Los que vienen a dar cuenta


«Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le con
taron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: 'venid vosotros solos a un lugar solitario, para descan
sar un poco '. Porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer. Se fueron en la bar
ca, ellos solos, a un lugar despoblado. Pero los vieron marchar y muchos los reconocieron y corrieron allá, a pie, de todos los pueblos, llegando incluso antes que ellos. Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6, 30-34).
El reposo imposible de los misioneros
Al volver, los doce se habían convertido ya en «apóstoles». Es la única vez que Marcos les llama así. Un título (<<misioneros-envia
dos») justificado por su actividad, que, entre otras cosas, ha creado un notable movimiento de gente que no parece cesar.
Después de haber oído el relato que sus «enviados» le hacen -una especie de informe, no ciertamente burocrático, de su misión-, Jesús les premia concediéndoles un poco de reposo en un lugar apar
tado. La frase es bastante significativa: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco» (v. 31).
La gente acude de todas partes, crea confusión, y los apóstoles «no tenían ni tiempo para comer».
Entonces Jesús busca una estratagema para librarse de la gente: la barca. Pero le falla el plan. La salida improvisada no engaña a la gente. El intento de esconderse fracasa.
Al desembarcar en la otra orilla, Jesús ve que se les han adelan
tado ya a pie. A primera vista parece un poco extraño. Pero si se tra
ta de la zona noroccidental del lago, podría explicarse por un hecho que todavía se puede comprobar: en ciertos periodos el Jordán pre
senta por ahí una franja seca que permite atravesarlo sin ni siquiera quitarse el calzado.

A este detalle hay que añadir también el viento contrario que frena notablemente la barca. Entonces el fenómeno no es ya tan misterioso.
«Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío ... ». Se conmovió y ... «tuvo compasión de ellos». Se esperaría el despecho, incluso la irri
tación por el fracaso de la proyectada y necesaria jornada de desier
to. En cambio, prevalece la misericordia.
El milagro de la multiplicación de los panes (vv. 35-44) co
mienza ya aquí. Es necesario entender que a la gente se la encuen
tra allí donde está y no donde establecemos o desearíamos nosotros' que en el programa de los encuentros, la casualidad ocupa un pues~ to privilegiado; que el «dar» y el «darse» comienza por dejarse qui
tar tiempo ...
¿Y el descanso? ¿Y el lugar solitario?
¡Bah! Más que en un determinado lugar, el reposo de los disCÍ
pulos está junto a una persona. Es el retorno a la fuente. La posibi
lidad de encontrarse con ~l, de gozar de su intimidad, de escuchado, de ser llevados aparte por sus proyectos.
Junto a Jesús, el misionero recupera las fuerzas, se refresca, aprende, está de nuevo dispuesto a ponerse al servicio de los demás.
En este caso, el reposo consistirá en ocuparse de la gente, que no quiere que se la abandone.
Aquí se transparenta el pensamiento de Marcos: el misionero no puede echar a la gente, aunque le invada y se muestre poco respe
tuosa con sus planes. Debe hacer siempre algo por ella, preocupar
se de sus necesidades.
Esta vez el reposo consistirá en ... hacer reposar a los otros, en compartir la compasión y la solicitud amorosa de Jesús para con su pueblo.
Llamados a dar cuenta
Al volver de su primera misión, los apóstoles presentan un infor
me a Jesús. El enviado debe responder al que le ha mandado. No basta partir, reivindicar el origen divino de su autoridad, del encargo. Hay que dar cuenta.
Los doce informan puntualmente: -sobre lo que han hecho;
-sobre lo que han enseñado.

Resulta bastante evidente que el contenido de su misión ha sido fiel a los dos componentes del ministerio mismo del Maestro. Du
rante su jornada en Cafarnaún, Jesús había enseñado en la sinagoga, había liberado a un poseso, había curado a la suegra de Simón y lue
go a muchos otros enfermos.
Después de la jornada del gran discurso en parábolas, había rea
lizado una serie de milagros a la misma orilla del lago: calmar la tempestad, expulsar a la legión de demonios de aquel desgraciado de Gerasa, curar a la mujer enferma de hemorragias, devolver la vida a la niña ...
El «hacer» no se refiere a una actividad genérica, sino al poder que se les concedió sobre los espíritus inmundos y las enfermedades.
También nosotros estaremos en condiciones de contar a Jesús to
do lo que hemos hecho. El territorio de nuestro «hacer» es inmenso. Nuestra actividad no conoce descanso, asume las formas más varia
das y toma las direcciones más diversas.
Sin embargo, Jesús desea conocer lo que hemos producido con nuestro hacer. Qué ha determinado, motivado nuestra incansable la
bor. Me atrevería a decir: se trata de documentar lo que hemos hecho con nuestro hacer (y no es un juego de palabras).
Jesús quiere constatar si la autoridad de nuestra enseñanza ha si
do confirmada por la fuerza de los hechos, la eficacia de los gestos.
Una relación embarazosa
Indudablemente, esta reunión de trabajo con él resulta embara
zosa. No nos hagamos la ilusión de creer que basta contar lo que nos exalta a nosotros. Hay que aclarar qué es lo que a él le i~teresa ver
daderamente saber.
Siempre existe el riesgo de haber hecho lo que queríamos noso
tros y no lo que hubiera querido y hubiera esperado Jesús. Hay em
presas que realizamos en su nombre y en las cuales él no tiene nada que ver, que incluso desaprueba.
Podemos juntar muchas cosas, incluso demasiadas, menos las que él hubiera deseado. Le presentamos con cierta complacencia el libro de cuentas, las revistas y los periódicos que ilustran nuestras realizaciones, los éxitos, los reconocimientos que hemos coleccio
nado. Cifras, deliberaciones, datos, nombres, honores. Y él va pa-

sando distraídamente aquellas páginas en busca de algo que no en
cuentra en ellas.
-¡Mira cuántas cosas hemos hecho por ti!
y él parece ausente, como si el asunto no le interesase. Entonces insistimos:
-¿Es 'acaso demasiado poco? .. Sabes, no podíamos llegar a to
do ... Y, además, no somos muchos ... Los medios son siempre insu
ficientes, ..
Réplica:
-No habéis hecho ni mucho ni poco. Habéis hecho algo «distin
to». Habéis hecho «otra cosa». No era esto lo que yo esperaba de vosotros.
. Al menos debemos sospechar que, desde el momento en que DIOS es el «totalmente otro», es también el que quiere de nosotros ... otra, cosa. Con frecuencia nos mostramos obedientísimos cumplien
do or.denes que no hemq,s recibido, celosísimos en campos que le son ajenos.
Lo contrario de la obediencia no es el rechazo. A veces puede ser l~ pretensión de hacer por nuestra cuenta lo que debería serIe grato, Slll preocupamos de verificar la fuente, sin confrontamos con el que nos debería mandar.
Hay personas religiosas que, para certificar su fidelidad, te de
sembuchan todo lo que piensan, dicen, hacen y dejan de hacer. Y sa
cas la impresión de que ser cristiano es algo radicalmente distinto de aquel cuadro; de que en el evangelio no hay ninguna traza de la mer
cancía de que ellos hacen alarde con evidente satisfacción.
Dios sólo sabe contar hasta uno
L?s pas.tore~ que dispersan las ovejas y arruinan el rebaño (según el oraculo mqmetante de Jr 23, 1-6) no son necesariamente perver
sos o corruptos. Con frecuencia son pastores (cuyos descendientes han llegado hasta nosotros) que actúan por cuenta propia, se entre
ga~ al oficio, interpretan a su modo la misión recibida, ejercen la au
tOrIdad según criterios que ellos han establecido con la presunción de obtener automáticamente la aprobación del otro.
Pero Dios no concede estas delegaciones absolutas, esto es, <<li
bres». de su control riguroso. Nunca da carta blanca a nadie. Por el

hecho mismo de que están por medio las ovejas, o sea, las personas. Cuando corren riesgo las personas, el pastor quiere ver claro, con
trolar cuidadosamente y con la máxima severidad.
Con grandes números no hay problemas. Nos arreglamos muy bien. Frente a Dios, sin embargo, se corre el riesgo de tropezar con el uno. Dios se detiene en el uno, o sea, en el individuo. Parece no tener intención de seguir contando y no hay modo de hacerle arrancar de ahí. Viene la duda de si sólo sabrá contar hasta uno. O de si, para él, el uno representará el total, la cifra máxima, el valor absoluto.
Si preguntásemos al Pastor supremo cuántas ovejas componen su rebaño, probablemente le oiríamos responder que él ve siempre sólo una .
Todo comienza con la compasión
«Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un po
co».
«Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos ... ».
En los dos casos aparece la compasión del Maestro: por los dis
cípulos y por la gente sin pastor (tener pastores equivocados es co
mo no tenerIos, e incluso peor ... ).
He oído decir últimamente que «con la compasión no se resuel
ve nada ... Hay que hacer algo más ... ». De acuerdo; la compasión no basta. Se necesita algo más.
Sin embargo, yo creo que la compasión constituye el punto de partida para todo. Con la compasión sufro el cansancio del otro, el malestar, la necesidad del otro.
La actitud de Jesús revela, antes que nada, su humanidad, su ter
nura, su sensibilidad, su delicadeza.
Cristo pide todo a sus amigos, les impone una opción dificil y un camino áspero. No les escatima fatigas, desasosiegos, dificultades, ni siquiera persecuciones. Pero él va siempre delante.
Jesús no es duro, insensible, distante, impasible, incapaz de en
tender y de compadecerse. Al contrario, se muestra atento, solícito. Se da cuenta de cuándo tienen (tenemos) necesidad de descanso. Tiene en cuenta su (nuestra) debilidad, las limitaciones, nuestra flo
jera, el cansancio.

Es como si dijese:
-Ahora deteneos un poco ... Tenéis derecho ...
No dice: «Ya descansaréis en el reino de los cielos». Incluso por
que sabe que, una vez allí, no habrá ya necesidad de reposo. Es aquí abajo donde tenemos que descansar, al menos un poco ...
También el reposo forma parte integrante de la misión. Jesús no duda de pedir lo imposible.
Pero de una manera humana.
Al volver está la madre
Me parece extraño que ningún exegeta haya despertado ni si
quiera la sospecha. i Y pensar que ellos hacen las interpretaciones más increíbles hasta de una coma!
Se saca a relucir el informe, la confrontación de experiencias, el retiro espiritual, incluso la 'formación permanente.
Pero ninguno, que yo sepa, ha dicho nada sobre el hecho de que los doce han vuelto simplemente ... a casa. Y de que, para acogerlos, han encontrado no sólo al Maestro, sino sobre todo a una madre solícita.
De hecho, el comportamiento de Jesús es típicamente maternal. Una madre no acoge al obrero, al campesino, al empleado que vuelve del trabajo. Y ni siquiera al alumno, al viajante, al médico, al enviado especial, al misionero. Acoge siempre y sobre todo al hijo.
Tengo la impresión de que, en este episodio, Marcos ha vuelto de nuevo a la constatación inicial:
- i Quién sabe lo cansados que estaréis ... !
Quitarse de en medio
Indudablemente, el ir aparte con Jesús no es sólo para el reposo en el sentido fisico. Es necesario restablecer la relación con él para profundizar en el significado y garantizar la eficacia de la misión.
El estar con él es la manera más segura de no decepcionar a la gente.
Tenemos necesidad de retiramos aparte sobre todo cuando nos con
sideramos indispensables, cuando creemos que el mundo no funciona
ria si nos detenemos nosotros o simplemente dejamos de dar bufidos.

Quien se da tono de protagonista, de hacerlo él todo; quien está habituado a exhibirse en el centro y bien alto, debe encontrar valor para retirarse aparte en la oración, en la contemplación, en el silen
cio, en la conciencia de que no somos imprescindibles.
Hay apóstoles agitados, continuamente ocupados, que, en su an: sia de encontrar a otros, de ayudarles, no se encuentran nunca a Si mismos no tienen un mínimo de piedad para consigo mismos.
No ;e dan cuenta de que lo que llevan encima es el personaje, el ídolo, la máscara, la contrafigura, el monumento. Su ser más verda
dero ha sido abandonado hace tiempo -quién sabe dónde- y ya no tienen noticia de él ni tratan de recuperarlo. Las consecuencias de este frenesí las pagan también los demás.
Debemos reconocer que tenemos necesidad de reposo desde el momento en que cultivamos la ilusión de no podérnoslo conceder,
i con todo lo que hay que hacer ... ! .
Pero el reposo en lugar apartado con el Maestro se conVierte en el remedio más urgente, especialmente cuando nos sentimos blo
queados, cuando hemos perdido el impulso, nos encontramos fríos, apáticos, desmotivados, «dimisionarios».
El Maestro nos sacude, haciéndonos precisamente reposar en su
intimidad.
Hacerse encontrar negándose
El discurso, está claro, se refiere en primer lugar a los pastores, a los responsables, a los guías del rebaño. La disponibilidad a dar la vi
da no anula el derecho-deber de impedir que la vida se apague a cau
sa de una actividad sin alma que, en vez de liberar energías, las agota.
«Porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiem-
po para comer» ..
Hay un «darse» a la gente. Pero hay también un indispensable
«sustraerse», «negarse». Y esto para su equilibrio personal. Pero también por la misma gente, que sale siempre ganando con ~n guía que tiene el valor de «partir» a lugares solitarios para dedicarse a aquella actividad improductiva que es la oración.
Es cierto que aquí la propuesta de Jesús a sus amigos queda an~
lada por la invasión de la gente, que se adelanta hasta el lugar elegi-
do para el retiro.

Sin embargo, queda la exigencia irrenunciable de apartarse con el Señor para las oportunas verificaciones de las experiencias y de la fidelidad a la misión recibida, y como condición fundamental para no defraudar las expectativas de la gente.
La soledad se convierte así en medio privilegiado de comunión. Un guía incapaz de detenerse corre el riesgo de ir frenando, o in
cluso de bloquear totalmente el camino del rebaño.
El mismo reposo (o sea, la referencia a las fuentes y a la con
templación) puede constituir la expresión más evidente de la com
pasión hacia los demás.
El silencio se convierte en el «lugar» donde el pastor acoge la pa
labra destinada a alimentar a su grey.
Una vez más: los excesivos trabajos y preocupaciones no deben oscurecer la ocupación principal, que consiste en frecuentar las pro
fundidades.
Un pastor está en condi,ciones de «anunciar la paz» sólo si la paz y la armonía las realiza dentro de sí.
Un pastor disperso en actividades múltiples y falto de un centro unificador en lo secreto de su propio ser, se encontrará inevitable
mente con un rebaño a la desbandada.
Las ovejas corren tras los falsos pastores cuando el que debería ser su verdadero pastor se dedica a correr alocado.
y podemos también decir: un pastor incapaz de «guiar» está con
denado a agotarse en estériles y patéticos intentos de ... perseguir.
El pastor pierde inexorablemente las ovejas en el momento mis
mo en que «pierde» algo dentro, se pierde a sí mismo.
Los vínculos se rompen cuando el responsable deja que se aflo
je su propio vínculo con lo alto.
Sin una marcada dimensión contemplativa, el pastor que se dice empeñado en «ir en busca» de las ovejas lejanas y de las que están cerca (que a veces resultan ser las más extrañas) corre el riesgo de no hacerse encontrar verdaderamente ... nunca.
Como se ve, aquí se habla de los apóstoles, de los misioneros, de los «responsables» por distintos títulos. Esto es, de todos nosotros.

17 Los que se preocupan de tener las manos limpias (y la conciencia no importa cómo ... )
«Los fariseos y algunos maestros de la ley proceden
tes de Jerusalén se acercaron a Jesús y observaron que algunos de sus discípulos comían con manos im
puras, es decir, sin lavárselas -es de saber que los fa
riseos y los judíos en general no comen sin antes ha
berse lavado las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus antepasados; y al volver de la plaza, si no se lavan, no comen; y observan por tradi
ción otras muchas costumbres, como la purificación de vasos, jarros y bandejas-o Así que los fariseos y los maestros de la ley le preguntaron: '¿Por qué tus discí
pulos no proceden conforme a la tradición de los an
tepasados, sino que comen con manos impuras? '. Je
sús les contestó: 'Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En va
no me dan culto enseñando doctrinas que son precep
tos humanos. Vosotros dejáis a un lado el mandamien
to de Dios y os aferráis a la tradición de los hombres '. Yañadió: '¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición! Pues Moisés dijo:
Honra a tu padre ya tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre, será reo de muerte. Vosotros, en cambio, afirmáis que si uno dice a su padre o a su ma
dre: Declaro corbán, es decir, ofrenda sagrada, los bienes con los que te podía ayudar, ya le permitís que deje de socorrer a su padre o a su madre, anulando así el mandamiento de Dios con esa tradición vuestra, que os habéis transmitido. Y hacéis muchas otras co
sas semejantes a esta '. Y llamando de nuevo a la gen
te, les dijo: 'Escuchadme todos y entended esto: Nada de lo que entra en el hombre puede manchar/o. Lo que

sale de dentro es lo que contamina al hombre. (El que tenga oídos para oír, que oiga) '. Cuando dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de la comparación. Jesús les dijo: '¿De modo que tampoco vosotros entendéis? ¿No compren
déis que nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo, puesto que no entra en el corazón, sino en el vientre, y va a parar al estercolero? '. Así declaraba puros todos los alimentos. Yañadió: 'Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre. Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homici
dios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, li
bertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. To
das estas maldades salen de dentro y manchan al hombre'» (Me 7,1-23).
Manos que apestan aunque limpias, y manos perfumadas de pan
El encuentro y el largo discurso que sigue tienen su origen en la acusación de los escribas y fariseos contra los discípulos de Jesús, culpándoles de comer sin antes haberse purificado las manos, según los ritos tradicionales.
Se duda si los fariseos la emprenden con los discípulos porque es el objetivo más fácil, porque no tienen el valor de enfrentarse con la gente. Sin embargo, me parece que las informaciones que han reco
gido se refieren a un fenómeno más amplio. j Ya! Los cinco mil hom
bres que, en el desierto, han comido el pan del milagro (6, 30-44) sin antes lavarse las manos.
La actitud farisaica es típica de una cierta mentalidad, incapaz de alegrarse al ver a una multitud saciada, pero que tiene la desver
giienza de entristecerse porque no han sido observadas escrupulosa
mente las reglas.
Algunas personas no tendrían nada que objetar a que unos hom
bres mueran de hambre. ¡Lo importante es tener las manos limpias!
Estamos en la así denominada secuencia de los panes, que ocupa un largo espacio en el evangelio de Marcos (6, 30-8, 21). Y si el mi
lagro realizado por Jesús ha llenado el ambiente de fragancia de pan,

la llegada de los escribas y de los fariseos trae el hedor dellegalismo más mezquino y rancio. No sin razón termina la narración hablando de cloaca.
Se tiene la impresión de que las manos de Jesús están perfuma
das de pan, mientras de las de los fariseos, aunque bien lavadas y pu
rificadas, emana un hedor insoportable.
Dios es el que nos hace respirar, el que perfuma el ambiente y el que pinta el cielo de azul. Pero siempre hay alguno que, incluso to
mando a Dios como pretexto, consigue envenenar la atmósfera, hace despuntar en el horizonte nubes amenazadoras, mata la espontanei
dad, estropea las cosas bellas y nos regala un cielo color de plomo.
De ciertos corazones mezquinos no sale solamente malicia. Sale algo peor: capacidad de mortificar, de humillar. Ciertos comporta
mientos no pueden analizarse en sus componentes, pero se recono
cen por su olor a rancio ...
Entre legalismo y radicalismo
Jesús no abroga la ley. Lo que hace es oponer su radicalismo. Va «más allá» de la ley. Se muestra todavía más exigente. Pero exigen
te con relación al corazón del hombre, al ámbito de la interioridad. Y sobre todo en las cosas esenciales, no en minucias formales.
Una religiosidad de tipo farisaico se presta a ser medida, contro
lada, pesada. Pero lo que se puede medir y controlar es sólo lo que aparece por fuera. El Maestro, en cambio, no se contenta con las apariencias, desciende a lo más profundo del hombre para medir a qué nivel está su adhesión.
El legalismo farisaico hace observantes que se acomodan a la norma, pero no obedientes capaces de captar el espíritu de la ley, de interpretar la voluntad del legislador, de realizar el fin de la ley, que es el amor.
Los fariseos creen honrar a Dios. En realidad, su actitud les ale
ja de Dios. En el fondo, sus observancias sirven para defenderles de Dios. «Ellegalismo farisaico nace de una incomprensión de Dios y ofrece una razón para rechazarlo. Representa un motivo para recha
zar a Jesús» (B. Maggioni).
¡Ay, si los que con desenvoltura -yo diría con desvergiienza
comprometen a Dios en ciertos asuntos refiriéndose continuamente

a su voluntad y confundiendo los propios caprichos con la voluntad del Señor y la propia cabeza con su misterio, se dieran cuenta de que él, en ciertas cosas, no se mete para nada ... !
Lo que se capta inmediatamente
Debemos estar agradecidos a Marcos por el paréntesis de los vv. 3-4. Como el ambiente pagano al que se dirigía el evangelista, tam
bién nosotros tenemos necesidad de ser informados sobre la parado
ja y la distorsión de una vida marcada por ellegalismo.
En una primera lectura nos limitamos a destacar algunos aspec
tos que afloran a lo largo de todo este largo discurso. Podemos indi
carlos así:
-Mandamiento de Dios y añadiduras humanas. Las añadiduras humanas, las explicaci0!les, las tradiciones se sobreponen a la pala
bra de Dios hasta ocultada totalmente.
-Existe una praxis que, bajo la máscara de la fidelidad exterior, no respeta la intención del Señor.
-Hay una observancia legalista que se hace hipocresía y se re
suelve, fundamentalmente, en astuta desobediencia.
-Exterioridad e interioridad.
-Jesús supera lo absurdo dellegalismo, dirigiendo todo al verda-
dero centro: al corazón del hombre.
Estos son los grandes temas de la discusión. Para entenderlos, sin embargo, es necesario precisar el contexto.
Puro e impuro
El lavarse las manos que ha dado origen a la polémica nos colo
ca en la categoría de lo puro y de lo impuro. La pureza representa la condición necesaria para acercarse al Santo, que es Dios. Se refiere no sólo a las personas, sino también a los animales y a las cosas.
Tengamos presente que estamos en el ámbito del culto y que, só
lo de un modo secundario, el concepto tendrá también un reflejo es
piritual y moral.
Se califica como impuro todo lo que no es santo, no adaptado a Dios. Esto implica una neta separación, incluso oposición, entre la

esfera de lo santo y la de lo profano, por lo cual todo lo que entra en relación con la divinidad queda apartado del uso profano.
Las prescripciones partían de la convicción de que algunos fe
nómenos naturales -especialmente los relacionados con la sexuali
dad- y ciertas enfermedades -particularmente la lepra- hacían im
puros. Había también animales declarados inmundos y que no se podían comer ni usar para el sacrificio. La impureza se refería in
cluso a determinados alimentos, para los cuales había numerosos tabúes. También el contacto con cadáveres y tumbas convertía en Impuro.
Existían varios grados de contaminación y, por tanto, las corres
pondientes prácticas de purificación asumían formas diversas y te
nían distinta duración. Por ejemplo, la parturienta quedaba impura durante cuarenta días después del nacimiento de un niño, y ochenta si había dado a luz una niña.
En el judaísmo tardío la preocupación por la pureza cultual había alcanzado formas incluso grotescas. Se decía, por ejemplo, que un fariseo se volvía impuro hasta tocando solamente los vestidos de un campesino que no supiera leer la Torá.
La forma más común de purificación consistía en lavarse las ma
nos antes de las comidas. Cuando uno regresaba del mercado se ha
cía necesaria una inmersión completa, porque en aquel ambiente po
día haber entrado en contacto con paganos.
Antiguamente las prescripciones para la ablución de las manos se referían sólo a los sacerdotes y a los dedicados al culto. Poco a poco, sin embargo, se fueron extendiendo también a los laicos, es
pecialmente después de que se introdujera para todas las comidas la oración de bendición, debido a lo cual comer se convirtió casi en un acto religioso, en una liturgia doméstica.
Entre culto y solidaridad
No hace mucho, el estudioso F. Belo ha propuesto una «lectura materialista del evangelio de Marcos», y ha defendido la tesis de que el sistema de lo puro e impuro es posterior a otro que él define del don y del débito (ofensa).
Ambos se articulan en torno a dos centros: la mesa del israelita o su casa -en el sentido de la familia y del clan-, y el templo.

El sistema de lo puro y lo impuro parte de una concepción mági
ca de la participación del hombre en las fuerzas de la naturaleza, de donde surgen la vida y la muerte. Para él, es impuro todo lo que de algún modo está en relación con la muerte.
El sistema del don y del débito (ofensa), en cambio, parte de una concepción de la tierra como lugar de los hombres y el cielo como el lugar de Dios, del que proceden sus dones, especialmente el sol y la lluvia. «Dios da la lluvia y fecunda los campos y los animales. Por tanto, el israelita debe dar a quien no tiene. Como Dios le sacia a él, así él debe saciar a su prójimo. O sea, el sistema don-débito (ofensa) regula la sociedad israelita, y el que recibe como don la abundancia en su mesa y en su casa, deberá dar, compartir con el que carece de esa abundancia. Por una parte recibe y por otra da ... ».
Amar significa donar. Por lo cual matar, robar, engañar, explotar, significa estar en deuda y, por tanto, perdido, maldito.
Mientras que el dar e~ fuente de bendiciones y de gracias socia
les, el acaparar excluyehdo a los demás, incluso quitándoles aquello de que tienen necesidad para vivir, es pecado, deuda, ofensa.
El comportamiento inspirado en el sistema de lo puro e impuro está guiado por prohibiciones y preceptos rituales. Su preocupación dominante es la del honor dado a Dios en el culto.
En cambio, el comportamiento inspirado en el sistema del don
débito (ofensa) está basado en prohibiciones y preceptos que tienen como finalidad promover el don, el compartir, e impedir la violen
cia, la agresión, la injusticia, el abuso, el egoísmo. Su preocupación dominante es el prójimo.
Por su naturaleza, el primero es conservador. El segundo tiende a impedir toda explotación del hombre por el hombre.
El sistema del don-débito habría sido elaborado por tribus nóma
das de pastores, y tendría por finalidad impedir las desigualdades sociales (<<Que no haya pobres en medio de ti, Israel», Dt 15,4).
Luego, a nivel legislativo y por obra especialmente de los sacer
dotes, se habría creado el sistema de la impureza estrechamente li
gado al culto, que habría terminado sofocando al otro, orientado a la solidaridad. Típico de esto sería el libro del Levítico.
F. Belo defiende que contra este predominio del sistema de la impureza -propio de las clases dominantes- habrían levantado su voz los profetas y el mismo Jesucristo ..

Evidentemente es sólo una hipótesis. Aunque no se la pueda de
fender a la letra, me parece que contiene varios elementos de verdad y que ofrece puntos válidos de reflexión siempre actuales.
Corbán, o sea, una ofrenda hecha a sí mismos ...
«Corbán» podría traducirse por don. Se trataba de una especie de voto con el que se consagraban a Dios los bienes propios, que, de es
ta forma, eran considerados «intocables».
Poco a poco se convertiría en un modo aceptado de quedarse con los así llamados dones. La seriedad del gesto inicial se convertiría, de hecho, en expediente para defender las propias pertenencias.
Los hebreos habían tomado la costumbre de recurrir a juramen
tos -incluyendo el corbán (o sus sustitutos: konam, konah, konas)
para vincularse en una especie de vínculo sacro, prohibiéndose el uso de algo. Así, uno podía declarar: «Konam, si yo vuelvo a probar alimento cocido». O bien: «Konam, si mi mujer recibe algún placer de mí, por haberme robado la cartera ... ».
Luego, el corbán se fue desnaturalizando, convirtiéndose en un voto de rechazo de algo o de alguien. Más que una cosa «acercada» a Dios, según el significado original del término, era una cosa «ale
jada» de los otros, sustraída a otros. Era una privación, ¡pero que su
frían otros! En sustancia, se trataba de un voto contra alguien. Dios y el templo no percibían ninguna ventaja.
El máximo de la desfachatez se daba cuando, a través del corbán -y este es el caso límite citado por Jesús-, se anulaba el manda
miento de «honrar», o sea, mantener, asistir a los padres. Este man
damiento, propuesto luego exclusivamente para los niños a fin de obligarles a la obediencia, había tenido su origen en la necesidad de hacer frente al problema basilar de la supervivencia de los ancianos en un sistema basado en el trabajo y en la producción. Por tanto, se refería exclusivamente a las obligaciones de los hijos adultos. Un problema de la mayor actualidad.
Explica Schmid: «Un hijo que estuviese hastiado de sus padres y fuese un egoísta, podía declarar que toda prestación que le pidieran debía ser para ellos como una ofrenda (corbán).
Así, la dureza de corazón o la ingratitud podían ponerse la más
cara del temor de Dios. Los padres ancianos quedaban privados pa-

duc~os, defens?res enca~nizado~ y «conservadores» sólo de la ley escnta- defendran tambIen la vahdez de la ley no escrita o sea de la tradición de los antiguos, que ellos hacían remontar igu~lment~ has
ta ~o~~és y la revelación divina. Así, los preceptos transmitidos por tra~~clOn. oral-en.~na especie ~e cadena ininterrumpida- de gene
raClOn en generaclOn eran consIderados tan sagrados y vinculantes como la ley escrita.
Habilísimos para ... hacer otra cosa
«VOS?t~?S dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradIclOn de los hombres ... ¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición!» (vv. 8-9).
. Así surge, inevitablemente, la confusión. Todo se coloca en el ml~mo plano. Incluso C?.Q. frecuencia las costumbres y las interpre
taclOnes de los hombres terminan siendo más importantes y vincu
lantes que el mandamiento de Dios, y por tanto lo oscurecen.
Se realiza un desplazamiento peligroso. Se abandona el centro descuidando el contenido esencial del mensaje, y se aterriza en zo~ nas.periféricas; la atención es atraída por elementos marginales; se defIenden encarnecidamente posiciones irrelevantes.
El ser cristiano se identifica con un punto particular de la moral que se hace predominante hasta la obsesión y termina por colocar e~ segundo plano las exigencias más radicales de la fe.
La ~eñal establecida por Cristo para reconocer al discípulo y a la comumdad de los creyentes queda sustituida por señales intrusas y a pesar de las apariencias, bastante menos comprometedoras. ' Lo e~pecífico cristiano se multiplica y se diluye en una serie des
proporclOnada de manifestaciones que prácticamente lo anulan.
El gran río se pierde, divaga, va por miles de meandros, riachue
l?s, ensenadas, represas, zonas pantanosas; invade territorios discu
tlbles y se hace muy dificil reconocer y seguir su corriente.
En el fondo es como si Jesús nos reprochara como a los fariseos: «Sois habilísimos en hacer. .. otra cosa».
y e~ que también la atención exagerada a las categorías de lo pu
ro y lo Impuro entra en esta tendencia del hombre a hacer -y a ha
cer hacer- «otra cosa», a hacer -ya hacer hacer- todo menos lo que verdaderamente quiere el Señor.

Qué es lo que mancha al hombre
«Nada de lo que entra en el hombre puede manchado. Lo que sa
le de dentro es lo que contamina al hombre» (v. 15). Un estudioso hebreo considera esta frase de Jesús como una de las más grandes sentencias que han surgido en toda la historia de las religiones.

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