Los que el sábado ...


« Un sábado pasaba Jesús por entre los sembrados, y sus discípulos comenzaron a arrancar espigas según pasaban. Los fariseos le dijeron: '¿ Te das cuenta de que hacen en sábado lo que no está permitido? '. Jesús les respondió: '¿No habéis leído nunca lo que hizo Da
vid cuando tuvo necesidad y sintió hambre él y los que lo acompañaban? ¿Cómo entró en la casa de Dios en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió de los pa
nes de la ofrenda, que sólo a los sacerdotes les era per
mitido comer, y se los dio además a los que iban con él? '. Yañadió: 'El sábado ha sido hecho para el hom
bre, y no el hombre para el sábado. Así que el Hijo del hombre también es señor del sábado '» (Mc 2, 23-28).
Para ellos, soltar la lengua no es un trabajo prohibido
Otro encuentro-encontronazo más, otra controversia. Cuando es
tá por medio el comportamiento del Maestro, los adversarios mur
muran «en sus corazones» (2, 6) o se lamentan con los discípulos. Si los culpables son los discípulos, entonces la emprenden con el Maestro. Nunca van directamente a la persona interesada.
Aquí los protagonistas del encontronazo son los fariseos. Y algu
no se pregunta, alarmado: ¿De dónde vienen ellos, ya que es sábado y en sábado sólo es lícito caminar unos pocos cientos de metros? Porque ellos son gente que observa escrupulosamente estas cosas.
¡Qué pregunta! Ellos no vienen. Son inexorables policías con el código siempre en la mano. No pueden faltar. Aparecen dondequie
ra que alguno quebranta una ley.
Como el precepto del descanso del sábado -uno de los más im
portantes de la religiosidad hebrea- se especifica en una infinidad de prescripciones y prohibiciones (por ofrecer solo un ejemplo, hay nudos que pueden hacerse y otros que están prohibidos, se dice in
cluso hasta cuántas sílabas está permitido escribir), no es necesario hacer tanto camino para coger en el acto a un trasgresor.

i Ya! Pero en las innumerables listas de trabajos prohibidos en día de sábado, no se había incluido un trabajillo bastante generalizado: soltar la lengua contra el prójimo. Hasta durante el reposo los fari
seos están ocupados en patrullar y en sancionar las infracciones del código.
Existía una lista, compuesta por los rabinos, de los «trabajos ca
pitales»: eran treinta y nueve. Para cada uno de ellos había además una subespecie de seis, de modo que se abarcaban todos los casos. Así, por ejemplo, cosechar era incompatible con el descanso del sá
bado. Pero se especificaba puntillosamente: «Cosechar, vendimiar, recoger la aceituna, cortar, coger higos, arrancar (y esta es precisa
mente la trasgresión de la que son acusados los discípulos) ... ».
Y luego venía la casuística. Subirse a una planta estaba permiti
do si se trataba de un árbol de adorno. En cambio, no estaba permi
tido subirse a un frutal por el riesgo de hacer caer, inadvertidamen
te, la fruta, lo cual entr,\ba en el caso de cosechar (bajo la subespecie de recolección de frutos).
Será oportuno recordar la sobriedad de la ley original:
«El séptimo día es el sábado, día de descanso en honor del Señor tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tus hijos, ni tus sier
vos, ni tu ganado, ni el forastero que reside contigo. Porque en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contienen, y el séptimo día descansó. Por ello bendijo el Señor el día del sába
do y lo declaró santo» (Ex 20, 10-11). Una ley fundamental expre
sada en sólo dos versículos.
Pero luego vinieron los escribas, los juristas, y de este manda
miento simplicísimo y tan bien motivado han sacado <<una construc
ción monstruosa de incomprensibles pretensiones divinas sobre los hombres» (G. Dehn). Una auténtica aberración.
La tentación dellegalismo
La narración de Marcos saca a la luz algunos aspectos engañosos de este legalismo que, aunque con la intención laudable de tutelar la ley, termina por falsificarla radicalmente:
-Ceguera. Se oscurece el plan de Dios, no se descubre su inten
ción original. El corazón endurecido no sabe ya leer la voluntad di
vina. Dios es recluido en las propias preocupaciones mezquinas.

Y todo es colocado en el mismo plano: minucias y cosas funda
mentales, letra y espíritu. Se pierde el sentido de las proporciones.
-Ahogo. La vida queda ahogada en una maraña de leyes. Hace no
tar G. Dehn: «Los rabinos han contado 365 prohibiciones y 278 man
damientos. Han querido encerrar toda la vida del hombre en una red de mandamientos divinos. Pero precisamente así lo que han logrado es quitar la verdadera seriedad en las relaciones entre el hombre y Dios. Cuando todo está regulado y encerrado en prescripciones, en mis relaciones con Dios estoy dispensado de lo más importante, esto es, de mi decisión personal. Y si esta relación única -que o es pro
fundamente viva o no existe- se mecaniza, entonces se hace imper
sonal y se sale de la esfera de la fe. Por lo demás, es totalmente im
posible encerrar toda la vida en la ley ... ».
-Desproporción. De un motivo fútil, de un incidente insignifi
cante, se hace un caso enorme.
Se trata de una aberración siempre actual. Conozco personas que no logran desenmarañarse de un «proceso» en que les han metido ciertos «escribas» por una infracción insignificante. Pueden incluso haber cultivado inmensos campos de trigo. No tiene importancia. En cambio son culpables y están expuestos al público ludibrio por haber arrancado alguna espiga en día de sábado. Para ciertas mentalidades, sólo son importantes las cosas sin importancia. Tal vez tenga razón
Montale: se llena el vacío con lo inútil.
-Cantidad. Se hacen la ilusión de que, para favorecer la obser
vancia de la ley de Dios, basta multiplicar las normas (hoy, los do
cumentos, las llamadas, los pronunciamientos). Piensan que lo que más le importa a Dios es ... la cantidad.
-Complicación. Es el fastidio dellegalismo de todos los tiempos.
Se parte de la ley, que tiene por finalidad trazar el camino, indicar la dirección, y se llega a una tal proliferación de prescripciones deta
lladas, que uno no logra nunca entenderlas y termina por perder el camino y, sobre todo, la orientación.
Un antiguo dicho rabínico afirma que, si el pueblo observara al menos dos veces el sábado, conseguiría el reino de Dios. O sea, la empresa presenta tales dificultades que, de tener éxito, sería ... ¡el fin del mundo!
El legalista no se da cuenta de que una norma pierde dignidad y credibilidad cuando, empleada sólo para restringir los espacios vita-

les del hombre, no consigue ya responder a esta pregunta concreta: ¿para qué? Proli~e~~ción y d~ge~er~ción de las leyes van a la par.
En contrapoSIcIOn a la mIlluclosIdad casuística de los fariseos la enseña?za de Jesús es liberadora. No sofoca, permite respirar. '
. Jesus rechaza entrar en el terreno de la polémica moralista. Podría objetar que este caso concreto no está comprendido en lo de «cose
cham .. Per~ entonces se habría colocado en el mismo plano de sus ad
v.ersanos. El quiere superar ellegalismo (Jesús, no nos hagamos ilu
SIOnes, es todaví~ más exigente que ellos, pero sus exigencias son sobre cosas esencIales, no sobre minucias formales).
. Al responder con la pregunta: «¿No habéis leído lo que hizo Da
vId cuando se encontró en necesidad?» (v. 25), Jesús quiere simple
mente dest~car ~ue, ~n ciertos casos, se puede desobedecer la ley, que ~ay eXIgencIas dIctadas por la necesidad superiores a las exi
gencIas de la observancia.
El sábado y el hombre
Pero el pronunciamiento decisivo de Cristo está en el versículo 27: «El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado».
Comenta oportunamente el padre Lagrange: «La observancia del sábado no añ~de nada .a Dios. Dios no ha creado al hombre para que guarde sus sabados, SIllO que ha instituido el sábado para bien del hombre, como todas las leyes que él ha dado. Lo que no quiere decir que el h~mbre sea libre de abrogar o incluso infringir una ley pues
ta po: DIOS para su bien, sino sólo que esta ley no obliga cuando se conVIerte en perjuicio del hombre».
Podría también afirmarse: no es tanto que el hombre esté en
cargado de guardar el sábado, cuanto que el sábado esté encarga
~o de guardar al hombre, de tutelar su dignidad, su sacralidad, su lIbertad.
De todos modos, la novedad de Cristo no está en descubrir otros casos, además de los ya reconocidos, en los que se puede desatender la ley.
Co.n su casuística puntillosa, en el fondo, los fariseos trafican c?n DIOS, ne?ocian con él en un intento, incluso, de llegar a transac
CIOnes ventajosas para el hombre.

No. Con Dios no se puede tratar de igual a igual. Jesús enseña a descubrir la intención de Dios. Y esta intención está orientada al bien del hombre. Lo que revela la finalidad del sábado es, solamen
te, la intención del legislador .
Jesús libera la ley de sobrecargas abusivas y la reorienta al plan original de Dios en favor del hombre. La ley no debe ser peso, sino ayuda. No imposición, sino don. No arbitrio, sino liberación.
Los fariseos habían acabado olvidando -y haciendo olvidar- que el sábado era una bendición, un regalo que debía ser recibido con gozo, no una prisión .
y era verdaderamente paradójico que una institución, que ade
más de recordar el descanso de Dios en la creación el séptimo día (Ex 20, 11) debía ser memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto (Dt 5, 15), fuera transformada en esclavitud legalista.
En su origen, el sábado era una especie de «premio». En la de
formación farisaica, el premio se mantenía aún, pero era tan difícil conseguido que tomaba características de castigo.
Olvidando el aspecto fundamental de don, es natural que se ab
solutice la ley por la que el hombre, en su observancia escrupulosa, se hace la ilusión de conquistarse, de pagarse la propia salvación. y así se invierten también las partes: Dios, dador, se convierte en deudor mío, me debe algo por mis prestaciones onerosas. De acree
dor, se convierte en deudor.
La «buena noticia» se transforma en código de comportamientos externos. El régimen de la gracia cede el paso al chantaje del miedo, a la obsesión legalista, a la exasperación formalista.
Más que recibirse de Dios día tras día, sábado tras sábado, el hombre le presenta la cuenta a efectos de la recompensa.
Más que acoger el sábado como don, como posibilidad de en
cuentro, el hombre toma posesión de él y se lo apropia, hace de él campo de sus prestaciones virtuosas.
Ciertamente el don exige una responsabilidad, un empeño. Pero los fariseos acaban por aprisionar al hombre en una red tan densa de preceptos, que impiden al destinatario gustar el regalo.
También en este caso los fariseos son los «separados». Su inter
pretación mezquina de la ley les separa de la voluntad expresa del Legislador. En una especie de contrabando, hacen pasar como volun
tad divina lo que va directamente contra la intención original de Dios.

No hay peor enemigo de la voluntad de Dios que el que pone la etiqueta de «cómodo» a una mercancía fabricada en abundancia por la mezquindad humana. Incluso para no pagar la aduana de una obligada explicación a base de inteligencia y buen sentido. O todavía peor, para esconder intereses inconfesables. O maniobras sospechosas.
El criterio es la bendición
«El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado». No olvidemos, sobre todo, el aspecto gozoso que debe ca
racterizar el sábado. Los resortes de la mentalidad farisaica son infi
nitos. Ciertos individuos admiten, sí, el principio del «sábado para el hombre». Sólo que, luego, lo que es bien para el hombre lo estable
cen ellos, lo saben ellos. Y le hacen tragar una serie de imposiciones, como medicina amarga y hasta repugnante, pero «por tu bien».
Hay que tener mucho cuidado con los que sacan el bien del hom
bre de su propia cabeza, en vez de referido al plan de Dios.
El criterio para distinguir los productos es el de la «bendición».
Dificil precisar en términos teóricos. Son cosas que se advierten por intuición, por olfato.
Lo que es farisaico sabe a rancio, tiene algo tétrico, te congela, te dificulta la digestión. Lo que viene de Dios lleva la contraseña de la frescura, del manantial que te permite intuir una posibilidad. Te reen
cuentras en ello.
En el primer caso, te adaptas fatigosamente. En el segundo, te sientes comprometido, seria pero gozosamente.
Los fariseos no saben hacer otra cosa que imponerte. Dios te indica.
El hombre como medida de la ley
Por tanto, Jesús pone al hombre como medida de la ley. La ley, en sí misma, no vale. Vale en cuanto es para el hombre, se orienta en favor de su vida, de su crecimiento.
Para garantizar este principio, Cristo pone su propia persona: «Así que el Hijo del hombre también es señor del sábado» (v. 28).

De ahora en adelante, el que se atreva a confundir las cosas y so
meter el hombre a la ley, encontrará al mismo Hijo del hombre que le contradirá, que le indicará que ha equivocado el camino.
Dios está de parte del hombre. Y le restituye el sábado como es
pacio de libertad, de vida, de amor, de poesía, de fantasía, sustra
yéndole a cualquiera empresa legalista. Dios ofrece al hombre posi
bilidad de movimientos, amplía sus espacios.
Decía san Agustín: «El séptimo día lo seremos nosotros mis
mos». y lo seremos a través de un camino de gozosa obediencia, ba
jo la señal de la gracia. Durante él acogeremos el pan que nos viene dado, y nuestro canto de gozo ahogará las críticas, las voces de des
aprobación de los fariseos que despuntan por todas partes.
Ya propósito de estos que «aparecen» y «van a decir». Hay que tener piedad de ellos. Son gente observante, sí, pero a los que la ob
servancia de la ley no produce alegría. Se gozan sólo cuando pueden constatar y denunciar cosas malas de otros. Confunden la colabora
ción con el ser espías. Llenan su vacío rimbombante no con valores, sino con minucias. Preocupados por cuatro espigas arrancadas, no dudan en demoler a una persona a golpe de críticas y murmuracio
nes. Son gente así.
Pero es triste que haya quien les escuche, les tome en serio, se sirva de su colaboración. Jesús se comportó de una manera bien dis
tinta y tomó la defensa de los culpables. Su respuesta podemos tra
ducida libremente así: «¡Tratemos de ser serios!».
Cuándo un comportamiento es «religioso»
En la perspectiva del «sábado para el hombre», estamos en con
diciones de responder a una pregunta: «¿Qué comportamiento pue
de ser considerado como religioso?». Es religioso un comporta
miento determinado por una ley hecha para el hombre, para sus exigencias, para su realización.
y es antirreligioso un comportamiento que aplasta, mortifica, sofoca al hombre, limita su libertad, envenena su gozo de vivir, des
troza su espontaneidad.
La línea de demarcación entre comportamiento religioso y anti
rreligioso no es Dios, sino el hombre. O, si queremos, es «Dios pa
ra el hombre».

El muro de papel
y hay también quienes continúan haciendo gárgaras con la «ale
gre noticia». Pero al ir a retirar esta buena noticia, te imponen una re
tahíla burocrática extenuante. Siempre falta algún documento. O un sello. O aquel dato resulta inexacto. Y cuando se llega, si es que se llega, tienes la impresión de encontrarte en tus manos con un código árido, frecuentemente incomprensible, y no con el mensaje tan espe
rado. Tienes la triste impresión de haber sido engañado. No cierta
mente por Dios, que nunca engaña, sino por estos sus sedicentes re
presentantes.
Jesús dice: «Ven y sígueme». Sencillísimo, aunque bien compro
metedor. Estos, en cambio, te dicen: «Ven y lee». Y cuando has ter
minado de digerir el lío en que te han metido, Jesús ha desapareci
do ya. Su figura queda desvaída, lejana. Entre él y nosotros se ha levantado abusivamente un muro de papel.
Sin embargo, Dios ,~que quede bien claro- no está de acuerdo con todo esto. Aunque alguno le ponga abusivamente a. él como re
mitente para hacer pasar la propia mercancía de dudosa calidad.
Hay quien te dice: «Esto es el Evangelio. Lo tomas o lo dejas».
Pero consultas el Evangelio, y estas cosas no las encuentras ...
Lo que viene verdaderamente del Señor está contenido en un so
bre sencillísimo. Lo abres, lo lees sin dificultad y ... te vienen ganas de correr. El corazón te arde en deseos de cumplido.
«No el que dice voluntad de Dios ... voluntad de Dios ... ». Es di
fícil determinar su procedencia. Arduo verificar si la cosa viene de lejos o de una estación inmediata que la manipula a su gusto.
Pero puede ofrecerse un criterio bastante válido: mira qué efec
tos produce en el destinatario.
Si ves un hombre encorvado, puedes estar seguro de que esto no viene de Dios.
Si, en cambio, ves un hombre de pie, entonces sí, aquello es vo
luntad de Dios.

9 El que tiene que estar en medio
«Entró de nuevo en la sinagoga y había allí un hom
bre que tenia la mano atrofiada. Lo estaban espiando para ver si lo curaba en sábado y tener asi un moti
vo para acusar/o. Jesús dijo entonces al hombre de la mano atrofiada: 'Levántate y ponte ahi en medio '. Ya ellos les preguntó: '¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal; salvar una vida o des
truirla? '. Ellos permanecieron callados. Mirándoles con indignación y apenado por la dureza de su cora
zón, dijo al hombre: 'Extiende la mano '. Ella exten
dió, y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para planear el modo de acabar con él» (Mc 3, 1-6).
¿ Un agente provocador?
Otro encuentro-encontronazo más sobre el sábado. En las otras narraciones, Marcos ha ido alternando los exteriores con los interio
res, las escenas al aire libre con las que tienen lugar dentro, en una casa. Aquí nos encontramos en una sinagoga.
«Había allí un hombre que tenía la mano atrofiada» (v. 1). Algu
no sostiene que se trata de un agente provocador, maniobra de los enemigos de Jesús. Más verosímil me parece la interpretación del Evangelio de los hebreos, obra bastante difundida en los ambientes judeocristianos, que pone en boca del hombre esta plegaria: «Yo era albañil y me ganaba la vida con el trabajo de mis manos. Te pido, Je
sús, que me devuelvas la salud para que no tenga que sufrir la ver
guenza de mendigar un poco de comida» ..
Pero hay gente que está espiando «para ver si lo cura en sábado y poderlo acusar» (v. 2).
Estaba prevista la posibilidad de ayudar a un enfermo en sábado.
Pero sólo cuando corría peligro su vida. No es este ciertamente el ca
so. Puede esperar un día. Lleva esperando ya muchos, tal vez desde la infancia ...

Jesús, sin embargo, parece tener prisa. En esta última controver
sia el más agresivo es él. Quiere plantear cuanto antes, abiertamen
te, la cuestión fundamental que a él le importa tanto: la caridad por una parte y la exageración legalista por otra, el interés por el hombre y la preocupación por la observancia de la ley, la vida y el rito.
Mientras en los casos anteriores el incidente que provocó la polé
mica podría parecer casual, aquí lo provoca Jesús deliberadamente.
Una vez más, los enemigos no hablan. Pero Jesús lee «dentro».
Se diría que no le importan las palabras, sino los pensamientos y las intenciones de las personas pías.
El hombre resucitado de los libros
Hay que tener en cuenta, antes que nada, la ambientación del en-
cuentro:
-espacio sagrado (sinagoga);
-tiempo sagrado (sábado).
De un modo provocativo y dentro de la sacralidad del lugar y del tiempo, Jesús inaugura una nueva sacralidad: la de la persona. «Ponte ahí en medio» (v. 3). El verbo usado (egeire) significa li
teralmente «despierta», «levántate», y era empleado por la Iglesia primitiva en el sentido de resurrección.
Cristo hace surgir al hombre, lo resucita de los textos sagrados, lo hace salir fuera de los libros -donde se habla de él, se decide por él- y lo coloca en medio de la sinagoga.
Lo sustrae a la escuela y a sus disputas doctas, para colocarlo -en carne y hueso- en el centro. Como si dijera: Ahora podemos discutir. Sólo con el hombre en el centro es posible razonar. Las personas reli
giosas deben contar con él, con su presencia inquietante. En el centro.
De un hombre empotrado en renglones de códigos se puede hacer todo lo que se quiere. Se le puede manejar fácilmente. Pero un hom
bre «resucitado», sacado fuera de las frases hechas, de las sistemati
zaciones abstractas, de las definiciones a gusto del consumidor, se hace ya más dificil, pues exige un puesto no sólo en la mente, sino también en el corazón de los «expertos», y los obliga a salir de las discusiones de escuela para comprometerse en el terreno de la vida.
«¿Es lícito en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?» (v. 4). Con el hombre en medio, Cristo salta al campo de

la casuística religiosa, a la lista de trabajos prohibidos, para colocar
se en el terreno de los valores. Su pregunta exige una postura neta, haciendo imposible cualquier solución de compromiso.
«No hay más que una sola alternativa: no hacer el bien significa hacer el mal, no salvar una vida significa darle muerte. Cuando se de
be hacer el bien, no hay zona neutral en la que no se hace ni bien ni mal. No hay escapatoria. Ningún derecho a un legalismo cuya obser
vancia permita no hacer el bien, esto es, hacer el mal» (E. Schweizer).
En otras palabras: no amar significa ya hacer el mal.
«Con esto Jesús ha expresado, de la manera más clara, la incon
dicional precedencia de lo que es moral sobre lo que es ritual, como el precepto del sábado» (1. Schmid).
«Pero ellos callaban ... » (v. 5). No es el silencio del que reconoce su propia derrota, sino el de la obstinación, el de la incapacidad de salir de sus propios esquemas.
Ellos están acostumbrados a hablar sobre el hombre (y algunas veces sobre su vida), pero se sienten inexplicablemente incómodos cuando se ven en presencia de un hombre, o sea, del interesado, y del «Hijo del hombre» solidario con él.
Cuando el hombre deja de ser objeto de disputas académicas y de declaraciones abstractas para convertirse en sujeto, presencia par
tícipe, no destinatario de respuestas, sino portador de preguntas, en
tonces los «expertos» se quedan sin palabras.
«y echando a su alrededor una mirada llena de indignación, en
tristecido por la dureza de sus corazones ... » (v. 5). A la mirada car
gada de malicia de los adversarios que le espían, Jesús contrapone su propia mirada llena de indignación.
Como en otros lugares, Marcos registra también aquí estas mira
das de Jesús. Los otros evangelistas se muestran más reservados cuando se trata de atribuir a Jesús ciertas emociones. Marcos no. No le preocupa eso. Y destaca el desdén, la tristeza, la ira, la compasión.
Comenta Taylor: «La ira, que en sí no implica elementos de ren
cor personal, puede muy bien ser sentida ante gente cuya fidelidad a la letra va a la par con la ceguera para los valores morales».
Ira sí, pero con desagrado por la obstinación, la insensibilidad y la cerrazón de sus adversarios, que se ponen contra él y contra el hombre. Indignación por la falta de humanidad enmascarada de exi
gencia religiosa.

Hay que precisar que «dureza de corazón», en el lenguaje bíbli
co, no significa tanto insensibilidad cuanto ceguera, incapacidad de comprender.
«¡Extiende la mano! La extendió y su mano quedó curada» (v. 5).
Dios no guarda el sábado
La palabra sábado procede de un verbo usado frecuentemente en el sentido de «cesar», de «dejar de» y, por tanto, «reposar».
Dios «cesó el séptimo día de todo su trabajo» (Gn 2, 2). Podría decirse: Dios hizo sábado.
Con el milagro de la curación del hombre, Jesús precisa que el descanso sabático de Dios no interrumpe toda actividad. En la obra en favor de su criatura, Dios no se concede reposo. «Mi Padre no ha cesado de obrar hasta este día: por eso obro yo también» (Jn 5, 17).
Hacer el bien al hombre es el modo escogido por Dios para fes
tejar el sábado.
Podemos decir que hacer el bien es el trabajo obligatorio de los días de fiesta.
y Cristo se convierte en «sábado de Dios».
Los que no pueden ser curados
Jesús cura al hombre de la mano atrofiada. Quisiera curar tam
bién a otros afectados de un mal todavía más grave: la dureza de co
razón. Pero no puede, entre otras cosas, porque estos han «salido» ya (v. 6).
Tienen una reunión importante, una decisión que tomar: acabar con Jesús, o sea, con el que tiene la pretensión de hacer el bien fue
ra de los tiempos y de los modos establecidos.
Se ponen de acuerdo con los herodianos, a los que se les consi
deraba unos descreídos. Alianza increíble la de los fariseos y los he
rodianos, que no tienen nada en común.
y encuentran fácilmente el acuerdo. Entre individuos incapaces de trabajar por algo, resulta fácil encontrar puntos de entendimien
to cuando se trata de ponerse contra alguien. Cierta gente logra po
nerse de acuerdo sólo contra otros. Entonces los jefes religiosos y

los personajes influyentes encuentran inmediatamente las modalida
des para un compromiso, saltando por encima de todas las divisio
nes de principio.
«Es característica la habilidad, totalmente mundana, de la gente religiosa, cuando consiente en discutir con personas que no tienen el más mínimo interés religioso» (G. Dehn).
«La decisión de dar muerte a Jesús por parte de los responsables religiosos (fariseos) y políticos (herodianos) obedece a la lógica de un sistema que busca la autoconservación» (R. Fabris).
Alguien objeta que la decisión de «hacer morir» (v. 6) a Jesús es un tanto prematura. Pero también aquí Marcos ha visto bien. La de
cisión se toma inmediatamente apenas se vislumbra la amenaza. Es
ta gente es habilísima en olfatear de qué parte viene el peligro y de qué parte puede llegar la ayuda para eliminar al intruso.
El tiempo que sigue será empleado para recoger los argumentos, las pruebas que justifiquen la sentencia. Cristo es un pre-juzgado. Ha sido condenado inmediatamente en el corazón de sus enemigos. El proceso será una simple repetición, una representación externa de lo que se ha decidido dentro ya desde el primer momento. Y es des
concertante que la imputación que lleva a la sentencia de muerte sea que Jesús, más que ponerse de parte de Dios, se coloca de parte del hombre, se compromete por el hombre.
He aquí su culpa imperdonable: haber colocado al hombre en el centro.
Dios en favor del hombre
«Diez palabras». Justamente así llaman los hebreos lo que noso
tros denominamos los «diez mandamientos». No son órdenes secas, fulminadas por un soberano, determinado a hacer andar derechos a sus súbditos. Son una propuesta de libertad. Forman el estatuto pa
ra un pueblo que intenta mantenerse libre. Constituyen un antídoto contra los reclamos de la esclavitud pasada.
Dios no pide para sí. Reclama para el hombre, exige y recauda en favor del hombre.
Al hombre no se le quita nada con la observancia de las «diez pa
labras». Si acaso, lo que se le quitan son las cadenas. El hombre tie
ne todas las de ganar tomando en serio esas «diez palabras».

Típico es el caso del sábado. Dios ordena que el hombre «deje» de trabajar. Como ya hemos indicado, de hecho sábado significa ce
sar, suspender, dejar de ...
El hombre no puede reducirse a una máquina, a producir. Admitiendo que pueda hablarse de ley, ésta tutela especialmente a los débiles, a los que no tienen derechos: el forastero, el esclavo. Hasta a los animales se les debe evitar el trabajo en día de sábado.
Los otros seis días de la semana, el hombre está metido en el en
granaje de un tiempo programado, agotador, con frecuencia deter
minado rígidamente por otros: ocupaciones, turnos regulares, hora
rios inflexibles.
Pero el séptimo día el hombre vuelve a disponer de su tiempo, lo organiza a su gusto. Vuelve a ser señor del tiempo. Retorna a ser otra vez creador.
La relación con las cosas, los tiempos, los compromisos, deja pa
so a las relaciones con Dios, consigo mismo, con los demás.
El sábado redescubre al hombre su propia vocación de señor y no esclavo de las cosas.
El interés, la eficacia, la utilidad, el rendimiento, la ganancia, el ritmo de la cadena, ceden frente a las exigencias de la gratuidad, al reclamo de la espontaneidad. La fantasía predomina sobre la pro
gramación. Lo imprevisible vence a la organización.
El sábado debe demostrar al hombre que él es capaz de decir basta. El verdadero poder consiste en imponerse un límite. El hom
bre no puede quedar prisionero del ciclo de la producción e ilusio
narse con ser rico e importante solamente porque rinde, fabrica, acu
mula mucho, ofrece prestaciones estables.
El cometido principal del hombre es humanizar el mundo, la creación: esta es la idea que subyace en el trasfondo de la «palabra» sábado.
El sábado, por tanto, como tiempo creativo, contemplativo; no simplemente fuga, aburrimiento, evasión, vacación forzosa.
El sábado exige un suplemento de alma.
Hace notar un estudioso: «Cuando el hebreo se prohíbe a sí mis
mo dar la llave para encender la luz, no es porque esto le fatigue, si
no para impedir toda relación con el objeto, la cosa. El objeto le tie
ne prisionero seis días a la semana. El séptimo día el hombre se libera de él» (Abécassis).

Cuenta un bellísimo midrash:
«Los seis días de la semana eran como parejas. Cada día tenía su compañero.
El domingo tenía el lunes.
El martes tenía el miércoles.
El jueves tenía el viernes.
El sábado estaba solo.
Fue a lamentarse con Dios: -¿Por qué estoy solo?
Dios le respondió:
-¡Cómo! ¡Israel será tu compañero!».
Se trata de evitar la alienación y de dedicarse al reencuentro y a la exploración de sí mismo.
Es bien significativo este texto, que los hebreos cantan en la si
nagoga el viernes por la tarde para «recibir al sábado», que es una presencia, no una ley: «Vayamos, carísimo, al encuentro de la ama
da. Vayamos a recibir el rostro del sábado».
En la teología y en la liturgia, el sábado es presentado como la novia de Israel. Más que obligación, se trata de un vínculo amoroso.
No hay que descuidar la dimensión de interioridad, que es lo que da significado y valor a la existencia humana.
El hombre en el centro
Pero luego han intervenido los legalistas y han transformado la «fiesta del universo» en una rutina inexorable, en una obligación os
cura, en una prestación onerosa y hasta odiosa.
La «palabra» liberadora, sofocada bajo un cúmulo de prescrip
ciones minuciosas, preceptos puntillosos, sanciones, amenazas, se había oscurecido y no lograba ya manifestar la intención gozosa del Señor, que quería «el sábado para el hombre» y no el hombre sacri
ficado a la ley del sábado.
y luego se han desencadenado los moralistas, que no han dudado en inspeccionar con operaciones de policía los campos de trigo (como hemos visto en el capítulo anterior), en mirar impúdicamente más allá de las cercas para captar las infracciones a las innumerables normas.
Por fortuna, Cristo restablece el sentido del mandamiento de Dios. Vuelve a poner cada cosa en su punto. Mejor, pone al hombre

en el sitio que le corresponde, o sea, en el centro. El hombre libera
do de la prisión de los textos, de las manos frías de los juristas, de las sentencias despiadadas de los doctores. El hombre liberado de las es
posas y grillete s de los tutores de la ley y devuelto otra vez a su dig
nidad de criatura, objeto de amor y de misericordia por parte de Dios.
Aparentemente, Jesús viola la ley del sábado. Lo que hace en rea
lidad es que entendamos su espíritu, que podamos entrever sus im
plicaciones más profundas, que no son ciertamente las jurídicas.
La gloria de Dios no está en competencia con el bien del hombre. Dios no acepta nada que tenga la pretensión de ofrecérsele a él mortificando al hombre, esclavizándolo, anulándolo.
A Dios se le glorifica cuando se hace justicia a su criatura, se de
vuelve a esta su dignidad, se le da amor, atención, esperanza, salud.
Los intereses de Dios coinciden con el bien de sus hijos.
Con su gesto provocador, que le merece la condena a muerte, Cristo demuestra que el sábado, además de liberación -¡atentos a no reducir el sábado a tiempo libre!-, es esencialmente celebración de la misericordia de Dios, de su amor al hombre.
Si el sábado nos presenta el rostro de un Dios enojado, severo, que reivindica todo para sí, quiere decir que de ningún modo hemos escuchado -o por lo menos entendido- aquella «palabra».
Hay observancia del sábado -para nosotros, los cristianos, del domingo- sólo cuando la fiesta se convierte en signo, en transparencia del don de Dios, de su bondad, de su salvación, de su voluntad de gozo y de vida, de comunión entre nosotros.
Tenemos que reconocer que la «palabra» del sábado es conculcada, con demasiada frecuencia, no sólo por sus transgresores, sino sobre todo por los observantes.

El hombre renuncia fácilmente a ser señor
De acuerdo, el hombre en el centro. El hombre rescatado de la esclavitud del trabajo. El hombre convertido en señor. De acuerdo, la sacralidad de la persona. El individuo, más importante que la ley.

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