La siempre presente inmortalidad del alma


Sin embargo, no todos los mitos tienen base en la realidad ni en la Biblia. En su búsqueda de Dios, el hombre ha echado mano de lo insustancial, engañado con la ilusión de que tiene inmortalidad. Como veremos por todo este libro, la creencia de que el alma es inmortal (o variaciones de esa creencia) es un legado de milenios. La gente de la cultura asiriobabilónica antigua creía en una vida después de la muerte. La New Larousse Encyclopedia of Mythology explica: “Debajo de la tierra, más allá del abismo del Apsu [que está lleno de agua dulce y circunda la tierra], estaba la morada infernal a la cual bajaban los hombres después de la muerte. Era la ‘tierra de donde no se regresaba’ [...] En estas regiones de oscuridad eterna están amontonadas las almas de los difuntos —edimmu— ‘vestidas, como aves, con prendas de alas’”. Según el mito, sobre este mundo subterráneo regía la diosa Ereskigal, “Princesa de la gran tierra”.
También los egipcios tenían su idea de un alma inmortal. Antes de que el alma pudiera llegar a un lugar de felicidad tenía que ser pesada contra Maat, la diosa de la verdad y la justicia, simbolizada por la pluma de la verdad. Anubis, el dios de cabeza de chacal, u Horus, el halcón, ayudaban en el proceso. Si el alma recibía la aprobación de Osiris, seguía adelante para disfrutar de felicidad con los dioses. (Véase la ilustración de la página 50.) Como muchas veces sucede, aquí hallamos el hilo común del concepto babilónico del alma inmortal dando forma a la religión, vida y acciones de la gente.
Era parte de la antigua mitología china una creencia en que se sobrevivía a la muerte y era importante mantener contentos a los antepasados. A estos se les “concebía como espíritus vivientes y poderosos, todos muy interesados en el bienestar de sus descendientes vivos, pero con poder para castigar si no se les complacía”. Se había de dar toda ayuda a los difuntos, y eso incluía suministrarles compañeros en la muerte. Por eso, “a algunos reyes de la dinastía Shang [...] se les enterraba con de cien a trescientas víctimas humanas, para que estas les rindieran servicio en el otro mundo. (Esta práctica conecta a la China antigua con Egipto, África, Japón y otros lugares, donde se hacían sacrificios del mismo tipo.)” (Man’s Religions [Las religiones del hombre], por John B. Noss). En estos casos el creer en un alma inmortal llevó a que se ofrecieran sacrificios humanos. (Nótese el contraste con Eclesiastés 9:5, 10; Isaías 38:18, 19.)
 Los griegos, que idearon muchos dioses en su mitología, también se interesaban en los muertos y el lugar adonde iban. Según los mitos, el dios a quien se encargó aquella región oscura fue hijo de Cronos y hermano de los dioses Zeus y Poseidón. Se llamaba Hades, y la región que él dominaba recibió su mismo nombre. ¿Cómo llegaban al Hades las almas de los difuntos?
 La escritora Ellen Switzer explica: “Había [...] criaturas espantosas en el mundo de los muertos. Allí estaba Caronte, quien remaba la embarcación que transportaba desde la tierra de los vivos hasta el mundo de los muertos a los que acababan de morir. Caronte pedía pago por su servicio de transporte [cruzaba el río Estigia], y los griegos solían enterrar a sus muertos con una moneda debajo de la lengua para asegurarse de que tenían el pasaje debido. A las almas difuntas que no podían pagar se las mantenía en el lado del río donde no deberían estar, como en suspenso; estas podían regresar para hostigar a los vivos”.
 Con el tiempo la mitología griega sobre el alma influyó en el concepto romano, y los filósofos griegos, como Platón (aproximadamente 427-347 a.E.C.), ejercieron gran influencia en pensadores cristianos apóstatas primitivos que aceptaron en su doctrina la enseñanza de que existía un alma inmortal, aunque aquella enseñanza no tenía base bíblica.
 Los aztecas, los incas y los mayas también creían en un alma inmortal. La muerte era tan misteriosa para ellos como lo era para otras civilizaciones. Tenían sus ceremonias y creencias como ayuda para resignarse a ella. Como explica el historiador arqueológico Victor W. von Hagen en su libro The Ancient Sun Kingdoms of the Americas (Los antiguos reinos solares de las Américas): “Los muertos en realidad estaban vivos: simplemente habían pasado de una fase a otra; eran invisibles, impalpables, invulnerables. Los muertos [...] habían llegado a ser los miembros invisibles del clan”. (Nótese el contraste con Jueces 16:30; Ezequiel 18:4, 20.)
 Esta misma fuente nos dice que “el indígena [inca] creía en la inmortalidad; de hecho, creía que uno nunca moría, [...] el cuerpo muerto simplemente pasaba a otro estado de vida y adquiría las influencias de los poderes invisibles”. Los mayas también creían en un alma y 13 cielos y 9 infiernos. Como vemos, por todas partes la gente ha querido negar la realidad de la muerte, y el alma inmortal ha sido la muleta sobre la cual se ha apoyado. (Isaías 38:18; Hechos 3:23.)
28 También las mitologías africanas incluyen referencias a un alma que sobrevive. Muchos africanos viven en temor de las almas de los difuntos. La New Larousse Encyclopedia of Mythology dice: “Esta creencia está enlazada con otra: la de que el alma sigue existiendo después de la muerte. Los magos pueden pedir a las almas que les aumenten sus poderes. Con frecuencia las almas de los difuntos transmigran a los cuerpos de animales, o quizás reencarnen en plantas”. El resultado de esto es que los zulúes no matan a algunas serpientes porque creen que son espíritus de parientes.
Los masai del sudeste de África creen en un creador llamado ’Ng ai, quien coloca un ángel guardián al lado de cada masai como protección. Cuando sobreviene la muerte el ángel se lleva al más allá el alma del guerrero. La enciclopedia Larousse de la cual ya hemos citado menciona una leyenda zulú sobre la muerte en que figura el primer hombre, Unkulunkulu, quien para este mito ha llegado a ser el ser supremo. Él envió al camaleón a decir a la humanidad: “¡Los hombres no morirán!”. El camaleón era lento y se distrajo por el camino. De modo que Unkulunkulu envió un mensaje diferente mediante un lagarto: “¡Los hombres morirán!”. El lagarto llegó primero, “y desde entonces ningún hombre ha escapado de la muerte”. La misma leyenda, con variaciones, existe entre las tribus bechuana, basuto y baronga.
 A medida que continuemos estudiando la búsqueda de Dios por el hombre, veremos más claramente aún lo importante que ha sido y todavía es para la humanidad el mito del alma inmortal.

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