ÉTICA CÍVICA





 
1. Las dos ciudadanías del creyente

Por su condición de "cristiano peregrinante" (1.a Ped. 2:11), el creyente tiene dos ciudadanías: la del Cielo (Flp. 3:20), donde está registrado en el padrón del libro de la vida del Cordero (Flp. 4:3; Ap. 3:5; 13:8; 20:12-15; 21:27; 22:19), y donde le está reservado un estupendo apartamento (Jn. 14:2-3), con tesoros que no pueden ser hurtados ni echarse a perder (Mt. 6:19-20); y la de la tierra, puesto que está en el mundo (Jn. 17:11-15-18) y debe obedecer las leyes justas de las autoridades del mundo (Rom. 13:1-8; 1.a Ped. 2:13-17). Esta doble ciudadanía exige que el cristiano piense en sus deberes cívicos y se esfuerce por cumplirlos.

2. El Estado

Dondequiera que existe una comunidad de seres humanos, se precisa una organización, que el griego del N.T., expresa con el verbo hypotásso, en cuya raíz está clara la idea de subordinación dinámica. De la familia al clan, del clan a la tribu, de la tribu a la región o provincia, y de éstas a la nación y al Estado, la evolución socio-política siempre ha seguido una línea constante e ineludible. La "polis" o ciudad siempre ha sido el núcleo natural organizado, desde el cual, de diversas maneras, se han constituido los diversos Estados a lo largo de la historia. Mientras el concepto de nación (del verbo latino nascor = nacer) comporta la idea de una comunidad de individuos asentados en un determinado terri­torio, con unos caracteres étnicos comunes: raza, lengua cul­tura, historia, tradiciones, conciencia de cuerpo étnico-político diferenciado, la idea de Estado implica directamente la organización política de un país con personalidad jurídica independiente en el plano internacional y con unos límites territoriales determinados por la jurisdicción en que se extien­de su soberanía.
El Estado, como la Iglesia y la familia, ha sido fundado por Dios. Pablo nos dice (Rom. 13:1) que toda autoridad vie­ne de Dios "y las que hay, por Dios han sido organizadas (mejor que "establecidas" R.V.), donde el original emplea el mismo verbo que los griegos usaban para indicar la colo­cación de un ejército en orden de batalla ("tásso", de donde procede "táctica").
La Biblia ya en Gen. 10, donde se detallan los primeros descendientes de Noé, emplea un mayor número de nombres de pueblos organizados que de personas individuales. La organización del pueblo elegido comienza propiamente en el desierto, donde tenemos el dato curiosísimo de que Jetro, el suegro de Moisés y que no pertenecía al pueblo hebreo, da a su yerno un magnífico consejo, que contribuyó decisiva­mente a la buena organización de Israel (V. Ex. 18:13-26).
El sistema político del pueblo judío era la teocracia, pues Yahveh era el único Señor y Rey soberano de su pueblo. Este régimen del desierto continuó durante el período de los Jueces, hasta que el pueblo insistió en tener un "rey", lo cual constituyó un pecado a los ojos de Dios (1.a Sam. 8:7: "...a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos")?* Tras los tres primeros reyes (Saúl, David y Salomón,), el reino se dividió en dos: Israel y Judá, hasta la cautividad de Babi­lonia. La monarquía hebrea había durado unos 450 años.
Durante la vida terrenal de Jesús, Palestina estaba bajo el yugo de los romanos, que la gobernaban por medio de un procurador, gobernador o pretor, mientras el Sanhedrín, con un presidente y setenta ancianos, era la sede del gobierno religio­so. El pueblo tenía que pagar los impuestos al César, y los recaudadores de impuestos, que conocemos con el nombre de "publícanos", eran para los judíos una casta "pecadora" y execrable. La famosa respuesta de Jesús en Mt. 22:21 "Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que eis de Dios", es un principio básico para la ética cívica del creyente. Por su parte, Jesús rechazó toda invitación a ejercer un reinado tem­poral y político (V. Jn. 6:15). Sólo antes de subir a la Cruz, confesó ser rey, añadiendo que su reino no era de este mundo (Mt. 27:11 y paralelos; Le. 23:42-43; Jn 18:36-37).
Jesús no dejó de advertir a los suyos que la profesión de la fe cristiana les crearía problemas con las autoridades, lo mismo que con el resto del mundo (Jn. 15:18-21; 16:1-4), y ordinariamente se cumple su palabra de que "cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios" (Jn. 16:2). Pronto vieron los apóstoles cumplida esta profecía (Hech. 4:3ss.; 5:17ss.; 6:8ss.; 8:lss.; 9:lss.; 12:lss.; etc.). Por éso, enseñan que la persecución es algo normal en la vida del creyente (2.a Tim. 3:12; 1.a Ped. 4:12-16; Ap. 12:13). Ad­vierten que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hech. 4:19; 5:29), y deploran que los creyentes lleven sus pleitos ante los tribunales civiles paganos (1.a Cor. 6:1-7), pero mandan obedecer a las autoridades en todo lo que no vaya contra la voluntad de Dios, como veremos después.

3. Los sistemas políticos y la Ética cristiana

La fe cristiana no está ligada a ningún sistema político, y el creyente es libre de simpatizar, adherirse, votar, etc. a favor de cualquier partido o sistema político que salvaguarde el concepto de autoridad, la libertad y dignidad de la persona humana y permita la profesión y el testimonio de las creencias religiosas de los ciudadanos. Hay dos sistemas extremos que atentan contra estos principios: el totalitarismo y el anar­quismo.

A) El totalitarismo, ya sea fascista, nazi o marxista, impone de arriba abajo una sola clase de filosofía de la vida en todos los órdenes, dañando la dignidad y libertad de la persona y absorbiendo el control total de todos los aspectos que afectan a la vida social, incluido el religioso. Un creyente no puede admitir esto, y tiene que repetir lo que dijo Pedro ante el Sanhedrín (Hech. 5:29).
B) El anarquismo, como su nombre indica, se opone a toda autoridad, lo cual es igualmente inadmisible para todo creyente. Pablo dice claramente: "Quien se opone a la auto­ridad, a lo establecido par Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos" (Rom. 13:2). Queda un tercer sistema político admisible:
C) La democracia, que puede definirse como "el gobier­no del pueblo por el pueblo y para el pueblo". Es un sistema que da libertad al hombre para seguir y expresar sus convic­ciones personales, y en el que el pueblo tiene en los organis­mos legislativos y administrativos del Estado una auténtica re­presentación. Ahora bien, esta democracia puede revestir di­versas formas (orgánica o inorgánica, socializante o liberali­zante, etc.) y su puesta en marcha depende de muchos facto­res étnicos y culturales. Permítasenos solamente dos observa­ciones que afectan al terreno ético en que nos movemos:
     (a) Los creyentes pueden y deben acatar y obedecer, en todo lo que no sea contra su conciencia de cristianos, a las autoridades de cualquier sistema político.
     (b) Están en el derecho y en el deber de promover pacíficamente un estado de cosas en que mejor se salvaguar­den la verdad, la justicia y la libertad. En principio diríamos que el mejor sistema político es la democracia pura, pero no se olvide que la democracia, como la libertad, hay que mere­cerlas. La capacidad de convivencia libre y democrática está en razón directa con la educación social y política, así como con la madurez cultural, psíquica y moral (honestidad cívica) de los ciudadanos. La responsabilidad de esta educación cívica y política para tal democracia no incumbe sólo a los indivi­duos, sino principalmente a los gobiernos y a los órganos de formación e información. Lo que no forma, o lo que deforma, las mentes de los ciudadanos respecto a los valores de verdad, bien, justicia, etc., es éticamente malo. Queda por advertir algo de suma importancia para un creyente: El cristiano tiene derecho a mantener y expresar sus opiniones políticas, pero no debe nunca entrar en la palestra política como creyente, sino como ciudadano; de lo contrario, introduce en la fe (y en la Iglesia), que es factor de unidad, un elemento de divi­sión. Esto afecta especialmente a los ministros del Señor o líderes de movimientos religiosos.

4. Iglesia y Estado

La Iglesia y el Estado son dos tipos distintos de sociedad, con dos objetivos también específicamente distintos: el Estado está destinado a procurar el bien común de la nación en el te­rreno de las realidades temporales (con mayor o menor sub-sidiariedad), mientras que la actividad de la Iglesia se mueve en el terreno de los valores del espíritu (vivir la fe y proclamar el Evangelio).
Por eso, los evangélicos, siguiendo el ejemplo de Cristo (Mt. 22:21), defendemos la separación de la Iglesia y del Estado, de forma que cada uno sea soberano en su propia esfera. Ni la Iglesia tiene derecho a ingerirse en lo político, ni el Estado tiene derecho a ingerirse en, lo religioso. Por tanto, creemos que ni la Iglesia debe ser estatal, ni el Estado —como tal— debe ser confesional. La Civitas Dei no perte­nece a este mundo, aunque tenga que vivir en él. Y el matrimonio Iglesia-Estado ha sido fatal para ambos cónyuges. Lo demuestra toda la historia de lo que ha venido en llamarse la era constantiniana. Ha sido gloria de los bautistas y grupos anejos (Hermanos, etc.) haber propugnado esta separación de poderes, cuando en todos los círculos estaba de moda el defender la oficialidad de la Iglesia o la confesionalidad del Estado. Hoy son ya muchos los católicos, incluso en nuestra patria, que se inclinan a favor de la separación (lo cual no equivale a enemistad o falta de colaboración). No dejamos de percatarnos de que hay materias de competencia mixta (matrimonio, educación, etc.), pero pueden resolverse en armonía con buena voluntad, si se delimitan correctamente los campos. Ninguna confesión religiosa debería vivir a costa de los fondos del Estado, y todas habrían de contar con las mismas facilidades para llegar a los medios de información.

5. Deberes cívicos del creyente

Ateniéndonos principalmente a las enseñanzas del Nuevo Testamento, podemos decir lo siguiente:

A) El creyente debe esmerarse en la obediencia y sumisión a las autoridades y a las leyes, no sólo por temor al castigo, sino en conciencia (Rom. 13:1-5). Estas leyes inclu­yen, por supuesto, las del tráfico, contratos, negocios, etc.
B) El creyente debe esmerarse en pagar puntualmente tasas, tributos, contribuciones e impuestos, sin procurar ex­cepciones ni favoritismos (Rom. 13:6-8).
C) El creyente debe a las autoridades, no sólo sumisión y obediencia, sino también honor y respeto (1.a Ped. 2:13-17).
D) El creyente no puede eximirse de su participación en la vida política, sino que debe cooperar aportando sus ideas, eligiendo a los mejores, gobernando y administrando con equidad, honradez y responsabilidad, si es elegido para pues­tos de mando.
Hay otros aspectos relacionados con la responsabilidad cívica del creyente, que serán abordados en la lección siguien­te, porque nos parece que tienen allí su lugar adecuado.



CUESTIONARIO:




1. ¿Por qué no puede un creyente evadirse de los deberes cívicos? —
2. Fundación e historia del Estado. —
3. Los sistemas políticos a la luz de la Ética. —
4. Las relaciones entre la Iglesia y el Estado dentro de una perspectiva correcta. —
5. Principales deberes cívicos del creyente.



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