EL SELLO DE NUESTRA IDENTIDAD


II Cor 13:11 Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros.
13:12 Saludaos unos a otros con ósculo santo.
13:13 Todos los santos os saludan.
13:14 La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén.
Con esta doxología El apóstol Pablo termina su segunda carta a los corintios y al final del último versículo nos reafirma lo que es la característica distintiva entre Dios y su iglesia, la comunión (unión común) que existe entre nosotros (la Iglesia y Dios), expresada por la iniciativa del amor de Dios y hecha realidad en la gracia de Jesucristo señor nuestro y esto a través del Espíritu Santo.
La tradición de Juan afirmó esta verdad en el capítulo 14 de su evangelio versículo 11 en adelante:
14:11 Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.
14:12 De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.
14:13 Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
14:14 Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.
14:15 Si me amáis, guardad mis mandamientos.
14:16 Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre:
14:17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.
La realidad y el principio del cumplimiento de esta promesa se dan en el momento más crítico que hasta ese momento hayan vivido como discípulos de Jesús. Después de la muerte de su maestro, en la derrota total y al borde del colapso Jesús aparece entre ellos y derrama lo único que podía aliviar todas sus dudas y darles lo que necesitaban con extrema urgencia, la paz en sus corazones, pero esa paz que solo puede provenir por parte de Dios, porque es a través de su Espíritu:
Jn 20:19 Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.
20:20 Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor.
20:21 Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío.
20:22 Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
No pudo haber mejor momento para mostrar el amor para con los que había convivido y compartido su ministerio que cumpliendo la palabra empeñada por Él con ellos:
14:27 La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.
14:28 Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo.
14:29 Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis.
¿Qué mejor paz puede haber que la que procede del Padre por medio de su Espíritu?, ninguna, máxime que ese mismo Espíritu que se les estaba dando sería derramado sobre toda carne cincuenta días después de que ellos estuvieran al borde del colapso total de sí mismos.
El Espíritu Santo que para Israel había sido solo dado en algunos casos y en circunstancias muy especiales, sería el sello característico para aquellos que aceptaran la sangre preciosa del hijo de Dios y formaran junto con Él como cabeza de ella, la Iglesia que con esa sangre Jesús redimió y se la presentó a sí mismo como una mujer sin mancha que desposaría, simbolizando la unión inseparable del uno para con la otra ya anticipada en el símbolo de la unión matrimonial.
Es por eso que el libro de los hechos es tan enfático en el momento en que ocurre el derramamiento del Espíritu Santo, no solo sobre algunos en casos y circunstancias  específicas, sino, como ya había sido anticipado por el profeta Joel, sobre toda carne:
Hec 2:16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel:
2:17  Y en los postreros días, dice Dios,
Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,
Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;
Vuestros jóvenes verán visiones,
Y vuestros ancianos soñarán sueños;
2:18   Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días
Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.
2:19   Y daré prodigios arriba en el cielo,
Y señales abajo en la tierra,
Sangre y fuego y vapor de humo;
2:20   El sol se convertirá en tinieblas,
Y la luna en sangre,
Antes que venga el día del Señor,
Grande y manifiesto;
2:21   Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.
¿Por qué no desde el mismo principio el Espíritu Santo le fue dado en plenitud al género humano?
Al respecto, de entre lo que podemos comprender de la revelación recibida se puede destacar lo siguiente:
a). En el texto de referencia de Joel en el versículo 32 (Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.) se hace referencia a que habría salvación desde Sion y esa salvación alcanzaría a  un remanente. Desde el punto de vista del primer nivel de interpretación del texto, se puede asumir que el remanente haría referencia a los judíos del cautiverio que tenían que regresar a Jerusalén, sin embargo, la mención sobre la salvación que procede de Jerusalén abre la posibilidad de un segundo nivel de interpretación, que tendría que ver con la persona de Jesús, el salvador por antonomasia y desde este contexto podemos entender entonces que era necesario que el salvador tendría que entrar en la historia del hombre, en donde el mensaje profético sería congruente al propósito universalista de la salvación en Cristo Jesús. Era pues necesario que Jesus tomara carne para que Dios cumpliera su promesa de un derramamiento total y pleno de su Espíritu.
b).- Al entrar el verbo en la historia del hombre y tomar carne, esto lo limitaba a una dimensión espacio temporal, sin embargo, el propósito pleno y total del Padre en relación con la dimensión salvífica de Jesús tenía que ver con su mensaje y en relación no solo con la generación a la que Jesús enseñó, sino que tenía que ser transmitido de generación en generación por los discípulos de Él en el devenir histórico de la humanidad, tal como se refiere en la tradición de Juan de la siguiente manera:
Jn 17:20 Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,
17:21 para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
Es en este contexto en el que Jesús nos revela la razón por la cual el Espíritu santo tendría que ser derramado en plenitud:
14:15 Si me amáis, guardad mis mandamientos.
14:16 Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre:
14:17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.
14:18 No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.
16:13 Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.
16:14 El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.
Era pues necesario que el Verbo fuera hecho carne y habitara entre nosotros para que conociéramos la revelación plena de la voluntad del padre con respecto de nuestras vidas y sobre todo, que desde Sion hubiera salvación para la humanidad por lo que el Espíritu Santo obraría de generación en generación en esa humanidad ya redimida su acción de consolación y enseñanza en tanto Jesus ejerce su ministerio redentor en favor nuestro.
Sin embargo hay un hecho trascendente, el Espíritu Santo ha sellado el pacto que Jesús ha hecho con su Iglesia:
1:3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,
1:4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,
1:5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,
1:6 para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado,
1:7 en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,
1:8 que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia,
1:9 dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en si mismo,
1:10 de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.
1:11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,
1:12 a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.
1:13 En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,
1:14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.
De lo anterior podemos entender que hay un vínculo intrínseco entre Jesús, el Espíritu Santo y salvación y esto desde la perspectiva de lo que somos, es decir nuestro ser gentil o sea sin ningún nexo con el judaísmo ya que es precisamente ese vínculo Jesús - Espíritu Santo el que hace posible la perspectiva salvífica de la sangre de Jesús ya que la fe en esa sangre derramada en el calvario nos hace cercanos y vinculados directamente con el Padre de Jesús y dador del Espíritu, como lo atestigua Pablo en su carta a los gálatas de la siguiente forma:
3:5 Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?
3:6 Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia.
3:7 Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.
3:8 Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones.
3:9 De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.
3:10 Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.
3:11 Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá;
3:12 y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas.
3:13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero),
3:14 para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.
Esto es importantísimo, ya que recordemos que en la persona de Jesús el vínculo salvífico se da en un ámbito de intimidad en una relación única entre Jesús y aquel quien le ha conocido y decide entregar su voluntad a Él, no así el judaísmo ya que la justicia y cercanía se da desde el ámbito nacional, es decir para poder tener bendición y justicia se debe ser judío y guardar la legislación prescrita en la Torá. Es por eso que Pablo compara el Espíritu Santo con el símbolo de garantía o compromiso como lo son las arras, que son la cantidad fijada para garantizar una operación de compraventa, o un compromiso serio, como lo puede ser la unión matrimonial. El Espíritu santo es pues el símbolo del sello de  compromiso, o mejor aún, de las boda de Jesús y su iglesia.  
Más aún, no es sino  por el Espíritu que podemos llegar a la comprensión de la esencia y trascendencia del señorío de Jesús según la primera carta a los corintios en su capítulo 12:
12:3 Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.
Esto nos permite comprender por qué la negativa a aceptar a Jesús como lo que es, es decir podemos entender que al no tener la plenitud del Espíritu Santo se convierte en una venda que siega la comprensión, que para la iglesia, que lo posee en plenitud, es evidente, Jesús es Él Señor.
Nos es sino a partir del cumplimiento del derramamiento del Espíritu sobre la iglesia, sellando el vínculo Padre-Hijo-Iglesia que su acción se ha hecho evidente en el conocimiento de Jesús, sobre todo a los que no siendo de ascendencia judía hemos decidido servir al Dios verdadero, y como muestra un botón:
10:44 Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso.
10:45 Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.
10:46 Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios.
10:47 Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?
Este texto es particularmente interesante ya que invierte el orden de los acontecimientos a los que normalmente estamos acostumbrados, es decir, desde nuestra perspectiva el proceso de salvación se inicia cuando escuchamos de Jesús (10:17 Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios), después de lo cual por fe aceptamos a Jesús como nuestro salvador y esa fe nos lleva a hacer publica esa decisión por medio del bautismo que es donde y hasta entonces que recibimos el Espíritu Santo. Sin embargo el texto de Hechos nos lleva a una consideración importantísima, para el momento en que Pedro responde una pregunta no hecha, y digo no hecha textualmente ya que el asombro de los judíos que le acompañaban, indirectamente llevo a Pedro a contestar una pregunta que no había sido formulada, pero que flotaba en el ambiente ¿los gentiles pueden recibir el Espíritu Santo? La respuesta es sí, y no solo eso, sino que el orden de los acontecimientos no es el habitual, o conforme a lo que consideramos habitual ya que ellos reciben primero el Espíritu Santo y después son bautizados. El punto aquí es que ¿esto es la acepción o es la regla?
Es evidente que esta narración es la regla, y esto desde la perspectiva neumática que corresponde a la iglesia cristiana ya que reafirma que el sello de la identidad de ella es el Espíritu Santo, ya que es a través de Él que la comprensión del proceso salvífico toma sentido y responde a cuestionamientos no hechos, ¿si la al fe viene por el oír, quien movió a quien tomó la iniciativa para hablar?, la respuesta es sencilla, el Espíritu Santo, luego entonces se reafirma que el sello de nuestra identidad es ese Espíritu ya que al ser derramado en plenitud sobre toda carne se mueve para hacer sensible a quien quiera conocer del verdadero Dios, pero también se mueve para que alguien se acerque a quien ha tocado, si no vea la narración sobre el eunuco etíope:
8:29 Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro.
8:30 Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees?
8:31 El dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él.
Así pues podemos ver que la acción del Espíritu como en aquel tiempo, en la actualidad, es una acción dinámica que incide sobre toda carne, aunque está en la voluntad personal de cada quien el escucha o no su voz, y cuando alguien es sensible, Él espíritu levanta a alguien para que hable de la bondad del Padre quien envió a su Hijo Jesús para redimir a quien por fe en Él acepte su sacrificio redentor y como una muestra visible de esa aceptación decide simbólicamente morir a su vida antigua y renacer a esa vida nueva que el hijo nos ha dado, y una vez hecho esto se inicia la parte didáctica y de consolación del mismo Espíritu, para que con su guía crezcamos hasta la plenitud de la estatura de un varón perfecto a semejanza de Cristo Jesús, de tal manera que al haber alcanzado la madures necesaria para poder escuchar la voz del Espíritu que nos dirá, acércate a ese carro para que hables de Jesús, iniciando ese ciclo dinámico de generación en generación hasta que Jesús venga a desposarse con su iglesia sellada por el don del Espíritu Santo.
Es pues importantísimo que concienticemos y valoremos que el don de la plenitud del Espíritu Santo ha sido un regalo dado a la iglesia cristiana ya que es a través de Él que podemos realmente reconocer que Jesús es Él Señor, si no hay Espíritu Santo en la vida de  la iglesia, podremos reconocer a Jesús como el mesías y nada más. Solo con la plenitud del Espíritu, sello de la identidad cristiana, podemos ver claramente a Jesús como aquel Verbo que estaba en el principio con Dios, y ese Verbo era Dios, y ese Verbo se hiso carne, y habitó entre nosotros y vemos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
¿El judaísmo o el judaísmo mesiánico no tiene el Espíritu Santo?, si lo tienen, pero lo poseen como en el antiguo testamento, en forma limitada, de no ser así, declararían por fe que Jesús es el señor y aceptarían el sacrificio y la cruz de Jesús como el medio de salvación y podrían llamar a quien no pueden nombrar Abba Padre, bendición también que solo puede tener quien posee el Espíritu Santo en plenitud.        

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