Cómo se formó la clase clerical



 Otra indicación de apostasía fue abandonar la práctica del ministerio general de todos los cristianos, algo que Jesús y los apóstoles habían enseñado, y pasar a tener el sacerdocio y la jerarquía exclusivos que se desarrollaron en la cristiandad. (Mateo 5:14-16; Romanos 10:13-15; 1 Pedro 3:15.) Durante el primer siglo, después de la muerte de Jesús, sus apóstoles, junto con otros ancianos cristianos espiritualmente capacitados de Jerusalén, rindieron el servicio de aconsejar y dirigir a la congregación cristiana. Ninguno se elevaba sobre los demás. (Gálatas 2:9.)

 En el año 49 E.C. fue necesario que ellos se reunieran en Jerusalén para resolver cuestiones que afectaban a los cristianos en general. El relato bíblico nos dice que después de considerar francamente los asuntos, les “pareció bien a los apóstoles y a los ancianos [pre‧sbý‧te‧roi], junto con toda la congregación, enviar a varones escogidos de entre ellos a Antioquía junto con Pablo y Bernabé, [...] y por mano de ellos escribieron: ‘Los apóstoles y los ancianos, hermanos, a los hermanos de Antioquía y Siria y Cilicia que son de las naciones: ¡Saludos!’”. Evidentemente los apóstoles y los ancianos servían como agencia administrativa de gobernación para las congregaciones cristianas esparcidas por todas partes. (Hechos 15:22, 23.)

 Pues bien, puesto que aquel grupo gobernante en Jerusalén era el arreglo de los cristianos primitivos para la superintendencia general de todos los cristianos, ¿qué sistema de dirección había en cada una de las congregaciones? La carta de Pablo a Timoteo aclara que las congregaciones tenían superintendentes (griego: e‧pí‧sko‧pos, fuente de la palabra “episcopal”) que eran ancianos (pre‧sbý‧te‧roi) espirituales, hombres capacitados por su conducta y su espiritualidad para enseñar a sus compañeros cristianos. (1 Timoteo 3:1-7; 5:17.) En el primer siglo estos hombres no constituían una clase clerical separada. No usaban vestidura distintiva. Su espiritualidad era lo que los distinguía. De hecho, cada congregación tenía un cuerpo o grupo de ancianos (superintendentes), no una gobernación monárquica por un solo hombre. (Hechos 20:17; Filipenses 1:1.)

 Fue solo a medida que pasó el tiempo que la palabra e‧pí‧sko‧pos (superintendente) fue convertida en “obispo”, con el significado de un sacerdote que tiene jurisdicción sobre otros miembros del clero de su diócesis. Como lo explica el jesuita español Bernardino Llorca: “Primero, no se hacía distinción suficiente entre los obispos y presbíteros, y se atendía solamente a la significación de las palabras: obispo equivale a superintendente; presbítero equivale a más anciano. [...] Mas poco a poco se marcó la distinción, designando con el nombre de obispo a los superintendentes mayores, que poseían la suprema autoridad sacerdotal y facultad de imponer las manos y conferir el sacerdocio” (Historia de la Iglesia Católica). De hecho, los obispos empezaron a funcionar en un sistema de tipo monárquico, especialmente desde el principio del siglo IV. Se estableció una jerarquía o cuerpo gobernante de clérigos, y con el tiempo el obispo de Roma, que alegó ser sucesor de Pedro, fue reconocido por muchos como el obispo supremo y papa.

Hoy en las diferentes iglesias de la cristiandad el puesto de obispo es uno de prestigio y poder, que por lo general está bien remunerado y suele identificarse con la clase gobernante selecta de cada nación. Pero hay una enorme diferencia entre la posición de orgullo y exaltación de los obispos y la sencillez de estructura bajo Cristo y los ancianos o superintendentes de las congregaciones cristianas primitivas. ¿Y qué diremos de la laguna entre Pedro y sus llamados sucesores, que han gobernado en el suntuoso escenario del Vaticano? (Lucas 9:58; 1 Pedro 5:1-3.)

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