LOS AFECTOS NO SON OPCIONALES



Es probable que te des cuenta del porqué me resulta tan asombroso que tanta gente trate de definir al verdadero cristianismo en términos de decisiones y no de sentimientos. No significa que las decisiones no sean esenciales. El problema es que se pueden tomar sin que exista una gran transformación. Las simples decisiones no son una evidencia segura de una verdadera obra de gracia en el corazón. La gente quizá tome «decisiones» en cuanto a la verdad de Dios en tanto que sus corazones están lejos de El.
Nos hemos alejado mucho del cristianismo bíblico de Jonathan Edwards. El se refirió a 1Pedro 1:8 y sostuvo que «la verdadera religión consiste, en gran parte, en los sentimientos».
Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso. (1 Pedro 1:8)
A través de las Escrituras, se nos manda a sentir, no solo a pensar ni decidir. Se nos ordena que experimentemos decenas de emociones, no solo que realicemos actos de la voluntad.
Por ejemplo, Dios nos manda que no codiciemos (Éxodo 20:17), y es evidente que detrás de cada mandamiento a no tener cierto sentimiento también se nos manda a tener cierto sentimiento. Lo opuesto de la codicia es el contentamiento, y eso es exactamente lo que se nos manda que experimentemos en Hebreos 13:5: «Conténtense con lo que tienen».
Dios nos manda que no guardemos rencor (Levítico 19:18). El lado positivo de no guardar rencor es perdonar «de corazón». Esto es lo que Jesús nos ordena en Mateo 18:35: «Cada uno perdone de corazón a su hermano». La Biblia no dice: «Solo tomen la decisión de no guardar rencor». Dice: «Experimenten un cambio de corazón». Incluso va más allá y nos ordena cierta intensidad. Por ejemplo, 1Pedro 1:22 ordena: «Amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro» (RV-60). Y Romanos 12:10 ordena: «Ámense los unos a los otros con amor fraternal».
Por lo general, a la gente le preocupa la enseñanza del hedonismo cristiano que dice que las emociones son parte de nuestra obligación, que son un mandamiento. Esto resulta extraño porque nuestras emociones no se encuentran bajo nuestro control inmediato como parecen estar los actos de la voluntad. Sin embargo, el hedonismo cristiano dice: «Considera la Escritura». A lo largo de todas las Escrituras las emociones son un mandamiento.
La Escritura nos ordena que nos gocemos, que tengamos esperanza, temor, paz, bondad, que sintamos profunda pena, deseo, contrición, que tengamos humildad, etc." Por lo tanto, el hedonismo cristiano no hace demasiado énfasis en las emociones cuando nos dice que la satisfacción en Dios es nuestra vocación y deber.
Es cierto que nuestros corazones a menudo son torpes. No sentimos la profundidad ni la intensidad de las emociones que son apropiadas para Dios o su causa. Es verdad que en esos momentos debemos ejercer la voluntad y tomar decisiones con las cuales esperamos reavivar nuestro gozo. A pesar de que el amor carente de gozo no es nuestra meta («Dios ama al que da con alegría», 2Corintios 9:7; «Muestra misericordia, con alegría», Romanos 12:8, LBA), de todas maneras es mejor cumplir con una obligación sin gozo que dejar de cumplirla, si es que existe un espíritu de arrepentimiento al reconocer que no hemos cumplido con todo nuestro deber debido a la torpeza de nuestros corazones.
Muchas veces me preguntan qué debe hacer un cristiano si no tiene en su interior la alegría de la obediencia. Es una buena pregunta. Mi respuesta es que no se debe seguir adelante con la obligación pensando que los sentimientos sencillamente no tienen importancia. ¡Claro que la tienen! Mi respuesta consta de tres pasos. En primer lugar, confiesa el pecado de la falta de gozo. («Mi corazón desfallece; llévame a una roca donde esté yo a salvo», Salmo 61:2). Reconoce la frialdad de tu corazón. No digas que no importa cómo te sientes. En segundo lugar, ora con sinceridad para que Dios restaure el gozo de la obediencia. («Me agrada, Dios mío, hacer tu voluntad; tu ley la llevo dentro de mí», Salmo 40:8).
En tercer lugar, sigue adelante y cumple con la dimensión externa de tu obligación con la esperanza de que así se reavivara el deleite.

Esto es  muy diferente a decir: «Cumple con tu obligación porque los sentimientos no tienen importancia» estos pasos dan por sentado que existe tal cosa como la hipocresía. Se basan en la creencia de que nuestra meta es la unión del placer y del deber, y que justificar su separación es justificar el pecado.
Es verdad, cada vez se hace más evidente que la experiencia de gozo en Dios se encuentra más allá de lo que el corazón pecaminoso es capaz de lograr. Va en contra de nuestra naturaleza. Estamos esclavizados al placer que nos proporcionan otras cosas (Romanos 6:17). No podemos decidir estar contentos con algo que encontramos aburrido, carente de interés, desagradable... como Dios. La creación de un cristiano hedonista es un milagro de gracia soberana. Es por eso que Pablo dijo que pasar a ser un cristiano es como pasar de muerte a vida («[Dios] nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados», Efesios 2:5). Es por eso que Jesús dijo que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico dejara de amar al dinero y comenzara a amar a Dios (Marcos 10:25). Los camellos no pueden pasar por el ojo de una aguja así como los muertos no se pueden levantar solos de la muerte. Por lo cual, Jesús añade: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios» (Marcos 10:27, LBLA). Por eso el hedonismo cristiano genera una dependencia absoluta de la soberanía de Dios. Nos enseña a escuchar el mandamiento: «Deléitate en el SEÑOR», y luego a orar con San Agustín diciendo: «Ordena lo que desees, pero danos lo que ordenas»20.


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