Saúl y el Espíritu Santo


Pregunta: Desde el punto de vista Reformado, el tema del rey Saúl, cómo después de ser inundado del Espíritu, habiendo profetizando y siendo el escogido por Dios, parece que al final se pierde, y  qué implica su figura.
Contesto: De entrada, le diré que la figura de Saúl y la manera en que Yahweh trató con él no está desprovista de dificultades y en ocasiones, hasta de perplejidades.  Esto significa que nadie tiene la última palabra al interpretar los sucesos que rodearon su vida.  Así que mi palabra es sólo una modesta aproximación, sujeta al error, por lo que me atengo a la misericordia de Dios al tratar de responder. 
Antes de su designación pública (“elección”)  (1 S 10.24) como primer rey de Israel, y siguiendo las instrucciones del profeta Samuel, Saúl se encamina rumbo al encuentro de una compañía de profetas. Al aproximarse a ellos, el Espíritu de Dios vino sobre Saúl con poder y comenzó a profetizar.  El hecho de que el Espíritu de Dios haya obrado de este modo con él, no implica que estaba actuando de una manera salvífica, esto es, aplicando a Saúl la redención lograda por el Cordero de Dios que fue inmolado desde el principio del mundo. 
Creo que debemos entender lo que sucedió a Saúl en el contexto de la visita a la comunidad de los profetas en los que el Espíritu obraba de manera sobrenatural.  Esta acción del Espíritu se extendió a Saúl sólo de manera temporal, mientras estuvo en la compañía de ellos.  Al dejarlos, “cesó de profetizar” (1 S 10.13), y la Escritura no vuelve a mencionar que hayan aparecido posteriormente manifestaciones de profecía en Saúl, sobre todo a la luz de que, aun cuando desterró a los agoreros y a los adivinos de la tierra de Israel, él mismo, consultó a una adivinadora con la idea de averiguar cuál sería su suerte en su guerra final contra los Filisteos, en la que perdió la vida echándose sobre su propia espada. 
Por otra parte, la Escritura no dice que fue “inundado” por el Espíritu, sino que “vino con poder sobre él” añadiendo, “y profetizarás” (1 S 10.6).  Es probable que este “descenso con poder” esté referido a la acción de profetizar. De otros personajes Bíblicos se dice también que vino sobre ellos el Espíritu, sin que esto resultara en la salvación eterna de sus almas, sino para ejecutar diversas provisiones del propósito eterno de Dios.  Por ejemplo, de Sansón se dice repetidas veces que el Espíritu de Yahweh  vino sobre él, p. Ej, Jueces 13.25; 14.6, 19; 15.14.  Sin embargo, un estudio de estos textos revela que cada ocurrencia de la “venida del Espíritu” resultó en una demostración de fuerza  para matar y destruir, en un caso a un león, y en otros dos a sus enemigos los filisteos, opresores de Israel.  En el último día de su vida le vemos ciego y encadenado a dos pilares de una gran casa donde los Filisteos celebraban un gran banquete (Jue 16.27).  Ahí clama Sansón a Yahweh, le pide  fortaleza “para que tome venganza por mis dos ojos” (Jue 16.28b).  Aparentemente, no es la gloria de Dios la que lo mueve, sino una venganza puramente personal. 
No obstante las repetidas “venidas” del Espíritu sobre este hombre, no dejamos de considerar la inconsistencia en su comportamiento.  Por ejemplo, “Fue Sansón a Gaza y vio allí a una ramera, y se llegó a ella” (Jue 16.1).  Mas a la media noche, se levanta y en el poder del Espíritu –ya que con ningún otro poder pudo haberlo hecho-,  arranca “las puertas de la ciudad con sus dos pilares y su cerrojo, se las echó al hombro, y se fue y las subió a la cumbre del monte que está delante de Hebrón.” (v.3).    Se entrega al pecado de adulterio, prohibido por la ley de Moisés,  y en seguida, lo llena el Espíritu de poder para realizar proezas. Si bien se le menciona entre los “héroes de la fe” en Hebreos 11.32, y sin duda fue un hombre de fe, sin embargo, vemos que la acción del Espíritu sobre él no fue para cristalizar una “elección de gracia” sino para la ejecución de aspectos diversos del plan de Dios para Israel.  
Lo mismo pasa con Saúl.  No es patente que la venida del Espíritu de Dios sobre él haya reportado efectos salvíficos evidentes.  La inconsistencia y obstinación de su carácter dejan en claro que su corazón era el de un no regenerado.  Si bien Samuel le dice que, tras la venida del Espíritu, sería “mudado en otro hombre” (Jue 10.6) y que “le mudó Dios su corazón” (Jue 10.9), debemos entenderlo como una habilidad especial que le fue otorgada como hombre de guerra y gobernante.  Esto es lo que probablemente significan las palabras de Samuel que se conectan con estos dos pasajes:  “Y cuando te hayan sucedido estas señales, haz lo que te viniere a la mano porque Dios está contigo” (10.7).  La bendición descrita por los profetas Jeremías (31.31ss.)  y Ezequiel (36.25-27), de la internalización de la ley en el corazón y de “recibir un corazón nuevo y un espíritu nuevo”estará reservada hasta el tiempo de la inauguración del Nuevo Pacto. 
Hay un marcado contraste entre David (“un hombre según el corazón de Dios”) y Saúl.  Del primero podemos decir que el Espíritu de Dios obró de una manera salvífica evidente y constante.  La gloria y el honor de Dios eran su pasión dominante.  No así del segundo, para quien la gloria y el prestigio personal eran lo más importante.  David tuvo varias caídas que podemos calificar de graves, pero la reacción de su corazón hacia Dios era sin duda la de un regenerado.  Por ejemplo, a raíz de su pecado con Betsabé y el asesinato de su marido Urías, David recibió la visita del profeta Natán quien lo descubre y amonesta severamente.  El resultado es conmovedor.  David humilla el espíritu y el cuerpo y tiembla ante el juicio del Señor.  Podemos ver el movimiento interior de su ser en el salmo 51.  Le ruega que no le quite su Espíritu.  
Con Saúl no sucede así.  Samuel llama a Saúl y le da instrucciones de Yahweh con respecto a la guerra contra Amalec y la suerte que correrá Agag su rey y su ganado tras su derrota (1 S 15.1-3).  Saúl va a la guerra,  pero una vez que esta termina y triunfa, hace lo que cree más conveniente, contraviniendo las órdenes de Dios:  Le perdona la vida a Agag,  y destina un buen número de piezas de ganado “primicias del anatema” (v.21) para ofrecer sacrificios a Yahweh.  Además, discute obstinadamente con Samuel.  Toca a Samuel la valiente y escalofriante tarea de tomar una espada y hacer pedazos a Agag en presencia de todos.  Samuel se retira de la escena, y Saúl porfía con él para que “le honre” delante de los ancianos de su pueblo (v.30). Un poco más adelante leemos que Dios se duele de haberlo hecho rey sobre Israel, le desecha, y “el Espíritu de Yahweh se apartó de Saúl, y le atormentaba un espíritu malo de parte de Yahweh” (16.14).
 
Saúl comienza su descenso.  Samuel teme que al ungir al nuevo rey, Saúl tome venganza y le mate (1 S 16.1,2). Por celos intentará atravesar a David con una lanza (18.10-12). Después hace que David huya y sale en su persecución. (1 S 21).  En su caída moral, hace matar a los sacerdotes de Nob y a sus familias (22.17-19).  David, de distinto (regenerado) corazón, aunque fieramente  perseguido, le perdona la vida a Saúl. (1 S 24).  Finalmente Saúl se precipita.  Justo antes de su última guerra contra los Filisteos, consulta a una adivina quien le vaticina que perecerá en ella.  Saúl termina su vida cometiendo suicidio. 
En conclusión, es difícil ver en las vicisitudes de la vida de Saúl la actitud y vitalidad espiritual que caracteriza a los hijos de Dios, que distingue a los que han nacido del Espíritu.  No soy Dios para decidir si Saúl fue salvo o no lo fue.  Eso sólo le toca a Él.  Con temor y temblor solamente podemos ver el fruto del árbol, y éste no parece ser bueno.  El Espíritu de Dios venía solamente sobre algunos de los personajes del A.T., pero no con la vitalidad y magnitud con que se delinea en los escritos del N.T., por ejemplo, en las cartas de San Pablo.  En Saúl, la actividad del Espíritu le llevó a profetizar y a actuar como un valioso guerrero a favor de Su pueblo Israel, pero esto no significa que el Espíritu actuó para salvación en él.    El que alguien profetice, aun en el nombre de Jesús, no significa que  es salvo.  Caifás profetizó (Juan 11.49-52); y de acuerdo a la enseñanza de nuestro Señor, en el juicio muchos se presentaron diciendo: “¿No profetizamos en tu nombre?” a lo que Jesús Juez replica, “Nunca os conocí, hacedores de maldad” (Mt 7.21-23). Saúl fue “escogido”  para ser rey de Israel, pero no escogido para la salvación en los términos de Romanos 8.29-30.  De acuerdo a este pasaje, los que son amados con amor eterno (o conocidos de antemano) son predestinados, llamados, justificados y glorificados.  Hay una cadena irrompible que une todos estos eslabones.  El mismo Espíritu que predestina es el mismo que perfecciona , afirma, fortalece y establece.  El mismo Espíritu que comienza la buena obra la perfecciona, y nos confirma hasta el fin para que seamos irreprensibles. Es un proceso que Dios comienza y que va en crescendo continuo.  
Si Saúl hubiese sido de los escogidos de Dios, ni duda cabe que habría sido perfeccionado por el Espíritu, como lo fue David o el mismo Sansón, y no habría terminado su vida en las precarias condiciones con las que ésta acabó. Y por otra parte, la secuencia en la aplicación salvífica de la redención por el Espíritu  en los creyentes del Nuevo Pacto, tal y como la hemos visto delineada en la carta a los Romanos, no creo que llegó a realizarse con tal magnitud y esplendor de fuerza en las vidas de los creyentes del Antiguo Pacto.  La estatura espiritual que han alcanzado los creyentes de la Nueva Era del Espíritu, en comparación con los de la Vieja Era de la Ley, queda muy bien establecida con estas palabras de nuestro Salvador, “Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él” (Lc 7.28). 
Espero que estas palabras sirvan de alguna manera como respuesta a su amable consulta, como punto de arranque de un intercambio que, espero, sea muy fecundo en adelante.  

Reciba usted un afectuoso saludo,
José Antonio Septién
La Gracia Soberana.

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