Bajo el Régimen de los Carolingios

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Cuiden los poderosos [... ] de no tomar para su propia condenación las cosas de la iglesia, ni oprimir [... ] las iglesias de Dios, y los lugares santos, sabiendo que las propiedades de la iglesia son las promesas de los fieles, el patrimonio de los pobres, el precio de los pecados.

Hincmaro de Reims
Duando dejamos el Occidente, varios capítulos atrás, para narrar algo de lo que estaba sucediendo en el Oriente, el papa León III acababa de consagrar a Carlomagno como emperador. Aunque ya hemos dicho algo acerca del alcance de esa decisión, debemos regresar ahora al Occidente, para ver el curso de los acontecimientos bajo Carlomagno y sus sucesores.

Carlomagno
Cuando Carlomagno fue coronado emperador por el Papa, casi toda la cristiandad occidental formaba parte de su imperio, fuera del cual quedaban sólo las Islas Británicas y los rincones de España hacia donde se habían replegado los cristianos tras las invasiones musulmanas. Por tanto, el curso de los acontecimientos dentro de su imperio tendría amplias consecuencias para la historia futura del cristianismo, y de la Europa toda.
Pero Carlomagno no se limitó a extender sus territorios entre sus vecinos cristianos. Más que eso, se lanzó a una vasta campaña de conquista contra los sajones y los frisones, que habitaban las fronteras al nordeste de su imperio, y contra los musulmanes que lindaban con él al suroeste. Las campañas contra los sajones y frisones fueron largas y sangrientas. Estos pueblos, que nunca habían sido romanizados, atravesaban periódicamente las fronteras de los francos, saqueaban las aldeas, iglesias y monasterios, y regresaban con su botín a sus bosques, donde era muy difícil darles caza. Por lo tanto, en el año 772, Carlomagno invadió sus territorios y penetró hasta Irminsul, donde destruyó un gran tronco que era el ídolo principal de los sajones. Al parecer, lo que el Rey franco se proponía era a la vez facilitar la conversión de los sajones al cristianismo, y debilitar su resistencia destruyendo su religión. Tras aceptar la rendición de los sajones, Carlomagno les envió misioneros, para que les enseñasen la fe cristiana.
Pero pocos años después, cuando el Rey de los francos se vio obligado a marchar a Italia en su campaña contra los lombardos, los sajones se sublevaron, y mataron a todos los misioneros. Entonces Carlomagno invadió de nuevo la región, aplastó la rebelión, y convocó a una asamblea nacional en Paderborn, donde los sajones, aparentemente pacificados, vieron su país organizado eclesiásticamente, con diversas diócesis y abadías que se debían ocupar de su cristianización.
Carlomagno se encontraba todavía en Paderborn cuando se le presentó la oportunidad de invadir a España. Uno de los jefes musulmanes de ese país le pidió ayuda en su rebelión contra Abderramán I, quien gobernaba el país desde Córdoba. El rey franco abandonó a Sajonia apresuradamente, cruzó sus propios territorios, y dividió su ejército en dos cuerpos, que cruzaron los Pirineos por dos lugares distintos. Tras tomar a Barcelona, Huesca y Gerona, los dos ejércitos se encontraron frente a Zaragoza, ciudad que se suponía fuese el centro de la rebelión contra Abderramán. Pero Zaragoza se negó a abrirles sus puertas, y los francos empezaron a temer que la supuesta rebelión no tendría lugar, o que habían sido traicionados.
En esto estaban las cosas cuando llegaron noticias de que los sajones se habían vuelto a rebelar, bajo el mando del jefe Videquindo. Carlomagno regresó apresuradamente a Francia, y en esa ocasión su retaguardia, al mando de Roldán, fue aniquilada por los vascos en el paso de Roncesvalles. Pero el Rey prosiguió su marcha a través de sus propios dominios, se presentó inesperadamente en Sajonia, y ahogó la rebelión.
Cuando, en el año 782, la sublevación estalló de nuevo, Carlomagno se propuso ahogarla en sangre. Hasta entonces sus medidas después de cada revuelta habían sido relativamente benignas. Pero en esta ocasión, cuando sus tropas dominaban de nuevo la región, y Videquindo había escapado a Escandinavia, el Rey de los francos ordenó que se les infligiera a los sajones un castigo ejemplar, y en Verden más de cuatro mil de ellos fueron muertos.
Esta matanza exasperó a los sajones, quienes ahora se alzaron contra Carlomagno en mayor número que antes. Tanto los sajones como los francos sabían que esta era la última rebelión, y que por tanto la lucha debía proseguir hasta el final. En el 784 los frisones, hasta entonces aliados de los sajones, se rindieron a los francos, aceptaron el bautismo, y se apartaron de la contienda. Un año después Videquindo y sus principales jefes se rindieron definitivamente y aceptaron el cristianismo. Su bautismo marcó el fin de las revueltas de los sajones.
En esta historia nos hemos referido repetidamente al bautismo, tanto de los frisones como de los sajones, como si ese rito se relacionara de algún modo con la rebelión y su supresión. El hecho es que existía una relación estrecha. Carlomagno estaba convencido de que, si los sajones aceptaban el cristianismo, perderían su carácter aguerrido y aceptarían buena parte de la cultura de los francos.
De este modo los sajones dejarian de ser una amenaza. Además, cualquiera que haya sido la intención que lo animaba en sus primeras campañas, a la postre Carlomagno decidió incorporar Sajonia a sus dominios. Puesto que se consideraba a sí mismo rey (y después emperador) por la gracia de Dios, parte de su misión, según él mismo la veía, consistía en asegurarse de que sus súbditos fuesen cristianos.
Por otra parte, el bautismo tenía cierto poder directo en la pacificación de los sajones. Al parecer, muchos entre ellos creían que al aceptar el bautismo estaban abandonando a sus dioses, quienes a su vez los abandonarían a ellos. Luego, una vez bautizados, no tenían otra alternativa que ser cristianos, pues de lo contrario quedarían sin dios alguno que los protegiera. Aunque muchos de los bautizados tras una campaña pronto se sumaban a la próxima rebelión, también hubo muchos que se negaron a sublevarse de nuevo, basando su decisión en el hecho de que habían sido bautizados.
Por su parte, Carlomagno siguió una política de pacificación que pronto logró asimilar Sajonia al reino de los francos. Varios miles de sajones fueron transportados a otras partes del Imperio. Y en su propia tierra el Emperador les dio el título de condes a algunos de los jefes que se mostraron leales a su gobierno. Poco después, serían los sajones quienes aplicarían a la conversión de sus vecinos los mismos métodos que Carlomagno había empleado con ellos.
Mientras todo esto sucedía, Carlomagno no abandonó por completo sus intereses en España. Bajo el mando de su hijo Ludovico Pío y del duque Guillermo de Aquitania, los francos conquistaron una amplia faja de terreno que se extendía hasta el Ebro. Al mismo tiempo, Carlomagno parece haber puesto algunos recursos a la disposición de Alfonso II el Casto, rey de Asturias, quien comenzaba el largo proceso de la reconquista de la Península Ibérica.
Dentro de sus propios territorios, Carlomagno se ocupó también de organizar y supervisar la vida de la iglesia. Al parecer, el Emperador se creía llamado a gobernar su pueblo, no sólo en asuntos civiles, sino también eclesiásticos. Aun más, Carlomagno no parece haber hecho distinción alguna entre estos dos campos. Los obispos, al igual que los condes, eran nombrados por el rey, y desapareció así la antigua costumbre de que los obispos fueran elegidos por el clero y el pueblo. Puesto que bajo Carlomagno cada obispo era directamente responsable ante el rey, la función de los arzobispos fue más bien de honor que de autoridad. Bajo Ludovico Pío, el próximo rey, los arzobispos comenzarían a adquirir más poder, y a la postre se volverían poderosos señores feudales.
Además de nombrar a los obispos, Carlomagno se ocupó de legislar acerca de la vida de la iglesia. Esta legislación incluyó el descanso dominical obligatorio, la imposición del diezmo como si fuera un impuesto, y el mandato de predicar sencillamente y en la lengua del pueblo.
Bajo los gobiernos anteriores, el monaquismo había perdido su inspiración inicial, pues las abadías se habían vuelto ricas prebendas, codiciadas y frecuentemente logradas por personajes que no tenían el menor interés en la vida monástica, y que sólo aspiraban a hacerse ricos y poderosos. Carlomagno emprendió la reforma de los monasterios, que quedó confiada a Benito de Aniano (quien no debe confundirse con Benito de Nursia, el autor de la Regla). Benito de Aniano había abandonado la corte real para dedicarse a la vida monástica, y su sabiduría, austeridad y obediencia a la Regla pronto le ganaron el respeto del Rey, quien le encomendó la tarea de reformar y supervisar la vida monástica. Esto lo hizo nuestro monje aplicando en todo el país la Regla de San Benito, que así alcanzó mayor difusión.
Al mismo tiempo, Carlomagno se ocupó también de la educación de sus súbditos y del cultivo de las letras. Con este propósito, reformó la escuela palatina, que existía desde tiempos de los merovingios (la dinastía anterior). A esa escuela asistieron, no sólo los hijos de los nobles de la corte, sino también el propio Rey, deseoso de aumentar sus conocimientos. A ella Carlomagno trajo al diácono Alcuino de York, a quien había conocido en Italia, y quien llevó al reino de los francos la erudición que se había conservado en los monasterios británicos. De España vino Teodulfo, a quien el Rey nombró obispo de Orleans. Allí este sabio obispo ordenó que en todas las iglesias de su diócesis hubiera escuelas, y prohibió que los sacerdotes les negasen la enseñanza a los pobres, o que exigiesen pago por ella. Tras estos grandes maestros, vinieron muchos otros, así como poetas e historiadores, cuyos nombres no es necesario consignar aquí, pero que contribuyeron a un florecimiento de las letras bajo el régimen de Carlomagno y sus sucesores.

Los sucesores de Carlomagno
Normalmente, según las viejas costumbres de los francos, los territorios de Carlomagno debieron haberse repartido entre todos sus hijos. Pero cuando el viejo Rey decidió que había llegado la hora de nombrar sucesor, sólo uno de sus hijos legítimos quedaba con vida: Luis, o Ludovico, a quien por sus inclinaciones religiosas se le ha dado el nombre de “Ludovico Pío”. Aunque éste había dado muestras de habilidad administrativa y militar mientras gozó del título de rey de Aquitania bajo su padre Carlomagno, el hecho es que hubiera preferido ser monje que emperador, y que sólo la mano fuerte de su padre y los consejos de varios eclesiásticos a quienes admiraba le impidieron tomar la tonsura monástica.
Los primeros años de gobierno de Ludovico Pío fueron indudablemente los mejores. En la primera dieta (o asamblea del Imperio) se adoptó una serie de medidas que mostraban el camino que Ludovico se proponía seguir. De estas la más notable fue el envío por todo el Imperio de comisionados imperiales para investigar cualquier caso de opresión o usurpación de poder que hubiera tenido lugar.
Animada por el mismo espíritu reformador del Emperador, la dieta del 817 ordenó que todos los monasterios se sometieran a Benito de Aniano, y que la elección de los obispos recayese de nuevo sobre el clero y el pueblo. Con este último paso, Ludovico se deshacía de uno de los más poderosos instrumentos de que su padre había disfrutado, pues a partir de ahora el alto clero no le debería la lealtad absoluta que antes le había debido a Carlomagno. Esa misma dieta les prohibió además a todos los clérigos, cualquier ostentación de lujo, tales como los cinturones con piedras preciosas o las espuelas de oro. La propiedad eclesiástica quedaría fuera de la jurisdicción de los nobles. El diezmo, por demás obligatorio, se dividiría en tres porciones, de las cuales una sería del clero y dos pertenecerían a los pobres. En todas estas leyes, puede verse el hilo central de la política eclesiástica de Ludovico, que consistía en reformar la iglesia al mismo tiempo que le daba cada vez mayor autonomía. El gran peligro de tal política estaba en que era posible (y así sucedió) que los dirigentes eclesiásticos utilizasen su nueva autonomía contra los designios reformadores del Emperador, y aun contra el Emperador mismo.
Los conflictos comenzaron cuando murió la emperatriz Hermingarda, y el Emperador tomó por esposa a la bella e inteligente Judit. Pronto nació un hijo de esta unión, y los tres hijos de Hermingarda, a quienes Ludovico había nombrado sus sucesores y herederos, comenzaron a temer que su medio hermano los desposeería. El resultado fue una larga y complicada guerra civil. Durante el conflicto, Ludovico se dejó llevar repetidamente por sus inclinaciones religiosas, perdonando a los rebeldes, mientras estos últimos aprovecharon cuanta oportunidad se les presentó de humillarlo, y hasta llegaron a deponerlo. Tras su restauración, Ludovico perdonó una vez más a sus hijos rebeldes y a los partidarios de éstos. Al morir él, sus dominios se dividieron entre tres de sus hijos, pues uno de los que había tenido de Hermingarda había muerto. Lotario, el mayor, les hizo la guerra a sus hermanos, hasta que por fin, en el tratado de Verdún del año 843, los territorios que habían pertenecido a Carlomagno y a Ludovico Pío se dividieron como sigue: Lotario tomó el título imperial, Italia y una faja de terreno entre Alemania y Francia; Luis, el otro hijo de Hermingarda, obtuvo Alemania; y Francia le tocó a Carlos “el Calvo”, el hijo de Judit.
A partir de entonces, el viejo imperio carolingo sufrió una decadencia casi ininterrumpida. Por lo general, el título imperial, del que los papas pretendían disponer, recaía sobre quien gobernaba en Italia. Pero quienes reinaban en otras partes no parecían prestarle la menor obediencia. Además, los musulmanes se apoderaron de Palermo en Sicilia, y de allí pasaron al sur de Italia. En el año 846 llegaron a atacar a Roma y saquear las basílicas de San Pedro y de San Pablo, que estaban fuera de los muros de la ciudad. En tales circunstancias, los emperadores que reinaban en Italia difícilmente podían hacer valer su autoridad en Francia y Alemania.
Bajo Carlos el Gordo, por una serie de circunstancias, la mayor parte de los territorios del Imperio quedó de nuevo bajo un solo soberano. Pero esa unidad fue efímera, y a la muerte de Carlos, en el 887, puede decirse que se extinguió el último fulgor de la gloria carolingia.
Durante todo este período de luchas fratricidas, guerras civiles, herencias disputadas, reyes depuestos y restaurados, etc., el papado se encontró en una situación harto extraña. En virtud de la acción de León III al coronar a Carlomagno, los papas parecían gozar de la autoridad de coronar a los emperadores. Por esa razón, su prestigio era grande allende los Alpes, donde cada partido quería asegurarse su apoyo. Pero, por otra parte, en la propia Roma el caos era tal que muchos papas se vieron amenazados, bien por el pueblo, o bien por alguna de las facciones que se disputaban el poder en la ciudad. A fin de sostenerse en el mando, los papas se vieron repetidamente en la necesidad de apelar al poder secular. Luego, quienes parecían tener autoridad para disponer del Imperio no podían disponer de la propia ciudad de Roma. Esto a su vez hizo del papado una presa fácil y codiciada, y en el siglo próximo lo llevó al caos y la corrupción.

El sistema feudal
Según hemos dicho anteriormente, poco antes de que Carlomagno ascendiera al trono de los francos se había producido un gran cambio político en la cuenca del Mediterráneo. Las conquistas de los árabes habían terminado el dominio cristiano sobre ese mar, que había sido un lago romano desde tiempos del emperador Augusto. El resultado de esto fue que la Europa occidental tuvo que replegarse sobre sus propios recursos, pues el comercio con el Oriente quedó drásticamente reducido. Algunos historiadores han demostrado que en época de Carlomagno había cesado el gran comercio, no sólo con el exterior, sino también dentro de sus propios dominios. Aunque había todavía cierta navegación comercial en el Adriático y cerca de los Países Bajos, esto no era suficiente para producir un comercio nutrido. Por lo tanto, el dinero dejó de circular, hasta tal punto que casi desaparecieron por completo las monedas de oro. Cada región tenía que subsistir por sí sola, y debía producir todo lo necesario para el alimento y el vestido.
En tales circunstancias, la tierra, más bien que el dinero, vino a ser la principal fuente de riqueza. El propósito de todo gran señor era aumentar sus tierras, y los terratenientes menores buscaban modos de asegurarse de que sus tierras no les serían arrebatadas. Además, a falta de comercio, uno de los principales medios que los reyes tenían para premiar el servicio y la lealtad de algún súbdito era concederle tierras. Surgió así el sistema feudal. Este sistema consistía en toda una jerarquía, basada en la posesión de la tierra, en la que cada señor feudal, al tiempo que recibía el homenaje de sus vasallos, le debía un homenaje semejante a otro señor que se encontraba por encima de él. Las tierras que el vasallo recibía de su señor eran los “feudos”, y de aquí el nombre de “sistema feudal”.
El “homenaje” era el rito mediante el cual se sellaban las relaciones entre el vasallo y su señor. En este rito, el primero le juraba fidelidad al segundo, mientras colocaba sus manos entre las de éste, quien respondía entonces otorgándole al vasallo el “beneficio”, simbolizado por un puñado de tierra si se trataba sencillamente de tierras, o por un báculo y anillo si se trataba de un obispado, o por otros objetos según el caso.
La relación entre el vasallo y su señor no era al principio hereditaria. Al morir una de las partes, el contrato expiraba, y era necesario hacer un nuevo acto de homenaje. Además, el vasallo quedaba libre de sus obligaciones para con su señor si éste faltaba a sus obligaciones de algún modo (por ejemplo, si se negaba a acudir en defensa suya pudiendo hacerlo). Y, de igual modo, el señor no tenía obligación alguna para con el vasallo desleal.
Pronto, sin embargo, los feudos se hicieron hereditarios. Aunque durante largo tiempo se conservó la costumbre de acudir a rendirle homenaje al nuevo señor a la muerte del anterior, tal homenaje llegó a ser casi automático, y los feudos se heredaban como cualquier otra propiedad. Dadas las frecuentes uniones entre diversas familias, se hizo común el caso de vasallos que les debían homenaje a varios señores, y que por tanto se excusaban de la obediencia debida a uno de ellos a base de la obediencia debida a otros. El resultado fue la fragmentación política y económica de la Europa occidental, y la decadencia de las diversas monarquías, que difícilmente podían ejercer su autoridad. Esto afectó también la vida de la iglesia, pues los obispados y sus tierras anejas eran también feudos cuyos jefes le debían obediencia a algún señor, y a quienes otros vasallos se la debían a su vez. Puesto que ya en esta época los obispos no podían ser personas casadas, sus feudos no pasaban a sus hijos, como en el caso de otros señores feudales. Lo mismo era cierto de los abades y abadesas, que llegaron a poseer enormes extensiones de terreno y millares de vasallos. En consecuencia, el asunto de la sucesión a tales cargos eclesiásticos se volvió materia de gran importancia política, y en la próxima sección veremos las dificultades que esto causó, tanto para la iglesia como para los gobernantes seculares.

La actividad teológica
Puesto que durante el régimen carolingio hubo un efímero despertar en el estudio de las letras, era de esperarse que hubiera también cierta actividad teológica. Excepto en la obra de Juan Escoto Erigena, esa actividad se limitó a una serie de controversias, cuyos temas nos indican cuáles eran las principales inquietudes teológicas de la época.
El único pensador sistemático, que trató de incluir en su obra la totalidad del universo, fue Juan Escoto Erigena. Su nombre nos da a entender que era oriundo de Irlanda, que a través de los siglos había conservado en sus monasterios buena parte de los conocimientos de la antigüedad, olvidados por el resto de Europa occidental. A mediados del siglo IX Erigena se estableció en la corte de Carlos el Calvo (el hijo de Ludovico Pío y Judit), donde llegó a gozar de gran prestigio debido a su erudición. Fue él quien tradujo del griego las obras del falso “Dionisio el Areopagita”. En el siglo V, alguien había compuesto estas obras, haciéndose pasar por Dionisio, el discípulo de Pablo en el Areópago. Cuando fueron introducidas en Europa occidental en época de Carlos el Calvo, nadie dudaba de su autenticidad, y fue Erigena quien las tradujo del griego al latín. A partir de entonces este falso Dionisio gozó de gran prestigio, pues se le consideraba sucesor inmediato de San Pablo. A través de él el misticismo neoplatónico hizo un gran impacto en la iglesia de habla latina, que llegó a confundirlo con las enseñanzas de San Pablo.
Además de traducir las obras del falso Dionisio, Erigena escribió un gran tratado, De la división de la naturaleza, cuyas enseñanzas son más neoplatónicas que cristianas. Pero en todo caso su tono era tan erudito, y sus especulaciones tan abstractas, que fueron pocos los que lo leyeron, menos los que lo entendieron, y nadie parece haberlo aceptado ni seguido.
Mucho más importantes para la vida de la iglesia fueron las controversias teológicas que tuvieron lugar en el período carolingio. De estas, la más importante, porque sus consecuencias perduran hasta nuestros días, fue la que se refería al Filioque. La palabra Filioque quiere decir “y del Hijo”, y algunas iglesias occidentales la habían interpolado en el Credo Niceno, de modo que donde la iglesia oriental decía “en el Espíritu Santo, que procede del Padre”, algunas iglesias occidentales empezaron a decir “en el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo”. Al parecer, la palabra Filioque fue añadida primero en España, y de allí pasó al reino de los francos. En todo caso, en la capilla real de Aquisgrán, la capital de Carlomagno, se acostumbraba incluir esa palabra en el Credo. Cuando unos monjes procedentes del reino franco se presentaron en Jerusalén y repitieron el Credo con esta extraña interpolación, causaron un escándalo en la iglesia oriental, que se preguntaba quién les había dado autoridad a los francos para cambiar el viejo Credo, aceptado por los concilios y por todos los cristianos ortodoxos.
Parte de lo que estaba en juego eran dos modos algo distintos de entender la doctrina de la Trinidad. Pero la controversia se hizo mucho más agria por cuanto existían fuertes rivalidades entre las iglesias de Oriente y Occidente. Cuando Carlomagno recibió del Papa el titulo de emperador, el gobierno de Constantinopla declaró que se trataba de una usurpación de poder, y que el Rey de los francos no era verdaderamente emperador. Los francos afirmaron que la negación del Filioque era herejía, y por su parte los bizantinos respondieron que los herejes eran quienes osaban cambiar el Credo.
Hasta el día de hoy, ésta sigue siendo una de las cuestiones que separan a las iglesias orientales de las occidentales.
Por otra parte, esta controversia tuvo otra consecuencia, que se hace sentir hasta el día de hoy en el culto público de muchas de nuestras iglesias. Hasta esa época, el credo más común utilizado por todas las iglesias era el Niceno. Pero ahora el Papa se veía en la difícil situación de tener que tomar partido entre los francos y los bizantinos cada vez que tenía que decir el Credo. Su solución consistió en empezar a utilizar el viejo Símbolo Romano, que había caído en desuso siglos antes, y que ahora empezó a llamarse “Credo de los apóstoles”. De ese modo, el Papa evitaba tener que decidir entre los francos y los bizantinos. A partir de Roma, el Credo de los apóstoles fue difundiéndose por todo el resto de Europa occidental, y es por esa razón que ha venido a ser el más usado en todas las iglesias occidentales, tanto católicas como protestantes.
Otra controversia teológica del período carolingio giró alrededor de las doctrinas de Elipando de Toledo y Félix de Urgel, ambos españoles. En España había muchos cristianos que no habían huido hacia el norte durante las invasiones islámicas, y que ahora vivían bajo el régimen musulmán. Estos cristianos, los “mozárabes”, conservaban sus antiguas tradiciones de tiempos preislámicos, incluso su orden de culto, conocido como la “liturgia mozárabe”. Ahora que Carlomagno empezaba a reconquistar algunas de las tierras perdidas al Islam en España, estos mozárabes se mostraban celosos de sus antiguas tradiciones, que los francos trataban de sustituir por los usos de Roma y de Francia. Luego, había razones de tensión entre los mozárabes y los francos aun antes que estallara la controversia.
El conflicto comenzó cuando el arzobispo Elipando de Toledo, basándose en algunas frases de la liturgia mozárabe, dijo que, según su divinidad, Cristo era Hijo eterno del Padre, pero que según su humanidad era hijo sólo “por adopción”. Debido a esta frase, la posición de Elipando ha sido llamada “adopcionismo”. Pero este nombre no es exacto, puesto que lo que decían los verdaderos adopcionistas de la iglesia antigua era que Jesús había sido un hombre común y corriente a quien Dios hizo hijo adoptivo. Esto no era lo que decía Elipando. Según él, Jesús había sido siempre divino. Pero sí le parecía necesario insistir en la distinción entre la divinidad y la humanidad del Salvador, y por ello hablaba de dos modos de ser “hijo”, uno eterno y otro por adopción. Luego, lo que tenemos aquí, más bien que un verdadero adopcionismo, es la distinción marcada entre las dos naturalezas del Salvador que siglos antes caracterizó a la escuela de Antioquia, y cuya consecuencia extrema fue condenada en el Concilio de Efeso, cuando Nestorio fue declarado hereje.
Frente a estas enseñanzas de Elipando, que pronto hallaron eco en el obispo Félix de Urgel, otros insistían en la unión estrecha de las dos naturalezas del Salvador. Así, por ejemplo, Beato de Liébana decía:
... los incrédulos no podían ver en aquel a quien crucificaban otra cosa que un hombre. Y como hombre lo crucificaron. Crucificaron al Hijo de Dios. Crucificaron a Dios. Por mí sufrió mi Dios. Por mí fue crucificado mi Dios.
Pronto las enseñanzas de Elipando y de Félix fueron condenadas por los teólogos francos y por los papas. Elipando, que se encontraba fuera de su alcance por vivir en tierras de moros, continuó afirmando sus doctrinas. Pero Félix fue obligado a retractarse, y a la postre no se le permitió regresar a Urgel, donde la influencia de los mozárabes era grande, y tuvo que pasar el resto de sus días entre los francos.
Muertos Elipando y Félix, la controversia quedó relegada a segundo plano.
En el entretanto, sin embargo, otras controversias habían aparecido dentro del propio reino franco. De todas estas, las que más nos interesan son las que se refieren a la predestinación y a la presencia de Cristo en la comunión.
La controversia acerca de la predestinación giró alrededor del monje Gotescalco, quien había sido colocado en el monasterio de Fulda cuando aún era niño. Gotescalco se dedicó a estudiar las obras de San Agustín, y llegó a la conclusión, históricamente correcta, de que la iglesia de su tiempo se había apartado de las enseñanzas del Obispo de Hipona en lo que se refería a la predestinación. Por diversas razones, Gotescalco se había ganado la enemistad de sus superiores, y por tanto cuando dio a conocer sus opiniones acerca de la predestinación no faltaron quienes aprovecharon esa ocasión para atacarlo. Entre estos enemigos de Gotescalco se encontraban Rabán Mauro, abad de Fulda, y el poderoso arzobispo Hincmaro de Reims. Tras una serie de debates, Gotescalco fue declarado hereje y encerrado en un monasterio, donde se dice que perdió la razón poco antes de morir. Aunque algunos de los más eruditos pensadores de la época lo defendieron en algunos puntos, resultaba claro que la iglesia no estaba dispuesta a aceptar las doctrinas de San Agustín sobre la gracia y la predestinación, al tiempo que pretendía que era precisamente sobre el Santo de Hipona que basaba sus enseñanzas.
La otra controversia de importancia tuvo que ver con la presencia de Cristo en la Eucaristía. El motivo de esta controversia fue una obra del monje Radberto acerca Del cuerpo y la sangre del Señor. En ella, Radberto decía que cuando el pan y el vino eran consagrados se transformaban en el cuerpo y la sangre del Señor. Ya no eran pan y vino, sino el mismo cuerpo que nació de la Virgen María y que se levantó del sepulcro, y la misma sangre que corrió en el Gólgota. Según Radberto, aunque esta transformación tiene lugar de un modo misterioso, y los sentidos normalmente no pueden verla, hay casos extraordinarios en los que le es dado al creyente ver el cuerpo y la sangre del Señor, en lugar de pan y vino.
Cuando Carlos el Calvo leyó el tratado de Radberto, tuvo dudas acerca de lo que en él se decía, y le pidió aclaraciones al monje Ratramno de Corbie. Este le contestó que, aunque el cuerpo de Cristo está verdaderamente presente en la comunión, esa presencia no es la misma de cualquier otro cuerpo, y que en todo caso el cuerpo eucarístico no es el cuerpo histórico de Jesús, que se encuentra en el cielo a la diestra del Padre.
Esta controversia nos muestra que fue durante el período oscuro que siguió a las invasiones de los bárbaros que empezó a tomar forma la doctrina según la cual el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre del Salvador, y dejan de ser pan y vino. En el período carolingio, aunque esta opinión se había generalizado, los más estudiosos sabían que se trataba sólo de una exageración popular. Poco después comenzará a hablarse de un “cambio de sustancia”, y por fin en el siglo XIII el Cuarto Concilio de Letrán (año 1215) promulgaría la doctrina de la transubstanciación.
Estas son sólo unas pocas de las muchas controversias que tuvieron lugar durante el período carolingio. A primera vista, podríamos pensar que se trata de una serie de discusiones sin sentido, que no llevaron a conclusión alguna. Pero cuando vemos lo que estaba teniendo lugar dentro del contexto de los siglos anteriores, veremos por qué algunos historiadores se refieren al “renacimiento carolingio”. En medio de la oscuridad y el caos que parecían reinar por doquier durante los primeros siglos de la Edad Media, el período carolingio pareció ser un nuevo comienzo.
El renacimiento carolingio fue relativamente efímero. Un siglo después de la coronación de Carlomagno en Roma, sus posesiones estaban divididas entre varios potentados, y el título imperial se había vuelto un honor casi vacío. Pero el hecho mismo de que se había vuelto a crear el Imperio Romano de Occidente anunciaba el día en que ese Imperio, junto al papado y al monaquismo, sería uno de los factores determinantes en el curso de la Europa y la iglesia medievales.



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