La teología bíblica sobre el Espíritu Santo.

Por Ausencio Arroyo García

El tema del Espíritu Santo es seductor por abordar el tema de lo trascendente y al mismo tiempo es abrumador por intentar adentrarse en el misterio divino, con tantas limitaciones de comprensión y lenguaje. La iglesia no debe evadir este tema y debe hacer lo posible por esclarecer su comprensión sobre esta realidad divina. Intentamos una comprensión fiel al texto bíblico y pertinente al momento actual de la teología cristiana.

Etimológicamente tanto el hebreo: ruaj; como el griego: pneuma, se traducen como espíritu y se refieren al principio vital. Una definición preliminar es: El Espíritu: es el aliento inspirador de Dios mediante el cual otorga vida en la creación y en la re-creación.
Otras definiciones son:
El Espíritu es Dios en acción en la vida humana (Dillistone)
El Espíritu de Dios es Dios en acción (Richardson)

EL TESTIMONIO DEL ANTIGUO TESTAMENTO.

La singularidad del Espíritu de Dios.
La Palabra de Dios
En una primera aproximación, Israel experimentó la acción del Espíritu como un poder inquietante e imprevisible que intervenía en la vida corriente de cada día, del cual no se podía afirmar con seguridad si era propiamente bueno o malo, divino o demoníaco. (1 Sam. 19:19-24; 10:10,6. Núm. 11:25-29, 24:2-3).

Aquí se experimenta el Espíritu de Dios de tal manera que excluye todo pensar racional o todo el actuar normal, hasta tal punto que el hombre del que se ha apoderado el Espíritu no sabe ya lo que hace.

También, el Espíritu es la fuente de la Palabra que el hombre puede entender como la propia palabra de Dios, sin que se destaque de un modo especial lo extraordinario.
El poder del Espíritu se muestra en la denuncia. Miq. 3:5-8.
En la sabiduría de un hombre: José Gén. 41:38
En el manejo de la palabra para dirigir al pueblo y componer canciones espirituales: David 2 Sam. 23:2
El Espíritu está o habla en ellos sin destacar apariciones especialmente extrañas. Aquí no elimina el pensamiento “normal del hombre”. Es el Espíritu el que da la sabiduría.
El Espíritu estará con el Mesías o Siervo. Is. 11:2; 42:1: 61:1.

El problema del verdadero o falso profeta no se presentó en términos de lo extraño, tampoco cuando pierde el control de sí mismo. No hay respuesta exacta, una idea es que el falso profeta predica lo que le agrada a todos, el que es impulsado por el Espíritu de Dios, por lo regular se opone al pueblo y a sus deseos, estableciendo la verdad de Dios (Jer. 28:8-9).

El poder de Dios.

Cuando el Espíritu de Dios viene sobre el profeta, le arrebata contra su voluntad y le lleva a un monte o a un barranco (1 Re. 18:12; 2 Re. 2:16; Ez. 3:12, 14:8,3). Es fuente de una fuerza extraordinaria (Jue. 14:6, 19; 15:14-16). Por su influencia, los hombres hacen actos extraordinarios (2 Re. 2:15).

Otras veces es una poderosa intervención aunque sin fenómenos extraños, por ejemplo el Espíritu se apoderó de los jueces que mantenían el derecho en Israel, tocaban la trompeta y lo lanzaban contra los enemigos (Jue. 3:10, 6:34; 11:29). El Espíritu determina la dirección política (1 Sam. 16:13).

El Espíritu por lo regular irrumpe de un modo inesperado o insospechado y mueve e impulsa hacia lo extraordinario. No fundamenta un orden permanente.

¿Qué significa esto?

El Espíritu de Dios no es el espíritu del hombre o un aspecto del espíritu del hombre. En el espíritu se experimenta la actuación de Dios en medio de una situación mundana, terrena e incluso política. Es la experiencia de algo externo. Dios sale al encuentro del hombre como plenamente inesperado. El Espíritu no pretende la elevación del mundo material. El Espíritu es tan corpóreo como el viento.

El Espíritu mantiene firme al hombre frente a sus contemporáneos.

El Espíritu Santo en la creación.

El Espíritu se mostró en el viento de la tormenta. El Espíritu separó las aguas (Ex. 15:8, 10). Hizo menguar las aguas del diluvio (Gén. 8:1). El Espíritu de Dios como poder creador. (Gén. 1:2).

El Espíritu Santo como fuerza vital del hombre. En Dios está toda la vida. Dios da su Espíritu al hombre, tiene vida, se lo quita y deja de ser. (Sal. 104:29-30). Toda la vida, incluso la fuerza vital humana puramente biológica, se entiende como el resultado del espíritu creador. (Zac. 12:1).

La vida no es una posesión del hombre, sino que sigue siendo propiedad de Dios, o mejor, actuación de Dios, efecto de Dios. (Gén. 6:3). Toda la vida es un regalo y no nuestra propia obra.

La vida se puede contemplar desde dos lados: fue creada desde el principio y se mantiene por la voluntad de Dios; entonces se habla del Espíritu de Dios. Se puede mirar lo que los hombres han hecho de ella y se habla de “fuerza vital”.

3. El Espíritu Santo como origen del conocimiento.

El Espíritu da el don de la sabiduría: (Dt. 34:9; Dan. 4:5; 5:11; 6:4; Gén. 41:38). El Espíritu da el conocimiento de Dios o del camino determinado.

4. El Espíritu en la plenitud futura.

El Espíritu creador de un mundo nuevo.
Hay un mundo inaccesible al hombre, en el que impera el Espíritu Santo (Ez. 1:12, 20). El Espíritu tiene posibilidades de actuación distintas a las que nosotros podemos concebir.

En el futuro, los profetas observan el juicio de Dios. (Is. 30:28) contra los enemigos de Israel, pero también puede venir contra Israel. (Os. 13:15). El Espíritu puede hacer que la tierra se convierta en un vergel. (Is. 32:15-18; 44:3; Joel 2:28-32, Is. 4:4).

El Espíritu crea un hombre nuevo (Ez. 37:14; 39:28-29) y reconocen que El es su Señor.

¿Qué significa?
Sólo allí donde el hombre que se abre al juicio de Dios y permite que se le otorgue un nuevo corazón y un nuevo espíritu puede construir, el Espíritu de Dios, un mundo nuevo, de justicia y de paz.

Dios está más allá de nuestro control: El es el Espíritu.

Si con el Espíritu se quiere decir que Dios se hace presente y operante en la tierra, entonces toda la actuación de Jesús no es otra cosa que la vida del Espíritu de Dios. El hecho de que Jesús no hable del Espíritu sino que actúe y hable en el Espíritu, apunta a algo decisivo: la acción del Espíritu de Dios. Se nos hace el encontradizo, como el extraño a la mente, inesperado y al que no se puede catalogar demasiado precipitadamente en una doctrina inteligible.

Dios está presente en el mundo del hombre como Espíritu Santo, pero nunca fijo, siempre lo está de un modo sorprendente y extraño, siempre para movernos con nuevas fuerzas y eficacia para lograr su fin.

EL ESPIRITU SANTO EN EL NUEVO TESTAMENTO

Jesús no dio fórmulas precisas que valgan siempre, el Dios vivo siempre exhibe cosas nuevas. (Lc. 9:59-62). Y así exige lo que hay que hacer cada momento. Nunca está Dios de una manera definitiva “en y para sí” sino sólo en la medida en que se hace realidad en nosotros, que nos mueve y nos determina, nos alegra y nos hace libres y que nos impulsa a hablar y a actuar.

La mejor manera de enseñar algo sobre el Espíritu Santo es, no hablar mucho sobre él y contar con él y dejar que aflore en la vida.

1. Jesús como portador del Espíritu.

Por él es arrojado al desierto (Lc. 4:1).
En él se cumple la profecía mesiánica. (Lc. 4:18).
Por él vence al mal. (Lc. 11:29 y Mt. 12:28).
Jesús actúa como juez y es el que bautiza en el Espíritu, Mt. 3:11. Es un fuego unificador.

Dios hace que Jesús sea el nacido que, determinado plenamente por el Espíritu, llevará a cabo la presencia salvadora de Dios. El Espíritu es la fuerza activa en la concepción de Jesús.

El Espíritu se muestra como la fuerza de la resurrección de Jesús. (Rom. 1:3-4; 1 P. 3:8). Su resurrección de entre los muertos lo hizo Señor de la comunidad. Desde entonces domina y reina sobre ella.

El Espíritu es el Espíritu de Jesús. (Mr. 13:11; Lc. 21:14-15).

2. El Espíritu y la nueva creación.

Sólo existe un gran milagro del Espíritu Santo: que Dios nos habla, que su Palabra penetra en nosotros como palabra de amor, de una manera normal y desacostumbrada. El Espíritu es el que restablece de nuevo la dispersión lingüística de Babel.

Por lo regular el bautismo de agua y el del Espíritu son el mismo hecho o acontecimiento; cuando una persona viene a ser bautizada con fe entonces Dios le concede el Espíritu y con ello la fuerza para vivir en la fe.

El Espíritu dona la nueva vida a los discípulos (Jn. 7:38-39 cf. 4:14; 20:22). El nuevo nacimiento es un don o regalo que el Espíritu sopla como quiere y nadie sabe lo que va a ocurrir. No depende de la propia fuerza sino de dejarse vencer por el amor de Dios. (Jn. 3:8).
3. El Espíritu Santo es el origen del conocimiento.

El Espíritu se otorga a todos los creyentes. Hch. 2:17-21; Mt. 7:11.

El Jesús resucitado otorga el Espíritu a la comunidad. Lc. 24:49; Hch. 2:23; Jn. 7:39, 20:22.

El Espíritu puede pero no necesariamente debe ser visto en fenómenos extraños.

4. Las acciones del Espíritu Santo.

Ayuda para la predicación.

Dios le dio el Espíritu a la comunidad, pero siempre puede darlo de nuevo. A Esteban Hch. 6:3  -  6:10, a Pedro Hch. 4:8

Sobre la expresión: “ser llenos del Espíritu”.

Hechos 2, 8:14-17; 10:44-46; 19:6; 1 Corintios 12-14 (Los carísmata o dones)

Ser lleno del Espíritu significa que: cada individuo sea equipado de tal manera que llegue a ser un instrumento en el proceso en marcha del Espíritu en la Iglesia y en el mundo.

Ser lleno del Espíritu significa que el justificado y santificado sea vuelto hacia el mundo (incluyendo a la Iglesia). Es el poder de compartir lo que el Espíritu nos ha dado. En la justificación el Espíritu ocupa el centro de nuestra personalidad, en la santificación todo el círculo de nuestra naturaleza humana, en el ser llenos, ocupa nuestra individualidad, la señal especial que yo, y sólo yo, llevo la contribución particular que tengo que hacer a la totalidad de la vida.

El Espíritu es la fuerza que capacita al creyente para anunciar a Jesucristo. También penetra los pensamientos de los otros. Hch. 5:3-9: 13:9.

El Espíritu es la fuerza de los débiles. 2 Cor. 12:10.

El Espíritu Santo nos asocia y nos vincula con Jesús para que aprendamos a ser débiles con él y así experimentar el poder de Dios. Gál. 5:19-22.  Obra su fruto.

Donde está el Espíritu del Señor hay libertad 2 Cor. 3:17  -  Rom. 5:8.

El Espíritu nos enseña a orar.  Gál. 4:6-7.

Ser llamados, santificados y justificados es un mismo y único regalo del Espíritu. 1 Cor. 6:11; Rom. 15:16.

Por el Espíritu hemos sido ensamblados en una comunidad. 1 Cor. 12:13. El Espíritu no está, si no conduce a la comunidad y no construye la comunidad. El Espíritu es la vida de la comunidad.
El Espíritu nos conduce a la verdad  y a la libertad. Jn. 14:17; 16:13.

Los miembros de la comunidad han recibido la “unción”  -  el Espíritu santo Lc. 4:18; Hch. 10:38; 2 Cor. 1:21-22. La comunidad convence a los hombres de la fuerza del Espíritu que vive en ella  1 Jn. 4:1-6.


El único criterio que diferencia al Espíritu Santo de cualquier otro tipo de entusiasmo consiste en que el hombre puede confesar: ¡Jesucristo es Señor!  1 Cor. 12:3
El Espíritu viene sobre la tierra, el mundo de arriba hay que buscarlo en Jesús. Jn. 8:31-32; 1:14.
Para Juan, sólo hay propiamente un don del Espíritu del que se deriva todo lo demás, que un hombre llegue a la fe en Jesús. El Espíritu guía a la verdad, la verdad de Jesús.  Jn. 16:13.

NOTAS DISTINTIVAS DEL ESPIRITU SANTO

El Espíritu nos hace reconocer a Jesús.  1 Cor. 2:9-10; 1:23-24.
Dios es aquel de quien no se pude disponer al antojo. Jn. 3:8. El Dios Omnipotente se vuelve impotente por amor.
El Espíritu conduce a la libertad.  2 Cor. 3:17.
El Espíritu es enemigo de todo legalismo Fil. 3:3-7.
La libertad tiene límites  -  la comunión.
El Espíritu tiende un puente entre los abismos que se dan entre nosotros. Rom. 12:14-15; 2 Cor. 13:14.
El Espíritu nos dirige. Jn. 16:8-11.
El Espíritu nos hace estar abiertos. Ap. 2:7.
El Espíritu nos enseña a esperar.

En resumen, ¿Qué significa espíritu?

El hombre antiguo solía concebir el “espíritu” y la acción invisible de Dios como algo aprehensible a la vez que inaprensible, invisible y, sin embargo, imponente, real como el aire cargado de energía, como el viento y la tempestad, de importancia vital como la atmósfera que se respira.  Al comienzo del relato de la creación, “espíritu” (en hebreo ruaj, en griego pneuma) es ese “rugido” o “viento impetuoso” de Dios que se cierne sobre las aguas.  Entendido en sentido bíblico, “espíritu” significa, en oposición a “carne” o a la efímera realidad creada, la fuerza o poder que procede de Dios: La fuerza y el poder divinos que crean o destruyen, dan vida o juzgan en la creación y en la historia, en Israel y luego en la Iglesia, apoderándose de los hombres violenta y suavemente,  poniendo en éxtasis a individuos o a grupos enteros, manifestándose a veces en fenómenos extraordinarios, en los grandes hombres y mujeres, en Moisés y en los Jueces de Israel, en los guerreros y en los cantores, en los reyes, profetas y profetisas.

¿Qué quiere decir Espíritu Santo?
Este Espíritu no es, como podría deducirse del término, el espíritu del hombre, sino el Espíritu de Dios que, en cuanto Espíritu santo, se distingue del espíritu profano del hombre y de su mundo.  En el Nuevo Testamento no es, como a veces en la historia de las religiones,  un fluido mágico, similar a una sustancia, misterioso y sobrenatural, de carácter dinámico, ni un ser mágico de tipo animista.  El Espíritu es más bien el propio Dios en cuanto próximo a los hombres y al mundo como poder y fuerza que aprehenden sin dejarse aprehender, regalan sin dejarse dominar y vivifican pero también juzgan.  El Espíritu Santo no es, pues, un tercero, una realidad entre Dios y el hombre, sino la proximidad personal de Dios a los hombres.

¿Qué significa creer en el Espíritu Santo?
Significa aceptar con sencillez y confianza que en la fe, Dios puede hacerse presente en mi interior, que en cuanto fuerza y poder de gracia puede conquistar mi interior, mi corazón, mi propio yo.  Y esta fe me permite afirmar confiadamente que el Espíritu de Dios no es un espíritu esclavizante: es el Espíritu de Cristo Jesús exaltado a la derecha de Dios, el Espíritu de Jesucristo.  Y por ser el exaltado a la derecha de Dios,  Jesús es en el Espíritu el Señor viviente, el Determinante para la comunidad eclesial y para cada cristiano.  Partiendo de ese criterio concreto puedo yo examinar y discernir los espíritus: Ninguna jerarquía, ninguna teología y ningún movimiento entusiasta que pretenda apelar al “Espíritu Santo” prescindiendo de Jesús, de su Palabra, comportamiento y destino puede aducir en su favor el Espíritu de Cristo Jesús.  En ese momento llega a su límite toda obediencia, todo asentimiento y toda cooperación.

Así, pues,  creer  en el Espíritu Santo, en el Espíritu de Dios y de Cristo Jesús, significa saber que el Espíritu Santo nunca es --y esto ha de tenerse hoy muy en cuenta a la vista de los múltiples movimientos pneumáticos y neo-carismáticos-- una posibilidad del hombre, sino siempre fuerza, poder y don de Dios.  No es el espíritu profano del hombre, de la época, de la Iglesia, del ministerio, del entusiasmo; es siempre el Espíritu santo de Dios, que sopla donde quiere y cuando quiere, que no se deja instrumentalizar para justificar una autoridad absoluta de los que enseñan y del gobierno de la Iglesia, una teología dogmática carente de fundamento, un fanatismo piadoso o una falsa seguridad en la fe.  Nadie – sea administrador o profesor, pastor o laico – “posee” el Espíritu.  Pero todos podemos pedirlo una y otra vez.

Recibir el Espíritu Santo no significa, pues, ser objeto de un acontecimiento mágico, sino abrirse interiormente al mensaje y, por tanto, a Dios y a su Cristo crucificado y resucitado, permitiendo así que el Espíritu de Dios y de Cristo Jesús se adueñe de nosotros.  Creer en el Espíritu Santo, en el Espíritu de Dios y de Cristo Jesús, implica creer en el Espíritu de la libertad.  Porque como dice Pablo “donde hay Espíritu del Señor hay libertad”: libertad de la culpa, de la condenación de la ley y la muerte; libertad en la Iglesia y en el mundo; libertad para obrar, para amar, para vivir con paz, justicia, esperanza y gratitud.  Y ello, pese a todos los obstáculos y coacciones existentes en la Iglesia y en la sociedad, pese a todas las deficiencias y todos los fracasos.  Pero sabemos también que en esta libertad del Espíritu podemos encontrar siempre valor, apoyo, fuerza y consuelo, como lo encontraron innumerables desconocidos en sus grandes y pequeñas decisiones, temores, peligros, anhelos  y esperanzas. El Espíritu de la libertad es así el Espíritu del futuro que me orienta a mi y orienta a todos los hombres hacia delante, no aún más allá consolador, sino a un presente comprometido en el mundo de cada día hasta que llegue la consolación final, de la que ya tenemos en el Espíritu una garantía. 

El lenguaje bíblico habla de: Padre, Hijo y Espíritu, y cualquier intento de definirlos resulta insuficiente.  Lo que importa  en esencia es establecer correctamente la relación entre Dios, Jesús (Hijo, Palabra, Cristo) y el Espíritu y poner de relieve tanto la verdadera distinción como la indivisible unidad.  Los intentos de interpretación basados en categorías helenísticas (el dogma de la Trinidad) y las consiguientes formulaciones dogmáticas de dicha relación ya no nos sirven en la actualidad.  Como todas las fórmulas están condicionadas por la época y no coinciden sin más con el  aserto bíblico fundamental. Lo cual no basta para rechazarlas irreflexivamente. Pero tampoco hay que repetirlas acríticamente.  Lo que hay que hacer es interpretarlas matizadamente para nuestro tiempo a la luz del Nuevo Testamento.

Una cristología resultaría incompleta sin una pneumatología (tratado sobre el Espíritu Santo).  Cabría formularlo de esta manera: Como Hijo de Dios, el Dios se ha revelado por el Hijo en el Espíritu: Es importante interpretar la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu como acontecimiento de revelación y unidad de revelación. Y aquí lo decisivo es no poner en tela de juicio la unidad y la unicidad de Dios; ni eliminar la diversidad de las “funciones” el Padre, el Hijo y el Espíritu; ni invertir la “sucesión”; ni  sobre todo, perder de vista en ningún momento la humanidad de Jesús. Verdadero Hombre Jesús de Nazaret es revelación real del único Dios verdadero.  La pregunta era obvia: ¿Cómo se hace él presente para nosotros? La respuesta es: No de forma físico – material, pero tampoco de manera irreal, sino en el Espíritu, en el modo de existir del Espíritu, como realidad espiritual.  El Espíritu es la presencia de Dios y del Cristo exaltado a su derecha en la comunidad de fe y en cada creyente.  En este sentido es Dios mismo quien se revela por Cristo Jesús en el Espíritu.

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