TEOLOGIA DESDE EL LUGAR DEL POBRE

LECTURA I

TEOLOGIA DESDE EL LUGA DEL POBRE  (Leonardo Boff)

cap. 2 "La misión de la Iglesia en America Latina: ser el buen samaritano"

La misión de la Iglesia consiste en la evangelización. Y hay dos principales concreciones que dan cuerpo a la práctica evangelizadora: la profecía y la pastoral. Mediante la profecía, la Iglesia, a la luz de la Palabra revelada, emite un juicio sobre la realidad socio-histórica en la que se encuentra inserta, anuncia el designio de Dios y denuncia cuanto se opone a dicho designio. Mediante la pastoral, la Iglesia anima la vida cristiana, coordina las diversas tareas, elabora la síntesis vital entre evangelio y vida y celebra con alegría la presencia de la gracia liberadora.

La misión de la Iglesia significa siempre un servicio a los hombres, especialmente a hombres como el de la parábola: caídos y medio muerto

Y la Iglesia encuentra el sentido de su existencia en ser la prolongación de este servicio de Jesús a todos los hombres, particularmente a los humillados y ofendidos de nuestra historia.

Prójimo es, por lo tanto, el que rompe el círculo de sí mismo y e inclina sobre el otro, sobre el abandonado.
Para Jesús, pues, prójimo es todo aquel a quien yo me acerco. Y debo acercarme a todos, incluidos los enemigos (Mt 5, 44) y especialmente los pobres y los despojados que se cruzan en nuestro camino

Jesús une constantemente en su vida el anuncio del Reino y la anticipación concreta de éste en la historia, comenzando por los más desamparados (Le 7, 22). De manera análoga, la Iglesia, al mismo tiempo que prolonga la esperanza proclamada por Jesús, la realiza con actos de liberación de la opresión, de solidaridad con los débiles y de reactivación de todas las energías de bondad y superación del egoísmo.

Esta actitud de Jesús constituye el paradigma de la acción samaritana de la Iglesia, que no sólo evangeliza mediante la palabra, sino que ayuda a transformar la realidad, de mala en buena, a la luz del Evangelio. Sólo entonces el Evangelio es Buena Nueva de verdad para los hombres. donde la Iglesia revela su misericordia, cual Buen Samaritano. Desearía presentar tan sólo tres
prácticas de la Iglesia latinoamericana que concretan la mencionada actitud:
1) defender y promover hasta la más mínima vida;
2) defender y promover los derechos de los pobres; y
3) reinventar la Iglesia de la base como Pueblo de Dios en medio de los pobres de América Latina.

La Iglesia, pues, debe actuar como el Padre del hijo pródigo, parábola tan oportunamente analizada por Juan Pablo II en su encíclica Dives in misericordia: salvar la humanidad de los hombres (n° 41; cfr. n° 98). Lo decisivo es la vida humana, porque ésta constituye el gran sacramento de Dios, dado que ha sido llamada a la comunión con la vida divina.

Esto nos hace recordar la célebre expresión de las Casas: "Más vale un indio infiel, pero vivo, que un indio cristiano muerto"12. Algo parecido encontramos en el teólogo jesuíta José Acosta (México, 1577), con su tratado De procúramela indorum salute (En defensa de la salvación de los indios). La evangelización sólo recogerá la praxis de Jesús si, al igual que Jesús, produce vida; Jesús es el "Verbo de la vida, la vida que se manifestó" (Un 1, 1-2). El Dios cristiano, que es Dios de vida y que llama a los muertos a la vida

El gran desafío de la Iglesia en América Latina consiste en denunciar el sistema social de muerte y ayudar a la gestación de una sociedad que genere una vida mínimamente humana para todos, especialmente para las grandes mayorías empobrecidas.

Esta conciencia de la Iglesia se materializó en dos grandes opciones:
la opción preferencial por los pobres y la opción por
la liberación integral de éstos.

Esta liberación constituye un proceso abierto que abarca a todo el hombre y a todos los hombres; por eso se dice que es "integral". No es tan sólo, por tanto, una liberación espiritual, una liberación del pecado manifiesto que nos separa de Dios; es también una liberación económica, política, social y pedagógica14. En todos estos ámbitos puede acontecer la gracia -con lo que se concreta históricamente el Reino-,

Pero los cristianos han entendido perfectamente lo que nos enseña el Sínodo de los Obispos de 1974: "La promoción de los derechos humanos es una exigencia del Evangelio y debe ocupar un lugar central en el ministerio de la Iglesia.

Por eso, la Iglesia en la base no está compuesta únicamente de laicos, sino también de cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos. Los obispos "descienden", haciéndose hermanos de otros hermanos; y los laicos "ascienden", sabiéndose realmente hermanos de sus pastores.

La Iglesia existe desde el tiempo de Jesús, pero necesita ser constantemente reinventada, porque no es una organización bimilenaria carente de vida, sino un organismo que crece, se renueva y se rehace a medida que va penetrando en la historia y respondiendo a los nuevos desafíos.

Es la comunidad la que permite, de un modo casi connatural, la unión entre fe y vida, entre evangelio y liberación. Las personas ponen en común no sólo su fe, sino también, y sobre todo,  sus vidas, sus opresiones, sus victorias, siempre iluminadas por la palabra de la Revelación.

la Iglesia en la base representa "una esperanza para la Iglesia universal". En ella está gestándose el nuevo cristiano, ciudadano de la ciudad terrestre construida bajo la inspiración de la ciudad celestial, el nuevo samaritano que, colectivamente, se inclina sobre los que han caído en el combate de la vida y les ayuda a liberarse y a vivir de un modo más humano.

¡Dichosa la Iglesia capaz de engendrar hijos que son buenos samaritanos, que no permiten que la parábola se quede en simple parábola, sino que la transforman en historia, liberando
a los que caen y quedan medio muertos a lo largo de la ardua peregrinación humana hacia el Reino divino de la vida y la fraternidad!

LECTURA II
Bases biblicas de la misión
La Misión En El Sufrimiento Y Ante El Sufrimiento

Al reflexionar sobre el contexto de la tarea de la iglesia en América Latina es imposible eludir la realidad del sufrimiento.

Indudablemenle, gran parte del sufrimiento de nuestra gente tiene raíces económicas, pues —aunque poco se diga actualmente— el esquema económico mundial es usurero e injusto, y su implementación local en manos de funcionarios corruptos empeora aún más la situación de los más débiles. Otros matices del sufrimiento no tienen una génesis económica. Nacen, por ejemplo, de la indiferencia de algunos hacia la vida del prójimo.

Sin embargo, el sufrimiento no tiene solamente características individuales y estructurales, sino inclusive cósmicas. Bajo los constantes abusos de la humanidad, no solamente sufren los seres humanos, sino también la flora, la fauna y la tierra misma. Hoy más que nunca pareciera que la creación, la humanidad en general, y también «nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu» gimiéramos a una bajo las aflicciones del tiempo presente (Rom 8). Este Sitz‐im‐Leben (situación de vida) a nivel personal, socio‐estructural y cósmico es el contexto en que la iglesia ha de llevar a cabo su misión.[

Ante tal contexto generalizado de sufrimiento y dolor, una de las distorsiones latentes en la teología en América Latina, especialmente en la teología popular católica romana, ha sido «el dolorismo», es decir, la glorificación del sufrimiento por el sufrimiento mismo, a partir del ejemplo de un Cristo sufriente, representado a menudo como víctima pasiva y ensangrentada en las pinturas y esculturas de las parroquias.

Muchos creyentes, especialmente los que se identifican con el amplio espectro de las actuales corrientes carismáticas o entusiastas, parecen expresar el deseo de evadirse por completo del sufrimiento o, cuanto menos, de desarrollar una teopraxis analgésica ante el dolor individual, estructural y cósmico, que si bien no permite negar totalmente la existencia del sufrimiento, facilita seguir adelante en lo personal sin tenerlo mayormente en cuenta.

Podrán ser superadas únicamente si la teología y la teopraxis de la iglesia en su misión se basan en una sólida cristología y cristopraxis de raíz profundamente bíblica. Solamente al internarnos integralmente en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo descubriremos el equilibrio que necesitamos para confrontarnos con la realidad del sufrimiento.

Por cierto, es posible explicar el origen de un dolor específico (por ejemplo desde la medicina, la sociología o la psicología), pero la explicación no le da sentido al dolor ni hace que sea más fácil de soportar. El único sentido posible que puede tener el sufrimiento jamás radica en el sufrimiento mismo, sino que lo trasciende. Descubrir este tipo de sentido hace que sea más llevadero el sufrimiento, pero no lo hace realmente comprensible.

Por un lado, debemos saber callar ante el dolor. Por el otro, la dimensión apofática de nuestra respuesta al mysterium doloris no se traduce en quietismo, sino en una praxis que se modela y fundamenta en la acción del Dios trinitario mismo en la historia.

Con lo dicho nos vamos acercando a la verdad principal que puede articular la teología ante el misterio del sufrimiento: hemos de responder al dolor en clave cristológica, pues en Cristo descubrimos la vía de respuesta de Dios mismo en y ante el sufrimiento.

Al articular con cuidado algunas pautas teológicas para la misión de la iglesia en este contexto, nos ajustaremos al énfasis bíblico, que no trata de reconciliar teóricamente al «Dios bueno» con «el mal», sino que relata los actos salvíficos del Dios solidario y sufriente en la historia y en el mundo, ofreciéndole al ser humano una forma de vivir y morir de acuerdo con esa historia.

lo que pretendemos aquí es concentrarnos sobre la misión de la iglesia en y ante el sufrimiento, es decir, reflexionar sobre la vía cristopráctica de la comunidad de seguidores de Jesucristo en un contexto de dolor.

Que alguien pertenezca a la comunidad de seguidores de Jesús implica que ya ha tomado la decisión de confiar en él, así como en la bondad del Padre y en la solidaridad del Espíritu. Para tal comunidad, la reconciliación teórica de la idea de un Dios bueno con la idea de la existencia del mal pasa a un segundo plano. Más bien, como intuyó Dietrich Bonhoeffer en sus prisiones, los cristianos se esfuerzan por solidarizarse con Dios en sus sufrimientos  puesto que Dios se ha acercado a ellos en su momento de necesidad y lo sigue haciendo.

Jesús no utiliza el dolor ajeno para presentarse y promocionarse a sí mismo como milagrero. Al mismo tiempo se expone a la persecución por estar dispuesto a aliviar los sufrimientos ajenos aun en el día de reposo. Como señala González Faus: «Ni autoafirmarse con el dolor ajeno ni desentenderse de él; ni mendigar con el dolor propio ni endurecerse con él. Entre ese doble escollo parece serpear la senda estrecha que perfila la ética jesuánica del dolor, al nivel personal.»

Claramente, el consuelo que ofrece Jesús tiene una calidad escatológica, pues trae una promesa: el sufrimiento, el llanto, el luto no son eternos. Hay una salida. Como Lutero decía:  Cuando uno está en la cruz y el sufrimiento, todo tiempo parece demasiado largo y uno se impacienta. El sufrimiento no es difícil si uno puede ver el final de su sufrimiento. Uno piensa: es una mala hora, un mal día, una mala semana, pero después mejorará. Pero cuando uno no vislumbra el final, todo sufrimiento se torna inaguantable, aunque dure un cuarto de hora … Un cristiano debe saber que su sufrimiento tendrá un final y que no durará para siempre, pues de otra manera sería como un Judas maldito, que desesperaría y blasfemaría contra Dios.

No debe subestimarse la fuerza vigorizadora que tiene la esperanza en las promesas de Dios para el que sufre, esperanza de vida en medio de la muerte, esperanza de resurrección ante la cruz o, en palabras de Moltmann, esperanza «en contradicción con la experimentada presencia del sufrimiento, del mal y de la muerte»

Claramente, identificarse con la tarea salvífica de Jesús hacia los sufrientes conlleva el mismo tipo de persecuciones que a él lo llevaron a la muerte. La misión de la iglesia a los sufrientes —precisamente de la iglesia cuya piedra angular es Jesucristo, el siervo sufriente, y cuyo fundamento fueron los apóstoles y profetas perseguidos (Ef. 2:20)— no es un servicio nacido de buenas intenciones, ideales humanistas o de una vaga sensación de compasión, sino del compromiso con Jesucristo mismo, quien nos muestra el camino y nos advierte claramente de antemano que se trata de un camino difícil, sufrido, posiblemente mortal.

La compasión (Mit‐leid) de Jesús significa precisamente sufrir con y por los demás. La fe en Jesucristo es, por ende, fe en un mesías sufriente. En todo el Nuevo Testamento esa fe y el consiguiente seguimiento de Jesucristo implican la disponibilidad del creyente a compartir la cruz y el sufrimiento de su Señor.

No existe en el Nuevo Testamento la posibilidad de compartir la [Pág. 394] gloria del Señor sin participar en su sufrimiento; no hay theologia gloriae sin theologia crucis.
Los autores del Nuevo Testamento asumen la realidad del sufrimiento como parte de la realidad del cristiano. No intentan justificar a Dios teóricamente ante la existencia del mal y del sufrimiento (teodicea). Simplemente presuponen que habŕ sufrimiento y buscan integrarlo en la vida cristiana y superarlo positivamente.

Aquí mencionaremos brevemente tres de los principales esquemas interpretativos del sufrimiento en el Nuevo Testamento: el modelo del sufrimiento como prueba, el modelo del sufrimiento como disciplina y el modelo escatológico del sufrimiento:

Según el modelo de interpretación del sufrimiento como período o proceso de prueba (peirasmos, dokimê)17, el sufrimiento sirve para que el creyente pruebe el carácter genuino y resistente de su fe. Es lo que Lutero llamaba Anfechtung o tentación.
Una de las verdades profundas que esconde este modelo es que el sufrimiento no necesariamente lleva a la ruptura de la relación con Dios, sino que inclusive puede enriquecerla. Esto no significa que el sufrimiento en sí mismo sea deseable o agradable, pero sí que Dios puede transformar aun la adversidad en motivo de crecimiento (Ro. 8:28). Para el creyente, esta confianza ayuda a afrontar la vida con una actitud esperanzada y positiva.
Un segundo modelo neotestamentario interpreta el sufrimiento como disciplina o corrección (paideia)19, y entiende que el sufrimiento es un favor que nos hace Dios para disciplinarnos y enseñarnos.  Tal como suelen hacerlo los místicos, es posible interpretar el sufrimiento que uno mismo padece según este modelo. El peligro surge cuando se usa el esquema para justificar el sufrimiento ajeno, lo que permitiría, por un lado, la apatía o indiferencia ante el sufrimiento ajeno y, por el otro, una visión sádica de Dios mismo.
Los primeros dos modelos son, pues, de índole más bien individual. El tercero ya se orienta hacia la experiencia comunitaria y eclesial del sufrimiento. La tradición apocalíptica puede entender los sufrimientos, especialmente aquellos que surgen como consecuencia de la persecución, como un componente de las contrariedades de los últimos tiempos, que surgen por la resistencia de aquella fuerza contraria a Dios que rige en el presente siglo malo22. Ante el sufrimiento presente está la seguridad de la futura glorificación. Por eso es posible el gozo aun en medio de la tribulación que comparte la comunidad de fe.
Quizá el modelo neotestamentario más fructífero para la iglesia que busca llevar a cabo su misión ante el sufrimiento y en medio de él sea el complejo modelo paulino, que muestra cómo la iglesia —comunidad de seguidores que responden al llamado de Jesucristo— participa en los sufrimientos de su Señor. Precisamente por enfocar el problema del sufrimiento desde una perspectiva a la vez cristocéntrica y eclesial (es decir, comunitaria), es de especial relevancia para nuestro acercamiento eclesialmisionológico al Sitz‐im‐Leben del mundo.  La concepción paulina tiene una dinámica análoga a la de los dichos de Jesús acerca del seguimiento en los sinópticos: quien pierda su vida por causa de Cristo, la hallará (Mt. 16:25b y par.). Análogamente, si padecemos con Cristo (sumpasjomen) por estar unidos a él por el Espíritu, siendo así hijos de Dios (Ro. 8:14–17), [Pág. 398] seremos glorificados con Cristo (sundoxasthômen). Las consecuencias de esta dinámica trinitaria de padecimientos y gloria son, en primer lugar, la certeza de que sufrir no implica estar separados de Dios, ya que nada nos puede separar del amor de Dios que es en Cristo ni de la promesa escatológica de la superación de todo dolor (Ro. 8:35–39).

En segundo lugar, para Pablo la vida en Cristo significa experimentar el poder de la resurrección de Cristo, pero solamente como consecuencia de experimentar también su sufrimiento.28 El sufrimiento en Pablo no implica, pues, la ausencia de la salvación. Tampoco transfiere el alivio únicamente al futuro, sino que en el sufrimiento, día a día (2 Co. 4:16), se experimenta la salvación en el consuelo (2 Co. 1), en la esperanza (Ro. 5), en compartir con otros (Flp. 1), en saber que Dios nos ama (Ro. 5:8) y en el gozo (1 Ts. 1), y todo esto en el ámbito solidario de la comunidad de fe.

La vocación de la iglesia como fuerza terapéutica y vivificadora en un mundo sufriente tiene muchas facetas, pues va desde la atención a las necesidades individuales, físicas y espirituales, de los sufrientes, a la lucha activa por estructuras económicas y sociales acordes con la ética del reino anunciado por Jesús, y a los esfuerzos por restablecer la armonía ecológica donde ha sido distorsionada por los abusos humanos.

Lo que sí es carisma y también deber, especialmente de la teología, es señalar con insistencia la necesidad de tal esfuerzo, y recalcar que la misión de la iglesia ante el sufrimiento y en medio de él deberá tener una calidad cristológica, acorde con la dinámica del Dios trinitario mismo tal como ha actuado en la historia.

Este segundo movimiento nos introduce en una paradoja: aunque nuestra misión es aliviar el sufrimiento ajeno, la consecuencia de tal compromiso no es que nuestro propio dolor disminuya; antes bien, se requiere de nosotros una amplia disponibilidad a sufrir, a «beber de la misma copa» que nuestro Señor (Mc. 10:39). Ciertamente, el premio de dejar todo por seguir a Jesús es alto: recibir «cien veces más» de lo que se ha perdido, y «en el siglo venidero la vida eterna», pero todo esto será «con persecuciones» (Mc. 10:30).

Como señala Morna Hooker,32 Pablo expresa en varios textos centrales33 que Cristo se hizo lo que somos nosotros, para que en él pudiéramos llegar a ser lo que él es. La condición necesaria para que esto ocurra no es solamente que Cristo se identifique con nosotros, sino también que nosotros nos identifiquemos con él. Por [Pág. 401] un lado, él elige compartir nuestra situación de condenación y muerte; por el otro, nosotros estamos llamados a compartir su muerte, para luego poder compartir su resurrección.

Quizá —en un primer acercamiento al problema del sufrimiento— el mensaje profético más relevante que le pueda brindar una teología de corte cristocéntrico y trinitario a la iglesia latinoamericana de nuestros días que se interesa por el mundo sufriente en el que le toca caminar y vivir sea recordarle, en primer lugar, que aunque por el Espíritu experimentamos desde ahora la fuerza de la resurrección en nuestra vida (Ro. 6:4b), la iglesia en su misión actual, en un contexto de sufrimiento, no puede llegar a la resurrección obviando de manera extática o entusiasta el camino de la cruz. No podrá aliviar el sufrimiento ajeno sin cargar con ese sufrimiento de un modo análogo al de Jesús.37 En segundo lugar, la teología debe desafiar a la [Pág. 403] comunidad de fe a desarrollar tácticas contextuales concretas para combatir las raíces del sufrimiento individual, estructural y cósmico, utilizando todos los recursos interdisciplinarios que le brinda su diversidad de dones espirituales, y tomando en cuenta las dimensiones de consolación, prevención.

curación y transformación del sufrimiento. Sin esta compasión concreta y cristológica, sin este sufrir‐con‐el‐mundo, no tendrá verdadera eficacia el afán misionológico de la iglesia en el sentido de la Gran Comisión.
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación (2 Co. 1:3–5).

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