Cismas en la cristiandad



Otra característica de la apostasía es que lleva a división y fragmentación. El apóstol Pablo había profetizado: “Yo sé que después de mi partida entrarán entre ustedes lobos opresivos y no tratarán al rebaño con ternura, y de entre ustedes mismos se levantarán varones y hablarán cosas aviesas para arrastrar a los discípulos tras de sí”. Pablo había dado este consejo claro a los corintios: “Ahora los exhorto, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos hablen de acuerdo, y que no haya divisiones entre ustedes, sino que estén aptamente unidos en la misma mente y en la misma forma de pensar”. A pesar de la exhortación de Pablo, pronto echaron raíces la apostasía y las divisiones. (Hechos 20:29, 30; 1 Corintios 1:10.)

 Unas cuantas décadas después de la muerte de los apóstoles ya se veían cismas entre los cristianos. Will Durant declara: “El mismo Celso [opositor del cristianismo que vivió durante el segundo siglo] había señalado con sarcasmo que los cristianos estaban ‘divididos en muchísimas facciones, pues cada individuo deseaba tener su propio partido’. Para cerca de 187 [E.C.] Ireneo señaló veinte variedades del cristianismo; cerca de 384 [E.C.] Epifanio contó ochenta” (The Story of Civilization: Part III—Caesar and Christ).

Constantino favoreció la parte oriental o griega de su imperio al construir una gran capital nueva en lo que hoy es Turquía. La llamó Constantinopla (la moderna Estambul). El resultado de esto fue que con el paso de los siglos la Iglesia Católica se dividió tanto por lenguaje como por geografía... la Roma de habla latina en Occidente contra Constantinopla, de habla griega, en Oriente.

 Debates divisivos acerca de aspectos de la enseñanza de la Trinidad, que continuaba desarrollándose, siguieron causando perturbación en la cristiandad. En 451 E.C., en Calcedonia, se celebró otro concilio para definir el carácter de las “naturalezas” de Cristo. Aunque Occidente aceptó el credo emitido por este concilio, las iglesias orientales no concordaron con él, y esto llevó a la formación de la Iglesia Copta en Egipto y Abisinia y las iglesias “jacobitas” de Siria y Armenia. La unidad de la Iglesia Católica estuvo amenazada constantemente por divisiones sobre complejos asuntos teológicos, especialmente con relación a definir la doctrina de la Trinidad.

 Otra causa de división fue la veneración de imágenes. Durante el siglo VIII los obispos orientales se rebelaron contra esta idolatría y entraron en lo que se llamó su período iconoclasta, o de destruir imágenes. Con el tiempo volvieron a usar iconos. (Éxodo 20:4-6; Isaías 44:14-18.)

Otra gran dificultad surgió cuando la iglesia occidental añadió la palabra latina filioque (“y del Hijo”) al credo niceno para indicar que el Espíritu Santo procedía tanto del Padre como del Hijo. El resultado de esta enmienda del siglo VI fue una división cuando “en 876 un sínodo [de obispos] en Constantinopla condenó al papa por sus actividades políticas y por no corregir la herejía de la cláusula filioque. Este acto fue parte del entero rechazo por Oriente de la alegación del papa de que tenía jurisdicción universal sobre la Iglesia” (Man’s Religions). En el año 1054 el representante del papa excomulgó al patriarca de Constantinopla, quien, a su vez, puso bajo maldición al papa. Con el tiempo el resultado de aquella división fue que se formaran las iglesias ortodoxas orientales: griega, rusa, rumana, polaca, búlgara, serbia y otras iglesias autónomas.

Otro movimiento empezaba también a causar perturbaciones en la iglesia. En el siglo XII Pedro de Valdo, de Lyon, Francia, “hizo que algunos eruditos tradujeran la Biblia en la langue d’oc [un lenguaje regional] del sur de Francia. Estudió celosamente la traducción, y concluyó que los cristianos debían vivir como los apóstoles... sin propiedad individual” (The Age of Faith [La era de la fe], por Will Durant). Empezó un movimiento de predicación al que se llegó a conocer como los valdenses. Estos rechazaban el sacerdocio católico, las indulgencias, el purgatorio, la transubstanciación y otras prácticas y creencias tradicionales católicas. Se esparcieron por otros países. El Concilio de Tolosa trató de detenerlos en 1229 mediante proscribir la posesión de libros bíblicos. Solo se permitían libros de liturgia, y únicamente en una lengua muerta, el latín. Pero habría más división y persecución en el terreno religioso.

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