La creación: el hecho y lo imaginado


 Abundan los mitos sobre la creación, pero ninguno tiene la lógica sencilla del relato bíblico. (Génesis, capítulos 1, 2.) Por ejemplo, el relato de la mitología griega parece bárbaro. El primer griego que sistemáticamente puso por escrito mitos fue Hesíodo, quien escribió su Teogonía en el siglo VIII a.E.C. Él explica cómo empezaron los dioses y el mundo. Empieza con Gea (Tierra), quien da a luz a Urano (Cielo). A esto sigue lo que explica el erudito Jasper Griffin en The Oxford History of the Classical World (Historia Oxford del mundo clásico):
 “Hesíodo da el relato, conocido por Homero, de la sucesión de los dioses del cielo. Primero era supremo Urano, pero reprimía a sus hijos, y Cronos su hijo, a instancias de Gea, lo castró. Cronos, a su vez, devoró a sus propios hijos hasta que su esposa Rea le dio de comer una piedra que sustituyó a Zeus; este fue criado en Creta, obligó a su padre a regurgitar a sus hermanos, y con ellos y ayuda adicional derrotó a Cronos y a sus titanes y los echó en Tártaro”.
 ¿De dónde vino a los griegos esta extraña mitología? El mismo autor responde: “Visto todo, parece que su origen es sumerio. En estos relatos orientales hallamos una sucesión de dioses, y los temas de castrar, de tragar y de una piedra reaparecen en formas que, aunque variadas, demuestran que su parecido con [lo que dice] Hesíodo no es coincidencia”. Tenemos que ver a las antiguas Mesopotamia y Babilonia como la fuente de muchos mitos que se extendieron por otras culturas.
 La mitología antigua de la religión popular china no siempre se puede determinar con claridad, pues en el período de 213-191 a.E.C. se destruyeron muchos registros escritos. Sin embargo, han quedado algunos mitos, como el que describe la creación de la Tierra. Anthony Christie, profesor de arte oriental, escribe: “Aprendemos que Caos era como el huevo de una gallina. No existían ni Cielo ni Tierra. Del huevo nació P’an-ku, mientras que de sus elementos pesados se dio forma a Tierra, y de los elementos livianos a Cielo. P’an-ku está representado por un enano vestido con una piel de oso o con un manto de hojas. Durante 18.000 años, cada día la distancia entre Tierra y Cielo se hizo mayor por tres metros (10 pies), y P’an-ku se desarrolló a la misma proporción para llenar con su cuerpo la brecha. Cuando murió, diferentes partes de su cuerpo se convirtieron en diversos elementos naturales. [...] Las pulgas de su cuerpo se convirtieron en la raza humana”.
 Una leyenda inca de la América del Sur explica cómo un creador mítico dotó de habla a cada nación. “A cada nación dio la lengua que había de hablar [...] Dio ser y ánima a cada uno por sí, así a los hombres como a las mujeres; y les mandó sumiesen debajo de tierra, cada nación por sí; y que de allí cada nación fuese a salir a las partes y lugares que él les mandase” (Ritos y fábulas de los Incas, por Cristóbal de Molina, de Cuzco). En este caso parece que el relato bíblico de la confusión de los idiomas en Babel es el núcleo de realidad de este mito inca. (Génesis 11:1-9.) Pero dirijamos la atención ahora al Diluvio que se describe en la Biblia, en Génesis 7:17-24.

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