COMO LLAMAR HOY A JESUCRISTO. Jesucristo, nuestro hermano mayor


La absoluta integración de Jesús consigo mismo y con Dios (encarnación) no tuvo lugar en una vida espectacular, sino en la cotidianeidad de una vida con sus naturales altibajos. Mediante la encarnación, Dios asumió la totalidad de nuestra precaria condición humana, con sus angustias y sus esperanzas, con sus limitaciones (muerte de Dios) y sus ansias de infinito. Este es el gran significado teológico de los oscuros años de la infancia y la adolescencia de Jesús: él es un hombre como todos los hombres de Nazaret: ni un superhéroe, ni un santo que llamara la atención, sino un hombre solidario con la mentalidad y con la población de la aldea; un hombre que participa del destino de la nación sojuzgada por las fuerzas de ocupación extranjeras. No dejó nada escrito. Desde el punto de vista literario, se pierde en la masa anónima de los desconocidos.

Mediante la encarnación, pues, Dios se abajó tanto que se escondió al hacer su aparición en la tierra. Por eso el nacimiento de Cristo es la fiesta de la secularización: Dios no tenía miedo de la materia, de la ambigüedad y pequeñez de la condición humana. Fue precisamente en esa humanidad, y no a pesar de ella, donde Dios se reveló. Cualquier situación humana es suficientemente buena, por tanto, para que el hombre se sumerja en sí mismo, madure y encuentre a Dios. Cristo es nuestro hermano,  puesto que participó del anonimato de casi todos los hombres y asumió la situación humana, que es idéntica para todos: la vida merece la pena de vivirse tal como es, cotidiana, monótona como el trabajo de cada día, y exigente a la hora de demostrar paciencia para convivir con los
demás, escucharlos, comprenderlos y amarlos. Pero es nuestro hermano mayor en cuanto que, dentro de esa vida humana  que supo asumir, tanto en la oscuridad y el ocultamiento como en la notoriedad, vivió de un modo tan humano que fue capaz de revelar a Dios y, mediante su muerte y resurrección, hacer realidad todos los dinamismos de que somos capaces. Como decía un conocido teólogo, “el cristianismo no anuncia la muerte de Dios, sino la humanidad de Dios”. Y éste es el gran significado de la vida terrena de Jesús de Nazaret.

Jesús, Dios de los hombres y Dios-con-nosotros.

De todo lo hasta aquí expuesto, algo tiene que haber quedado bien claro, y es que la alternativa “Dios o el hombre” es una falsa alternativa, como también lo es la de “Jesús o Dios”. Dios se revela en la humanidad de Jesús. La encarnación puede ser vista como la realización exhaustiva y radical de una posibilidad humana. Jesús Dios-Hombre se manifiesta, pues, como el Dios de los hombres y el Dios-con-nosotros. Y desde esta comprensión del asunto hemos de desmitificar nuestro concepto ordinario de Dios, que nos impide ver a Cristo como hombre-revelador-del-Dios-de-los-hombres en su humanidad. Dios no es ningún rival del hombre, ni éste lo es de Dios. En Jesucristo descubrimos un rostro de Dios desconocido por el Antiguo Testamento: un Dios capaz de hacerse “otro”, capaz de venir a nuestro encuentro en la frágil realidad de una criatura, capaz de sufrir; un Dios que sabe lo que significa ser tentado, sufrir decepciones, llorar la muerte de un amigo, ocuparse de los “don nadies” que no tienen en este mudo la más mínima posibilidad y anunciarles la absoluta novedad de la liberación de Dios. Así es como se mostró. Dios no está lejos del hombre, no es un extraño al misterio del hombre. Al contrario: el hombre concibe siempre a Dios como aquel supremo e inefable misterio que envuelve la existencia humana; que, aun cuando se deje sentir, no se deja encerrar en ningún concepto o símbolo y, cuando se revela en la humanidad de Jesús, su máxima manifestación, tampoco permite que su realidad se agote en un nombre o título de grandeza. Pero éste es el Dios humano que revela la divinidad del hombre y la humanidad de Dios.

A partir de ahora, el hombre ya no podrá ser pensado, consiguientemente, sin vincularlo con Dios y, en concreto, nosotros, los hombres, tampoco podremos imaginar a Dios sin relacionar con el hombre, a causa, precisamente, del Jesucristo Dios-Hombre. El camino hacia Dios pasa por el hombre, y el camino hacia el hombre pasa por Dios. Las religiones del mundo han experimentado a Dios, el fascinosus y el tremendus, en la naturaleza, en el poder de las fuerzas cósmicas, en las montañas, en el sol, en los ríos, etc. El Antiguo Testamento descubrió a Dios en la historia. El cristianismo, por fin, lo vio en el hombre. En Jesús se hizo evidente que el hombre no es tan sólo el lugar en que Dios se manifiesta, sino que puede constituir un modo de ser del propio Dios, una expresión manifiesta de la historia de Dios. Esto al menos se hizo realidad en Jesús de Nazaret. Y las consecuencias de todo esto son de suma trascendencia teológica: la vocación del hombre es la divinización. El hombre, para hacerse hombre, requiere extrapolarse de sí mismo y que Dios se hominice. Si el hombre puede ser el lugar donde se articule la historia de Dios, ello sólo es posible en la libertad, la donación y la apertura espontánea del hombre a Dios. Con la libertad se produjo una ruptura, una superación de la necesidad cósmica y de la lógica matemática, el comienzo de lo imprevisto, de lo espontáneo, de lo creativo. Hizo su aparición el misterio indescifrable. Con la libertad todo es posible: lo divino y lo demoniaco; la divinización del hombre y su absoluta frustración, como consecuencia de su obstinación en cerrarse a la autocomunicación amorosa de Dios. Con Jesús nos percatamos de la indescifrable profundidad humana, capaz de enlazar con el misterio de Dios, y descubrimos también la proximidad de Dios, que llega a identificarse con el hombre. Como perfectamente lo dice Clemente de Alejandría († 211 o 215), “cuando hayas encontrado realmente a tu hermano, entonces habrás encontrado también a tu Dios” (Stromateis I, 19).


Conclusión: Cristo, memoria y conciencia crítica de la humanidad.

La cristología, hoy como ayer, trata de responder quién es Jesús. Preguntar ¿quién eres?, es preguntar por un misterio. Las personas no se pueden definir y encuadrar dentro de una situación. El preguntar: ¿quién eres tú, Jesucristo, para nosotros hoy? Significa confrontar nuestra existencia con la suya y sentirse desafiado por su persona, por su mensaje y por el sentido que se desprende de su comportamiento. Sentirse afectado por Cristo hoy significa ponerse en el camino de la fe, que comprende quién es Jesús no tanto a base de darle nuevos títulos y nombres diferentes, sino tratando de vivir aquello que él mismo vivió: intentar siempre salirse de sí, buscar el centro del hombre no en uno mismo, sino fuera de sí, en el otro y en Dios, tener el valor de arriesgarse por los demás, de ser el Cristo-arlequín o el Cristo-idiota de Dostoievski que jamás abandona a los hombres; que prefiere a los marginados; que sabe soportar y ha aprendido a perdonar; que es revolucionario, pero que jamás discrimina a nadie y sabe meterse allí donde está el hombre; que es objeto de burlas y, al mismo tiempo, es amado; tenido por loco y, a la vez, manifestando una sabiduría asombrosa. Cristo supo poner una “y” donde nosotros solemos poner una “o”, con lo cual consiguió reconciliar a los contrarios y ser el mediador de los hombres y de todas las cosas. El es la permanente e incómoda memoria de lo que deberíamos ser y no somos, la conciencia crítica de la humanidad que hace que ésta no se contente jamás con lo que es y con lo que ha logrado conquistar. Sino que debe caminar y hacer realidad aquella reconciliación, alcanzando un grado de humanidad capaz de manifestar la insondable armonía de Dios todo en todas las cosas (1 Cor 15:28).

Sin embargo, mientras esto no sucede, Cristo, como decía Pascal, sigue siendo injuriado, sigue agonizando y muriendo por cada uno de nosotros (cf. Pensées, n°. 553). Es en este sentido como podemos recitar el siguiente Credo para un tiempo secular:


“Creo en Jesucristo,
que siendo un hombre solo que nada podía realizar,
que es como también nosotros nos sentimos,
por lo cual precisamente fue ejecutado.
Que es el criterio para verificar
cuán esclerotizada está nuestra inteligencia,
cuán sofocada nuestra imaginación,
cuán desorientado nuestro esfuerzo,
Porque no somos capaces de vivir como él vivió.
que nos hace temer cada día
que su muerte haya sido en vano,
porque lo enterramos en nuestras iglesias
y traicionamos su revolución
con nuestra cobardía y nuestra obediencia a los poderosos.
Que resucitó en nuestras vidas
para que nos liberemos
de los prejuicios y los despotismos,
del miedo y del odio,
y llevemos adelante su revolución,
siempre en dirección al Reino”

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