La Antigua Iglesia Española y Los Concilios de Toledo

Desde el siglo XVI, España ha sido considerada como la más fiel y apasionada defensora del romanismo. Esto hace suponer a muchas personas mal informadas que siempre fue así a lo largo de los siglos de Historia eclesiástica española. Pero nada más le­jos de la verdad. Creer que España, y su iglesia, han estado siem­pre sujetas a Roma como en los últimos cuatro siglos es descono­cer la evolución sufrida por el papado romano y el verdadero esta­do en que se hallaba la iglesia española antes de que los emisarios de Gregorio VII iniciaran la conquista de la que había sido una de las iglesias nacionales más independientes con respecto a la sede romana.[i] En la historia de la antigua iglesia española en general, y en los cánones de sus concilios de Toledo, en particular, encontramos una de las imágenes más fidedignas de lo que era la cristiandad antes de que el papado romano la cambiara a su gusto.







[i] Duchesne Historie Annciene de l’Eglise, vol. III, p. 596 (P. 1910); Magnin F.  L’Eglise visigothique au VII  sècle. l (París 1912) pp. 47-96.
Los modernos historiadores católico-romanos tratan de desvirtuar la realidad histórica de una Iglesia nacional independiente de Roma durante el período visigodo. Véase en este sentido B. Llorca. Historia de la Iglesia Católica vol. I, pp. 730-751, que sigue a Z. C. Villada Historia Eclesiástica de España II, I, p. 29 y s., y 133, s. Un pasaje imparcial de la «argumentación» de estos autores (como de la Menéndez y Pelayo) demuestra que la misma está basada más en prejuicios dogmáticos que en la objetividad histórica. Confunden católico con  «romano» y la alta estima y dignidad en que era que eran tenidas las sedes «Apostólicas» (y por consiguiente Roma) con la hegemonía posterior del romano pontífice. Para estos autores, el que los concilios de Toledo comenzasen con fórmulas de la fe basadas en los símbolos de Nicea. Constantinopla, Efeso, y Calcedonia es ya síntoma de que la iglesia visigoda española estaba íntimamente unida a Roma (B. Llorca op. Cit. P.748). El resto de «soluciones»  que ofrecen dichos historiadores es del mismo tenor y puerilidad.
Cf. Cap. I. INTRODUCCIÓN, pp. 16-36, y 65-80; notas n.º 55,62, 63, 77.


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