Dioses y diosas míticos

Entre las tríadas egipcias la más prominente es la de Isis (símbolo de la maternidad divina), Osiris (su hermano y consorte) y Horus (el hijo de ellos), por lo general representado por un halcón. En estatuas egipcias a veces se representa a Isis ofreciendo el pecho a su hijo en una pose que recuerda mucho las estatuas y pinturas de la Virgen y el Niño de la cristiandad, que se hicieron comunes más de dos mil años después. Con el tiempo, Osiris el esposo de Isis alcanzó popularidad como el dios de los muertos porque ofrecía esperanza de una vida eternamente feliz para las almas de los difuntos en el más allá.



 Hator era la diosa egipcia del amor y el gozo, la música y el baile. Llegó a ser la reina de los muertos, que los ayudaba con una escalera para que llegaran al cielo. Como explica la New Larousse Encyclopedia of Mythology, se le celebraban grandes fiestas, “sobre todo en el Día del Año Nuevo, que era el aniversario de su nacimiento. Antes del amanecer las sacerdotisas sacaban la imagen de Hator a la terraza para exponerla a los rayos del Sol naciente. El regocijo que venía después era un pretexto para un verdadero carnaval, y el día terminaba con canciones y borracheras”. ¿Es muy diferente eso de lo que se ve en las celebraciones del Año Nuevo miles de años después?

 En el grupo de los dioses egipcios también había muchos dioses y diosas animales, como Apis el toro, Banaded el carnero, Heqt la rana, Hator la vaca y Sebek el cocodrilo. (Romanos 1:21-23.) En este escenario religioso estuvieron en cautiverio como esclavos los israelitas en el siglo XVI a.E.C. Para librarlos del agarro del terco Faraón, Jehová el Dios de Israel tuvo que enviar diez diferentes plagas contra Egipto. (Éxodo 7:14–12:36.) Aquellas plagas equivalieron a una humillación calculada para los dioses mitológicos de Egipto.

 Pasemos ahora a los dioses de la Grecia y la Roma antiguas. Roma consiguió muchos dioses —junto con sus virtudes y vicios— de la Grecia antigua. (Véanse las páginas 43 y 66.) Por ejemplo, Venus y Flora eran rameras descaradas; Baco era un borracho y fiestero; Mercurio era un asaltante; y Apolo seducía a las mujeres. ¡De Júpiter, el padre de los dioses, se informa que cometió adulterio o incesto con unas 59 mujeres! (¡Cómo nos recuerda esto a los ángeles rebeldes que cohabitaron con mujeres antes del Diluvio!) Puesto que los adoradores tienden a reflejar la conducta de sus dioses, ¿sorprende acaso el que emperadores romanos como Tiberio, Nerón y Calígula vivieran la disoluta vida de adúlteros, fornicadores y asesinos?

 Los romanos incorporaron en su religión a los dioses de muchas tradiciones. Por ejemplo, adoptaron con entusiasmo la adoración de Mitra, el dios persa de la luz, quien llegó a ser su dios-Sol, y de la diosa siria Atargatis (Istar). Convirtieron en Diana a la griega Artemis (Artemisa), la cazadora, y tenían sus propias variaciones de la egipcia Isis. También adoptaron las diosas triples celtas de la fertilidad. (Hechos 19:23-28.)

Para la práctica de sus cultos públicos en centenares de santuarios y templos tenían una variedad de sacerdotes, todos los cuales “estaban bajo la autoridad del Pontifex Maximus [Sumo Pontífice], quien encabezaba la religión estatal” (Atlas of the Roman World [Atlas del mundo romano]). El mismo atlas dice que una de las ceremonias romanas era el taurobolio, en la cual “el adorador estaba de pie en un foso donde se bañaba en la sangre de un toro sacrificado para él. Salía de este rito en un estado de inocencia purificada”.

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