‘Estoy satisfecho con mi religión’

 Muchas personas evitan las discusiones religiosas, y dicen: ‘Estoy satisfecho con mi religión. Yo no le hago mal a nadie, y ayudo a otros cuando puedo’. Pero ¿es suficiente eso? ¿Basta con nuestro criterio personal sobre la religión?
Si la religión abarca buscar “un apoyo en el Ser Supremo, la admiración del orden universal que lleva al hombre a la alabanza del Creador, la ansiedad [...] cuya solución busca [...] en la existencia de un Juez y Remunerador soberano”, como dice una enciclopedia, entonces de seguro la pregunta debería ser: ¿Satisface mi religión al Creador y Gobernante del universo? Además, en ese caso el Creador tendría el derecho de establecer lo que fuera comportamiento, adoración y doctrina aceptables, y lo que no lo sería. Para eso, tendría que revelar su voluntad a la humanidad, y esa revelación tendría que ser fácilmente obtenible y accesible a todos. Además, sus revelaciones, aunque se suministraran con intermedios de siglos, siempre deberían ser armoniosas y consecuentes. Esto presenta un desafío a cada persona: el de examinar la prueba que se le presenta y determinar con certeza para sí lo que es la voluntad acepta de Dios.
 Uno de los libros más antiguos que afirma que ha sido inspirado por Dios es la Biblia. También es el libro de mayor distribución y el más traducido de toda la historia. Casi dos mil años atrás uno de sus escritores dijo: “Cesen de amoldarse a este sistema de cosas; más bien, transfórmense rehaciendo su mente, para que prueben para ustedes mismos lo que es la buena y la acepta y la perfecta voluntad de Dios”. (Romanos 12:2.) ¿Cuál sería la fuente de esa prueba? El mismo escritor declaró: “Toda Escritura es inspirada de Dios y provechosa para enseñar, para censurar, para rectificar las cosas, para disciplinar en justicia, para que el hombre de Dios sea enteramente competente y esté completamente equipado para toda buena obra”. Por lo tanto, la Biblia, dada por inspiración, debe servir como regla confiable para medir lo que es adoración verdadera y acepta. (2 Timoteo 3:16, 17.)
 La parte más antigua de la Biblia precede a todos los demás escritos religiosos del mundo. La Torá, o los primeros cinco libros de la Biblia —la Ley que Moisés escribió por inspiración—, se remonta a los siglos XV y XVI a.E.C. Por contraste, los escritos hindúes Rigveda (una colección de himnos) se completaron alrededor del año 900 a.E.C. y no se atribuyen a inspiración divina. El “Canon de las tres cestas” budista se remonta al siglo V a.E.C. El Corán, del cual se alega que fue transmitido por Dios mediante el ángel Gabriel, es producto del siglo VII E.C. El Libro del Mormón, supuestamente dado a Joseph Smith en los Estados Unidos mediante un ángel llamado Moroni, es producto del siglo XIX. Si algunas de estas obras han sido inspiradas por Dios, como algunos aseguran, entonces lo que ofrecen como guía religiosa no debería contradecir las enseñanzas de la Biblia, que es la fuente inspirada original. También deberían contestar algunas de las preguntas que más han intrigado a la humanidad.

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