El que cuenta los dineros y los que siempre tienen algo de qué reírse


«Jesús volvió a la orilla del lago. Toda la gente acu
día a él, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en su oficina de impues
tos, y le dijo: 'Sígueme '. Él se levantó y lo siguió. Después, mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de él, muchos publicanos y pecadores se senta
ron con él y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían. Los maestros de la ley del partido de los fariseos, al ver que Jesús comía con pecadores y publican os, decían a sus discípulos: '¿Por qué come con publican os y pecadores? '. Jesús lo oyó y les dijo: 'No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores '» (Mc2,13-17).

Si queremos saber algo sobre Jesús ...

Aquí tenemos tres encuentros en uno. Es una narración sencillísima que comprende una llamada, un banquete, una lección. Jesús interpela a uno habituado a contar dineros, se sienta a la mesa con gente poco recomendable y, finalmente, se enfrenta a aquellos que tienen el vicio de murmurar.
La vocación sigue un esquema más bien común: Jesús pasa, ve -o sea, «elige»- y llama; el llamado «deja» algo y se pone a seguir al Maestro.
Del llamado se consigna el oficio sin preocuparse de su proble
ma psicológico, de su combate interior. Es evidente el paralelismo con las dos parejas de hermanos a la orilla del mismo lago.
En el caso de Leví se sugiere, tal vez, la característica de la irre
vocabilidad. Mientras que para los pescadores podía ser fácil volver de nuevo a sus redes y a sus barcas, para un recaudador de impues
tos la pérdida del cargo era irremediable.

Sin embargo, queda el hecho de que, en esta como en análogas narraciones de vocación, se tiene la impresión de una trama fija en la que sólo hace falta poner el nombre. Puede ser el de Leví o el mío o también el tuyo. Lo que importa es la vocación del cristiano. Por eso aquí se me ofrece una buena ocasión para examinar mi respues
ta a la llamada de Jesús y sopesar las consecuencias.
El punto central de la narración lo constituye el versículo 17: «Yo no he venido a llamar ajustas, sino a pecadores». Aquí Marcos pro
pone su cuestión de fondo: «¿Quién es Jesús?». La respuesta puede darse observando para qué o, mejor, para quién ha venido.
Su identidad sólo se descubre identificando a los destinatarios de su misión. Se entiende quién es Jesús no aislándolo yestudiándolo en sí mismo, sino considerándolo en su «ser-para». Se le descubre, se le conoce a través de sus opciones, sus frecuentaciones.
Si queremos saber quién es Jesús, tenemos que dirigimos a los pecadores, a los cobradores de impuestos, o sea, a los rechazados, a los descalificados por la ~ociedad. Ellos son quienes lo explican.
En todas partes Cristo está en su casa
Pero examinemos más detenidamente el texto. Una vez más en
contramos a Jesús que sale, se mueve, pasa y sigue a las personas. Serían cinco ya los discípulos. Poco después, sin embargo, se afirma que le seguían muchos. Esta aparente confusión, la imposibilidad de llevar una cuenta exacta, demuestra que el seguimiento de Cristo no puede reducirse a una cuestión de cifras. La vocación de uno provo
ca la con-vocación de muchos. Esta vocación está muy bien expre
sada en la escena del banquete, donde es dificil distinguir, precisar, clasificar.
Aquí hasta Leví se pierde. Marcos habla de «Leví hijo de Alfeo».
En el texto paralelo de Mt 9,9-13, su nombre es Mateo. En la lista de los doce dada por Mc 3, 13-19 hay, sí, un hijo de Alfeo, pero se llama Santiago, mientras que Mateo es nombrado sin ninguna refe
rencia a Leví. ¡Complicado! Y aunque la tradición primitiva parece bastante concorde en la identificación Leví-Mateo, la cuestión que
da todavía sin resolver.
Sobre el oficio, sin embargo, no hay dudas: era cobrador de im
puestos. El cobrar los impuestos y los peajes, las tarifas de exporta-

ción e importación, era concedido en arriendo o subarriendo. En el caso de Leví, la aduana de Cafamaún resultaba bastante importante por estar colocada en un punto estratégico: en la carretera comercial de Damasco. El beneficiario principal era Herodes Agripa, pero una buena parte iba también a los romanos.
Se trataba de un oficio deshonroso. Para la mentalidad hebrea, estos individuos, por su conducta moral, eran considerados pecado
res: ladrones, estafadores, adúlteros ... Pero también otros oficios eran igualmente considerados de mala fama. Los pastores, los arrie
ros, los vendedores ambulantes, los curtidores y ... los cobradores de impuestos, llamados también publicanos, eran tratados como peca
dores y estaban privados de los derechos civiles. Entre otras cosas, no podían ser testigos ante los tribunales. Todo porque se pensaba que el ejercicio de estas profesiones llevaba casi necesariamente apa
rejada falta de honradez, o porque impedía el conocimiento de la ley.
Cobrar los impuestos constituía, ciertamente, un notable incen
tivo para la falta de honradez. Aunque existían tarifas, quedaba siempre un amplio espacio para la rapiña y la posibilidad de fáciles ganancias. Además, se añadía un motivo religioso: el contacto habi
tual con los paganos convertía en «impuros».
y entraba también la política: de hecho, un jefe de la red del fisco dependía de los romanos.
Un oficio despreciado y ambicionado al mismo tiempo por los orientales.
«En casa de él» (v. 15). ¿De qué casa se trata? ¿De la de Leví? ¿De la de Pedro o incluso la de Jesús?
Me parece que debe ser la de Leví. Después de la primera llama
da de los discípulos, Jesús se dirige también a la casa de uno de ellos, la de Simón. Es maravilloso ver cómo el seguimiento, que se traduce en dejado todo, sin embargo, es festejado en casa de los lla
mados. Jesús exige la renuncia, pero no corta las raíces de las perso
nas. Quiere individuos disponibles para las opciones más dificiles, pero no crea «separados».
De todos modos, de quién fuera la casa no tiene importancia. El protagonista, el que invita, es Jesús. Él es el Señor de la casa, el cen
tro de atención, el que se sienta a la mesa con individuos poco reco
mendables. En todas partes se encuentra en su casa, con tal de que estén aquellos por los cuales él ha venido.

Lo que importa no es quién es el propietario, sino quiénes son los invitados, los comensales.
En el episodio siguiente a la primera llamada se indica que hay una multitud delante de la puerta. Aquí los enfermos (de otro tipo) se encuentran dentro. Resulta perfectamente lógico que el médico esté rodeado de sus pacientes. Una vez más podemos constatar có
mo aquí la vocación se traduce en «con-vocacióm>.
Los que están fuera
«Los escribas de la secta de los fariseos ... » (v. 16).
Los escribas (o maestros de la ley) eran laicos estudiosos e in
térpretes de la ley. Teólogos y juristas a un mismo tiempo. Muchos de ellos eran del grupo de los fariseos, caracterizados por una prác
tica religiosa observada Qasta el escrúpulo, una fidelidad minucio
sa a la tradición y una inÚansigencia que, en algunos casos, llegaba al fanatismo.
El término fariseos viene de la palabra hebrea perushim, que quiere decir «separados». En nombre de la pureza legal rechazaban todo contacto con las costumbres, los hábitos y la filosofia pagana. Pero se separaban también de la gente común de la misma religión hebrea poco practicante de las observancias legales.
Los escribas, aquí, no están dentro. Ellos no se manchan con los demás y se escandalizan de que Jesús frecuente ciertas compañías. Comunican a los discípulos su resistencia y, así, Jesús lo viene a sa
ber indirectamente.
La respuesta del Maestro consta de dos partes: la primera es un dicho popular; la segunda especifica la misión de Jesús.
Jesús se dirige a los que tienen necesidad de él. No excluye a los justos. Ellos se excluyen a sí mismos en la medida en que, teniéndo
se por justos, están convencidos de no tener necesidad de médico y rechazan la solidaridad con los pecadores.
Podemos decir que, donde llega Dios, no hay lugar para ninguna discriminación entre los hombres. Existe un título que hace a todos iguales en su mesa: la necesidad de él.
La llamada, en el fondo, es una llamada a la conversión.
Así, el episodio me interpela a mí personalmente. ¿Me siento co
mensal de Jesús en virtud de un derecho adquirido y definitivo, o

más bien porque soy «llamado» como pecador por aquel que ha ve
nido a traerme no un certificado de salud o de honorabilidad, sino la curación, la salvación, hoy?
Al principio hemos destacado ya que esta página vuelve a pro
poner la cuestión acerca de la identidad de Cristo en relación a su «ser-para». En esta identidad puedo yo leer también la mía. Descu
bro quién soy, colocándome delante de él y haciéndome esta simple pregunta: ¿Tengo necesidad de Jesús o puedo prescindir de él?
Darme de baja en la Iglesia de los separados
Ahora estamos ya en condiciones de completar el retrato del es
criba. Antes hemos dicho que era uno que no se deja descubrir el te
cho. Aquí hemos de añadir una nueva connotación: es uno que está fuera.
Los escribas no entran. Observan desde fuera. No se mezclan en la atmósfera de aquel banquete.
Ven las cosas a distancia, permanecen en su puesto. Encerrados en su mundo. Prisioneros de sus perspectivas. Bloqueados en sus puntos de vista. Tras la red protectora de sus esquemas.
Pero para entender, hay que salir afuera, esto es, entrar en el mundo de los demás. Cambiar la perspectiva. Ver las cosas desde dentro. Observar comprometiéndose. Juzgar participando. Eliminar el filtro «de papel» a través del cual examinan a los hombres.
El escriba tiene miedo al contagio. Y se corta de la corriente de la vida. Es un separado de la realidad. Uno que se excluye de la humanidad.
Jesús, en cambio, ha encontrado al hombre allí donde estaba, no to
mando distancias, sino compartiendo totalmente la condición humana. La encarnación constituye su forma más radical de participación.
Inútil hacerse ilusiones. Para sentarse a la mesa con Cristo hay que dejar el propio puesto, el propio papel, abandonar el propio pun
to privilegiado de observación.
Únicamente en la confusión, o sea, confundidos en medio de la humanidad, mezclados con los demás comensales, comenzaremos a entender algo.
El escriba deja de ser escriba en el momento en que abandona sus libros, sus códigos, sus construcciones teóricas, y decide descu-

brir personalmente lo que sucede allá dentro. Y si sale afuera, será sólo para ir a corregir sus textos.
También para el escriba es posible la conversión. «Uno que sa
be» puede ser siempre admitido a ser «uno que aprende».
Depende de él. Se trata de dejar las dimensiones de la «secta de los separado's», para ponerse a la mesa con los demás.
No me inscribo en la cofradía de los huérfanos
Termino este encuentro con tres citas. La primera es de Oscar Wilde:
«Cuando pienso en la religión, siento que me gustaría fundar una orden para los que son incapaces de creer. Se podría llamar 'Cofra
día de los Huérfanos' . En su altar sin candeleros celebra, con pan no bendito y cáliz sin vino, un s~cerdote que no alberga la paz en su co
razón» (De Profundis).
Nunca me inscribiría yo en tal confraternidad. Pero, precisamen
te como sacerdote, me gustaría participar en una de sus reuniones para decides a los asistentes que, a pesar de las apariencias, no están huérfanos. Si acaso, es el Padre el que se siente huérfano de ellos, a lo que no se resigna. Y en cuanto a las velas, si no aparecen sobre el altar, lo cierto es que están siempre encendidas dentro de ellos, aun
que tengan la impresión de estar en la oscuridad.
El discurso se refiere más bien a los hijos devotos que, con de
masiada frecuencia, tienen un aire de huérfanos y, en medio del chis
porroteo de velas encendidas, celebran liturgias tristes en las que uno no se siente a gusto.
Totalmente distinta es la perspectiva en la que se coloca Teresa de Liseux:
«Señor, vuestra hija ha entendido vuestra luz divina y os pide perdón por sus hermanos. Ella acepta comer todo el tiempo que qui
siereis el pan del dolor y, ciertamente, no quiere levantarse antes del día asignado por vos de esta mesa llena de amargura en la que co
men los pobres pecadores» (Manuscrito C).
Finalmente, un teólogo contemporáneo, 1. M. Pohier:
«El Dios de Jesucristo no es un premio que la religión estaría en
cargada de asignar a los virtuosos y negar a los pecadores. Si el cris
tianismo quiere ser una religión cristiana, si procura en consecuen-

cia imitar lo que hizo Jesús, habrá de tratar a la adúltera, a la prosti
tuta, al publicano como los trató Jesús, no como espontáneamente los tratan los diversos sistemas civiles, sociales y hasta religiosos.
El Dios de Jesucristo no es un premio para el pecador arrepenti
do. Se diría, por el contrario, que el pecador es el que parece ser un premio para Dios, a juzgar por tantas parábolas ...
Pero podríamos preguntamos por qué se ha puesto tan poco empeño en buscar la especificidad de la moral cristiana y, en con
secuencia de la formación cristiana, en unas actitudes que resultan ser específicas de lo que fue Jesús y que, en consecuencia, debe
rían ser también específicas del cristianismo: cenar con meretrices y no convertir a Dios en un premio para los justos, haciendo, por el contrario, de lo que estaba perdido un premio para Dios» l.
1. 1. M. Pohier, ¿Predicar en la montaña o cenar con meretrices?: Concilium 130 (1977) 493-503.

7 Los que quisieran hacer ayunar a todos
« Un día en que los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunaban, fueron a decir a Jesús: '¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fari
seos ayunan y los tuyos no? '. Jesús les contestó: '¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mien
tras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos, no tiene sentido que ayunen. Llegará un día en que el novio les será arrebatado. Entonces ayunarán. Nadie cose un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo, porque lo añadido tirará de él, lo nuevo de lo vie
jo, y el rasgón se hará mayor. Nadie echa tampoco vi
no nuevo en odres viejos, porque el vino reventará los odres, y se perderán vino y odres. El vino nuevo en odres nuevos'» (Mc 2,18-22).
Preámbulos
Marcos presenta aquí una serie de encuentros que en realidad son choques o encontronazos con Jesús.
El anuncio gozoso encuentra, en su camino, impedimentos de varios tipos que retrasan u obstaculizan su difusión. Es el momento de la resistencia. Se vislumbra ya la oposición.
Se lanza la sospecha sobre la «buena noticia», se pone en duda la credibilidad del que la trae. Primero, cautelosamente; luego, de una manera cada vez más descubierta y hostil.
Entran en escena los enemigos que perturban, efectúan disparos de intimidación a base de disputas, polémicas, doctas discusiones con el fin de neutralizar la virtud del Evangelio, vaciado de su con
tenido novedoso y atrapado en la trampa de la controversia religiosa.
La autoridad de Jesús, que ha cuestionado la de los escribas, re
sulta a su vez también cuestionada.
Marcos consigna cinco discusiones religiosas, provocadas por episodios que ofrecen a los adversarios de Jesús el pretexto para in
tervenir. Será, pues, conveniente conocer el cuadro en su conjunto,

para colocar bien en él cada uno de estos encuentros-encontronazos de Jesús con los escribas:
El perdón de los pecados concedido al paralítico bajado a través del hueco en el techo: Jesús es acusado de blasfemia (2, 1-12).
Jesús se sienta a la mesa con pecadores, después de haber lla
mado a Leví: su comportamiento produce escándalo (2, 13-17).
Los discípulos de Jesús no ayunan: se enciende la disputa so
bre lo nuevo (2, 18-22).
Los discípulos no observan el sábado: provoca una diatriba contra este tipo de transgresiones (2, 23-28).
Jesús cura en día de sábado: polémica sobre la primacía de la persona sobre la ley (3, 1-6).
La narración se articul~ sobre un incidente que ocasiona la dis-
cusión y una declaración explícita de Jesús que manifiesta:
-tener poder de perdonar pecados;
-que ha venido a buscar a pecadores;
-que es el Esposo mesiánico que trae el gozo y la novedad radical;
-que es el Señor del sábado y el único intérprete de la Ley;
-que es el que da la libertad.
En todo esto puede registrarse ya una constante del evangelio de Marcos: el desvelamiento progresivo del misterio de Cristo y el desvelamiento del corazón del hombre con sus contradicciones de
bilida.des, miedos, rechazos, incertidumbres, obstinaciones, indom
prenSlOnes.
Que no se trata de discusiones académicas ni de ejercitaciones teológicas inocuas lo demuestra, entre otras cosas, el hecho de que la serie de controversias termina con la decisión de los fariseos y de los herodianos de acabar con Jesús (3, 6).
A través de estas disputas, aparentemente sin importancia, se proyecta ya, inquietante, la sombra del conflicto decisivo.
Cristo, piedra de tropiezo, señal de contradicción. Algo que nos afect~ a todos. Por lo cual también nosotros estamos llamados a pro
nunCIarnos.

En la mesa alguien ayuna ...
y he aquí el encuentro-encontronazo sobre el que queremos cen
trar nuestra atención.
Estamos todavía a la mesa. Antes, había alguno que no entendía, que no quería entrar donde estaba Jesús comiendo con pecadores, en la casa de Leví. Ahora hay alguien que, en vez de comer, ayuna y co
mienza a criticar a los que no renuncian a la comida.
Son casi siempre personas religiosas, ejemplares, intachables, de las que no trasgreden jamás un mandato. Como el hijo mayor de la parábola de Lucas (15, 29), que, testarudo, se negaba a tomar parte en el banquete.
Para los hebreos había sólo un ayuno, el del día de la Expiación (Yom kippur). Después del año 70, se haría ayuno para recordar la destrucción del templo, símbolo de todas las desventuras caídas so
bre el pueblo elegido.
Sin embargo, podían prescribirse ayunos especiales con ocasión de calamidades, como expresión de luto y de penitencia.
Los fariseos, que, en cuanto a celo (dicho sea sin ironía), eran in
superables, ayunaban voluntariamente dos veces a la semana, ellu
nes y el jueves.
El ayuno en cuestión, común a los discípulos de Juan y a los fa
riseos, puede haber sido determinado por la muerte o, más proba
blemente, por el arresto del Bautista.
El comportamiento distinto de los seguidores de Jesús causa es
cándalo en ciertos ambientes. Alguien pide explicaciones al Maes
tro. Esta vez es él el que debe justificar a los discípulos; en el caso anterior, la causa de la discusión era la actitud de Jesús.
Cristo responde con la imagen del esposo, bien familiar a sus oyentes. En el Antiguo Testamento, la alianza es presentada como un matrimonio: Yahvé es el esposo, Israel la esposa, Moisés el testigo. La ley contiene las cláusulas del compromiso.
Aquí, la llegada del Mesías viene presentada como «un tiempo de alegría» para el pueblo.
De ahora en adelante, la persona religiosa no se moverá ya con señales de luto, en el espacio sofocante de las prescripciones legales, sino en el terreno de la vida, del gozo, del amor.
En vez de salir al encuentro de Dios con sus buenas obras, el hombre debe dejarse inundar por el don.

La acusación que Cristo hace contra los discípulos de Juan y los fa
riseos es, fundamentalmente, la de no discernir los tiempos. Tanto si hacen luto como si ayunan porque viven en la esperanza, sus gestos re
sultan desfasados respecto al acontecimiento. Si miran hacia atrás co
mo si miran hacia adelante, no se dan cuenta del aquí, del ahora. Llo
ran y suspiran por una ausencia, y no se dan cuenta de una Presencia.
Puede también que el luto sea justo; pero no es este el tiempo, no es la circunstancia apropiada.
Con Cristo los comportamientos religiosos no están regulados exclusivamente por rígidas prescripciones, sino que tendrán que re
ferirse a su persona. El Esposo determina el comportamiento de los amIgos.
Hay además una referencia al tiempo en que el Esposo les será arrebatado (v. 20). Es una alusión discreta a la muerte de Cristo. En
tonces estará justificado el ayuno. Probablemente se trata aquí de un añadido de la comunidad primitiva, que veía con preocupación a al
gunos cristianos que se entregaban a comportamientos entusiástico s, olvidando que las fuerzas del mal están todavía presentes y que hay que combatirlas con las armas clásicas de la penitencia.
«Ya» y «todavía no»: he aquí la tensión que tendrá que vivir el cristiano, consciente de que el Cristo glorificado conserva las seña
les de los clavos. Su victoria no significa que ya ha terminado para nosotros el tiempo de la lucha.
Cristo, la novedad radical
Jesús inaugura la época del gozo -aunque no definitivo- y nos hace entrar en los «tiempos nuevos», de los cuales el vino es el sím
bolo más evidente. Llegando él, se viste el traje nuevo.
Con los dichos acerca del retal de paño áspero que no puede co
serse a un vestido viejo, o sobre los odres viejos que no pueden so
portar el vino nuevo, Cristo indica claramente que la novedad es él. Una novedad radical, incompatible con lo viejo.
El remiendo de paño burdo no abatanado, al mojarlo, se contrae y el vestido viejo termina por rasgarse todavía más. Daño y ridículo.
Más que de odres «viejos», me parece que debería hablarse de odres desgastados, muy usados, que no están ya en condiciones de soportar el ímpetu y la efervescencia del vino nuevo.

Consignemos algunos comentarios, muy acertados.
«Un mensaje nuevo debe encontrar un vehículo nuevo, si no quiere destruir y hacer perecer instituciones existentes» (V Taylor). «No se puede adoptar lo nuevo para remendar lo antiguo o para dejarlo caer en formas del pasado» (E. Schweizer).
«Un nuevo contenido necesita formas nuevas» (G. Dehn).
«La nueva alianza representa un salto cualitativo, efecto de la ac
ción de Dios que inaugura un futuro imprevisible. El criterio de no
vedad no es el tiempo, sino la persona de Jesús. La relación con él hace viejas e inútiles incluso aquellas ideas y aquellas estructuras que pretenden programar y manipular la libertad de la acción divi
na» (R. Fabris).
Por otra parte, ya san Hilario, comentando este episodio, había hecho resaltar que no se pueden acoger las cosas nuevas sino ha
ciéndose nuevos.
No es lícito obligar a la novedad del mensaje de Cristo a entrar en estructuras inadecuadas para contenerlo y expresarlo. Ciertas connivencias resultan equívocas y peligrosas.
En suma, el tiempo de la salvación se resuelve en una experien
cia de novedad. Y la novedad de Cristo conlleva una mentalidad nue
va. He aquí por qué la necesidad de conversión. Desde el momento en que Dios se ha abierto un camino hacia los hombres, es inútil tra
tar de encontrarle por nuestros viejos caminos.
Ya el Antiguo Testamento preparaba para esta idea: hay que cam
biar las formas para que estemos en condiciones de acoger lo nuevo.
Jeremías habla de una ley que no estará ya en lo externo del hombre, sino que estará grabada en su corazón (Jer 31, 31). Ezequiel declara inservible el viejo corazón de piedra: se necesita uno palpi
tante, de carne (Ez 36, 26). Isaías anuncia un proyecto todavía más revolucionario: cielos nuevos y tierra nueva (Is 65, 17).
Lo viejo no puede tener la pretensión de utilizar cualquier resi
duo de novedad para encubrir las grietas y asegurarse un poco de su
perVIVenCia.
Debe hacerse nuevo, no instrumentalizar lo nuevo para su propio embellecimiento y falsa juventud, no anexionarse lo nuevo para equívocas operaciones de conservación.
La reforma de la Iglesia no puede reducirse a una operación de cosmética.

Es ridículo y absurdo querer «salvar lo salvable», como preten
de hoy alguno, cuando está por medio uno que ha venido a re-hacer, a re-crear.
El discípulo no tiene ni siquiera necesidad de ponerse un traje nuevo. Debe revestirse de Cristo.
Discípulo de Cristo no es el que acepta lo nuevo en pequeñas do
sis. Es uno que se hace nuevo. Un hombre nuevo.
Tiene razón Raimundo Pánikkar: «No basta limpiar los cristales; tiene que irrumpir el día».
No basta lavarse la cara: hay que cambiarla
Cristo habla de una exigencia de conversión. Y conversión es cambio de cabeza -y de corazón-, no de peinado. Es transformación profunda, no operación,.de cirugía estética. Es cambio de mentali
dad, no de fórmulas.
No basta lavarse la cara: hay que cambiarla.
Pero hay todavía algo peor que coser un remiendo de paño nuevo en un traje viejo. Es poner un traje nuevo, o incluso juvenil, a un hombre viejo.
Hoy, probablemente, Cristo se hubiera servido de otra imagen: un trozo de papel, el retazo de un documento sobre un vestido ras
gado. Toneladas de palabras y de imágenes televisivas esparcidas so
bre gente indiferente.
«¿Qué puede suceder de nuevo al hombre viejo?» (Lanza del Vasto).
Bruno Maggioni escribe:
«Los hombres se resisten a la novedad. Con sus palabras sobre lo viejo y lo nuevo, Jesús señala una primera resistencia fundamental a la acogida de su mensaje: se puede rechazar la conversión evangéli
ca en nombre del equilibrio (¡la prudencia!) y de la tradición, dos valores más que suficientes para dejar en paz la conciencia. Equili
brio y tradición significan, en este caso, aferrarse al propio esquema y no querer renovarse.
Los fariseos pensaban que 'convertirse a Jesús' significaba in
troducir algún simple retoque (podríamos decir algún embell~ci
miento, algún añadido) en su sistema de vida, como si la novedad

de Jesús fuese una pieza nueva para ser puesta en un vestido vie
jo, como si fuese posible meter la novedad de Cristo en toneles VIeJOS.
Por esto, a pesar del encuentro con la palabra de Dios, no se da en nosotros el milagro de la conversión. No ofrecemos ninguna zo
na de sincera disponibilidad al cambio, a la inseguridad de la fe, a la acción que irrumpe de Dios.
Parece que tenemos el Evangelio en las afueras del pueblo, y nos hacemos la ilusión de ser seguidores de Cristo por haber levantado un monumento en su honor en medio de la plaza».
No confundamos, por favor, ajuste y transformación, «ponerse a tono» con los tiempos y conversión, «salto» de la fe y un giro más en el escenario mundano.
La Iglesia no es una viuda inconsolable y de lamentos
Volviendo al discurso inicial, diré que no se trata de poner en du
da la importancia de la ascesis en la vida cristiana, ni mucho menos de suprimir del vocabulario del discípulo palabras como mortifica
ción, ayuno, sacrificio, renuncia.
Más bien hemos de damos cuenta de que las prácticas ascéticas ~como el desierto- constituyen un paso ~necesario, doloroso-, pero no el punto de llegada en el itinerario de la fe.
La meta es el encuentro con Cristo, presentado como una fiesta de bodas.
No se trata de pasar la vida atormentándose, lo que puede ser to
davía un modo de ocuparse de sí mismo.
El cristiano, aunque sin salirse del camino del Calvario, debe quitarse el traje de luto, la máscara de la tristeza, los cantos de la
mentación.
La novedad radical de Cristo es una novedad gozosa. Por tanto hay que vestirse de «nuevo» y no hacer el ridículo sacando de los ar
marios empolvados el vestido viejo y comenzando a remendarlo, a tapar los agujeros más llamativos con piezas de aparente novedad bien poco creíbles, además de grotescas.
Arreglar la fachada es un modo malicioso de eludir el impacto de la exigente novedad evangélica.

Gracias a la resurrección, el Esposo que se nos había quitado nos ha sido devuelto. Por eso la Iglesia no es ya una viuda lánguida, ni los cristianos unos huérfanos exangiies.
El ayuno conserva toda su vigencia. Pero que no se convierta en una formq de autocomplacencia por nuestras prestaciones virtuosas, sino que se traduzca en solidaridad, en limosna, o sea, en acto de amor.
En un mundo en el que cientos de millones de personas se sacia
rían con las migajas que caen de nuestras mesas «virtuosas», el ayu
no más necesario es el de contribuir a quitar el hambre a los demás.
En el día del juicio, Cristo no te dirá: «Tuve hambre y tú has ayu
nado conmigo ... », sino: « ... y tú me has dado de comer».
i Qué hermoso sería si ... !
Qué hermoso sería poder vivir una experiencia de fe bajo la en
seña de la libertad y de la espontaneidad.
Ofrecer no una religión tétrica, aburrida, pesada y pedante, sino gozosa, abierta a la novedad y a la fantasía.
Escuchar una predicación que no presente el mensaje cristiano como pesadilla o espantapájaros, sino como una fiesta.
Participar en una liturgia en la que te entren ganas de ponerte a bailar.
Encontrarse no con un Dios que amenaza, sino con un Dios que seduce al hombre.
Vivir en una Iglesia que sea lugar de misericordia y de humanidad. Ver que se propone un cristianismo no hecho simplemente de de
cretos, prácticas, observancias, códigos, estatutos, sino que pone en contacto con el «Espíritu del Dios vivo».
Estar insertos en una comunidad en la que lo que predomina no es su preocupación por el funcionamiento, la regularidad y la organiza
ción, sino por promover la vida y favorecerla de un modo concreto.
Ser educados no para hacer referencia a normas externas, sino pa
ra escuchar una voz interior que invita a la responsabilidad personal.
Poder crecer no masticando papel y tragando tinta, sino descu
briendo el amor como ley fundamental de la existencia.
Ser considerados adultos, provistos de cerebro y de conciencia no delegables en el «personal de las obras».

Encontrar algún guía que, antes de decimos lo que debemos ha
cer y evitar, nos ayude a descubrir quiénes somos.
Sí, qué hermoso sería poder decir ... : «¡Qué hermoso!».
Las notas alegres en la partitura de la vida cristiana
Objetará alguno: «Tú quieres una religión fácil, de agua de rosas, a tu gusto».
Podría replicarle que no sueño con reivindicar una religión fácil.
Una religión fácil no tendría nada que ver con el mensaje de Cristo. Me contentaría con una religión que sea una respuesta coherente con las exigencias contenidas en la palabra de Dios, y no la estratifica
ción de costumbres y comportamientos impuestos por los guardia
nes de la ley.
Tampoco siento ninguna repugnancia a aceptar el ayuno, porque soy consciente de vivir en los días en que el Esposo nos ha sido «quitado». Pero intento ayunar sin darlo a entender, sin tomar un ai
re patibulario, antes bien, perfumándome la cabeza y los vestidos.
No, no soy alérgico al ayuno. Lo que pasa es que no puedo so
portar a ciertos cristianos que tienen la cara demacrada porque quie
ren hacer creer que se dan a la penitencia, pero que en realidad son incapaces tanto de ayunar como de hacer fiesta del modo querido por Jesús.
Su semblante feo no es señal de austeridad, sino de una pésima digestión de las bienaventuranzas evangélicas.
El vino nuevo de Cristo, en vez de subírseles a la cabeza, se les ha quedado en el estómago. De él han gustado sólo algunas gotas, abundantemente aguadas.
Cuando deberían alegrarse, parece que lloran. Y cuando lloran,
dan ganas de echarse a reír al verlos.
Llevan la buena noticia en un envoltorio de rayas negras, de luto. Si se atreven a hablar de esperanza, hacen temer lo peor.
y cuando hablan de amor, es en un tono amenazador. ..
Sé muy bien que, en la situación actual, junto a la alegría está la oscuridad, la duda, la incertidumbre, el desaliento. No rehúso comer «el pan del dolar» querido de Teresa de Lisieux. Pero quiero hacer
la como los primeros cristianos, «con gozo y simplicidad de cora
zón» (Hch 2, 46).

El vestido al revés
Observando determinados comportamientos, se tiene la desagra
dable impresión de un desfase. Pero no es que el reloj esté parado. Lo que pasa es que las manecillas van en sentido contrario.
Cierto's semblantes de personas practicantes no llevan marcado el mensaje de Cristo, sino su caricatura.
Hablan de «ilustraciones prácticas». Pero viéndolas, esas ilustra
ciones parecen negativos inquietantes, radiografías ennegrecidas. Se entrevé un esqueleto. Una calavera, más que una cabeza de resuci
tado. Su sonrisa te deja helado.
Encuentro creyentes que no es que lleven hábito viejo ni nuevo.
Tampoco es cuestión de remiendos ni apaños. Es que el suyo es un vestido al revés, o el revés de un bordado.
Y tropiezo también con otros que no producen ni vino nuevo ni viejo. De sus odres unt~osos sólo sale vinagre y de la peor calidad, que no vale para dar sabor a la vida.
Ciertas personas, hasta cuando ofrecen miel te dejan en el pala
dar un sabor amargo.
Y si te aprietan «calurosamente» la mano algo humedecida, te dan escalofríos.
Si luego te invitan a una fiesta, ¡prepárate para un aburrimiento mortal!
El disfraz, o sea, el vestido nuevo sobre el viejo
Es necesario destacar una variante actual del tema evangélico del «remiendo de paño nuevo en un vestido viejo». Alguien en la Iglesia ha logrado hacer algo todavía peor. Sin demasiada convic
ción y con mal disimulado fastidio, se ha puesto el traje nuevo co
sido por el Concilio. Pero debajo, por precaución, ha mantenido aquel más seguro de las costumbres del pasado, de las antiguas mentalidades.

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