EL DIOS DE JESÚS.

EL DIOS DE JESÚS ES AMOR GRATUITO.

DIOS se acerca a los hombres con su Reino porque es misericordioso y ama gratuitamente.
Juan Bautista anunciaba la venida próxima y justiciera de Dios. Jesús, por el contrario, acentúa el carácter de salvación y gracia del Dios que se acerca. Estamos, sin duda, en el corazón de la experiencia religiosa de Jesús y con lo que introdujo un fuerte conflicto con la idea de Dios preponderante en el judaísmo de su tiempo. Dios busca la oveja perdida. No hace discriminación de personas. Es perdón gratuito. Jesús mismo trata con publicanos y pecadores, con  máximo escándalo de los sectores judíos tenidos por más religiosos. En efecto, en aquella sociedad teocrática, «pecador» era una designación sociológica de personas que desempeñaban determinados oficios considerados impuros (pastores, recaudadores, teñidores o curtidores de pieles, etc.), que eran, por lo mismo, marginados y con los que un fiel judío no podía tratar.
Jesús transgrede reiteradamente estas convenciones y tabúes sociales. Es uno de los rasgos más claros de su comportamiento. Y ante las críticas y murmuraciones se justifica remitiéndose al corazón mismo de Dios, que El hace presente: «Yo actúo así porque Dios busca a la oveja perdida, se desvive por los pecadores, es amor gratuito».
Jesús habla de Dios, sobre todo, utilizando un procedimiento poético, interpelante, muy sugerente y, a la vez, netamente popular: las parábolas. Son narraciones sencillas, extraídas de la vida cotidiana, pero que presentan un elemento sorprendente, que da que pensar. E inmediatamente se cae en la cuenta de que el juicio emitido sobre el relato parabólico, en realidad, interpreta e ilumina la situación vivida por el interlocutor. Propiamente hablando, las parábolas no son interpretadas, sino que son ellas las que interpretan la situación real. Con las parábolas se pretende interpelar al oyente y ofrecerle una nueva posibilidad de existencia abierta cuando el Dios de Jesús entra en su vida.
A los escribas y fariseos que murmuraban diciendo «este acoge a los pecadores y come con ellos» (Le 15,2), Jesús les cuenta la parábola «del hijo pródigo» que, más propiamente, habría que llamar «del amor del padre». En efecto, lo que está en juego en ella es el amor misericordioso del Padre, que todos los días otea el horizonte y espera el regreso del hijo pródigo; que cuando éste retorna no pregunta nada, corre a su encuentro, se echa a su cuello, le llena de besos, le viste con las mejores galas y organiza una gran fiesta para celebrarlo.
Se nos describe un comportamiento inaudito en un viejo patriarca oriental: ahí reside el elemento sorprendente, que da que pensar, que nos pone en la pista del Dios de Jesús y de la originalidad de su actitud.
Pero la parábola continúa con una segunda parte, en la que se pone un énfasis aún mayor.
El hijo mayor, fiel a la ley, se llena de santa indignación, no comprende el comportamiento del Padre y no quiere entrar a participar en el festejo. A él no se le había ofrecido una fiesta semejante, pese a que había servido fielmente al Padre y había cumplido todos sus preceptos. En su actitud se percibe la idea dominante en el judaísmo del tiempo sobre la recompensa por la observancia de la ley, que incluye un desprecio por el considerado pecador: ni siquiera llama al hijo pródigo «mi hermano», sino que dice distante «ahora que ha venido ese hijo tuyo». Pero el Padre quiere que también el hijo mayor comprenda y participe de su alegría: «convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida».
El Dios de Jesús establece unas relaciones personales con el hombre, basadas en su amor misericordioso, gratuito e inquebrantable. No es una relación fundamentada en los méritos que el hombre puede contabilizar cumpliendo la Ley. No: toda la iniciativa es de Dios para establecer una relación personal. De ahí la respuesta al hijo mayor: «Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo».
En el mismo capítulo del evangelio de Lucas, presenta Jesús una parábola más sencilla para dar a conocer a este Dios misericordioso: la parábola de la oveja perdida (Le 15,4-7). El pastor ama más a la oveja perdida precisamente porque se ha perdido. Se pone a buscarla sin preocuparse tanto de las demás, se desvive por ella y, cuando la encuentra, se llena de alegría que parece desproporcionada, mucho mayor que por las noventa y nueve cuyo reencuentro es obvio.
Es interesante la versión que de esta parábola  da el evangelio de Tomás, apócrifo del siglo II y de tendencia gnóstica. Dice así: «El reino se parece a un pastor que tenía cien ovejas. Se perdió una de ellas que era la más gorda. Él dejó las otras noventa y nueve y buscó a ésta sola hasta encontrarla. Tras esa fatiga le dijo: te amo más que a las noventa y nueve». Esta versión trivializa radicalmente la novedad del Dios de Jesús. El evangelio de Tomás permanece en una relación religiosa basada en el mérito: el pastor busca a la oveja perdida porque «era la más gorda». Para Jesús esta oveja es la más querida, no ya antes de perderse, sino por haberse perdido. Aquí radica el elemento conflictivo o provocativo de la parábola. La relación con Dios se basa en el amor gratuito y sorprendente de Dios.
Tan temprana tergiversación del evangelio de Tomás no resulta extraña. En el fondo, nos cuesta creer en el amor infinito y gratuito de Dios. El hombre busca seguridad y saber con precisión a qué atenerse y, para ello, quiere acumular méritos cumpliendo la Ley; ingenuamente pretende fundar su vida religiosa en sí mismo. Jesús rompe esta imagen de Dios. Con sus palabras y actitudes anuncia a un Dios que sale al encuentro de los pecadores y marginados y nos invita a vivir con un talante radical de confianza y acogida de su amor, que nos precede y acompaña. Con toda precisión lo dice más tarde San Juan: «Dios es amor» ( l j n 4,8-16).
Hay otra parábola muy antigua, que nos resulta culturalmente muy lejana e, incluso, quizá desagradable a primera vista, pero que nos lleva al centro de la espiritualidad de Jesús. Es la parábola del ciervo inútil (Le 17,7-10). La espiritualidad judía de la época estaba basada en el cumplimiento estricto de la Ley. Su conocimiento exacto era, obviamente, prerrequisito esencial. Pero esto era bastante complicado y, por tanto, inasequible a los 'amm hd'dres, al pueblo sencillo, que se encontraba así en inferioridad de condiciones e, incluso, en inferioridad respecto a la salvación.
En la relación con Dios se interponía una Ley objetivada, cuyo cumplimiento minucioso proporcionaba méritos y podía dar la certeza de la salvación.
La parábola de Jesús sobre el siervo inútil es un ataque frontal contra esta espiritualidad y a favor del pueblo sencillo. El recurso a «un siervo», que puede resultar desagradable a nuestros oídos, es plenamente normal dada la situación del tiempo de Jesús. El siervo no tenía derecho jurídico a recompensa, pero su condición era muy benigna en Israel, se establecía una relación personal con él en la casa y, con frecuencia, era prácticamente un miembro de la familia. En varias parábolas, el  siervo aparece en íntima vinculación con su señor. En cambio, la relación con el asalariado o jornalero era jurídica, mucho más externa y limitada en el tiempo: una vez se le pagaba la recompensa el vínculo dejaba de existir. Pues bien, Jesús dice que ante Dios somos siervos (Le 17,10).
En esta parábola, el elemento sorprendente radica en que el fiel observante y devoto no puede reclamar recompensa alguna, lo cual pone en entredicho las concepciones judías del tiempo. Nuestra sujeción a Dios es total, como la de un siervo. Pero Jesús añade: esto constituye la personalización más sublime del hombre.
La Ley pierde su carácter de hipóstasis que se interfiere entre Dios y el hombre. El hombre vuelve a estar en relación directa e inmediata con Dios. La Ley valdrá en cuanto su contenido exprese la voluntad de Dios y no por ser una instancia formalmente vinculante.
En una relación personal no caben cálculos, ni se piensa en premios o recompensas. Se radicaliza la entrega personal a Dios y se destruye la observancia meramente jurídica de la Ley como garantía de salvación.
Otra parábola que aclara un aspecto esencial del Dios de Jesús es la del «siervo sin entrañas narración es la misericordia del Rey, que perdona diez mil talentos, suma enorme equivalente, poco más o menos, a los ingresos fiscales de un año del reino de Herodes. Pues bien, el Rey lo perdona sin contrapartida alguna.
El perdón es expresión eximia del amor. Y el perdón-amor de Dios es gratuito, supergeneroso, precede al nuestro y debe ser el fundamento de nuestro comportamiento con el prójimo: «Yo te perdoné toda aquella deuda...
¿No debías tú compadecerte también de tu compañero del mismo modo que yo me compadecí de ti?» (Mt 18,32-33).
Gustavo Gutiérrez ha dicho con audacia y profundidad teológica que hay que «practicar a Dios». Porque hay que insistir: no se trata de cumplir una ley externa y objetiva. Hacer la voluntad de Dios, más que responder a Dios es corresponder a Dios, hacerse afín a Él y desarrollar su presencia. El creyente ama y perdona porque es amado y perdonado por Dios. El amor a los enemigos, precisamente porque es el más gratuito y desinteresado, supone la máxima identificación con Dios. Quien lo practica se hace hijo del Padre celestial, «que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45).

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