Cristo y los poderes.


Por  Ausencio Arroyo.

Los poderes son: los sistemas, las instituciones y estructuras que transforman la sociedad en una trama de relaciones y poder. Los poderes nos rodean, son necesarios y útiles. Para el Nuevo Testamento “Los principados y potestades” son una categoría genérica que se refiere a las fuerzas que determinan la existencia ya sean: físicas, psíquicas y sociales.

Estos poderes, usualmente consisten, de una manifestación externa y una espiritualidad interna o interioridad.  Los poderes, para ser efectivos  deben encarnarse, institucionalizarse o sistematizarse.  Tienen un aspecto dual, poseen tanto una forma visible exterior (constituciones, jueces, policías, líderes y oficinas) como una parte interior, invisible que provee su legitimidad, conformidad, credibilidad y fuerza.

En el mundo antiguo la gente discernía y describía la interioridad de las cosas por el único sentido accesible para ellos: la proyección simbólica. Este es el caso del problema del mal que vemos o que padecemos. El mal es casi imposible abordarlo exclusivamente de forma intelectual. “El mal deber ser simbolizado precisamente porque no puede ser pensado” (P. Ricoeur).

Todos los poderes, cualesquiera que sean, fueron creados por y para Jesús, Colosenses 1:16. Los poderes en sí son buenos. Son los elementos básicos que hacen posible la vida. La vida es gobernada por una serie de poderes. Sin embargo, los poderes se rebelaron, abandonaron su razón de ser. La persona, apartada de Cristo está a merced de los poderes.
Las Escrituras nos enseñan que Jesús derrotó a los poderes en la cruz. 1 Cor 2:8; Col 2:13-15.
La tarea de la iglesia consiste en unirse a Cristo en su lucha contra los poderes, entendiendo que necesitan ser sujetados. Efesios 3:10.

En la actualidad algunos autores afirman que: “El diablo es intelectualmente indefendible, y una vez que se comprendió que la concepción de los poderes de mal son sólo una representación de la experiencia de las gentes, no importa cuando exactamente, pero el diablo empezó a marchitarse.

Con sólo la experiencia del sentido y la razón para seguir, y sin un lugar racional para una causa primera del mal, las personas ilustradas simplemente dejaron caer el diablo de su consideración. Con la experiencia psíquica directa, sin ningún argumento admisible extenso como evidencia de su realidad, el diablo se tornó tan bueno como muerto. Este cuadro no se altera esencialmente por las estadísticas que muestran que la creencia en Satanás esta grandemente en aumento.

La imagen de Satanás se ha tallado conforme a la figura de un ser personal cuyas solas obsesiones parecerían ser: la promiscuidad sexual, rebelión juvenil, crimen, pasión y codicia. Aun cuando no son triviales, estas preocupaciones disimulan ampliamente los voluminosos males satánicos que se zambullen y manejan nuestros tiempos como una lancha ante un mar enfadado.

El concepto de Satanás en la Biblia es difícil de explicar porque presenta dos polos: por un lado; se le describe como un siervo de Dios y por otro lado, aparece como el malo que amenaza destruir al hombre.

SATAN COMO UN SIERVO DE DIOS
La idea más antigua acerca del bien y del mal es: que todo pasa por causa de Dios, como lo atestiguan las siguientes citas:
Deuteronomio 32:39 “Yo mato y yo hago vivir...”
Isaías 45:6b-7 “Formo la luz y creo las tinieblas…”
I Samuel 2:6-7 “Jehová empobrece y él enriquece…”
Cuando el faraón se resistió a la liberación de Israel, no lo hizo de su  libre voluntad, sino porque Dios endureció su corazón. Éxodo 4:21; 7:3ss y Josué 11:20

Así también, Yahvé envió un espíritu malo a Saúl  I Samuel 16:14-16, 23 y envió espíritu de mentira en los 400 profetas de la época de Acab I Rey. 22:22; cf. II Samuel 17:14.
Es contradictorio que Dios, por un lado llame a Moisés a liberar a Israel de Egipto y, por otro, trate de matarlo en el camino. Éxodo 4:24-26ª

Esta explicación comenzó a inquietar, y los pensadores bíblicos se preguntan ¿Cómo puede Dios demandar justicia y causar el mal, al mismo tiempo?

Gradualmente Yahvé llegó a representar el lado luminoso diferenciándose del oscuro. Ejemplos:

II Samuel 24:1 Yahvé enojado incitó a David a censar el pueblo. En I Crónicas 21:1 dice que fue Satán, los revisores de la historia sagrada modificaron la declaración. El adversario asumió la función del ejecutor de la ira de Dios. Satán es un agente provocador que planta ideas opresivas en la mente de los mortales. (No es caos, ni rebelión).

Zac. 3:1-5 Satán aparece en el rol de acusador o fiscal. Satán repite lo que han dicho los profetas: Israel es culpable del exilio porque desobedeció a Dios. La culpa es real y es merecida. Sólo la gracia inmerecida de Dios logrará cambiarlo.
Satán aquí no es demoníaco.  Es la interioridad o voz colectiva de condenación que cualquier persona sensitiva escucha incansablemente repetidas acusaciones de culpa o inferioridad.  Satán es el demandante de estricta justicia.

En Job 1:6-12, Satán asume el rol de un fiscal de distrito, es un celoso buscador de infractores para llevarlos a la justicia divina.  Es un agente provocador.

El celo excesivo por la justicia siempre llega a ser satánico. Sólo Dios es supremo. Satán aparece integrado en el Consejo divino, se muestra como un siervo fiel, sumamente celoso, encargado del control de calidad y de probar la fe de los creyentes.

En estos tres pasajes Satán es más una función (en hebreo la expresión hasatán se traduce como el acusador o el adversario) que una personalidad.  En el período del intertestamento y en los tiempos del Nuevo Testamento y de la iglesia primitiva, cuando Satán “gana reconocimiento” y llegará a ser el enemigo de Dios, el padre de mentira.  Pero también hay pasajes del Nuevo Testamento en los que Satán continúa una función como siervo de Dios.

Lc. 22:31-34. Satán cumple una función de probar los corazones.

I Cor. 5:1-5. Pablo quiere que el hombre incestuoso sea disciplinado para su salvación.  La exclusión estaría guiada por Satanás. Luego ocurrirá el perdón II Cor. 2:5-11.
Cuando la iglesia condena, representa la actitud de Satán. Al perdonar, la iglesia está tomando el papel de ángel de Yahvé de Zac. 3:1-5. Satanás no es un operador independiente, sino el interior y actual espíritu de la misma congregación que falló de un modo acusatorio.
Su papel no es ni bueno ni malo, son nuestras elecciones lo que hace que cristalice en una u otra cosa.

I Tim. 1:20
Pablo dice sobre sus adversarios: “Los entregué a Satanás, para que aprendan a no blasfemar”. No habla de que los envió al infierno para un daño eterno, sino a algo que espera que produzca un cambio y dejen de blasfemar. Fueron excomulgados para que recuperen el sentido de buena conciencia.

Mt. 4:1-11 (Lc. 4:1-13).
Dice que Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado (Probado) por Satanás. Si Satán es el mal personificado; no tiene sentido que el Espíritu lleve a Jesús a las manos de Satán. Pero, si es el examinador celestial entonces sí.  “Jesús rechaza la tentación y opta vivir por cada Palabra de Dios (Deut. 8.3). Esa palabra había sido “Tú eres mi hijo amado”.
Después del éxito de enfrentar una tentación somos más vulnerables.  Las tentaciones representan las expectativas mesiánicas de Israel.  Un profeta mosaico, un Mesías sacerdotal, un rey davídico. No le ofrece cosas malas sino lo más grande y bueno que conoce Israel.  Lo satánico más difícil de discernir es cuando nos ofrece lo bueno en lugar de lo mejor.
La conciencia del diablo es útil, la inconsciencia del diablo es peligrosa.

II Cor. 12:1-10
Satán asistió a Pablo cuando éste no podía hacer que muriera una parte de su ego.

I Cor. 7:5
Satán opera como un termostato.

Ef. 4:26-27
Ser concientes del enojo o de lo contrario el diablo trabaja para hacer el mal. El enojo en sí no es satánico, pero lo que surge de un enojo que se acumula sí.

Santiago 4:7
Nosotros provocamos el aspecto demoníaco de Satanás, por nuestra negativa a encarar la alternativa que Dios plantea.

Judas 8-9 (II Ped. 2:10-11).
La escritura enseña que no debemos injuriar al diablo.  Miguel clamó a Dios para que reprenda a Satán, no porque Satán sea malo, sino porque es un “legalista”.
Eclesiástico 21:27 “cuando un impío maldice a Satanás, maldice su propia alma”.

En esta dimensión, Satán trabaja para Dios como un agente secreto, probando a la gente para encontrar quien es bueno o malo, pero realmente no pelea con Dios.

La otra dimensión de esta figura es la de Satán como el malo.

II. SATAN COMO EL MALO

El agente provocador
Es un poder dentro del poder. Era necesaria una mejor explicación del origen del mal.

La caída de los ángeles.
Satán es llamado “el diablo” que significa: Un falso acusador, calumniador o difamador.

La caída de Satán.
La caída de Satanás tomó lugar, no en el tiempo o en el universo sino en la psiqué humana.


Jn. 8:44 Llegó a tomar una personalidad corpórea en el mundo

I Jn. 5:19 Satán ha asumido el aspecto de una agencia sobrenatural, espiritual, no física de la sombra colectiva, la suma total de todas las tinieblas individuales, el malo, la cólera irredenta y el miedo de toda la raza y todos los ecos y reverberaciones aún vibrantes a través del tiempo desde aquellos que han escogido el mal antes que nosotros.

II Cor. 4:4 Satán es el dios de este mundo.
Porque los seres humanos lo hemos hecho dios, como consecuencia de una búsqueda voluntariosa de nuestra bondad, sin referencia a ningún gran bueno, así alineamos nuestra ansiedad humana con el espíritu del mismo narcisismo. Esto es antitético de la necesidad de un universo armonioso y ecológico. Satán ha llegado a ser, por nuestra actitud de entregarle el mundo, el principio de nuestra propia autodestrucción.

Lc. 4:6 Dios le permite el poder, pero está condicionado a que lo reconozcamos.

Satán es un ramillete de ideas. Es una profunda experiencia numinosa, un poder misterioso en la vida psíquica e histórica de la gente real.  Satán es la interioridad real de una sociedad que busca idolátricamente  su misma elevación como lo más bueno. Satán es la espiritualidad de una época, la constelación peculiar de alienación  e inhumanidad.




WINK, Walter, “Unmasking the Powers. The invisible forces that determine Human Existence”. Fortress Press, Philadelphia, 1986.

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