas en hoces; no levantará espada nación contra nación, ni aprenderán más la guerra. Y se sentarán cada cual debajo de su parra, y debajo de su higuera; y no habrá quién los espante: porque la boca de Jehová de los ejér­citos lo ha dicho" (Miq. 4:1-4 comparado con Isa. 2:2-4). El templo de Jerusalén, con su altar y sa­cerdocio, era el punto céntrico de la antigua teocracia; allí habían de ofrecerse todos los sacrificios, allí es­taba el asiento de la autoridad real, y, consecuente­mente, de pública justicia; y allí habían de concurrir todos los varones del pueblo tres veces al año, en las grandes fiestas nacionales (Deut. 16:16). Un judío no podía concebir la idea de conversión de todas las naciones, sino por medio de su sumisión a la teocra­cia, y viniendo a Jerusalén a adorar a la administra­ción de la justicia. De acuerdo con esta manera de pensar, el Espíritu de la profecía representa "el monte de la casa de Jehová" como "establecido en la cúspide de las montañas," un objeto visible a to­das las naciones que van allí a adorar, se someten allí a la autoridad del gran Rey, y obtienen así paz y fe­licidad universales. Es contrario a la analogía ge­neral de las profecías el insistir en que estas palabras han de tomarse literalmente. Semejante cosa es tra­tar de traer a existencia nuevamente la forma exter­na del reino de Dios que la dispensación evangélica vino a abolir.
Hay otro celebrado pasaje en Zacarías (14:16-21) que es intensamente judaico en su costumbre. Des­pués de describir los juicios de Dios sobre las naciones que han peleado contra Jerusalén, el profeta procede a decir: "Y sucederá que todos los que quedaren de todas las naciones que vinieron contra Jerusalén, su­birán de año en año para adorar al Rey, Jehová de los ejércitos, y para celebrar la fiesta de las Enra­madas. Y acontecerá que si cualquiera de las familias de la tierra no subieren a Jerusalén, para adorar al Rey, Jehová de los ejércitos, no caerá llu­via sobre ella. Y si la familia de Egipto no subiere ni viniere (sobre quienes no llueve), habrá en ella la plaga con que Jehová herirá a las naciones que no subieren a celebrar la fiesta de las Enramadas. Tal será el castigo de Egipto y el castigo de todas las naciones que no subieren a celebrar las fiestas de las Enramadas. En aquel día habrá aún sobre las campanillas de los caballos el rótulo de Santidad a Jehová; y las ollas de la casa de Jehová serán como los tazones delante del altar. Más aún, toda olla en Jerusalén y en Judá será santa a Jehová de los ejér­citos; de manera que todos los que ofrecieren sa­crificios vendrán y tomarán de ellas, y cocerán en ellas: y no habrá más traficante en la casa de Jehová de los ejércitos, en aquel día." El cuidado del pro­feta en incluir "todas las familias de la tierra" en esta ordenanza, es muy digno de ser notado. Cual­quier nación que se niegue a observar la ordenanza, no tendrá lluvia. Pero recordando que para Egipto esto no puede ser un castigo, él señala para esta na­ción la plaga más bien que la ausencia de lluvia. ¿Sucederá verdaderamente que en los últimos días todas las familias de la tierra subirán, año tras año, a adorar en Jerusalén? En ese caso tendrán que sacrificar allí también; porque la profecía es un todo homogéneo, y con respecto a la cual, si la primera parte ha de ser interpretada literalmente, la segunda también. En el pasaje citado se hace referencia a las ofrendas que el pueblo hacía por las paces, las que, después de ser quemadas ciertas porciones en el al­tar, servían para hacer banquete el oficiante y sus amigos; y se hace provisión especial para la mul­titud de estos sacrificios.    '' Toda olla en Judá y Jerusalén," tanto como "las ollas en la casa de Jehová," "serán santas a Jehová de los ejércitos," a fin de que sirvan para hervir las carnes de las ofrendas por las paces, precisamente como vemos que se hacía en los días de Eli (1ra. Sam. 2:13-16). Esta parte déla profecía debe ser entendida figuradamente, y, por consiguiente, toda la profecía. La futura recepción de la verdadera religión, por todas las naciones, es predicha bajo los símbolos de la economía mosaica, con su ritual, sus fiestas anuales, y la adoración. En pro de este principio de interpretación tenemos la garantía del Nuevo Testamento. La ley de Moisés prescribía un sacerdocio literal, con sus sacrificios reales; los creyentes, bajo la nueva dispensación, son un  sacerdocio espiritual, y presentan sus cuerpos como "sacrificios espirituales" (Rom. 12:1; la. Ped. 2:5). La economía mosaica tenía una metrópolis central, una Sión literal, adonde subían todas las tri­bus anualmente; los creyentes en Cristo han venido al "Monte Sión" espiritual que es lo que prefigu­raba la  Sión antigua,  donde el gran Antetipo  de David reina, a fin de que todas las naciones puedan ir a él y él pueda enseñarle sus leyes.
Por el mismo principio, así como por otras razo­nes obvias (véanse caps. 42:15-20; 15:1-8; 47:1-12 y 48) la descripción minuciosa que hace Ezequiel de la Nueva Jerusalén, con su territorio, su templo, y sus ordenanzas judaicas (caps. 40-48), no ha de ser interpretada literal, sino figuradamente. Este templo tiene también su sacerdocio levítico, su altar, y sus sacrificios (cap. 43:13-27), todo lo cual ha cesado en Cristo. Hay otros pasajes semejantes a los arriba mencionados, que no es necesario que consideremos separadamente, toda vez que ellos entran en la misma regla de interpretación.
14. —En las clases de profecías que hemos men­cionado, el principio de interpretación figurada pue­de ser sostenido sobre fundamentos muy sólidos; pe­ro sería un error suponer que es de aplicación uni­versal y exclusiva. En aquellos casos en que no existen razones en contra, la interpretación literal debe tener la preferencia, como la más natural y obvia. El demarcar los límites de lo literal y lo figu­rado en las profecías, es muy difícil y en algunos casos imposible. En este respecto ha placido a la sa­biduría de Dios echar un velo sobre algunas pre­dicciones no cumplidas, velo que nadie puede re­mover. Hay dos asuntos, especialmente, sobre los cuales han estado divididos los intérpretes bíblicos, y acerca de los cuales probablemente continuarán di­vididos, hasta que el mismo Dios decida. El pri­mero es: la restauración literal de los judíos a la tierra prometida; y el segundo: el reinado personal de nuestro Salvador sobre la tierra durante el mile­nio de gloria. Una verdadera discusión de cualquiera de estos asuntos requeriría un volumen; por eso nos concretamos   a   hacer   pequeñas   sugestiones   sobre ellos.
15. —La promesa original a Abraham incluía el don de la tierra de Canaán como "una eterna po­sesión" para él y su descendencia (Gen. 12:7; 13: 15; 15:18; 17:8; 26:3; 28:13). Esta promesa apare­ce hecha en los términos más claros, los límites del territorio ofrecido aparecen demarcados, y enumera­das las naciones que habían de vivir en este terri­torio (Gen. 15:18-21); en una palabra, todo indica que la interpretación literal es la verdadera. Las ad­mirables palabras del Salvador: "Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las nacio­nes; y Jerusalén será hollada de las naciones, hasta que los tiempos de los gentiles sean cumplidos" (Luc. 21:24), han tenido un cumplimiento literal en los juicios que anuncia; y parece razonable creer que la promesa encerrada en la última cláusula, "has­ta que el tiempo de los gentiles sea cumplido," ha de tener también un cumplimiento literal en la reposición de los judíos a Jerusalén y la Tie­rra Santa. La maravillosa preservación de la na­ción judía, a través de tantos siglos, parece in­dicar lo mismo. Todas estas cosas, tomadas en conexión con las numerosas y muy explícitas pro­fecías de su cautividad y dispersión por causa de su pecado, y su subsiguiente restauración a la hora del arrepentimiento (Lev. 26; Deut. caps. 28-30; la. Rey. 8:46-50; Isa. caps. 6, 11, 60; Jer. caps. 30, 31; Eze. caps. 36-39; Oseas 1:10, 11; Joel 3; Amos 9; Miq. 7:8-20 Sof. 3:8-20), parecen garantizar la espe­ranza de un cumplimiento literal, en el futuro, de la promesa hecha a Abraham de que su simiente here­daría la tierra de Canaán para siempre.
16. —Es un artículo fundamental de fe cristiana que Cristo volverá en gloria, a levantar los muertos, transformar los vivientes, y juzgar las naciones. Pe­ro la doctrina de que "el estado carnal y terrestre no ha de terminar con la venida de Cristo, sino que entonces ha de tomar una nueva forma; y que enton­ces, con sus santos glorificados, el Redentor reinará personalmente sobre el trono de David, en Jerusalén, por mil años, sobre un mundo de hombres todavía carnales, que comen y beben, siembran y edifican, se casan y dan en matrimonio" (Brown sobre la Se­gunda Venida), no puede alegar un fundamento bí­blico indiscutible. Los argumentos en que se basan sus defensores son sacados de los mismos pasajes que arriba hemos considerado (Miq. 4:1-4; Zac. 14:16-21). Pero hemos visto cuan poco apoyo prestan estos pasajes a la doctrina, cuando son rectamente interpretados. Tampoco favorecen esta doctrina las referencias que aparecen en los Evangelios y Epís­tolas acerca de la segunda venida, porque esas re­ferencias claramente conectan esa venida con la con­sumación de todas las cosas.
Nuestro Señor dice: "Viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y sal­drán: los que han hecho bien a resurrección de vida: y los que han practicado lo malo, a resurrección de condenación." Juan 5:28, 29. El claramente repre­senta estas dos resurrecciones como simultáneas; y no hay en sus palabras la enseñanza más pequeña de una resurrección parcial que ha de tener efecto cen­tenares de años antes de que el reino de la muerte termine en este mundo. La resurrección "en el últi­mo día" a que se refiere Pablo (la. Cor. 15; la. Tes. 4:13-18; 2a. de Tes. 1:7-10) es universal. Expresa­mente incluye todos los muertos en Cristo y la trans­formación de todos los que viven en Cristo. Si no se dice nada de la resurrección de los malvados, esto sucede porque el apóstol tenía en mente solamente la "resurrección de vida," y no tenía ocasión de hablar de la simultánea "resurrección de condenación," que el mismo Salvador menciona. Esta resurrección al sonido de la última trompeta, es también la cesación del reino de la muerte; porque cuando ella acontez­ca "entonces será verificado el dicho que está es­crito: “¡Tragada ha sido la muerte victoriosamente!'” (1a. Cor. 15:54). Pero "el último enemigo que será destruido es la muerte," y entonces "viene el fin" (la. Cor. 15:24-26).
El Maestro enseña, además, que su presencia per­sonal en la tierra es inconsistente con la dispensa­ción del Espíritu Santo. "Os conviene que yo vaya; porque si yo no fuere, el Consolador no vendrá á vos­otros; mas si yo fuere, yo os lo enviaré" Juan 16:7. Convenía que él fuera porque la dispensación del Es­píritu se adapta mejor a nuestro estado de carne y sangre, de lo que pudiera adaptarse su presencia corporal. Esta dispensación del Espíritu, según la naturaleza del caso, ha de continuar en toda su fuer­za a través de la era milenial, en que las generaciones de los hombres se sucederán como se suceden al pre­sente. Pero el Nuevo Testamento no enseña nada con respecto a la dispensación del Espíritu Santo contemporáneamente con el reino personal de Cristo sobre la tierra. Su constante enseñanza es que la salvación de los hombres se efectúa por la intercesión de Cristo en el cielo conjuntamente con el don del Espíritu Santo en la tierra.
El pasaje sobre que se hace hincapié por los de­fensores de la referida teoría, es el capítulo 20 de Revelación, que habla de la primera y segunda resu­rrección. Pero la primera resurrección de que se ha­bla allí no puede ser idéntica a aquella que dice Pablo tendrá lugar a la segunda venida de Cristo. La resurrección que describe Pablo incluye, en tér­minos expresos, todos los justos, mientras que esta primera resurrección del Apocalipsis está restringida a una clase especial, a saber: los mártires y todos aquellos que han confesado el nombre de Cristo, (ver. 4), y el resto de los muertos no vive hasta que han pasado los mil años (ver. 5). Además, hay una resu­rrección general (ver. 11-15), la que según los mismos términos, incluye los justos y los injustos; porque en­tre los libros que entonces se abran estará "el libro de la Vida." Los muertos resucitados serán juzgados "cada uno conforme a sus obras," y todos aquellos cuyos nombres no estén en el libro de la vida, serán echados en el lago de fuego. Al mismo tiempo la muerte y el infierno (hade), personificados como tíos enemigos de la raza humana, son echados en el lago de fuego, y así "la muerte, el último enemigo, es destruida," y "la muerte ha sido tragada victo­riosamente" (la. Cor. 15:26, 54). Esta es la resu­rrección que tendrá efecto a la segunda venida de Cristo, cuando suene la final trompeta, y no mil años antes de su advenimiento; la resurrección y juicio, cuando los impíos "irán a la condenación eter­na, pero los justos a la salvación eterna." No nos aventuramos a interpretar la primera resurrec­ción, creyendo que es uno de los misterios que Dios revelará solamente cuando tenga efectividad. Pero si ha de ser interpretada literal o figuradamen­te, según la analogía de la resurrección de los dos testigos (cap. 11:11), no nos parece razonable edifi­car sobre este oscuro y difícil pasaje, una doctrina sobre la venida premilenial de nuestro Señor y su reino personal sobre la tierra, doctrina que varía tanto del tenor general de las Escrituras.

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CAPITULO VII

CITAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO QUE SE ENCUENTRAN EN EL NUEVO

1.-En lo que respecta a la inspiración, y consecuente con la autoridad infalible, las citas que en el Nuevo Testamento se hacen del Antiguo, se hallan en el mismo nivel que los otros escritos apostólicos. La promesa del Salvador fue: "Cuando él venga, el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad literalmente, "a toda la verdad;" esto es, según se explica inmediatamente, a toda la verdad en lo que respecta a la persona y obra del Salvador. Por consiguiente, cuando Pedro y los otros apóstoles expusieron a los hermanos, después del cumplimiento de esta promesa, las Escrituras del Antiguo Testamento, en las cuales el Espíritu de Cristo "testificaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y la gloria que había de surgir," el mismo "Espíritu de Cristo" los guió a una verdadera comprensión del significado de estas Escrituras. Si no podemos confiar en Pedro y en Pablo, a quienes el mismo Cristo comisionó a predicar el Evangelio, que estaban habilitados para esta obra por el Espíritu Santo, y a quienes fue dado poder milagroso para confirmar y sellar su comisión -si no podemos confiar en estos hombres en cuanto a la interpretación del Antiguo Testamento, entonces no podemos confiar tampoco en la guía del Espíritu Santo. Pero cuando hemos admitido, como debemos admitir, la autoridad de los escritores del Nuevo Testamento como intérpretes del Antiguo, aún nos queda un asunto muy importante que resolver, a saber: la manera de sus citas. Nos proponemos examinar brevemente este asunto, tanto en su forma externa, como en sus contenidos internos.

2.-En lo que respecta a la forma externa, no podemos por menos que notar en seguida, el libre espíritu de estas citas. Es manifiesto que estos escritores inspirados no se preocuparon de la exactitud verbal de las palabras que citaron. El espíritu y designio de un pasaje, que es lo que constituye su verdadera vida y significado, es lo que tienen en mente al hacer las citas, y no el número exacto de palabras literalmente traducidas del griego o del hebreo. Es bien sabido que una gran parte de sus citas son hechas de la versión griega de los Setenta, de uso común en su época. Nadie supone que los traductores que prepararon la Septuaginta fueran inspirados, o que siempre presentaran el exacto significado del original hebreo. Sin embargo, bajo la dirección del Espíritu Santo, el buen sentido común de los escritores del Nuevo Testamento fue siempre adelante, sin detenerse a notar o criticar las desviaciones de esta versión del original hebreo, siempre que estas desviaciones no lastimaran el uso que ellos querían hacer del pasaje citado.

Pero los escritores del Nuevo Testamento no siempre conformaron sus citas a la Septuaginta. Frecuentemente se basan en el hebreo, total o parcialmente, en aquellos casos en que la versión griega se aparta de la hebrea. Mateo particularmente se basa en el hebreo al hacer sus citas mesiánicas.

Es universalmente admitido que Mateo escribió su Evangelio en la Palestina. Este hecho excusa y explica la ausencia de cláusulas explicatorias con respecto a los usos judaicos, cláusulas que aparecen a menudo en el Evangelio de Marcos. En cuanto a la interpretación de palabras hebreas, como "Emmanuel" (1:23), y las palabras pronunciadas en la cruz (27:46), eso pertenece a la forma griega del Evangelio. La fecha en que se escribió este Evangelio es dudosa. De acuerdo con la tradición de la Iglesia Primitiva, fue el primero que se escribió de los cuatro Evangelios. Dando por sentado que fue escrito en hebreo, hemos de suponer muy razonablemente que pasaron algunos años antes de que fuese vertido a su forma griega presente.

Sin embargo, en estos casos las citas se hacen también con entera libertad, reasumiendo algunas veces el pasaje hebreo que se cita, o dando solamente su sentido general. Quizás de esta manera el Espíritu Santo se propuso dar testimonio en contra de la desmedida exaltación que algunos dan a la letra sobre el espíritu de la revelación.
3.-Pasando ahora a la consideración del contenido interno de las citas que se hacen en el Nuevo Testamento del Antiguo, el primer asunto que se nos presenta se refiere al llamado principio de acomodación. Hay un sentido en que los escritores del Nuevo Testamento algunas veces emplean el lenguaje del Antiguo de una manera acomodaticia -, es decir, ellos usan su fraseología, que originalmente fue aplicada a un asunto distinto, simplemente para expresar de una manera apta y enfática, los pensamientos que desean presentar. De esto tenemos un hermoso ejemplo en Rom. 10:17, donde el apóstol dice con referencia a la proclamación del Evangelio: "Mas digo: ¿Acaso no oyeron? Sí, verdaderamente, su melodía ha salido por toda la tierra, y sus palabras hasta los extremos del mundo, " significando que lo que el salmista dijo sobre la instrucción que dan los cielos (Sal. 191-4), es aplicable a la predicación de la Palabra; en forma tal que no hay nadie que sea excusable de su descreencia. Encontramos otro admirable ejemplo en el mismo capítulo (vers. 6-8), donde "la fraseología originalmente usada por Moisés para expresar el camino de la justificación según la ley (Deut. 30:11-14) es adaptada al Evangelio como una descripción apropiada de la salvación que presenta este Evangelio." Davidson's Hermencutics, p.471.

Pero que el Salvador y sus apóstoles usaron este principio de acomodación, en el uso común de este término; es decir, que ellos citaron, acomodándolos a las ideas de su época, pasajes del Antiguo Testamento como aplicables al Mesías y su reino, cuando ellos sabían que estos pasajes no tenían esta aplicación al ser bien interpretados; que, por ejemplo, ellos usaron el Salmo 110 como una profecía del Mesías (Mat. 22:41-46; Mar. 12:35-37; Luc. 20:4144; Act. 2:34, 35; Heb. 1:13), simplemente porque esta era la interpretación que se le daba en su época ---esto no ha de ser admitido ni por un sólo momento. Es admitido que el Salvador fue siempre muy prudente al tratar con los prejuicios de su época; pero él no fundamentó en estos prejuicios su pretensión de ser el Mesías, ni apeló solemnemente a la autoridad de Moisés y los profetas sabiendo que esto era un sueño, de interpretación fantástica. Si Cristo y sus apóstoles enseñaron algo, fue que él vino de acuerdo con las profecías del Antiguo Testamento, y en cumplimiento de estas profecías. ¿Procedieron ellos solamente de acuerdo con la máxima que Pablo rechaza con horror como digna de anatema? ---" Si la verdad de Dios, por medio de mi mentira, ha redundado para gloria suya, ¿Por qué he de ser yo también condenado como pecador? y ¿Por qué no decir, como somos infamados, y como algunos afirman que nosotros decimos; hagamos el mal para que venga el bien? ¡La condenación de los cuales es justa!" Rom. 3:7, 8).

4.-Los escritores del Nuevo Testamento a menudo citan el Antiguo a manera de argumento. Así el Salvador arguye en contra del divorcio por la voluntad del esposo, y "por cualquier causa," apelando a la institución original del matrimonio (Mat. 18:3-6) ; y Pablo prueba que el hombre es cabeza de la mujer, y que ésta debe estar en sujeción a su marido, por el orden de la creación y las circunstancias que la acompañaron (la. Cor. 11:8, 9; la. Tim. 2:11-14). Respecto a esta clase de citas, sólo necesitamos decir que el valor del argumento depende de la verdad histórica y autoridad divina del pasaje que se cita. El Salvador y sus apóstoles fundaron sus argumentos en los relatos del Antiguo Testamento. Si este fundamento es de arena-de arena mitológica -el edificio que edificaron caerá y su autoridad con él. Pero si el fundamento es roca-un inspirado relato de hechos-su edificio permanecerá estable y con él su carácter de maestros fehacientes y veraces.

5.-Mucho más numerosos son los pasajes que se citan del Antiguo Testamento como profecías do Cristo y su reino. Estas citas llevan diversas fórmulas a manera de introducción: "Para que se cumpliese lo que fue dicho del Señor por el profeta"; "para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta Isaías"; "hoy tiene cumplimiento esta profecía en vuestros oídos"; "esta profecía había de cumplirse'7; "como aparece en la Escritura"; "otra Escritura dice"; "esto que está escrito ha de cumplirse todavía en mí," etc.

La fórmula corriente "para que fuese cumplido", significa que el acontecimiento que se relata tuvo efectividad para que se cumpliese el propósito de Dios anunciado en la profecía. La profecía no era la cosa principal, sino el propósito de Dios que ella contenía. Para el cumplimiento de este propósito, y por consiguiente de la profecía que lo revelaba, la verdad de Dios fue prometida. De la misma manera han de ser entendidas las palabras de Juan (12:39, 40): "Por esto ellos no pudieron creer; pues otra vez dice Isaías: El ha cegado sus ojos," etc. El obstáculo a su fe no estaba en la profecía, sino en lo que la profecía anunciaba.

6.-De las profecías citadas algunas se refieren inmediatamente a Cristo. A esta clase pertenecen las siguientes: `Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a nú diestra, hasta tanto que yo ponga a tus enemigos debajo de tus pies" (Mat. 22:44, de Sal. 110A) ; "Juró el Señor y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec" (Heb. 7:21, de Sal. 110A); "Como oveja a la muerte fue llevado; y como cordero mudo delante del que le trasquila, así no abrió su boca", cte. (Act. 8:32, 33, de Isa. 53:7, 8) ; "El Señor vuestro Dios os levantará un Profeta, de entre vuestros hermanos, como yo: a él oiréis", etc. (Act. 3:22, 23; 7:37, de Deut. 18:15, 18, 19).

7.-Otras profecías se refieren a Cristo bajo la figura de un tipo. De ésto son ejemplos innegables los siguientes: "Hueso no será quebrantado de él" (Juan 19:36, de Exo. 12:46; Núm. 9:12) ; palabras que originalmente tenían referencia al cordero pascual, que era un tipo de Cristo, y que ahora se cumplen en el gran Antetipo. Leemos en Oseas (11:1) : "Cuando Israel era un niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo", palabras que Mateo cita como cumplidas en Cristo (2:15). Era el propósito de Dios que la historia de Israel, el primer hijo primogénito de Dios (Exo. 4:22, 23), en su infancia nacional prefigurara la infancia de Cristo, el Hijo Unigénito de Dios.

A la misma clase pertenece aparentemente la siguiente cita: "¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre para que le visites? Hicístele un poco menor que los ángeles, coronástele de honra y gloria, y pusístele sobre las obras de tus manos. Todas las cosas sujetaste debajo do sus pies" (Heb. 2:6-8, de Sal. 84-6). Parece imposible negar que la inmediata referencia de este Salmo es al hombre en su exaltada dignidad y elevadas prerrogativas como señor de las creaciones inferiores. Pero, como arguye el escritor a los Hebreos, estas palabras no tienen su perfecto cumplimiento en el hombre aparte de Cristo. El elevado destino de la naturaleza humana solamente en la persona de Cristo encuentra completa realización. El es hecho Señor de todo y " coronado de gloria y poder" para sí mismo y también para sus discípulos que reinarán con él en gloria para siempre. Agregamos otro ejemplo más de Heb. 1:5, donde cita y aplica a Cristo las palabras que Natán dirigió a David: " Yo seré a él Padre, y él me será a mí Hijo" (2a. Sam. 7:14). Esta promesa innegablemente tenía referencia inmediata a Salomón: sin embargo, no a Salomón en su simple personalidad, sino a Salomón como el primero, después de David, de una serie de reyes que terminaría en Cristo, en quien tuvo su perfecto cumplimiento. Dios admitió a Salomón, y con él a todos los reyes del trono de David, a la relación de hijo, y, por consiguiente, de heredero. Rom. 8:17; Gal. 4:7. En Salomón, como hijo de Dios, fue confirmado el reino para siempre por medio de Cristo; y Salomón, como hijo inferior en dignidad, prefiguró la más elevada dignidad del más grande de sus hijos, a quien fue hecha la promesa: "Este será grande, e Hijo del Altísimo será llamado, y le dará el Señor el trono de David su padre; y reinará en la casa de Jacob eternamente, y de su reino no habrá fin. " Lúc. 1:32, 33.

El trazar una línea de separación entre las dos clases de citas que hemos mencionado arriba, es muy difícil, y en algunos casos quizás imposible. Pero ello no es necesario desde el momento en que la verdad esencial es, que todas estas profecías tienen su cumplimiento en Cristo; las de la primera clase directamente, las de la segunda por medio de tipos ordenados divinamente.


La exégesis de las citas del Nuevo Testamento presenta muy serias dificultades, las que se deben en parte a la buena traducción de las palabras originales, y en parte, a las desviaciones de la Septuaginta del original Hebreo, y a las citas tanto de la Septuaginta como del Hebreo; y también a las aplicaciones originales de los pasajes citados y al uso que de ellos se hace en el Nuevo Testamento. Para los detalles de estos asuntos referimos al estudiante a los comentarios. Aquí solamente hemos tratado de presentar los principios generales que deben guiarnos en la interpretación de las citas que del Antiguo Testamento se encuentran en el Nuevo.


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