LA PRIMACÍA DEL AMOR EN LA ÉTICA CRISTIANA

LA  PRIMACÍA DEL AMOR
EN LA ÉTICA CRISTIANA (I)

1. Cuatro clases de amor para cuatro clases de vida

Aunque parezca que la palabra "amor" ha quedado de
gradada por la maldad del hombre, el origen del verdadero amor es divino, como veremos, hasta tal punto que los cristianos, en frase de Bossuet, "somos los únicos que pode
mos decir que nuestro Amor es un dios", porque "Dios es Amor" (1.a Jn. 4:8-16). Hemos visto que el que ama cumple la Ley, pero este amor es sólo el ágape. En efecto, en el ser humano pueden hallarse cuatro clases de amor, para cuatro zonas del vivir; las encabezamos con sus vocablos griegos del N.T.

A) "Epithymíá" = amor de concupiscencia, que respon
de a los impulsos del instinto y se encuentra en todos los ma
los deseos de la carne, especialmente la codicia, que es la peor idolatría (Col. 3:5), y pretende, a base de riquezas, establecer un buen "tren de vida" (el "bios" de 1.a Jn. 2:16; 3:17).
B) "Eros" = amor de posesión sexual. De suyo, es bue
no y ordenado por Dios en el matrimonio, tanto que la LXX lo emplea para expresar la relación marital de Yahveh con su pueblo Israel.  Su abuso comprende una variada gama de pecados que aparecen con profusión en las 7 listas ya men
cionadas en la lección 14.a, p.° 6. Está afincado, en su ejecu
ción, en la zona de la vida somática, y de esa encarnacionalidad proviene su tremenda peligrosidad, que destaca Pablo al decir: "Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca" (1.a Cor. 6:18).
C) "Philía" = amor de amistad, entrañable y correspon
dido. Es en sí bueno, y el Hijo de Dios no desdeñó el tenerlo (Jn. 11:3: “philéis"; 21:15-17, donde resulta curioso notar que el Señor emplea dos veces "ágapas" y una "philéis", mientras que Pedro —impulsivo, emotivo, entrañable— res
ponde las tres veces "philó"). Este amor está afincado en la "psyché", considerada, no como la vida terrenal, temporal, natural, en contraste con la eterna (Mt. 10:39 y paralelos), sino como asiento de lo instintivo y emocional.
D) "Agápe" = amor de pura benevolencia, amor puro, que no mira al propio interés, que sigue amando aun sin ser correspondido   (Jn.   3:16;  Rom.   5:8-10;  2.a  Cor.   12:15 —magnífico ejemplo de Pablo—; 1.a Jn. 3:1 —el original dice "Mirad de que región nos ha dado su amor el Padre...", como diciendo: sólo del Cielo pudo venir tal amor—; 4:10-19). Este amor procede de Dios, como de El procede la zoé, la verdadera vida, (zoé aionios = vida eterna), que nos vino por medio del Hijo (Jn. 10:10), porque en El estaba (Jn. 1:4), comunicada del Padre (Jn. 5:26). Este fue el objetivo directo de la Encarnación: que tuviésemos vida eterna, por el inmenso "agápe" del Padre (Jn. 3:16).

2.    El amor, brújula de la vida del hombre

Así como los animales se orientan por el instinto, el hom
bre se orienta por el amor (Jn. 7:17). Es cierto que la mente recibe la luz, pero es el amor el que abre las ventanas. De ahí que la fe sea energizada por el amor (Gal. 5:6; nótese que el verbo está en la voz media; es, por tanto, incorrecta la versión "que obra" de la R.V. y otras), como la incredulidad es energizada por la autosuficiencia egoísta (Jn. 5:42-44). Por eso dijo bellamente Agustín de Hipona: “Dos amores hicieron dos ciudades: la terrena la hizo el amor de sí hasta el desprecio de Dios; la celeste, el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo" 12. He aquí dos brújulas distintas, dos orientaciones diametralmente opuestas: la una implica la aversión (volver la espalda) a Dios por el pecado; la otra, la conversión (volverse de cara) a Dios por la fe viva. Con la brújula correcta, guiados por el Espíritu de Dios (Rom. 8:14), no por la carne (Rom. 8:4-15), se va por el camino de la salvación y de la felicidad es decir, de la vida, de la luz, del amor y de la libertad 13. Ello requiere del hombre, del creyente, una completa consagración (Rom. 12:1) al único Dios verdadero, fuente única de salvación, de felicidad, de vida plena.

3. El amor en una Ética existencial cristiana

Una Ética personalista y existencial tiene perfecta cabida en el concepto bíblico de ágape:
A) Si consideramos a la persona humana como una existencia caracterizada por la autoconciencia, la autodecisión y la originalidad irrepetible, la vemos también abierta hacia el "tú" y religada al Absoluto, cuya imagen congénita posee. Se encuentra ahora dentro de una común ruina, pero también, por la misericordia divina, dentro de una general oferta de salvación (1.a Tim. 2:4-5). En esta alternativa que Dios le ofrece, de rechazar o escuchar el llamamiento a la salvación, mediante el arrepentimiento y la fe (Mr. 1:15; Hech. 17:30; 20:21), el hombre se juega su existencia total. De la misma manera que es inexacto decir que el hombre comete pecados, si no se añade que él mismo es pecador, también es inexacto decir que el hombre hace cosas buenas, si no se puede añadir que él mismo es justo, recto: que todo su ser está correctamente relacionado en sus tres dimensiones: con Dios, consigo mismo y con el semejante. El hombre no salva o pierde sim
plemente algo (por ej. su alma), sino que es salvo o perdido eternamente como persona, íntegramente como alguien. Es cierto que hace pecados o justicia, pero sus obras malas o bue
nas no son objetos que él fabrica, sino actos que emanan de su interior (Mt. 15:19; Me. 7:21) y marcan su carácter personal (Mt. 7:17; 12:33; Le. 6:43-44 "árbol bueno o árbol malo"). Por eso, la única riqueza verdadera de la persona no es lo que tiene, sino lo que es (V. Mt. 6:19-24. Su riqueza o su miseria puede, en cierto modo, pesarse, pero se trata, no de algo exterior, ni siquiera adhesivo, sino constitutivo de algo existencial que queda para siempre (comp. el "peso de gloria" de 2.a Cor. 4:17, con el "peso de pecado" de Heb. 12:1, del que hay que desprenderse para alcanzar la verdadera libertad de Jn. 8:34). La fe amorosa, que pone la vista en "el Autor y Consumador de nuestra fe" estimula al sacrificio y a la con
tinua renovación que produce la riqueza de nuestro ser personal (Rom. 12:1-2; 2.a Cor. 4:16; Ef. 4:22-24; Col. 3: 10; Hebr. 12:1-2; 13:15-16).
B) Si hasta aquí hemos ahondado en las raíces ónticas de la persona humana para atisbar la importancia de la brújula del amor en su existencia, no es de olvidar el dinamis
mo del amor en el plano psicológico. La persona, lo hemos dicho en otro lugar, surge a la existencia como un manojo de posibilidades, pero se hace como conjun
to de realizaciones, escogiendo entre esa gama de posibilidades para decidir en cada momento algo nuevo, que muchas veces es decisivo para nuestro futuro y va estrechando el campo de lo elegible (tal pasa con la profesión, el matrimonio, la instalación en un país, etc.). Para la salud mental de la per
sona, es preciso que ésta busque el modo más adecuado de realizarse dentro de un normal sentido de comunidad, con lo que escapará de complejos y represiones, siendo siempre consciente de lo mucho que puede con la fe en Dios (Me. 9: 23; Sant. 5:16) y sintiéndose siempre insatisfecho con lo poco que hace (Le. 17:10). Nuestro mal estriba, por lo co
mún, en que hacemos precisamente lo contrario: nos ufanamos de lo que hacemos y no nos estimulamos a realizar lo que podemos. Aquí el papel del amor es decisivo, no sólo porque es el gran estimulante de la acción (2.a Cor. 5:14; 12:15: Gal. 5:6), sino porque es el imán que atrae hacia el bien ama
do, para ser transformado por él. Según un bello pensamiento de G. Thibon 14, podemos decir que "no somos cazadores, sino presas": somos lo que comemos; nos transformamos en aquello que amamos, según las bellas frases de Agustín de Hipona: "Serás lo que amas: ¿Amas la tierra? Te trans
formarás en tierra ¿Amas el Cielo? Te transformarás en Cielo ¿Amas a Dios? ¿Qué diré? Pues sí, en cierto modo, te aseguro que te transformarás en Dios" (2.a Ped. 1:4 "...partícipes de la divina naturaleza"). Por eso dijo el Señor que donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón, (Mt. 6:21), pues lo que más apreciamos nos atrae como un imán. En este mismo sentido va el bíblico conocer afectivo y experimental en que se basa la verdadera sabiduría, la sabiduría de salva
ción (entre centenares de ejemplos, Jn. 7:17; 1.a Cor. 8:3; el contexto anterior es de una inmensa riqueza de pensamien
to, digna de meditarse; Gal. 4:9).
C) El aspecto netamente ético del amor aparece en su modo de influir sobre la motivación, puesto que él colorea de bien los valores éticos, influyendo así en las decisiones y en la conducta correspondiente, bajo la acción del Amor personal de Dios, el Espíritu Santo, quien, con el verdadero amor, confiere la verdadera libertad (Mt. 5:48; Jn. 3:8; Rom. 12:9-13:8; 2.a Cor. 3:17; 1.a Ped. 1:22; 1.a Jn. 4:18). Sien
do las facultades específicas del hombre (y, por tanto, las que especifican la acción ética como acción humana), la inteligen
cia, el sentimiento y la voluntad, los valores presentados por el amor influyen en la motivación actuando directamente, ya sobre las ideas y convicciones (Flp. 4:8, alimento espiritual, con proyección al exterior 15), ya sobre los sentimientos (Flp. 2:5ss.), ya sobre las mismas decisiones (Rom. 8:14; 12:1; Ef. 5:2 "andad en amor..."; Flp. 1:6; 2:12-13, en que la "eudokía" = buena voluntad de Dios, que produce en noso
tros todo lo bueno, nos estimula al mismo tiempo a colaborar con Dios en la tarea de la salvación con temor reverencial y responsabilidad).


CUESTIONARIO:

1. Cuatro acepciones del término "amor", para cuatro aspec
tos de la vida. —
2. ¿Qué importancia tiene el amor para la orientación básica de la conducta? —
3. Papel del amor den
tro de una Ética existencial, en los planos ontológico, psico
lógico y específicamente ético.

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