El poder y prestigio papal



 Entre las primeras congregaciones que aceptaron la dirección de los apóstoles y ancianos de Jerusalén estuvo la de Roma, adonde la verdad cristiana probablemente llegó algún tiempo después del Pentecostés de 33 E.C. (Hechos 2:10.) Como cualquier otra congregación cristiana de aquel tiempo, tenía ancianos, y estos servían como un cuerpo de superintendentes sin que ninguno de ellos tuviera la primacía. Ciertamente los contemporáneos de los primeros superintendentes de la congregación de Roma no consideraron a ninguno de estos como obispo ni como papa, puesto que el episcopado monárquico o de un solo hombre no se había desarrollado todavía en Roma. Es difícil determinar cuándo empezó el episcopado monárquico. La evidencia indica que empezó a desarrollarse en el segundo siglo. (Romanos 16:3-16; Filipenses 1:1.)


 El título “papa” (del griego pá‧pas, padre) no se usó durante los primeros dos siglos. Michael Walsh, ex jesuita, explica: “Parece que fue en el siglo III cuando por primera vez se llamó ‘papa’ a un obispo de Roma, y el título se dio al papa Calixto [...] Para fines del siglo V ‘papa’ solía significar el obispo de Roma y nadie más. Sin embargo, solo en el siglo XI podía un papa insistir en que el título aplicaba solamente a él” (An Illustrated History of the Popes [Historia ilustrada de los papas]).

 Uno de los primeros obispos de Roma que impuso su autoridad fue el papa León I (papa: 440-461 E.C.). Michael Walsh sigue explicando: “León tomó para sí el título de Pontifex Maximus, que era un título pagano que llevaron los emperadores romanos hasta cerca del fin del siglo IV y que todavía usan los papas hoy”. León I basó sus acciones en la interpretación católica de las palabras de Jesús en Mateo 16:18, 19. (Véase la página 268.) León I “declaró que porque San Pedro era el primero entre los Apóstoles, la iglesia de San Pedro debería recibir primacía entre las iglesias” (Man’s Religions [Las religiones del hombre]). Por este acto León I manifestó claramente que mientras el emperador tenía poder temporal en Constantinopla, en Oriente, él ejercía poder espiritual desde Roma en Occidente. Este poder se ilustró también cuando el papa León III coronó emperador del Santo Imperio Romano a Carlomagno en 800 E.C.

 Desde 1929 los gobiernos seglares han visto al papa de Roma como gobernante de un estado soberano distinto de los demás, el de Ciudad del Vaticano. Así pues, la Iglesia Católica Romana, como ninguna otra organización religiosa, puede enviar representantes diplomáticos, nuncios, a los gobiernos del mundo. (Juan 18:36.) Se honra al papa con muchos títulos, algunos de los cuales son: Vicario de Jesucristo, Sucesor de San Pedro, Sumo Pontífice o Rector de la Iglesia Universal, Patriarca de Occidente, Primado de Italia, Soberano de la Ciudad del Vaticano. Lo transportan con pompa y ceremonia. Se le dan los honores de un cabeza de estado. Por contraste, note cómo reaccionó Pedro —supuestamente el primer papa y obispo de Roma— cuando el centurión romano Cornelio cayó a sus pies para rendirle homenaje: “Pedro lo alzó, y dijo: ‘Levántate; yo mismo también soy hombre’”. (Hechos 10:25, 26; Mateo 23:8-12.)

La pregunta ahora es: ¿Cómo consiguió tanto poder y prestigio la iglesia apóstata en aquellos primeros siglos? ¿Cómo se convirtió la sencillez y humildad de Cristo y los cristianos primitivos en el orgullo y la pompa de la cristiandad?

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