EL CONCEPTO BÍBLICO DEL PECADO

El Pecado

“El concepto bíblico del pecado”



El término usado para el pecado con mayor frecuencia en el A. T. es hattā´t (en varias formas). Su raíz significa “extraviarse” o “errar en el blanco”. Se refiere a la acción que falla porque no alcanza su objetivo: obediencia a la voluntad de Dios. Una obligación no cumplida cae en esta categoría de fallar, correspondiendo bien con hamartia (pecado) en el N.T.
Muy común también es ´āwoń, “perversión”, “distorsión”. Acción inicua está a la vista, que se opone contra lo que es recto y se conforma con una regla. Incluye una evaluación de un acto cometido a la luz de lo que es correcto y revelado. Incluye por tanto, el sentido de culpa atribuido al error.
Trasgresión representa pesa´, ligado al verbo que significa “rebelarse” (ver Rom. 12:19 “Israel se mantiene rebelde” (“trasgredió”) contra la casa de David hasta el día de hoy”). Significa rebelión contra una ley o legislador. Detrás de este término hay alguna implicación de la existencia de la revelación de Dios y Su alianza contra las cuales el pueblo se niega a someterse.
Maldad (rasa´) aparece cuando el pecado se vuelve hábito inveterado o un estado fijo. Invariablemente es visto como contrario de sadiq, “justo”.
´Asam (trasgresión) se trata de un estado de culpa provocado por falta de cumplimiento de una obligación y exige una ofrenda de expiación. Otros términos se limitan al significado de infidelidad o traición contra Dios o los hombres. El término “malo” “inicuo” (ra´) muy usado en el A. T. indica la estrecha conexión entre pecado como ofensa moral y un efecto de maldad (muchas veces en forma de castigo). El árbol prohibido de Adán y Eva era del “conocimiento del bien y del mal” (Gn. 2:9). Dios mismo crea este mal (Is. 45:7) no contrariando su propia ley y justicia. Por el contrario, exige la aplicación de parte de Dios del castigo y pago del mal cometido.

El concepto de pecado en el A. T. muestra la nítida separación entre Israel y las naciones. Los hebreos teniendo la revelación de la ley, conocían a Dios; el mundo pagano quedó hundido en la ignorancia, rebelión y pecado. Sin conocer al Dios vivo y Su ley, el hombre encara el pecado como un tabú violado provocando consecuencias nefastas pero naturales. Extirpar los efectos requiere ritos religiosos o la magia. Los autores bíblicos, conscientes de la alianza con Dios y con el prójimo, afirman que el amor refleja la mayor obligación (Dt. 6:5; Lv. 19:18). El pecado sería un aspecto de relación violada profundamente ligado a la vida. Es Dios, que por sus leyes y relaciones, ofrece al hombre la vida. Contrariar las leyes por las cuales Dios mantiene su relación con el hombre y la sociedad, significa pecar contra Dios (cf. Sal. 51:4) y de allí esperar el castigo, o también aguardar la muerte. Guerras, adversidades, sequías y catástrofes entre muchas otras calamidades, eran señales patentes de justa retribución divina. Los profetas, especialmente enviados por Dios, llamaron al Pueblo de Alianza al arrepentimiento para evitar el castigo justo del Rey divino.

El Pecado en el Nuevo Testamento.

Las raíces del pensamiento sobre el pecado en el N.T. radican en el A.T. El pecado provoca la misma ofensa contra el Dios justo, la misma culpabilidad en toda la Biblia.

El vocablo que ocurre más frecuentemente es hamartia, “pecado”. Enfatiza una falta, el error, una ofensa que produce deuda moral. Acarrea la culpa en relación a Dios y al prójimo. Pablo afirma que el pecado entró en el mundo (tiene aspecto casi personal) trayendo la muerte en su seno (Ro. 5:12). He. 3:13 revela el carácter engañador del pecado: “exhortaos mutuamente cada día… a fin de que ninguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado”. La definición que Juan nos ofrece: “el pecado es la trasgresión de la ley” ilumina este término en el sentido de desvío de la voluntad de Dios (1 Jn. 5:17), el quebrantamiento de una relación con El.

Ilegalidad (anomía) se opone específicamente contra la justicia y la santidad en Ro. 6:19 “… Ofrecisteis vuestros miembros para la esclavitud de la impureza y de la maldad, así ofrecéis ahora vuestros miembros para servir a la justicia para la santificación”.

Injusticia (adikia) implica un alto mal, una intención de perjudicar (cf. 2 Co. 12:13). Cristo murió como el justo por los injustos (1 P. 3:18). El que es injusto se coloca en contraposición de aquello que es cierto y justo. Refleja la ley escrita en el corazón (Ro.2:14, 15), aquella revelación “natural” que toda la raza tiene porque conoce a Dios sin preocuparse de El (Ro. 1:19, 21). Dios escribe en el corazón de los gentiles la obligación de la ley (la voz pasiva muestra esto en Ro. 2:15, confirmada por pasajes en Jer. 31:33, 2 Co. 3:1-3). Fuera de a Biblia adikia se refiere a lo que está contra la ética, mientras asebeia (“impiedad”) significa “despreciar a Dios”. Pero la revelación afirma categóricamente que: la injusticia es pecado contra Dios.

Pecado se identifica como incredulidad (apistis). No evita creer, pues cree en la mentira, promulga la ilusión, cae en la idolatría, la consecuencia de la equivocación. Los pecados cambian la verdad de Dios en mentira, “adorando y sirviendo a la criatura en lugar del Creador” (Ro. 1:25). Como seger en el A.T., adikia se opone a la verdad (cf. Jn. 7:18). Pone al hombre en alianza con Satanás, padre de la mentira y fuente de todo engaño (Jn. 8:44).

No encontramos palabras para denotar el pecado en el Nuevo Testamento que no implique la apostasía, ilegalidad, desobediencia y la violación de la orden divina. Se nota que Pablo no usa hamartia en Rm. 1:18ss, en relación a los pecados de los gentiles, pero adikia (injusticia) y asebeia (impiedad) apuntando a la responsabilidad de los que deberían haber conocido y glorificado a Dios. Así debemos reconocer que el pecador no peca en la ignorancia.

Fundamentalmente en esta presentación del hombre como pecador es la doctrina del hombre creado por Dios, y la consecuente finalidad de su existencia. Todas las cosas emanan de Dios y por tanto todo existe para El (Ro. 11:36); la responsabilidad que todo ser inteligente tiene, parte del hecho que él fue criado por Dios y para El. La esencia del pecado se muestra en la humanidad viviendo para sí. Se define esta pecaminosidad como el hombre determinando mandar en su vida, deseando usurpar la posición del Creador. Viola su auténtica humanidad y cae en la insensatez (Ro. 1:21; 1 Co. 1:19). Términos tales como “vanidad”, “corrupción”, “muerte”, “oscurecimiento”, “alienación”, “esclavitud” describen cabalmente las consecuencias del hombre por haber buscado su propia gloria en lugar de la del Creador (Ef. 4:18; 2:1, 5; Ro. 7:10). La vida y el bien existen únicamente en una relación verdadera con Dios. El pecado desvía al pecador hacia la muerte. Porque todos pecaron, todos igualmente quedaron destituidos de la gloria de Dios (Ro. 3:23).

Parabasis (trasgresión) evidencia el pecado como ruptura de una ordenanza de la ley o falta de respeto a las obligaciones de la alianza. Así mismo, jactándose de los privilegios de ser el pueblo elegido de Dios, Pablo declara que por causa de las trasgresiones de la ley los judíos son pecadores igualmente condenables como los despreciables pecadores gentiles (Rom. 2:17-29; Gá. 2:15). “Si eres… trasgresor de la ley, tu circuncisión ya se tornó incircuncisión” (v. 25). Trasgresión anula una oposición de privilegio. Ningún sacramento ni la circuncisión tienen fuerza alguna para borrar la culpa en que la trasgresión de la ley incurre. La propia ley, como voluntad de Dios revelada, condena al pecador que hace aceptación de persona, como trasgresor de la ley (Stg. 2:9).

Teología del Pecado

La Biblia no ofrece esperanza al pecador que descansa sobre ritos religiosos, actos sagrados o en “obra de la ley” para extirpar su responsabilidad ni menguar su culpa delante de Dios y su prójimo. Solamente a la luz de la fe, un conocimiento genuino de Dios es que el hombre se confronte con el poder del pecado. “Ninguna de las profundidades de nuestra existencia que sabemos percibir, experimentar y medir como tales, es la profundidad de la caída del hombre en el pecado”. Cuando, como Isaías, somos expuestos a la luz de la justicia de Dios, no tenemos otra reacción a no ser: “Ay de mí por que soy pecador”. La santidad de Dios ilumina la profundidad de la pecaminosidad. Por eso Pedro exclamó: “Señor, retírate de mí, porque soy pecador” (Lc. 5:8).

Nunca debemos pensar del pecador en términos fatalistas que apagan la culpa o niegan la capacidad humana de escoger. La Biblia no explica el origen del pecado en la naturaleza mala de la materia de que el hombre está formado, como los gnósticos enseñaban. Ni acusa al demonio como un ser superior que fatalmente vence y hunde al hombre en el mal. “Cuando suena la pregunta divina: ¿Qué es eso que hiciste? Esta pregunta no surge de la fatalidad, pero sí de la caída y rebelión, del acto de pecado, que es respondido con maldición y juicio y con expulsión del paraíso” (Gn. 3:23-24). Si Satanás llena el corazón de Ananías y de Safira para mentir contra el Espíritu Santo, también leemos que ellos asentaron “en el corazón este designio” (Hch. 5:4) y “entraron en acuerdo para tentar al Espíritu Santo” (Hch. 5:9). Inevitablemente la seducción y la tentación complican y dificultan la lucha humana mas no destituyen al pecador de su obligación delante de Dios. No se trata de ignorancia disculpable, más de la culpa misma en su pecado. Esta ceguera es relacionada con la alienación de Dios, con la elección oscura e insensata de la desobediencia; en la cual el hombre piensa él mismo distinguir entre el bien y el mal cuando el hombre transgrede  el mandamiento que es dado.

La doctrina bíblica va más allá de la declaración innegable de la pecaminosidad universal humana. Todos los pecadores participan activamente en este aiōn (“mundo”, “época”, “siglo”), esclavizado e infiltrado por el espíritu satánico que opera en los “hijos de la desobediencia” (i.e. que no se sujetan a Dios y Su ley, Ef. 2:2). Este siglo (aiōn) es malo (Gá. 1:4) alienado del Espíritu de Dios. El mal del mundo se manifiesta en la sistematización del error. Tal como el anticristo, el falso profeta (Ap. 13) y la Gran Meretriz Babilonia (Ap. 17, 18), este aiōn galardona a los que siguen sus directrices y castiga cruelmente a los que viven santa y piadosamente en este siglo (Ap. 13:6ss, 17). Un hombre abrió la puerta para que el pecado ganara acceso al mundo. Todos los que están en Adán, la cabeza de la humanidad, no regenerada, participan de la culpa del pecado de Adán que originalmente cometió. Envolvió toda su posteridad en aquel acto de trasgresión y su castigo, la muerte (Ro. 5:12-14)… “Por la desobediencia de un solo hombre muchos (i.e. la humanidad) se convirtieron en pecadores” (Ro. 5:19).

La intención de Pablo es de mostrar que todos los hombres son constituidos pecadores en consecuencia del pecado de Adán y la participación de ella. Este pecado universal, colectivo, se expresa individualmente en la reacción del hombre contra la ley, contra la bondad expresamente revelada por el Creador y Legislador. Epithumia (“concupiscencia”, deseo contrario al deseo divino) sería el desear hacer bien delante de Dios (comp. Ro. 7:7-10; Lucero). La “depravación total” quiere decir que el pecado alcanza a todos los hombres; los buenos y malos, los cultos y los incultos, los civilizados, los indígenas. “No hay ningún justo, ni siquiera hombre religioso; Ro. 1:21-23), su cuerpo (1 Co. 6:13), el intelecto (Ro. 1:28; 8:7; Ef. 4:17) y sus emociones (Ro. 1:26). No todo lo que el hombre hace es malo, ni todos practican todas las posibles formas de maldad. Así mismo toda la raza adámica se caracteriza por la “carne” esa “condición pecaminosa de la naturaleza humana, y según su manifestación corporal”. De hecho el pecado tiene muchas manifestaciones mas su esencia es una. Un ser moral, creado para rendir culto delante del trono de Dios, se asienta en el trono de su propio ego; desde esa posición elevada declara “yo soy”. Allí está el pecado en su esencia concentrada; mas por ser natural da la apariencia de ser bueno. No importa qué posición el hombre alcanza en la escala mundana, él no deja de ser rey en sus propios conceptos. Todos queriendo su propia gloria quedan separados de la gloria que únicamente Dios puede dar (Jn. 5:44).

Esta visión bíblica del hombre caído no haya expresión convicta en los púlpitos y en los lares de América Latina. En cuanto al catolicismo cree en la aniquilación del pecado original por el bautismo de la criatura, los evangelios tranquilizan a los miembros de las Iglesias con la doctrina, poco comprendida, de la seguridad eterna de los santos, significando aquellos que pasaron por un rito de iniciación. En poca evidencia está la profundidad personal del pecado en contra de la bondad revelada del Dios Vivo.

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