Imagen Bíblica de Dios

Antiguo Testamento
Nuevo Testamento

Síntesis

- Antiguo Testamento
En el AT se pueden ver las obras de Dios, su manera de relacionarse con lo que ha creado. Y, en realidad, es en el diálogo con su Pueblo elegido donde Dios se va revelando especialmente.
Sus cualidades, sus atributos van apareciendo en este diálogo y no separadamente. Más que una enumeración de dichas cualidades lo que encontramos en la Biblia es un Dios creador que quiso hacer al hombre a su imagen y se compromete con él, lo acompaña, le enseña, lo deja en manos de su propia decisión pero también lo corrige, lo espera, le propone la santidad, lo invita al diálogo, le da metas, un Dios que promete y cumple, un Dios que es misericordioso y compasivo y que, a la vez, es severo con las idolatrías ("no hay otro fuera de mí") y con todo mal, porque defiende lo que le pertenece. Un Dios que perdona. Un Dios digno de confianza y para quien todo es posible. Un Dios que está atento al esclavo, al oprimido, al pobre, al huérfano, a la viuda.
Dios existía desde antes y seguirá existiendo cuando pasen todas las cosas; y es el mismo ayer, hoy y siempre. Pero creo que lo central en el Dios de la Biblia es su caminar junto al hombre en la historia que va viviendo, la historia de salvación que le propone. Y esto se nota especialmente en los textos del Génesis, del Éxodo, del Deuteronomio, en los Salmos elegidos.
Dios dice de sí mismo "Yo soy el que soy", "Yo soy". Dios es más grande que el hombre, tiene el dominio y el poder sobre todas las cosas. Nadie, nada, es más grande que Él. Es Dios quien lo sabe todo y está por sobre todo. Dios es Rey. Pero “Yo soy” no trata de comunicar lo absoluto de su ser sino más bien la eficacia de su ser para el hombre. Se trata de un Dios para Israel, para los hombres; Dios es quien se hace presente en la vida de los hombres y de un pueblo, inquietándolo, movilizándolo, interpelándolo. El mismo nombre de Yahweh significa probablemente: Dios está (estará) ahí para vosotros. Yahweh es el que entra en contacto personal con el hombre para conducirlo a la vida. Entra en contacto con su pueblo para que su pueblo sea santo como Él lo es.
Dios se muestra como Padre de manera singular, como lo atestiguan las palabras que dirige a Moisés: "Yo soy el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob” (Ex. 3,6). Y dirás al faraón: Así dice el Señor: ‘Israel es mi hijo, mi primogénito’." (Ex. 4:22). Israel es un pueblo-hijo. Y la paternidad de Dios irá más allá de la correspondencia de este pueblo, cobrando resonancias universales: Dios es Padre y Señor no sólo de Israel sino también de todos los hombres y del mundo.
Se advierte también en los textos elegidos que Dios creó todas las cosas con el poder de su amor. Y en la creación se puede llegar a percibir la existencia de este Dios Creador, ya que Él se refleja en sus obras.
Dentro del proceso de revelación de Dios a lo largo del AT me parece que el Dios que habló por los profetas es también un contenido como para detenerse.
El conocimiento de Dios es identificado por los profetas (aunque no únicamente) con la práctica de la justicia y el derecho con el marginado, el desvalido, el pobre. El amor y el conocimiento de Dios se realizan en la relación con el prójimo. La medida de este amor es el amor al prójimo. Y el amor de Dios se puede experimentar a través de los hombres. Esta aportación de los profetas resulta un contenido fundamental en cuanto a lograr un acercamiento a Dios que privilegie la experiencia, la relación dialogal Padre-hijo, la relación con los hombres como hermanos, y donde Dios no quede objetivado o encerrado en una visión esencialista.
 
- Nuevo Testamento
Lo central que vemos en los textos elegidos es que aparece Dios en el Hijo, aunque el Hijo existía desde el principio. "Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo.” (Heb. 1,1-2).
Es central en el NT la encarnación del Hijo de Dios entre los hombres, su muerte y su resurrección por voluntad del Padre y en virtud del Espíritu Santo, para darnos una vida de hijos adoptivos, liberarnos del pecado y la muerte y resucitarnos a la vida eterna.
En el NT, Dios se revela a sí mismo en la Persona y las obras de Jesús, encarnado, hecho Hombre. A través de Jesús se puede ver al Padre. Jesús es el camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Él.
Este hecho de la Encarnación rompe toda falsa oposición entre sagrado y profano, trascendente-inmanente; y no cabe buscar la comunicación con Dios fuera del marco concreto de un mundo del cual Dios es Señor. Nada más equivocado que pensar en un Dios extraño al mundo.
Jesús es el Hijo único del Padre, el Verbo divino. Enviando a Jesús al mundo, a la historia, Dios se hace presente en la historia humana, ya no sólo con obras y palabras sino como Sujeto que obra y habla. Es la plenitud de todas las revelaciones divinas que Dios hace de sí mismo y su misterio. Ya no se puede hablar de Dios prescindiendo de Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre. (Jn. 1, 18)
En Jesús, Dios se hace visible como un Dios con rostro humano. En lo que Jesús hace y dice, obra y habla el mismo Dios.
Jesús revela un Padre que nos ama hasta el extremo. El Padre se da a sí mismo, se entrega al mundo, para salvarlo, para purificarlo, para redimirlo: "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito.” (Jn. 3,16) Inmolado, vence.
Dios, por amor, hace al hombre hijo en el Hijo y lo llama a una nueva vida, a una vida de resucitado, precisamente cuando estaba muerto a causa de su pecado. Dios, por amor, por su gracia, por su misericordia, es el que lo salva. (cf. Ef. 2, 4-8; 2Tim. 1,9)
Por amor, invitará al hombre a una comunión profunda. Creo que Jesús lo expresa claramente cuando habla de la vid y los sarmientos: El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. (En Jn. 15, 1-5).
Dios se deja conocer en el amor. "El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.” (1Jn. 4:8)
Tanto Dios es amor que "el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.” (cf. 1Jn. 4,16)
A la vez, la Biblia transmite que el amor de Dios no puede separarse del amor del prójimo y que el amor mutuo está llamado a ser semejante al de la unión de las personas divinas: "Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno.” (cf. Jn. 17, 21-22)
"En el Espíritu Santo, el Padre despierta a su Hijo de la muerte, para regalárnoslo de nuevo y mostrarnos, definitivamente, su amor infinito."
El Contenido central del NT es la revelación del misterio trinitario. Es Cristo quien nos "abre" el misterio de la Trinidad, nos muestra la intimidad de Dios. Dios es Uno, pero no es solitario. Es un Dios-comunión (unidad) de tres realidades personales (pluralidad). Así lo revela Cristo: como un Dios viviente y lleno del dinamismo del amor, que quiere convidar al hombre de esta vida en el amor, de esta unidad perfecta, que lo invita a ser habitado por la Santísima Trinidad al amar. "Si alguno me ama —nos ha asegurado Jesús—, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn. 14,23)
La confesión de un Dios trino aparece en el NT, entonces como la afirmación: "Dios es Amor." Nos muestra que la realidad última y más profunda es vida y amor y que por Jesucristo, en el Espíritu Santo, se nos ha dado parte en esta realidad. Lo cual se vuelve fundamento de nuestra esperanza.
La revelación de la Santísima Trinidad nos remite más que a la esencia de Dios, al dinamismo del amor que hay en Él. Esta revelación tiene sentido dentro de la historia de la salvación, en íntima unión con los gestos de esta historia de salvación, con el proyecto de Dios para el hombre: que pueda vivir como hijo suyo.
Durante su vida sobre la tierra, Jesús comunica a los hombres quién es Dios en realidad. Sus afirmaciones no se oponen a las ideas de AT, sino las superan.
La predicación de Jesús acerca de Dios tiene un acento completamente nuevo. El contenido central de esta predicación es que el reino de Dios esperado en el Antiguo Testamento está ya muy próximo; se encuentra en sus palabras, sus obras y en su misma Persona.
Jesús anuncia la llegada del Reino bajo el signo de la gracia, la misericordia y el perdón divinos. Este reino es –sobre todo- la llegada de la salvación y el amor del Padre. Es el Reino de los hijos de Dios Padre, que ama sin límites, al cual, en Cristo, con Cristo y por Cristo se le puede llamar "Abbá" (Marc. 14,36).
La amistad y el amor del Padre por Jesús se abren a todos aquellos que reciben al Hijo y aceptan su mensaje de salvación: "Pero a todos los que la recibieron [la Palabra] les dio el poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Cf. Jn. 1,12)
Incluso los milagros hechos por Jesús tienen sentido a la luz de este Reino de Dios, este Proyecto salvador de Dios sobre la humanidad, que llega a la tierra y es instaurado por la presencia de Jesús y está llamado a realizarse paulatinamente a lo largo de la historia. Con los milagros, Jesús muestra que Dios puede transformar la vida del hombre y dar comienzo a una nueva historia, una nueva vida.
Podemos decir entonces que en la imagen bíblica neotestamentaria de Dios, es clave lo siguiente: Cristo trae una nueva idea de Dios, especialmente en contraposición respecto a la que tenían los fariseos. Esta idea se podría sintetizar diciendo que Dios es aquel que ama y perdona. Cuando ama y perdona, Dios se muestra de modo especial como Padre. Y así también, el hombre manifestará su condición de hijo de Dios cuando actúe de igual manera con los demás hombres, en todo acto de amor y de perdón. El prójimo se convierte así en símbolo de Dios para el hombre, en posibilidad de materializar el amor a Dios, de adherir a Cristo presente en los hermanos.
Especialmente a través de las parábolas de la misericordia (de lo "perdido encontrado"), Jesús somete a una revisión total la idea que los judíos se hacían de Dios y de su justicia. Estas actúan como transmisoras del "escándalo del amor desinteresado" que el Reino inaugura. Jesús anuncia la noticia del Dios bueno, que perdona y da generosamente, que ofrece permanentemente habitar en su casa. Un Padre misericordioso, que ama gratuitamente (escándalo para quienes tenían una exaltación del mérito, del esfuerzo en el cumplimiento de la ley), que ama a pecadores, a quienes "no cumplen la ley". Un Padre que sólo pide que crean en su misericordia y se conviertan, que vuelvan a su casa. Y que pide el arrepentimiento como condición para perdonar y amar. Tal como aparece en Luc. 15, 11-31, un Padre que ama con un amor que el otro no merece. En Jesús, vemos un Padre que viene a buscar lo que está perdido, que tiene la iniciativa en el proceso de conversión. Que pone primero el ofrecimiento del perdón liberador que la obra humana de penitencia.
El Reino que trae Jesús es para los sencillos, no para los autosuficientes. Es para el que se deja amar, encontrar, reconciliar, convertir. Y así puede ser misericordioso, justo, generoso, es decir, parecido a Dios.
Desde esta nueva idea de Dios, Jesús vive y anuncia el abandono en la Providencia, en las manos del Padre. Él predica: busquen primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura (cf. Mat. 6, 33-34)
A su vez, esta confianza filial que Jesús transmite no aparece como arrebatadora. Dios es un Padre que no deja pasar por alto la maldad que se oponga a Él y que rebaje la dignidad humana. El amor tiene sus exigencias y debe interpelar y transformar la vida del hombre.
Y algo que queda muy evidente en el mensaje que nos transmite la Biblia es que estamos ante el mismo Dios del AT, el Dios creador de todo lo que existe; el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; el Todopoderoso cuyo Nombre es santo, el que socorrió a Israel, acordándose de su misericordia; el que cumple sus promesas de salvación; el que no hace acepción de personas, un Dios que se hace visible por medio de sus obras... (cf. Hech. 17, 24-26; Mt. 22,32; Lc. 1,48-54, 68-75; Jn. 11,26; Hch. 10,34; Rm. 1, 19-25 respectivamente)
En Jesús, Dios continúa y perfecciona la obra que había comenzado en Israel. La Antigua Alianza confluye y culmina en Jesús (cf. Heb. 1,1-2). Dios había ido preparando a su pueblo para la Revelación definitiva en Jesucristo. Y, en este sentido, Jesús es el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento.
Jesús será el consumador de la Nueva y eterna Alianza. Se rodeará de un grupo de seguidores (una comunidad) y estos -después de su muerte y resurrección- reunirán a otros. Se llamarán el "Nuevo Israel", el "Pueblo de Dios", el Pueblo de la "Nueva Alianza", completando y perfeccionando las Alianzas con Israel. Es el nuevo Pueblo de Dios (como está escrito en 1Ped. 2, 1-10) que está llamado a expresar su pertenencia amorosa a Él haciendo suyo el estilo de vida que Jesús revela al hacerse Hombre (vida inspirada en la Palabra).
Dios es digno de alabanza. Y sólo de Él se hereda la Vida Eterna.
 
Síntesis
La Biblia no transmite para nada un Dios abstracto, una Esencia. Más bien nos revela a Dios a través de sus obras y de su vinculación con lo que ha creado. No hay un concepto de Dios estático o sistemático. Lo que se encuentra es un Dios personal y pleno de vida. Un Dios que se revela como realidad viviente sólo al que capta, en la fe.
Nos habla de un Dios trinitario que se va dando a conocer especialmente a través de su alianza con el hombre en su historia concreta.
La Biblia nos presenta a un Dios que dialoga con el hombre. Dios habla al hombre y el hombre puede escucharlo. Dios se adapta al hombre con el cual quiere hacer alianza, a su lenguaje. También por esto el hombre puede hablar de Dios, con Dios, y escucharlo.
Transmite la Biblia un Dios que se relaciona con la experiencia humana, que no se desentiende para nada de su creación y la sigue sosteniendo. Dios se ha manifestado y acercado al hombre en Cristo (hecho Hombre) y dejando su Espíritu, habitando entre nosotros; ha quedado reflejado en sus obras.
Dios da al hombre la capacidad de conocerlo y de amarlo.
Dios ama al hombre siempre primero, quiere ser amado en el prójimo y que los hombres se amen entre sí.
La Biblia transmite que Dios es Señor de la historia. Los planes de Dios se realizan y se realizarán.
El mensaje que la Biblia transmite de Dios está muy bien reflejado en lo siguiente: El Dios vivo de la revelación es el Dios que se manifiesta en la historia. Y no se puede prescindir de la historia para saber y hablar de Dios, no se puede disociar la reflexión sobre Dios y el acontecer de la historia de la salvación.
Tal como se ve en esta exposición, estamos hablando de un conocimiento de Dios enmarcado en una visión Cristo-céntrica e histórico-salvífica con base en las realidades de la Creación y la Encarnación. De un Dios que no aparece separado de su realidad trinitaria, de la encarnación del Verbo como Señor del hombre y de la historia, operante en el mundo en virtud de su Espíritu. Un Dios que se da a conocer y revela su amor como Padre, Hijo y Espíritu Santo, descubriéndole al hombre el camino y la meta de su existencia, es decir, la sublimidad de su vocación.
Si pierdo el sentido del Misterio corro el peligro de aprisionar a Dios en conceptos y esquemas rígidos y de relacionarme no con el Dios verdadero (que es más grande que el hombre) sino con una caricatura.
A mi entender, descubrir al Dios de la Biblia implica tener una actitud de reconocer que ninguna idea que uno se pueda hacer sobre Él lo abarcará completamente, y que conviene estar permanentemente abiertos al Misterio para conocer todo lo que Dios vaya revelando. Se necesita la fe y la confianza.

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