La que derrochaba el perfume


«Faltaban dos días para la fiesta de la pascua y los pa
nes sin levadura. Los jefes de los sacerdotes y los maes
tros de la ley andaban buscando el modo de prender a Jesús con engaño y darle muerte, pero decían: 'Duran
te la fiesta no; no sea que el pueblo se alborote '. Esta
ba Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, sen
tado a la mesa, cuando llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo puro, que era muy caro. Rompió el frasco y se lo derramó sobre su cabeza. Algunos estaban indignados y comentaban entre sí: '¿A qué viene este despilfarro de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios y habérselos dado a los pobres '. Y la criticaban. Jesús, sin embargo, replicó: 'Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho conmigo una obra buena. A los pobres los te
néis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis, pero a mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a ungir mi cuerpo pa
ra la sepultura. Os aseguro que en cualquier parte del mundo donde se anuncie la buena noticia será recor
dada esta mujer y lo que ha hecho. Judas Iscariote, uno de los doce, fue a hablar con los jefes de los sacerdotes para entregarles a Jesús. Ellos se alegraron al oírle, y prometieron darle dinero. Así que andaba buscando una oportunidad para entregarlo» (Mc 14, 1-11).

Ambientación

Una vez más la protagonista es una mujer. Y aunque el encuentro es de cerca y no a distancia como en el caso anterior de la viuda pobre de las dos monedas, esta vez no hay intercambio alguno de pala
bras entre ella y Jesús. La mujer hace algo que escandaliza a los allí presentes. Jesús la defiende, se muestra complacido con su gesto, pero no habla directamente con ella.

La indicación cronológica de Marcos, puesta al comienzo del re
lato de la pasión, coloca este acontecimiento de Jesús en relación con el calendario litúrgico hebreo.
La pascua -pesah, de la raíz psh, que evoca la acción de saltar, cojear- era, en su origen, una fiesta preisraelítica de pastores. Se celebraba al comienzo de la primavera, en el plenilunio, y señala
ba la partida para la migración estacional -trashumancia-o Tenía por finalidad propiciar la fecundidad de los rebaños y ahuyentar los poderes maléficos. Estaba caracterizada por una cierta prisa, ya que a la mañana siguiente los pastores tenían que partir con sus rebaños.
Más tarde, la fe israelita se sirvió de esta fiesta antigua de nóma
das para incorporar en ella la memoria (zikkaron) de la acción salví
fica de Yahvé, que había liberado a su pueblo de la esclavitud de Egipto. De este modo, esta fiesta de la naturaleza se transformó en una fiesta histórica -no .olvidemos que para Israel la historia es siempre historia de la salvación-o
Era la fiesta por excelencia y sólo podía celebrarse en Jerusalén.
En la tarde del 14 de nisán se inmolaba el cordero que, luego, era consumido durante el banquete pascual. Este comenzaba en la tarde del mismo día, cuando, según el cómputo hebreo, era ya el 15 de ni
sán, pues el nuevo día comienza después de la puesta del sol.
La fiesta de los panes ázimos, de origen campesino, indicaba el comienzo de la cosecha de la cebada y tenía el carácter de ofrenda de las primicias a Yahvé. Los massot, ácimos, panes sin levadura, llamados también «panes de la aflicción», se comían durante los sie
te días de la fiesta.
Más tarde, los ácimos -que, vinculados a la recolección de la co
secha, no tenían obviamente ninguna fecha fija- fueron unidos a la pascua y constituyeron una prolongación de la misma hasta formar una sola fiesta que terminaba en 21 de nisán.
Preparación
«Andaban buscando el modo de prender a Jesús con engaño y darle muerte» (v. 1). La decisión de hacerlo morir, sin embargo, ha
bía sido tomada ya hacía tiempo, desde el comienzo de la actividad

pública de Jesús (3, 6). Aquí es sólo cuestión de cómo llevar a tér
mino el proyecto, pues está por medio la gente, que puede constituir un impedimento.
«Durante la fiesta no; no sea que el pueblo se alborote» (v. 2).
Este miedo a una insurrección popular se revelará sin fundamento. Al contrario, la gente se organizará contra Jesús. De este modo se demuestra, una vez más, que la característica de la masa es lo im
previsible.
De todos modos, el relato está marcado por el término «prepa
rar». Los jefes se preparan para echar mano de Jesús. Judas se pre
para para traicionarlo. La mujer prepara anticipadamente el cuerpo de Jesús para la sepultura. Cristo predispone los preparativos para la cena pascual.
La paradoja, pues, está en el hecho de que, mientras los hebreos quieren celebrar su pascua excluyendo a Jesús, él se manifiesta co
mo libertador, el que lleva a cumplimiento la salvación precisamen
te cuando es echado fuera. Excluido de la pascua hebrea, Jesús inau
gura una pascua nueva.
Jesús es el cordero cuya sangre nos libra de los pecados y resta
blece la alianza con Dios. Este acontecimiento decisivo es celebrado con el pan que él nos deja para partirlo en memoria suya.
El marco son el odio y la traición
En primer lugar hay que destacar el contexto de este encuentro.
Con su procedimiento típico de inserción, Marcos lo introduce entre el complot de los jefes y el acuerdo de estos con el traidor.
La técnica empleada sirve para subrayar una cierta afinidad o, en este caso, para poner en evidencia el contraste: odio-amor, traición
fidelidad, ceguera-previsión, mezquindad-generosidad, incompren
sión-intuición.
El encuentro que tuvo lugar en Betania sirve para demostrar que, por debajo de la trama del odio, del engaño, de la traición, de la ma
licia, corre un rayo de luz. Preparándose para la cru:;:, Jesús se en
cuentra inesperadamente con un amor generoso y valiente.
Pero existe, además, otra indicación esencial: el odio y la traición forman solamente el marco, son marginales respecto al cuadro de fon-

do, que es el amor fiel. En el centro de todo está el amor y este repre
senta la realidad más sólida, que desbarata los cálculos mezquinos y la hostilidad de que está rodeado, y que deshace las tramas de la maldad.
La escena tiene lugar en Betania, un pueblo a poco más de tres kilómetros de Jerusalén, pasada la vertiente oriental del monte de los Olivos. BeÚmia es el refugio nocturno de Jesús, que, ante la inmi
nencia de su pasión, parece temer la oscuridad de Jerusalén.
También el episodio del que es protagonista la mujer marca el contraste. La luz viene de este poblado oscuro y no de aquella que debería ser la «ciudad de la luz».
El único nombre que se refiere es el del amo de la casa, Simón, que había sido leproso o, simplemente, afectado por una enfermedad de la piel y tal vez curado por Jesús. Sin embargo, el centro de aten
ción no es él. La parte más importante de este relato es la mujer anó
nima. Ella rompe el orden tradicional del servicio de la mesa y entra en escena en aquella reu~jón de hombres con una acción que causa escándalo.
El nardo era un perfume de gran precio, que sólo podían conce
derse las personas ricas. Se extraía de las raíces de una planta que crece en la India. Este ungiiento, que tiene la característica de eva
porarse rápidamente, se conservaba de ordinario en un frasco de ala
bastro o, más frecuentemente, de ónix.
No se precisa quiénes son los que se «indignaron» por el «des
pilfarro». De todos modos, retorna una vez más el tema de la in
comprensión, que está en el trasfondo de todo el evangelio de Mar
cos. La incomprensión de la persona y de la misión de Jesús se traduce en una incomprensión de las personas que le manifiestan amor y veneración.
La incomprensión aquí consiste en aplicar al gesto gratuito de la mujer un criterio de valoración puramente económico, en rígidos términos de eficiencia.
Trescientos denarios correspondían, más o menos, a la paga anual de un jornalero. Con trescientos denarios se podía asegurar el pan a quinientas personas durante una semana.
Los que se indignan y luego, incluso, se enfadan con la mujer no comprenden que la presencia de Jesús representa una situación ex
cepcional, ante la cual saltan los principios racionales y los habitua
les criterios de comportamiento.

Tres int.erpretaciones más una
Con su réplica, Jesús aprueba incondicionalmente la acción de la mujer -«Ha hecho conmigo una obra buena»; podríamos traducido también por: «Ha hecho una obra muy bella»-, revela en ella un sig
nificado que va más allá de la intención de la misma que lo ha reali
zado, reprocha los criterios de quienes la critican y anuncia que este gesto será recordado dondequiera que sea predicado el Evangelio. Y que traspasará los confines de Galilea para llegar al mundo entero.
«A los pobres los tenéis siempre con vosotros» es una cita del Deuteronomio (15, 11): «Nunca faltarán pobres en la tierra». Esto no hay que entenderlo, como a veces se ha hecho, en el sentido de una afirmación de la pobreza como algo ineludible, incluso querido por Dios. Al contrario, al mismo tiempo que constata una realidad histórica innegable, Jesús asigna a la comunidad la tarea concreta de empeñarse constantemente en erradicar este mal.
Este episodio es interpretado de tres maneras diversas, dos de
claradas -los murmuradores y Jesús- y una no declarada -la mujer-o
1. Los que denuncian el despilfarro tienen una visión bastante cor- . ta de las cosas, ya que no saben ir más allá de una mezquina contabi
lidad, por más que esté enmascarada con preocupaciones caritativas. No llegan a percibir el valor de la persona de Cristo y de su presencia.
2. La mujer anónima, con su buena acción, quiere manifestar ho
nor y estima hacia Jesús, además de afecto. También reconoce en él al verdadero pobre. En aquel momento, Cristo es el pobre por exce
lencia: rechazado por la gente que cuenta, abandonado por la multi
tud, traicionado por un amigo, incomprendido por los discípulos, víc
tima de la soledad, sin séquito, sin poder, sin resultados, sin apoyo.
San Pablo dirá: «Pues ya conocéis la generosidad de nuestro Se
ñor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8,9).
3. Jesús va todavía más allá. La mujer consigue ver lo que los otros no ven, pero su visión aparece todavía limitada. La mirada de Jesús llega a dar a este gesto una interpretación profética que tras
ciende la intención misma de la mujer: «Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura» (v. 8).
Entre las obras buenas o de misericordia, en el judaísmo estaba también el dar sepultura a los muertos. El gesto de esta mujer entra-

ría en esta categoría y respondería perfectamente a la preocupación de tipo caritativo expresada por los que lo critican.
Pero Jesús ve más allá también en otro sentido. Precisamente en el momento en que su obra parece bloqueada y destinada a terminar en el fracaso, Jesús anuncia la difusión del Evangelio por todo el mundo. En fa proclamación de la gozosa noticia el centro será su pa
sión, y en su relato habrá lugar para esta mujer sin nombre.
Por lo que se puede afirmar que el episodio hace resaltar, sobre todo, el contraste entre una visión a corto plazo y una capacidad de ver más allá. Si no sabe ir más allá, el cristiano corre el riesgo de que
dar escandalizado, especialmente ante la realidad desconcertante de la cruz. Únicamente la mirada de la fe permite superar el muro del escándalo.
Con una fe sin profecía -entendida como capacidad de ver lejos
pueden decirse también cosas justas, sensatas, hacer cuentas exac
tas; pero no se entiende. ,. ,
Una visión parcial puede ser el mayor error. Las cuentas más exactas quedan limitadas a un solo aspecto de la realidad, llevan a un resultado equivocado.
Para el creyente hay un solo modo de ver bien: ver diversamente.
El testigo pasa a las mujeres
El episodio de la unción de Betania sirve a Marcos para introdu
cir en su relato la intervención de las mujeres como testigos.
Para asegurar la continuidad de esta acción -y en particular del drama que se va a desarrollar en seguida- es indispensable la pre
sencia de testigos. Ahora bien, en el momento en que faltan los tes
tigos escogidos por él y los discípulos están a punto de abandonarlo, la continuidad del testimonio queda asegurada por las mujeres.
Esta mujer anónima, la primera. Luego seguirán otras mujeres testigos de la muerte (15, 40), de la sepultura (15, 47) Y finalmente del sepulcro vacío (16,1). Y de todas estas mujeres no se dice ni una palabra. Son testigos bajo la insignia del silencio.
El hilo entre las tinieblas y la luz no se rompe, porque está man
tenido por la fidelidad silenciosa de las mujeres. Son ellas las que aseguran el vínculo entre la muerte y la resurrección de Jesús.

Después de la resurrección, pasada la tormenta, el hilo será to
mado de nuevo por los apóstoles.
De todos modos, comenzando por este episodio y luego durante toda la pasión, las que han tenido valor han sido las mujeres. Ellas son el verdadero sexo fuerte.
Fuertes porque fueron capaces de entrar en sintonía con la debi
lidad del Hijo del hombre.
El exceso como medida justa
«Ella ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vi
vir» (12, 44).
«Ella ha hecho lo que ha podido». Mejor todavía: «Lo que tenía que hacer, ella lo ha hecho» (14, 8).
Jesús lee y hace resaltar la importancia del don tanto de la viuda como de esta mujer de Betania.
Los dos gestos tienen un denominador común, que constituye su grandeza y su belleza: la donación total.
En este último caso, la totalidad viene expresada por la acción de romper el recipiente. El «derroche» no está sólo en el perfume de
rramado, sino también en el frasco roto, que así no podrá ser ya uti
lizado para otro o para otros.
A Jesús no parecen gustarle las concesiones parciales, medidas, sino la donación sin retorno, absoluta, exclusiva.
Tratándose de él, sólo el exceso puede representar la medida justa.
Gratuidad y compromiso social
El episodio quita toda consistencia a la contraposición entre amor a Cristo y preocupación por los pobres.
Lo que se derrocha por Cristo no se quita a los pobres. Al con
trario, yo diría que precisamente los pobres son los que pueden con
tar con lo que se ofrece de una manera exagerada a Cristo ..
Los pobres y Jesús van en la misma dirección. Un amor absolu
to al Señor se traduce, necesariamente, en atención al prójimo, a los pobres. O sea, a Cristo mismo que se identifica con ellos.

La contemplación, la plegaria, no puede menos de conducimos al prójimo. Los pobres, que «no faltarán nunca en el país» (ni en otras partes), tienen todas las de ganar con la gratuidad, con la locu
ra de los que aceptan perder la propia vida; no con los cálculos jui
ciosos de los que administran prudentemente la existencia propia y la de los demás.
De los primeros recibirán siempre todo. De los otros, lo más, las mIgaJas.
El compromiso social no puede menos de nacer de una teología de la gratuidad. La alternativa no está entre adhesión a Cristo y com
promiso de solidaridad, entre contemplación y lucha contra la mise
ria y la injusticia, sino entre una vida entregada, consumida, y el simple dar las cosas, el ofrecer prestaciones.
Cristo exige la donación total. Pero no es un acaparador. Se apre
sura a devolver a los pobres los individuos que se han convertido ellos mismos en «don», los l.ocos incapaces de cálculos.
Los verdaderos amigos 'de los necesitados han sido siempre hom
bres que no se rigen por razones, sino que están dispuestos a todos los excesos.
Cuando lo superfluo se convierte en necesario
El episodio pone también de relieve otra oposición artificial: la de lo superfluo y lo necesario. De hecho, en algunas circunstancias también lo superfluo puede resultar indispensable.
A veces un pobre puede tener más necesidad de una flor que, in
cluso, de un plato de comida; de una sonrisa, más que de una limos
na; de un poco de nuestro tiempo y de nuestra atención, que de nues
tra ayuda material.
Antes que compasión, al pobre hay que darle dignidad. Una cari
dad chapucera, burocrática, de mal gusto, oscura, molesta, quejosa, que se limita a lo estrictamente necesario, es lo opuesto al amor. Me atrevería a decir que es la tumba del amor.
Únicamente gracias a la fantasía, el amor no se reduce a repe
tir gestos mecánicos, dados por supuestos y previsibles, presta
ciones en serie, sino que inventa siempre algo maravilloso, único, exclusivo.
Para evitar que la caridad huela a rancio, hay que perfumarla,

darle la fragancia de la novedad. La caridad debe celebrar los pro
pios ritos en un clima de fiesta. No de lobreguez, de tristeza.
y luego, ¿quién está en condiciones de establecer, de una vez pa
ra siempre, qué es superfluo y qué es necesario? En Caná, la santí
sima Virgen se da cuenta de que faltaba no lo necesario, sino lo su
perfluo; no el pan, sino el vino. Y ella intervino para remediar este vacío intolerable (Jn 2, 1-11).
No es posible amar sin una pizca de fantasía. No se trata sólo de responder a las expectativas. Su cometido más apremiante puede ser el de «sorprender», o sea, producir lo inesperado, lo imprevisible.
Lo «de más» resulta indispensable para vivir.
Prevenir, más que estar a la espera
«Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura». Hay cosas que pueden hacerse sólo anticipadamente. Hay ocasiones y citas a las que se falta sólo si no se consigue llegar cuando todavía no es hora.
Ciertas ocasiones son irrepetibles. Yo diría que hay que aprove
charlas cuando todavía no se dan.
Al sepulcro, las mujeres llegaron en el momento justo. Pero era demasiado tarde para derramar los aromas sobre el cuerpo de Jesús. Afortunadamente alguien ha provisto a esto cuando estaba todavía VIVO ...
El cristiano no es uno que llega en el momento justo, cuando da la hora el reloj de la historia. Es uno que tiene la pretensión de «des
pertar a la aurora» (Sal 57, 9).
Cierto, también el cristiano es uno que espera -o sea, que tiende hacia-o Pero vive su espera en un sentido activo, con el «prevenir». Lo contrario de estar simplemente a la espera.
Obras y palabras
En este encuentro todos hablan. Todos tienen algo que decir o re
plicar. Todos menos ella, que se limita a obrar. Que se contenta con hacer en silencio.
Ella ha puesto la acción; Jesús la ha comentado. Ella, la materia; Jesús, las palabras. Una especie de sacramento.

En cambio, nosotros muchas veces ponemos las palabras y nada más. Las palabras en el lugar de Jesús. Y olvidamos aquella materia que depende de nosotros. Explicamos lo que ... no se ha dado. Inter
pretamos lo que no somos capaces de producir.
Por eso nuestros signos se hacen insignificantes. Y sobre todo, ineficaces.
A propósito de la recta intención
La mujer no habla. Deja que sean los demás los que den la inter
pretación de lo que ella hace. Sólo Jesús lee exactamente la inten
ción de la mujer. Los demás están preocupados y ocupados en hacer las cuentas.
Hubo un tiempo en que se insistía en la recta intención. Toda obra iba precedida y rescatada por la buena intención, que la califi
caba y la hacía meritoria ..
Me viene una duda: en ciertos casos, ¿la intención no procede, tal vez, de una mentalidad calculadora, utilitarista, no es como un re
cordar a Dios que se hace algo por él, que lleve cuenta exacta de to
do, que anote puntualmente las cosas ofrecidas a él?
¿No sería más gratuito -y liberador- actuar como la mujer del relato de Marcos, en la línea del amor, sin preocuparse de más?, ¿de
jar que sea el Señor el que descubra la intención no expresada, e in
cluso inventada?
Más que de buenas intenciones, tenemos necesidad de dar un sentido a nuestras acciones. Y el sentido puede venir únicamente del amor.
Cuando hay amor, la intención se hace superflua: queda absorbi
da por el amor. La vida cristiana o está guiada por el amor, vivida en una dimensión de amor, o no hay recta intención que la rescate.
¿Es que una madre se preocupa de poner la intención -«por mis hijos»- en lo que hace, en los sacrificios que realiza?
La intención dejémosla a Dios. Entre otras cosas, porque esta
mos seguros de que él entiende bien.

Memoria del perfume
«Será recordada». Se trata de recordar la acción realizada por es
ta mujer sin nombre. Está claro que somos nosotros los que debemos recordado. Y no olvidar nunca que precisamente ella, la intrusa, la que no tenía derecho, la despilfarradora, ha hecho algo también por nosotros, en nuestro lugar.
Siempre hay alguno que suple nuestras deficiencias, que remedia nuestros descuidos. Al final, nuestras cuentas salen bien gracias a ciertas «equivocaciones» que nosotros, algo apresuradamente, he
mos condenado.
Después de haber murmurado, juzgado, acordémonos al menos de agradecer a la que, por suerte, no ha sabido hacer nuestros cálcu
los y no se ha adaptado a nuestros esquemas.
y aprendamos a ser un poco menos exactos y un poco más capa
ces de entender, de intuir.
Si lográsemos romper el frasco precioso de nuestra racionalidad, de nuestra seguridad de estar en lo justo, todos a nuestro alrededor comenzarían a sentir un perfume insólito de Evangelio. Genuino.
Memoria del perfume derrochado, en definitiva.
Añadir nuestro fragmento al evangelio
El evangelio es el libro que transmite la memoria de las personas que no cuentan, de los gestos «equivocados» según la lógica de los bienpensantes, de las historias que pueden descuidarse, de la reali
dad despreciada.
El evangelio conserva lo que parece no merecer atención, lo que algunos quisieran que se hubiera perdido. Me atrevería a decir que el evangelio es un libro compuesto de olvidos y de olvidados.
Del mismo modo que sus caminos no son nuestros caminos, nues
tros pensamientos no son sus pensamientos, así la memoria de Dios no es la memoria de los hombres. Se diría que la memoria de Dios son los olvidos de los hombres.
También nosotros, cada vez que realizamos una acción como res
puesta al amor de Cristo, nos convertimos en un fragmento del evan
gelio de Dios.

Algo bello
«Ha hecho conmigo una obra bella». Aparece así una última con
traposición: la de lo bello y lo bueno.
«Kalon ergon» puede traducirse tanto por una acción buena co
mo por una acción bella.
Si los cristianos nos preocupásemos más de hacer «algo bello», no faltaría nunca en el mundo «algo bueno».
Exactamente como en los días de la creación.

26 El que 10 juzga
«Muy de madrugada, los jefes de los sacerdotes, junto con los ancianos, los maestros de la ley y todo el sa
nedrín, llevaron a Jesús atado y se lo entregaron a Pi
lato. Pitato le preguntó: '¿Eres tú el rey de los judíos? '. Jesús le contestó: Tú lo dices '. Los jefes de los sacer
dotes lo acusaban de muchas cosas. Pitato lo interro
gó de nuevo diciendo: '¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan '. Pero Jesús no respondió na
da más, de modo que Pitato se quedó extrañado. Por la fiesta les concedía la libertad de un preso, el que pi
dieran. Tenía encarcelado a un tal Barrabás con los sediciosos que habían cometido un asesinato en un motín. Cuando llegó la gente, comenzó a pedir lo que les solía conceder. Pitato les dijo: '¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? '. Pues sabía que los jefes de los sacerdotes habían entregado a Jesús por envi
dia. Los jefes de los sacerdotes azuzaron a la gente pa
ra que les soltase a Barrabás. Pitato les preguntó otra vez: '¿ Y qué queréis que haga con el que llamáis rey de los judíos? '. Ellos gritaron: 'i Crucificalo! '. Pitato les replicó: 'Pues ¿qué ha hecho de malo? '. Pero ellos gritaron todavía más fuerte: 'i Crucifica lo ! '. Pitato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús para que lo azotaran y, después, lo crucificaran» (Mc 15, 1-15).
No quería tener líos
Primeramente tratemos de encuadrar a Pilato. Se sabe que fue gobernador de Judea del año 26 al 36 d.C.
Era mal visto por los judíos, no solamente por personificar la ocupación romana, sino también por algunos de sus gestos, clara
mente impopulares y hasta provocativos. Como cuando quitó del te
soro del templo el dinero necesario para la construcción de un acue-

ducto. Por este motivo surgió una sublevación, que el procurador ahogó en sangre. Otra intervención suya, brutal y sacrílega, fue la recordada por Lucas (13, 1).
Su carrera quedaría truncada por un infortunio debido, probable
mente, a su exceso de celo. Habiéndose excedido en crueldad contra los samaritanos, tuvo que intervenir Vitelio, legado imperial de Si
ria, que lo destituyó y lo envió a Roma. Desde ese momento se pier
den ya las huellas de este personaje siniestro.
Del relato de Marcos se saca la impresión de que Pilato fue un hombre ambiguo, mediocre, indeciso, oportunista, cuyo lema podría ser este: «Pocas historias». Y cuyo programa, estaría resumido en la preocupación de «no tener líos» o complicaciones.
El procurador romano residía habitualmente en Cesarea, locali
dad con baños termales, mirando al Mediterráneo. A Jerusalén su
bía, probablemente sin mucho entusiasmo, con ocasión de las gran
des festividades judías para garantizar el orden público y prevenir cualquier levantamiento popular.
No se precisa siquiera dónde tuvo lugar el interrogatorio. Con to
da probabilidad en la torre Antonia, la fortaleza que dominaba la ex
planada del templo desde el ángulo noroeste y que, además de una guarnición romana, albergaba la cárcel judicial. O acaso en el viejo palacio de Herodes, al oeste de la ciudad, sede del pretorio del que habla el evangelio.
El perturbador ante uno que no quiere que se le moleste
En el centro del encuentro, esta pregunta: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (v. 2).
Poco antes, el sumo sacerdote le había preguntado: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?» (14, 61).
Durante el paso del sanedrín al palacio del procurador, ha cambia
do el punto principal de la acusación. Ante un funcionario de Roma, la clase dirigente no podía sostener la acusación de que Jesús se apro
piaba el título de Hijo del hombre. Pilato no sabía mucho de la Escri
tura, y del libro de Daniel todavía menos. Y es poco probable que no sintiera la menor curiosidad por dedicarse a esta clase de lecturas.
Era evidente que el procurador romano no se habría mezclado en disputas religiosas. Pero he aquí que ahora le llevan al Hijo del hom-

bre como el «rey de los judíos», o sea, implícitamente un sedicioso, uno capaz de provocar desórdenes y atizar insurrecciones populares.
En otras palabras: los jefes religiosos habían intuido perfecta
mente que sólo el aspecto político podría interesar a Pilato. Como de hecho así fue.
En la práctica, Jesús es condenado dos veces. El primer proceso ha sido un asunto interno de Israel. El segundo refleja las preocupa
ciones del funcionario de Roma.
De todos modos, sea desde el punto de vista religioso como des
de el político, Jesús es eliminado porque constituye un motivo de preocupación para los «responsables». Es un perturbador.
Intención de acabar cuanto antes con este asunto
Al llegar a este punto, en el relato del interrogatorio hay un in
termedio. Pilato propone al pueblo, que había subido para pedir la concesión anual de la gracia en favor de un prisionero político, la li
beración del «rey de los judíos». Sin embargo, la gente, instigada por los jefes de los sacerdotes, pide la libertad para el terrorista Ba
rrabás y la crucifixión para Jesús.
Pilato tergiversa las cosas, discute, negocia, se toma tiempo. Pe
ro luego cede ante la multitud. Y si es cierto que era un tipo que no se dejaba impresionar, incluso capaz de iniciativas provocativas, la cosa sorprende bastante. Pero tal vez el procurador romano estaba en deuda con los judíos y, de esta manera, intentaría saldarlas.
Aunque no sin haber emitido antes, a su modo, un veredicto de inocencia sobre Jesús: «Pues ¿qué mal ha hecho?» (v. 14). No se tra
ta de una declaración explícita de inocencia. Es sólo una pregunta. Pero es lo más que se podría esperar, dadas las circunstancias de un individuo como Pilato, preocupado por tantas cosas.
«Entregó a Jesús para que lo azotaran» (v. 15). Marcos se conten
ta con esta rapidísima referencia a la flagelación. El atroz procedi
miento era, paradójicamente, un acto de piedad hacia los condena
dos. Como la muerte por crucifixión tardaba tanto en llegar y era tan desgarradora, los que tenían que sufrirla eran antes flagelados cruelí
simamente con una especie de látigo provisto de puntas metálicas pa
ra debilitarlos y hacerlos ... menos resistentes a la muerte, que así ve
nía antes, incluso, en algunos casos, durante la misma flagelación.

Al final se saca la impresión de que Pilato tenía prisa. Prisa por terminar cuanto antes con aquel asunto que desde el principio ha
bía tratado de evitar. Resuelta en sentido contrario a sus deseos la alternativa de Barrabás, ahora quiere acabar lo antes posible con esta situación tan fastidiosa. Su prisa coincide con la de los judíos, que, eliminado el perturbador, quieren celebrar tranquilamente su pascua.
Obviamente a Pilato la pascua no le interesa para nada. No le trae más que molestias, ligadas a su cargo de gobernador. Ni más ni me
nos que el asunto de este individuo un poco extraño, del que tiene que ocuparse ahora muy a pesar suyo.
Cuando la coherencia se hace imposible
Casi todos los títulos del encuentro suenan, más o menos, así: «Jesús ante Pilato», «Cristo frente a Pilato».
Para Pilato, sin embargo, las cosas son de otro modo.
Él se encuentra cara a cara con Jesús, pero también con los jefes judíos, con la turba vociferante y, al menos en su imaginación, con sus superiores de Roma.
En suma, que hay otros interlocutores además de Jesús. No sabe
mos el puesto que ha asignado a su conciencia, pero no es dificil in
tuirlo. Debe haberla mandado a paseo.
Pilato se ve obligado a hacer cuentas con toda aquella gente y es natural que el que la pague sea el prisionero. Hay alguien que cuen
ta más que él.
Cuando no se tiene valor para estar cara a cara, a solas, con el inocente, sino que se mira de reojo en otras direcciones, las decisio
nes son como las de Pilato: para «contentar». No fruto de coheren
cia y convicción.
Obligado a pronunciarse
Entiendo a Pilato. Él no quería ocuparse de ese preso. De hecho ha propuesto liberarlo antes incluso de juzgarlo. Su deseo secreto era deshacerse de él cuanto antes. Se lo habían traído, pero él no te
nía ninguna intención de retenerlo.

Lo de Pilato quería ser una escapatoria: eliminar la presencia in
quietante de Jesús sin verse obligado a pronunciarse sobre él. No lo ha conseguido. Se lo han impedido.
De este modo ha tenido que elegir. No entre Jesús y Barrabás -esta elección la han hecho ya los demás-, sino entre Jesús y tantí
simas otras cosas: la gente, la autoridad local, su propia popularidad, su carrera, las molestias.
Es siempre así con Jesús. ¡Sería tan fácil acogerlo o rehusarlo sin tener que ocuparse demasiado de él, aceptarlo o eliminarlo sin ver
se obligado a elegir!
Pero Jesús se propone siempre como alternativa a alguno o a algo. El sí a él debe salir de un no a otros u otro. Su voz sólo se perci
be haciendo callar otros griterías.
La cuestión fundamental no es si Jesús es culpable o inocente, si
no si estamos dispuestos a dejamos comprometer personalmente en aquel asunto. No se trata de librarse de él o de emitir un juicio que quede en la esfera individual, sino de pronunciarse abiertamente, sin posibilidad de equívocos, con una decisión que comprometa delante de todos.
Jesús quiere convertirse en problema, en interrogante, en deci
sión seria para nosotros. No se resigna a obtener un certificado de buena conducta (<<¿Qué ha hecho de malo? .. »).
Mejor encarcelado que libre sin habernos quitado el sueño ni es
tropeado la digestión.
Mejor juguete de la soldadesca que insignificante.
Cristo burlado tiene su trágica grandeza. La verdadera, la sacrí
lega burla es un Cristo «respetado», mantenido a distancia, inocuo.
Démosle, si queremos, la hoja de ruta obligatoria del territorio de nuestra existencia. Pero tengamos al menos la honestidad de expli
carle los motivos por los que le consideramos «indeseable». Y luego, a la tarde, cuando estemos solos, expliquémonos a nosotros mismos las cosas y los valores «deseables».

27 El que fue obligado a llevar la cruz
«Por el camino encontraron a un tal Simón, natural de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, y le obligaron a llevar la cruz de Jesús» (Mc 15,21).
Un encuentro sin palabras
Un encuentro distinto a todos los demás. Ninguno de los dos 10 ha buscado. Uno hubiera prescindido gustosamente de él.
Probablemente no ha sido ni siquiera un cara a cara. Uno de los dos -no sabemos cuál- ha visto al otro simplemente de espaldas. Dos «condenados» preceden, uno tras otro, a poca distancia y con la cabeza inclinada.
Ni una palabra. Ni de una parte ni de otra.

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