Introduccion al sermon del monte

CAPITULO  I
Introducción General


Al examinar cualquier enseñanza, es norma sabia proceder de lo general a lo particular. Sólo así se puede evitar el peligro de que 'los árboles no dejen ver el bosque'. Esta norma tiene importancia particular en el caso del Sermón del Monte. Debemos tener en cuenta, por tanto, que hay que empezar por plantearse ciertos problemas generales respecto a este famoso Sermón y al lugar que ocupa en la vida, pensamiento y perspectivas del pueblo cristiano.

El problema obvio para empezar es este: ¿Por qué debemos estudiar el Sermón del Monte? ¿Por qué debo llamarles la atención acerca de su enseñanza? Bueno, la verdad es que no sé que forme parte del deber del predicador explicar los procesos mentales y afectivos propios, aunque desde luego que nadie debería predicar si no siente que Dios le ha dado un mensaje. Todo el que intenta predicar y explicar las Escrituras debe aguardar que Dios lo guíe y conduzca. Supongo, pues, que la razón básica de que predique acerca del Sermón del Monte es que he sentido esta persuasión, esta compulsión, esta dirección del Espíritu. Digo esto con toda intención, porque de haber dependido de mí no hubiera escogido predicar una serie de sermones acerca del Sermón del Monte. Según entiendo este sentido de compulsión, creo que la razón específica de que lo vaya a hacer es la condición en que se encuentra la Iglesia cristiana en estos tiempos.

No me parece que sea juzgar con dureza decir que la característica más obvia de la vida de la Iglesia cristiana de hoy es, por desgracia, su superficialidad. Esta apreciación se basa no sólo en observaciones actuales, sino todavía más en tales observaciones hechas a la luz de épocas anteriores de la vida de la Iglesia. Nada hay más saludable para la vida cristiana que leer la historia de la Iglesia, que volver a leer lo referente a los grandes movimientos del Espíritu de Dios, y observar lo que ha sucedido en la Iglesia en distintos momentos de su historia. Ahora bien, creo que cualquiera que contemple el estado actual de la Iglesia cristiana a la luz de ese marco histórico llegará a la conclusión indeseada de que la característica destacada de la vida de la Iglesia de hoy es, como he dicho ya, la superficialidad. Cuando digo esto, pienso no sólo en la vida y actividad de la Iglesia en un sentido evangelizador. A este respecto me parece que todos estarían de acuerdo en que la superficialidad es la característica más obvia. Pienso no sólo en las actividades evangeliza-doras modernas en comparación y contraste con los grandes esfuerzos evangelizadores de la Iglesia en el pasado - la tendencia actual a la vocinglera, por ejemplo, y el empleo de recursos que hubieran horrorizado y chocado a nuestros padres. Pienso también en la vida de la Iglesia en general; de ella se puede decir lo mismo, incluso en materias como su concepto de la santidad y su enfoque todo de la doctrina de la santificación.

Lo importante es que descubramos las causas de esto. En cuanto a mí, sugeriría que una causa básica es la actitud que tenemos respecto a la Biblia, nuestra falla en tomarla en serio, en tomarla como es y en dejar que nos hable. Junto a esto, quizás, está nuestra tendencia invariable a ir de un extremo a otro. Pero lo principal, me parece, es la actitud que tenemos respecto a las Escrituras. Permítanme explicar con algo más de detalle qué quiero decir con esto.

Nada hay más importante en la vida cristiana que la forma en que tratamos la Biblia, y la forma en que la leemos. Es nuestro texto, nuestra única fuente, nuestra autoridad única. Nada sabemos de Dios y de la vida cristiana en un sentido verdadero sin la Biblia. Podemos sacar conclusiones de la naturaleza (y posiblemente de varias experiencias místicas) por medio de las que podemos llegar a creer en un Creador supremo. Pero creo que la mayoría de los cristianos están de acuerdo, y ésta ha sido la persuasión tradicional a lo largo de la historia de la Iglesia, que no hay autoridad aparte de este Libro. No podemos depender sólo de experiencias subjetivas porque hay espíritus malos además de los buenos; hay experiencias falsas. Ahí, en la Biblia, está nuestra única autoridad.

Muy bien; sin duda es importante que tratemos a la Biblia de una forma adecuada. Debemos comenzar por estar de acuerdo en que no basta leer la Biblia. Se puede leerla de una forma tan mecánica que no saquemos ningún provecho de ello. Por esto creo que debemos tener cuidado de todas las reglas y normas en materia de disciplina en la vida espiritual. Es bueno leer la Biblia a diario, pero puede ser infructuoso si lo hacemos sólo para poder decir que leemos la Biblia todos los días. Soy un gran defensor de los esquemas para la lectura de la Biblia, pero debemos andar con cuidado de que con el empleo de tales esquemas no nos contentamos con leer la parte asignada para el día sin luego reflexionar ni meditar acerca de lo leído. De nada serviría esto. Debemos tratar la Biblia como algo que es de importancia vital.

La Biblia misma nos lo dice. Sin duda recuerdan la famosa observación del apóstol Pedro respecto a los escritos del apóstol Pablo. Dice que hay cosas en ellos que son 'difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen... para su propia perdición'. Lo que quiere decir es lo siguiente. Leen estas Cartas de Pablo, desde luego; pero las deforman, las desvirtúan para su propia destrucción. Se puede muy bien leer estas Cartas y no ser mejor al final que lo que se era al comienzo debido a lo que uno le ha hecho decir a Pablo, desvirtuándolo para destrucción propia. Esto es algo que siempre debemos tener presente respecto a la Biblia en general. Puedo estar sentado con la Biblia abierta frente a mí; puedo estar leyendo sus palabras y recorriendo sus capítulos; y con todo puedo estar sacando una conclusión que no tiene nada que ver con las páginas que he leído.









***


No cabe duda de que la causa más común de todo esto es la tendencia frecuente de leer la Biblia con una teoría ya en mente. Nos acercamos a la Biblia con dicha teoría, y todo lo que leemos queda coloreado por ella. Todos nosotros sabemos que así sucede. En un sentido es cierto lo que se dice que con la Biblia se puede probar todo lo que se quiere. Así nacieron las herejías. Los herejes no eran hombres poco honrados; eran hombres equivocados. No debería pensarse que eran hombres que se propusieron expresamente equivocarse y enseñar algo erróneo; se cuentan más bien entre los hombres más sinceros que la Iglesia ha tenido. ¿Qué les ocurrió entonces? El problema fue este: llegaron a tener una teoría y se sintieron complacidos con ella; luego fueron con esta teoría a la Biblia, y les pareció encontrarla en la misma. Si lee medio versículo e insiste demasiado en otro medio versículo de otro pasaje, pronto habrá demostrado su teoría. 
Ahora bien, debemos tener cuidado con esto. Nada hay más peligroso que ir a la Biblia con una teoría, con ideas preconcebidas, con alguna idea favorita propia, porque en cuanto se hace, se pasa por la tentación de insistir demasiado en un aspecto y dejar de lado otro.
Este peligro tiende a manifestarse sobre todo en el problema de la relación entre ley y gracia. Siempre ha sucedido así en la historia de la Iglesia desde su comienzo y sigue sucediendo hoy día. Algunos insisten tanto en la ley que reducen el evangelio de Jesucristo con su libertad gloriosa a poco más que una colección de máximas morales. Para -ellos todo es ley y no queda nada de gracia. Hablan de tal modo de la vida cristiana como de algo que debemos hacer para llegar a ser cristianos, que se convierte en puro legalismo y la gracia desaparece de ella. Pero recordemos también que es igualmente posible insistir tanto en la gracia a costa de la ley que también se llegue a perder el evangelio del Nuevo Testamento.
Permítanme darles un ejemplo de esto. El apóstol Pablo, nada menos que él, se vio constantemente ante semejante dificultad. Nunca hubo un hombre cuya predicación, con su poderosa insistencia en la gracia, fuera más a menudo mal entendida. Seguro recuerdan la conclusión que algunos habían sacado en Roma y en otros lugares. Decían, "Bueno, pues, si esto es lo que enseña Pablo, hagamos el mal para que la gracia pueda abundar, porque, sin duda alguna, esta enseñanza conduce a esa conclusión y no a otra. Pablo había dicho simplemente, "Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia." Bien pues, sigamos pecando a fin de que la gracia pueda sobreabundar.' 'Dios no lo quiera', dice Pablo; y lo tiene que repetir constantemente. Decir que porque estamos bajo la gracia ya no tenemos nada que ver con la ley, no es lo que enseñan las Escrituras. Desde luego que ya no estamos bajo la ley sino bajo la gracia. Pero esto no significa que no necesitemos observar la ley. No estamos bajo la ley en el sentido de que nos condene; ya no nos juzga ni condena. [¡No! pero debemos observarla, e incluso ir más allá. El argumento del apóstol Pablo es que debería vivir, no como el que está bajo la ley, sino como hombre libre en Cristo. Cristo observó la ley, vivió la ley; como este mismo Sermón del Monte subraya, nuestra justicia debe exceder la de los escribas y fariseos. En realidad, no ha venido a abolir la ley; cada uno de sus detalles debe cumplirse. Y esto es algo que vemos muchas veces olvidado en este intento de situar a la ley y la gracia como antítesis, y la consecuencia es que hay hombres y mujeres que prescinden de la ley en forma total.
Pero, déjenme decir lo siguiente. ¿No es cierto que en el caso de muchos de nosotros, en la práctica nuestra idea de la doctrina de la gracia es tal que muy pocas veces tomamos la sencilla enseñanza del Señor Jesucristo con seriedad? Hemos insistido tanto en la enseñanza de que todo es gracia y de que no deberíamos tratar de imitar su ejemplo para ser cristianos, que quedamos virtualmente en la posición de prescindir por completo de su enseñanza y de decir que no tenemos nada que ver con ella porque estamos bajo gracia. Pero me pregunto con cuánta seriedad tomamos el evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. La mejor forma de enfrentarse con este problema me parece que es examinar el Sermón del Monte. ¿Qué idea tenemos, me pregunto, de este Sermón? Suponiendo que en este momento sugiriera que escribiéramos todas las respuestas a las siguientes preguntas: ¿Qué significa para nosotros el Sermón del Monte? ¿En qué sentido entra a formar parte de nuestras vidas y qué lugar ocupa en nuestro pensar y en nuestra perspectiva de la vida? ¿Qué relación tenemos con este Sermón extraordinario que ocupa un lugar tan prominente en estos tres capítulos del Evangelio según San Mateo? Creo que encontrarían el resultado muy interesante y quizá muy sorprendente. Sí, claro, estamos muy enterados de la doctrina de la gracia y del perdón, y tenemos los ojos puestos en Cristo. Pero aquí en estos documentos, que decimos tienen autoridad, está este Sermón. ¿En qué punto entran a formar parte de nuestra perspectiva?
Esto quiero decir cuando hablo de trasfondo e introducción. Sin embargo, demos un paso más; planteémonos otra pregunta vital. ¿A quién está destinado el Sermón del Monte? ¿A quién se aplica? ¿Cuál es en realidad el propósito de este Sermón; qué importancia tiene? En cuanto a esto, ha habido opiniones opuestas. Hubo una vez el llamado punto de vista 'social' del Sermón del Monte. Decía que el Sermón del Monte es en realidad lo único importante en el Nuevo Testamento, que en él está el fundamento del llamado evangelio social. Los principios, se decía, que contiene hablan de cómo deben vivir los hombres, y lo único que hay que hacer es aplicar el Sermón del Monte. Con ello se puede establecer el reino de Dios en la tierra, la guerra se acabará y todos los problemas concluirán. Este es el punto de vista típico del evangelio social, pero no tenemos por qué gastar tiempo en él. Ha pasado de moda ya; sólo perdura entre ciertas personas que se podrían considerar como reliquias de la mentalidad de hace treinta años. Las dos guerras mundiales han acabado con este punto de vista. Aunque en muchos sentidos critiquemos la teología de Barth, debemos rendirle este tributo: ha puesto de una vez por todas en completo ridículo al evangelio social. Pero desde luego que la verdadera respuesta a este punto de vista acerca del Sermón del Monte es que siempre ha prescindido de las Bienaventuranzas, de esas afirmaciones con que comienza el Sermón, —'Bienaventurados los pobres en espíritu'; 'bienaventurados los que lloran.' Como esperamos demostrarles, estas afirmaciones significan que nadie puede vivir el Sermón del Monte por sí mismo, sin ayuda. Los defensores del evangelio social, después de haber prescindido de las Bienaventuranzas según conveniencia, han insistido en la consideración de los mandatos y han dicho, 'Este es el evangelio.'
Otro punto de vista, que quizá resulte más grave para nosotros, es el que considera el Sermón del Monte como una simple elaboración o exposición de la ley mosaica. Nuestro Señor, dicen, se dio cuenta de que los fariseos, los escribas y otros maestros del pueblo interpretaban mal la Ley que Dios había dado a su pueblo por medio de Moisés; lo que hace, pues, en el Sermón del Monte es elaborar y explicar la ley mosaica, dándole un contenido espiritual más elevado. Este punto de vista es más grave, desde luego; y con todo me parece que es completamente inadecuado aunque no sea por otra cosa sino porque también prescinde de las Bienaventuranzas. Las Bienaventuranzas nos colocan de inmediato en un terreno que va completamente más allá de la ley de Moisés. El Sermón del Monte sí explica y expone la ley en algunos puntos - pero va más allá de esto.
El otro punto de vista que quiero mencionar es el que podríamos llamar punto de vista 'dispensacional' del Sermón del Monte. Es probable que muchos de ustedes lo conozcan. Ciertas 'Biblias' lo han popularizado. (Nunca me han gustado tales adjetivos; sólo hay una Biblia, pero por desgracia tendemos a hablar de la 'Biblia tal' o la 'Biblia cual'.) Se han popularizado, pues, ciertas enseñanzas por Este medio, las cuales enseñan un punto de vista dispensacional del Sermón del Monte; en esencia afirman que no tiene nada que ver con los cristianos de hoy. Dicen que nuestro Señor comenzó a predicar acerca del Reino de Dios, y que el Sermón del Monte estuvo relacionado con la inauguración de este reino. Por desgracia, siguen diciendo, los judíos no creyeron su enseñanza. Por ello nuestro Señor no pudo establecer el reino, y por tanto, casi a modo de idea tardía, vino la muerte en la cruz, y a modo de otra idea tardía, vino la institución de la Iglesia y la era de la Iglesia, lo cual perdurará hasta cierto punto de la historia. Entonces nuestro Señor regresará con el reino y volverá a entrar en vigor el Sermón del Monte. Esto es lo que enseñan; dicen, de hecho, que el Sermón del Monte no tiene nada que ver con nosotros. Es 'para la era del reino.' Estuvo desde un principio destinado para aquellos a quienes nuestro Señor predicaba; entrará en vigor de nuevo en el milenio. Es la ley de esa era y del reino de los cielos; y no tiene absolutamente nada que ver con los cristianos de ahora.
No cabe duda de que estamos frente a un problema serio. Este punto de vista o es acertado o es erróneo. Según él no necesito leer el Sermón del Monte; no me deben preocupar los preceptos que contiene; no tengo por qué sentirme condenado si no hago ciertas cosas; no tiene nada que ver conmigo. Me parece que se puede responder a todo esto del siguiente modo. El Sermón del Monte fue predicado en forma primaria y específica a los discípulos. 'Sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo. . .' Ahora bien, se parte de la base de que se les predicó a ellos. Tomemos, por ejemplo, las palabras que les dirigió, 'Vosotros sois la sal de la tierra'; 'Vosotros sois la luz del mundo.' Si el Sermón del Monte no tiene nada que ver con los cristianos de hoy, jamás debemos decir que somos la sal de la tierra ni que somos la luz del mundo> porque eso no se aplica a nosotros. Se aplicó sólo a los primeros discípulos; se volverá a aplicar a otros más adelante. Pero, entretanto, no tiene nada que ver con nosotros. También debemos prescindir de las promesas del Sermón. No debemos decir que debemos hacer que nuestra luz brille ante los hombres a fin de que vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en el cielo. Si todo el Sermón del Monte no se puede aplicar a los cristianos de hoy, todo él carece de importancia. Pero es evidente que nuestro Señor predicó a estos hombres y les dijo lo que debían hacer en este mundo, no sólo mientras El estuviera aquí, sino también después de que se hubiera ido. Se predicó a personas que debían practicarlo en ese tiempo y por siempre después.
No sólo esto. Para mí otra consideración muy importante es que en el Sermón del Monte no se encuentra ninguna enseñanza que no se halle también en las distintas Cartas del Nuevo Testamento. Hagan una lista de las enseñanzas del Sermón del Monote; luego lean las Cartas. Encontrarán que la enseñanza del Sermón del Monte también se encuentra en ellas. Ahora bien, las Cartas son para los cristianos de hoy; por ello si la enseñanza que contienen es la misma que tenemos en el Sermón del Monte, es evidente que la enseñanza del Sermón es también para los cristianos de hoy. Este argumento es de peso e importante. Pero quizá se podría expresar mejor de la siguiente forma. El Sermón del Monte no es sino un desarrollo acabado, grandioso, y perfecto de lo que nuestro Señor llamó su 'nuevo mandamiento'. Este nuevo mandamiento fue que nos amáramos unos a otros como él nos ama. El Sermón del Monte no es otra cosa sino un desarrollo de esto. Si somos de Cristo, y nuestro Señor nos ha mandado esto, que nos amemos unos a otros, aquí se nos muestra cómo hacerlo.
El punto de vista dispensacional se basa en una idea errónea del reino de Dios. De ahí nace la confusión. Estoy de acuerdo, desde luego, en que el reino de Dios en un sentido todavía no ha sido establecido en la tierra. Es un reino que ha de venir; sí. Pero es también un reino que ha venido. 'El reino de Dios está en medio de vosotros', y 'dentro de vosotros'; el reino de Dios está en todo cristiano verdadero, y en la Iglesia. Significa 'el reino de Dios', el 'reino de Cristo'; y Cristo reina hoy en todo cristiano verdadero. Reina en la Iglesia cuando esta lo reconoce de verdad. El reino ha venido, el reino viene, el reino ha de venir. Siempre debemos tener esto presente, sin embargo. Dondequiera que Cristo es aceptado como Rey, el reino de Dios ha venido, de modo que, si bien no podemos decir que reina sobre todo el mundo en los momentos actuales, sí reina ciertamente de esa forma en los corazones y vidas de todo su pueblo.
No hay, por tanto, nada tan peligroso como decir que el Sermón del Monte no tiene nada que ver con los cristianos de ahora. Más bien quiero expresarlo de este modo: es para todo el pueblo cristiano. Es una descripción perfecta de la vida del reino de Dios. Ahora bien, no me cabe la menor duda de que por esta razón Mateo lo puso al comienzo de su evangelio. Se considera que Mateo escribió el evangelio especialmente para los judíos. Esto fue lo que quiso hacer. De ahí que insista tanto en el reino de los cielos. ¿Y qué quiso subrayar Mateo? Sin duda que esto. Los judíos tenían una idea falsa y materialista del reino. Creían que el Mesías era alguien que iba a llegar para emanciparlos políticamente. Esperaban a alguien que los liberara del yugo romano.   Siempre pensaron en el reino en un sentido externo, mecánico, militar, materialista. Por esto Mateo coloca la enseñanza verdadera respecto al reino en las primeras páginas del Evangelio, por qué el gran propósito de este Sermón es presentar una exposición del reino como algo que es esencialmente espiritual. El reino es sobre todo algo 'dentro de vosotros'. Es lo que dirige y gobierna el corazón, la mente y la perspectiva. No sólo no es algo que conduce a un gran poderío militar, sino que es 'pobre en espíritu'. En otras palabras, no se nos dice en el Sermón del Monte, 'Vivan así y serán cristianos'; más bien se nos dice, 'Como son cristianos vivan así.' Así deberían vivir los cristianos; así han de vivir los cristianos.
Para completar este aspecto de nuestra argumentación debemos enfrentarnos con otra dificultad. Algunos dicen, ¿Acaso no dice el Sermón del Monte que nuestros pecados se nos perdonan sólo si nosotros perdonamos a otros? ¿Acaso no dice nuestro Señor, "Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas"? ¿No es esto ley? ¿Dónde está la gracia? Que se nos diga que si no perdonamos no seremos perdonados, no es gracia. De este modo parece que demuestran que el Sermón del Monte no se aplica a nosotros. Pero si dicen esto, tendrán que separar a casi toda la cristiandad del evangelio. Recuerden también que nuestro Señor enseñó exactamente lo mismo en la parábola que se refiere al final de Mateo 18, la del siervo que ofendió a su rey. Este hombre fue al rey para pedirle que le perdonara; y el rey lo perdonó. Pero él mismo se negó a perdonar a un consiervo que también le adeudaba algo, con la consecuencia de que el rey retiró el perdón y lo castigó. Nuestro Señor hace el siguiente comentario acerca de esto: 'Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.' Es exactamente la misma enseñanza. Pero ¿enseña acaso que soy perdonado sólo por haber perdonado? No, lo que se enseña es, y debemos tomar esta enseñanza con toda seriedad, que si no perdono, no soy perdonado. Lo explicaría así: el que se ha visto como pecador culpable y vil delante de Dios sabe que su única esperanza del cielo es que Dios lo haya perdonado. El que de verdad ve, sabe y cree esto no puede negarse a perdonar a otro. Así pues, el que no perdona no conoce el perdón. Si mi corazón ha sido quebrantado ante la presencia de Dios no puedo rehusar el perdón; y, por tanto, digo a cualquiera que se imagine que Cristo ha perdonado sus pecados, aunque él mismo no perdone a nadie. Ten cuidado, amigo mío, no sea que despiertes en la eternidad y te encuentres con que te dice, 'Apártate de mí; nunca te conocí.' Interpretas mal la doctrina, la gloriosa doctrina de la gracia de Dios. El que ha sido de verdad perdonado y lo sabe, es el que perdona. Esto significa el Sermón del Monte respecto a esto.
Más tarde entraremos en más detalles respecto a esto. De momento permítanme una última pregunta. Habiendo considerado a quién se aplica el Sermón del Monte, preguntémonos lo siguiente: ¿Por qué debemos estudiarlo? ¿Por qué deberíamos tratar de vivirlo? Les voy a dar una lista de respuestas. El Señor Jesucristo murió para que pudiéramos vivir el Sermón del Monte. Murió. ¿Por qué? 'Para... purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras,' dice el apóstol Pablo - el apóstol de la gracia (vea Tito 2:14). ¿Qué quiere decir? Quiere decir que murió para que pudiéramos vivir el Sermón del Monte.   El lo ha hecho posible.
La segunda razón para estudiar es que nada me muestra la absoluta necesidad del nuevo nacimiento, y del Espíritu Santo y de su acción interna, tanto como el Sermón del Monte. Estas Bienaventuranzas me derriban al suelo. Me muestran mi absoluta impotencia. Si no fuera por el nuevo nacimiento, nada podría. Lean y estúdienlo, enfréntense a sí mismos a la luz del mismo. Los conducirá a comprender la necesidad final del nuevo nacimiento y de la acción gratuita del Espíritu Santo. Nada conduce al evangelio y a su gracia como el Sermón del Monte.
Otra razón es esta. Cuanto más vivimos y tratamos de practicar este Sermón del Monte, tantas más bendiciones experimentamos. Consideren las bendiciones que se prometen a los que lo practican. El problema de mucho de lo que se enseña acerca de la santidad es que deja de lado el Sermón del Monte y nos pide que experimentemos la santificación. Este no es el método bíblico. Si uno quiere tener poder en la vida y recibir bendición, vayamos directamente al Sermón del Monte. Vivámoslo y practiquémoslo con entrega total, y con ello llegarán las bienaventuranzas prometidas. 'Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.' Si uno desea ser saciado, no busquemos bendiciones místicas; no vayamos a reuniones con la esperanza de conseguirlo. Examine el Sermón del Monte con sus implicaciones y exigencias, considere su necesidad absoluta, y lo alcanzará. Es el camino directo a la bienaventuranza.
Esto deseo dejar impreso en la mente de todos. Les digo que es el mejor método de evangelismo. No cabe duda de que todos deberíamos preocuparnos por esto en estos tiempos. El mundo de hoy busca y necesita desesperadamente a verdaderos cristianos. Nunca me canso de decir que lo que la Iglesia necesita hacer no es organizar campañas de evangelización para atraer a otros, sino comenzar a vivir la vida cristiana. Si lo hiciera, hombres y mujeres llenarían nuestras iglesias.    Dirían, '¿Cuál es el secreto de esto?' Casi a diario leemos que el verdadero secreto del comunismo es que parece hacer algo y dar algo a la gente. Se me dice a menudo, al hablar con jóvenes y leer libros, que el comunismo avanza tanto en el mundo moderno porque la gente siente que sus seguidores hacen algo y se sacrifican por lo que creen. Así ganan miembros. Sólo hay una manera de contrarrestar esto, y es demostrar que poseemos algo infinitamente mayor y mejor. He tenido la dicha de hablar no hace mucho con más de una persona convertida del comunismo, y en todos los casos no ha sido consecuencia de un sermón o argumentación intelectual, sino de que este comunista ha visto en algún cristiano sencillo abnegación y preocupación por los demás, más sinceras que él o ella jamás habían esperado.
Permítanme subrayar esto con una cita de algo que leí hace algún tiempo. Hace tiempo fue ministro del gobierno indio un gran hombre llamado Dr. Ambedkar, paria y líder de los parias de la India. En ese tiempo del que estoy hablando se interesaba mucho por las enseñanzas del Budismo, y asistió a un Congreso de veintisiete países en Ceilán que se habían reunido para inaugurar una asociación mundial de budistas. Dijo que la razón principal de asistir al Congreso fue el deseo de descubrir hasta qué punto el budismo era algo vivo. Dijo en el Congreso, 'Estoy aquí para descubrir hasta qué punto la religión budista es dinámica por lo que respecta a los habitantes de este país.' Ahí tenemos al líder de los parias que quería examinar el budismo. Dijo, 'Deseo ver si es algo vivo. ¿Tiene algo que ofrecer a las masas de mis hermanos parias? ¿Tiene dinamismo? ¿Es algo que puede elevar al pueblo?' Pedro la tragedia de este hombre tan capaz y culto es que ya había pasado mucho tiempo en América y Gran Bretaña estudiando el cristianismo. Y por haber descubierto que no era algo vivo, por haber encontrado que carecía de dinamismo, se volvía ahora hacia el budismo. Aunque no había abrazado el budismo, sin embargo trataba de ver si poseía la fuerza que andaba buscando. Este es el reto que se nos lanza a ustedes y a mí. Sabemos que el budismo no es la respuesta. Pretendemos creer que el Hijo de Dios ha venido al mundo y que nos ha enviado a su propio Espíritu Santo, a su propio poder absoluto que permanecerá en los hombres para hacerlos vivir una vida como la suya. Vino, digo, vivió, murió, resucitó y envió al Espíritu Santo para que ustedes y yo pudiéramos vivir el Sermón del Monte.
No digan que no tiene nada que ver con ustedes. ¡Pero sí tiene muchísimo que ver con nosotros! Si todos nosotros viviéramos el Sermón del Monte, los hombres sabrían que el evangelio cristiano posee dinamismo; sabrían que es algo vivo; no andarían buscando en otras partes. Dirían, 'Aquí está.' Si leen la historia de la Iglesia verán que los verdaderos avivamientos han llegado siempre cuando los cristianos han tomado en serio este Sermón del Monte y se han enfrentado a sí mismos a la luz del mismo. Cuando el mundo ve al hombre verdaderamente cristiano, no sólo se siente condenado, sino también atraído, arrastrado. Por tanto, estudiemos con cuidado este Sermón que quiere mostrarnos lo que deberíamos ser. Examinémoslo para que podamos ver lo que podemos ser. Porque no sólo presenta lo que nos exige; señala dónde está la fuente de poder. Dios nos dé gracia para examinar el Sermón del Monte con seriedad y sinceridad y en oración hasta que nos convirtamos en ejemplos vivos del mismo, de su gloriosa enseñanza.

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